sábado, 1 de diciembre de 2012

Nueva colección de chistes de Catón

Revisando el número de visitas a mi Bitácora Diaria, pude darme cuenta de que las colecciones de chistes del inigualable tocayo mío Armando Fuentes Aguirre “Catón” que he subido a la red han tenido una acogida favorable, y es por ello que  con motivo de estas temporadas de fin de año me he animado a agregar una nueva colección de chistes de Catón, el mejor humorista de México, para entretenimiento y diversión de mis lectores y la posibilidad de lograr quizá algunas sonoras carcajadas que alegren estos días festivos y levanten el ánimo, algo que siempre cae bien en estos tiempos. ¡Qué mejor forma puede haber de cerrar el año que ésta! Pero que nadie me culpe si alguien se muere de la risa, sobre aviso no hay engaño. Así que, aquí va la nueva hornada de chistes (esta colección ha sido agrupada en varios “rondines” con el propósito de que cualquier lector que no tenga tiempo para poder verlos en un mismo día pueda regresar posteriormente encontrando sin muchas dificultades el lugar en donde dejó pendiente su lectura):


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Rondín # 1.-

Augurio Malsinado tenía un sino adverso. Todas las cosas le salían mal, y otras ni siquiera le salían. Su continuada mala estrella lo había llevado al último extremo de la necesidad. Decidió quitarse la vida arrojándose al mar. Iba por la playa a cumplir su fatal designio cuando entre los arrecifes vio una cueva. Al mismo tiempo oyó una majestuosa y grave voz venida de lo alto que le dijo con laconismo: “Entra”. Augurio, desconcertado, entró en la gruta. Ahí escuchó de nuevo la majestuosa voz: “Escarba”. Con los dedos escarbó en la arena Malsinado, y a poca profundidad descubrió un viejo cofre de madera y hierro. Se oyó otra vez la majestuosa y lacónica voz: “Abre”. Destapó Augurio el cofre, y lo encontró lleno de monedas de oro. Le dijo la majestuosa voz: “Casino”. Se dirigió Malsinado a uno que estaba cerca de la playa. Ahí sonó otra vez la majestuosa voz: “Ruleta”. Fue a la mesa donde se jugaba a la ruleta. Ahí la majestuosa voz le dijo: “27”. Todo lo que llevaba lo apostó Augurio a ese número. Giró la ruleta, y la bolita cayó en el 26. Se oyó la majestuosa voz: “¡Ingada madre”.

Un caníbal manifestó en la mesa: “Mi suegra no me gusta nada”. Otro antropófago le sugirió: “Entonces cómete nada más las papas”.

Un lugareño se estaba confesando con el padre Arsilio. Le preguntó. “Señor cura: ¿el matrimonio es pecado?”. Respondió el amable sacerdote: “Claro que no, hijo”. Inquiere el penitente: “¿Y entonces por qué estoy tan arrepentido?”

El Padre Jáuregui era un amable sacerdote de mi natal Coahuila. Todo mundo lo quería bien por su bondad y sencillez. Fue él quien al estar confesando a una mujer se salió del confesonario al tiempo que exclamaba con escandalizada voz que en todo el templo se escuchó: “¡Ah bárbara! ¡Déjame ver quién eres!”. Ejercía el muy querido párroco su ministerio en Piedras Negras. Cuando allá por los años sesentas empezó a verse la televisión en esa ciudad de la frontera, el Padre Jáuregui se compró en Eagle Pass un televisor, cuya importación estaba prohibida. Fiado en la buena amistad que tenía con los vistas de la Aduana lo puso en la cajuela de su coche y con él llegó a la garita. Para su desazón se halló con la ingrata novedad de que los aduanales que conocía habían sido sustituidos por otros recién llegados de la Capital. El encargado de la revisión le pidió que abriera su cajuela. “No traigo nada, hijo”- aseguró con vacilante voz el sacerdote. “Razón de más para que la abra” -insistió el hombre. Mal de su grado abrió la cajuela el azorado presbítero. A la vista del vista apareció el televisor. “¿No dijo usted que no traía nada?” -le dijo con severidad el aduanal. “Hijo -farfulló consternado el Padre Jáuregui-. No me explico esto. ¡Es un milagro!”. “No, padrecito- le dijo tranquilamente el otro-. Van a ser dos milagros”. Y dos mil pesos tuvo que pagar el señor cura para poder pasar su tele.

El facultativo le dijo a la joven y linda paciente: “Necesito hacerle ahora mismo un detenido examen de los senos y de sus partes íntimas”. Preguntó, inquieta, la muchacha: “¿Realmente es necesario eso, doctor?”. Respondió el profesional, muy digno: “Bueno: ¿quién es el dentista? ¿Usted o yo?”.

Don Timoracio, hombre apocado y tímido, les dijo a sus amigos que en el bar un norteamericano había hecho objeto de lúbricos tocamientos a su esposa. “¡Qué barbaridad -exclamaron ellos con enojo-. Y tú ¿qué hiciste?”. “¿Qué querían que hiciera? -contestó don Timoracio-. ¡No hablo inglés”.

El profesor de educación sexual era sumamente liberal. Un alumno le preguntó: “Maestro: ¿es malo el sexo antes del matrimonio?”. Respondió el mentor: “Sólo si te hace llegar tarde a la ceremonia”.

Noticia interesante: hubo un incendio en la fábrica de Viagra. Afortunadamente se paró de inmediato.

Don Languidio, señor de edad madura, les contó a sus amigos en el club: “A los 20 años de edad no podía yo doblar mi varonía en rijo ni usando las dos manos. A los 30 pude inclinarla un poco, con dificultad. A los 40 ya la pude doblar con una sola mano. A los 50 años logré inclinarla utilizando tres dedos nada más. Ahora la doblo con un solo dedo”. Uno de los amigos le dijo, extrañado: “¿Por qué nos cuentas eso?”. Contestó muy orgulloso el senescente caballero: “Me pregunto hasta dónde va a llegar mi fuerza”.

“Está muy bien dotado de allá abajo ¿verdad?”. Así le dijo a su esposa el flamante papá del recién nacido al tiempo que lo contemplaba con orgullo. “Es cierto- respondió ella-. Está muy bien dotado. Pero en los ojos sí se parece a ti”.

El aspirante a policía presentaba su examen. Le pregunta el superior: “¿Qué harías si tuvieras que arrestar a tu suegra?”. Contesta sin vacilar el recluta: “Pediría refuerzos”.

Un oficial de tránsito llamó a la puerta de un sujeto. Cuando abrió el hombre le dijo el policía: “Cerca de aquí se registró un accidente de automóvil, y el conductor culpable huyó del sitio. Un testigo cree haber reconocido el vehículo. ¿Ha manejado usted su coche esta mañana?”. “No -respondió el tipo-. Tengo tres días sin salir de mi casa. No lo he usado”. “Perdone- insistió el oficial-. Acabo de poner la mano sobre la capota del motor de su auto, y está caliente”. Replicó el individuo: “Póngase usted la mano sobre la pilingueta”. “¿Para qué?- se amoscó el agente de la autoridad. “Verá que está caliente- contestó el otro-, pero eso no es prueba de que la haya usado”.

La esposa de Capronio leía el periódico. Indignada, le dice a su marido: “Un hombre cambió a su esposa por un palco en el estadio de futbol. ¿Harías tú lo mismo?”. “Claro que no- respondió de inmediato el ruin sujeto-. La temporada ya va muy avanzada”.

Le contó una chica a otra: “Ayer mi papá salió del clóset”. “¿De veras?- se asombró la otra-. ¿Es gay?”. "No- explica la muchacha-. Es muy distraído, y pensó que había entrado en el coche”.

“Soy sonámbulo– le dijo un tipo al doctor Ken Hosanna–. Todas las noches me levanto dormido a caminar”. “Pruebe esto” –le dijo el médico al tiempo que le daba una pequeña caja. Preguntó el hombre: “¿Son píldoras para dormir?”. “No –respondió el facultativo–. Son tachuelas”.

Una señora tenía ya varios años de casada y no había encargado familia. Le comentó una vecina: “Yo tampoco podía encargar, pero recurrí a un brujo llamado Pitoloco, y de inmediato salí embarazada”. Declaró la señora: “Mi esposo y yo ya fuimos con él, pero no obtuvimos ningún resultado”. Con una sonrisa le aconsejó la otra: “Ve tú sola”. (Desgraciado Pitoloco, ya me imagino el tratamiento que a tus pacientes das).

Un agente viajero le contó a otro: “Empecé muy mal el día. Anoche llegué a mi casa después de un viaje largo. Mi esposa dormía ya. Cuando esta mañana despertó entreabrió los ojos, adormilada, y me dijo en la penumbra de la habitación: 'Hola, Bill'”. Pregunta el otro: “¿Y por eso dices que empezaste mal el día?”. Responde el primero: “Es que me llamo Joe”.

Picio, hombre muy feo, pidió un condón en la farmacia. Se lo dio el farmacéutico, y le advirtió: “Caduca en el año 2020 ¿eh?”.

La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, quedó embarazada. En su primera visita al ginecólogo ella le dijo al médico: “Mi esposo quiere saber si.”. “Ya sé, ya sé -la interrumpió el especialista-. Quiere saber si puede seguir teniendo sexo con usted ahora que está esperando. Dígale que sí. Pueden seguir haciendo el amor hasta la última etapa del embarazo”. “No, doctor- aclaró la señora-. Mi marido quiere saber si así embarazada puedo seguir cortando el pasto; cargando las bolsas pesadas del mandado; trepando la escalera para lavar las ventanas”.

Un hombre llegó a su casa y encontró a su mujer en estrecho abrazo de refocilación carnal con un sujeto que tenía traza de vagabundo. Antes de que el marido pudiera articular palabra le dijo ella: “Permíteme explicarte lo que sucedió, Cornulio. Llegó este hombre y me preguntó si tenía algo que tú ya no usaras. Le di aquel sombrero que no te pones ya; aquel pantalón pasado de moda; aquella camisa que nunca te gustó y que jamás te has puesto; aquellos zapatos viejos. Luego me preguntó si había alguna otra cosa que ya no usaras. Y aquí estamos”.

Rondín # 2.-

Un astroso vagabundo se acercó en la calle a una linda chica y le pidió: “¿Podría darme 50 pesos para tomarme un café en esa cafetería?”. Respondió con disgusto la muchacha: “En esa cafetería un café cuesta a lo mucho 25 pesos”. “Ya lo sé– responde el mendicante–. Pero tenía la esperanza de que usted me acompañara”. (Caón, de seguro luego le iba a pedir 500 pesos para ir a un motel, con la misma esperanza).

Aquel robot era muy especial; cuando escuchaba decir una mentira le daba una patada en el trasero a quien la había dicho. Cierto señor muy afecto a gadgets, widgets, contraptions, gimmicks y whatchamacallits lo compró y lo llevó a su casa. En presencia de su esposa le preguntó a su hijo adolescente: “¿Qué hiciste anoche?”. Responde el muchachillo: “Estuve estudiando en casa de un amigo”. Al oír aquello el robot le propinó al interrogado un furibundo puntapié en el traspuntín. “¿Qué sucede? –se espantó el chico–. ¿Por qué me pateó así?”. Responde el padre: “Eso hace con todo aquel que dice una mentira. Dime en verdad qué hiciste anoche”. El mentiroso respondió apenado: “Estuve viendo una película en casa de mi amigo”. “¿Qué película viste?” –inquirió el señor–. “Toy Story” –contestó el muchacho. ¡Zas!, otra tremenda patada en el antifonario. “¡Está bien, está bien! –se rinde el adolescente–. Vimos una película porno”. “¿Una película porno? –se escandalizó el papá–. ¡Qué barbaridad! ¡Yo jamás vi una película pornográfica sino hasta que llegué a la mayoría de edad!”. ¡Zas!, el robot le dio al hombre una formidable patada en las asentaderas. Al ver aquello la esposa del señor se rió y dijo: “¡Tenemos en casa un muchacho mentiroso al que le gusta la pornografía! ¡Qué bien se ve que es tu hijo!”. ¡Zas!, el robot le propinó a la señora un tremebundo puntapié en el nalgatorio.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, le contó a una amiga: “Todos los novios que tuve fueron unos verdaderos ángeles”. “¿De veras?” –dijo la amiga–. “Sí –suspiró la señorita Himenia–. Todos volaron”.

Un hombre estaba al borde de la quiebra. En ningún lado su crédito valía. Todos los bancos le cerraron las puertas. Y las ventanas también. Cierta noche iba por un oscuro callejón y sin poderse contener gritó desesperado: “¡Ya sólo el diablo me podría ayudar!”. ¡Booom! Se oyó un siniestro ruido y el demonio surgió a su lado. “¿En qué te puedo servir?” -le preguntó. “¿Eres el diablo?” -preguntó el sujeto. “Sí” -respondió el espíritu maligno. “A ver -demandó, escéptico, el tipo-. Cámbiame aquel árbol”. El diablo hizo un ademán, y el árbol fue a dar a otro lugar. Pidió en seguida el individuo: “Cámbiame aquella casa”. El demonio otra vez movió la mano, y la casa al mismo tiempo se movió. Insistió el hombre: “Si en verdad eres el diablo cámbiame aquel cerro”. Nuevo ademán del diablo, y el cerro cambió de ubicación. “A ver -pidió entonces el sujeto-. Cámbiame este cheque”. “¡Oye! -se enojó el demonio-. ¡Soy el diablo, no tu pendejo!”.

Un turista norteamericano fue invitado a una tienta de toros en una ganadería de reses bravas. Animado por seis o siete tequilas que se había tomado, y excitado también por la presencia de las bellas señorrrritas mexicanas, pensó que era cosa fácil eso de torear. Pidió un capote, y a pesar de las advertencias del ganadero bajó al ruedo y se plantó frente al torete. Nunca lo hubiera hecho: Al primer cite el bravo becerro lo prendió y le pegó una cornada en el sitio preciso en que cualquier varón menos querría ser corneado. Conducido rápidamente al consultorio del único médico del pueblo, fue sometido por el facultativo a una operación quirúrgica de urgencia. Cuando el desdichado volvió en sí su primer pensamiento fue para la parte donde había sufrido la cornada. “Decirme ousté, doctor -le preguntó lleno de angustia al cirujano-. ¿Haber perdido yo mis cousas?’’. “Claro que no, mister Dickless -lo tranquilizó el médico-. Aquí se las tengo, en esta cajita’’.

El rancherito le hizo una consulta al Padre Arsilio: “Señor cura: ¿qué significa la palabra ‘pro’?”. Respondió el buen sacerdote: “En latín, hijo, la palabra ‘pro’ significa ‘por’. Te pondré un ejemplo. La frase: ‘Pro patria pugnavit’ se traduce: ‘Peleó por la patria’. Aquí la palabra ‘pro’ quiere decir que peleó para defender su patria”. “¡Uta! -se consternó el ranchero-. ¡En qué apuros se habrá visto mi compadre Próculo!”.

Una señora le contó a otra: “Desde que mi marido se jubiló se pasa todo el tiempo de pie, mirando tristemente a través de una ventana de la casa”. Hizo una pausa y concluyó: “Supongo que algún día tendré que dejarlo entrar”.

Sor Bette iba camino del convento cuando en la oscuridad de la caliginosa noche le salió al paso un mozalbete. Poseído por los urentes rijos de la juventud el muchacho sació en la reverenda sus lúbricos impulsos. En eso el sitio de la escena fue iluminado por la Luna, que imprudentemente se había mantenido tras una nube durante todo el tiempo que duró la reprobable acción, y el tipejo, que en materia de religión era devoto, se dio cuenta de quién había sido su inocente víctima. “¡Válgame el Cielo! -exclamó sinceramente consternado—. Le ruego que me perdone, madre. No tengo el hábito de hacer esto a quienes visten hábito. Estoy avergonzado. Tan inconfesable es lo que hice que voy a tener que confesarme. Le pido que no le cuente a nadie lo que sucedió, pues eso me haría perder la estimación de la buena sociedad, y seguramente sería expulsado de la Congregación de Congregantes”. “Lo siento mucho, joven impudente —replicó la sor—. No puedo guardar ese silencio que me pides. La regla de la orden a que pertenezco me obliga a poner lo sucedido en conocimiento de la madre superiora. Le informaré que abusaste de mí dos veces. Digo, si no estás muy cansado”.

El payaso que iba a divertir a los niños en la fiestecita de cumpleaños no se presentó. La señora de la casa vio que en el lote vecino un par de hombres jugaban con un balón de futbol. De pronto uno de ellos se puso a dar unos saltos formidables, a echar maromas hacia adelante y hacia atrás, y a revolverse en el suelo con frenéticos movimientos como de baile callejero: breakdancing, flexing, strobing o electric boogaloo. La señora, maravillada por aquellas acrobacias, le preguntó al amigo del sujeto si por 500 pesos haría lo mismo en su jardín para entretener a los pequeños invitados. El tipo se dirigió a su compañero: “Lacerio, ¿por 250 pesos me dejarías darte otro balonazo en los éstos?”.

El muchacho le contó a su abuelita: “Anoche le propuse matrimonio a Susiflor”. “¡Qué emocionante! –se conmovió la señora–. ¡Qué hermoso! ¡Qué romántico! Y ¿qué te dijo ella?”. “No lo sé –replicó el muchacho–. Todavía no contesta mi e-mail”.

El ancianito y la viejecita hacían recuerdos. “Cuando yo era joven -declaró el viejito- tenía el cuerpo de un atleta”. “Eso no es nada -replicó la ancianita-. Yo tuve el cuerpo de diez”.

La joven esposa llamó por teléfono a su senil marido, don Languidio Pitocáido. “¡Buenas noticias, Langui! –le anunció–. ¡El doctor dice que a lo mejor dentro de algunos meses vas a ser papá!”. “¿De veras? –se alegró el provecto señor–. ¡Ponme al doctor en el teléfono!”. “Cómo no –replica la muchacha–. Nada más deja que acabe de vestirse”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, y su esposo don Sinoplio eran muy aficionados al golf. Tres veces por semana iban a su club y se entregaban a su deporte favorito. Cierto día ocurrió un incidente lamentable. Llegaron por la mañana al campo y jugaron normalmente el primer hoyo. Apenas habían comenzado el segundo, sin embargo, cuando una pelota salida quién sabe de dónde golpeó a doña Panoplia en la cabeza. Cayó al suelo (doña Panoplia, no la cabeza) más privada de sentido que de costumbre y con el rostro bañado en sangre, pues además de dejarla inconsciente el golpe la descalabró. Don Sinoplio, consternado, acudió en su ayuda, pero no pudo hacerla volver en sí, ni consiguió tampoco hacer cesar la hemorragia. Llamó por su celular a los servicios médicos del club, con tan buena suerte que le contestó el médico encargado, un joven profesionista que recién había terminado sus estudios y que apenas se estaba familiarizando con el juego que se practicaba en el club. “¡Venga pronto, doctor! -clamó don Sinoplio con angustia-. ¡Una pelota golpeó a mi esposa!’’. “¿Dónde?’’ -preguntó el médico. Don Sinoplio, a fin de que el facultativo supiera a qué lugar del campo debía dirigirse, le indicó: “¡Entre el hoyo 1 y el 2!’’. Se hizo un largo silencio, y luego el doctor dijo preocupado: “Caramba, eso no me deja mucho espacio para las curaciones’’.

Silly Kohn, vedette de moda, le dijo a su amiga Nalgarina: “Anoche hice el amor con un hombre de 70 años y estuvo como un toro”. “¿De veras?” -se asombró Nalgarina-. “Sí -confirma Silly-. Como un toro de 70 años”.

Dos criaditas estaban platicando. Dijo una con admiración: “Hubieras visto la reunión de damas que hubo en casa de mi patrona. Todas las invitadas eran profesionistas e intelectuales. Había famosas escritoras, políticas poderosas, altas funcionarias de Gobierno...’’. “¿De veras? -se asombró la otra-. Su conversación debe haber sido de mucha altura, muy interesante. ¿Supiste de qué hablaban?’’. “Sí -contesta la criadita-. De nosotras’’.

Subió al autobús miss Peeny Senvy, feminista de las de antes. Un pasajero se dispuso a ponerse en pie. La anfisbena dijo para sí: “He aquí un macho que se dispone a tratar condescendientemente a una débil mujer”. Y sujetando al tipo por los hombros lo obligó seguir sentado. El hombre, sin embargo, insistió en ponerse en pie. Miss Peeny Senvy volvió a hundirlo en su asiento. Y así otra vez, y otra. Finalmente dijo el hombre: “Por favor, señora, déjeme levantarme. Hace tres esquinas debí bajar del autobús”.

El papá de Pepito llegó de un viaje antes de lo esperado, y encontró a su hijo llorando lastimeramente. “¿Qué te sucede? –le preguntó solícito–. ¿Por qué lloras así?”. Responde el niño entre sus lágrimas: “Es que mi mami se acaba de quedar sin alma”. “No entiendo –se desconcertó el señor–. ¿Por qué dices que tu mamá se acaba de quedar sin alma, esa animula vagula, blandula –pequeña alma errante y dulce– que dijo el emperador Adriano en el momento de morir?”.

Explica Pepito: “Digo que se acaba de quedar sin alma porque en el momento en que llegaste alcancé a ver una sombra que saltó por la ventana de la recámara, y mi mamá le dijo: ‘Adiós, mi alma’”.

Un hombre llamado Pimp había sido gigoló. Se topó en la calle con un antiguo amigo y le preguntó cómo le iba. “Muy bien -contestó el amigo-. Me dediqué a los negocios. Cuando mi capital de trabajo se me dobló pude retirarme. Y a ti ¿cómo te ha ido?”. “No muy bien -respondió Pimp con acento pesaroso-. Fui gigoló. Cuando mi capital de trabajo se me dobló tuve qué retirarme”.

Rondín # 3.-

Una joven esposa visitó con su marido la exposición de un pintor de la localidad. Para sorpresa de ambos vieron en el muro un cuadro que mostraba a la chica en estado completamente natural, quiero decir desnuda, encuerada, nuda, corita, en peletier. El marido se puso hecho un obelisco. (Nota: seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “Hecho un basilisco”). Se dirigió, furioso, a su mujer: “¡No me digas que posaste sin ropa para ese pintamonas!”. “Claro que no, querido -respondió la chica-. Debe haberme pintado de memoria”. Nota dos: Y seguramente el artista la tenía buena (la memoria, quiero decir), pues hasta se acordó del lunar en la nalguita).

Tres amigos expertos en cosas de amoríos cambiaban impresiones acerca de un tema relacionado con las mujeres con quienes tenían trato íntimo: Hablaban del brassiére, llamado también sostén, sujetador, corpiño, almilla o ajustador. Dijo uno: “A mí me gusta sencillo y sin adornos”. “En cambio -acotó otro- yo lo prefiero con encajes, adornos y detalles atrevidos”. “Pues a mí -opinó el tercero-, me gusta que el brassiére de la mujer que acaricio sea como los libros que leo”. “¿Cómo?” -le preguntaron extrañados. Respondió el otro: “Que tengan un gran contenido humano”.

“Quiero morir haciendo el sexo” -le dijo un tipo a su mujer. “Bueno -replicó ella-. Al menos sabemos que será una muerte rápida”.

Tres ancianitas platicaban en el Club de Jardinería. Una de ellas no oía bien.  Dijo la primera: “Acabo de cosechar en el jardín de mi casa un pepino de este tamaño”. Y señaló la medida con las manos. Dijo la segunda: “Y yo acabo de cosechar en mi jardín dos tomates de este tamaño”. Y señaló la medida con las palmas de ambas manos. La ancianita que no oía bien dijo: “No puedo oír lo que dicen, pero creo saber de quién están hablando”.

Con gemebundo acento un pordiosero le dijo a Capronio, sujeto ruin y desconsiderado: “Señor, no he probado comida en dos días”. “No se preocupe –le contestó el desgraciado–. Sigue sabiendo igual”.

Tabulina Rasa, muchacha en flor de edad, era muy plana en la región del pecho. Una amiga le recomendó a cierto brujo llamado Merlin Black, que tenía un ensalmo infalible para hacer crecer esa comarca. Lo visitó la chica, y el hechicero le indicó: “Cada mañana recite usted estas palabras dirigiéndolas a su busto: ‘Lero, lero, lero; que me crezca lo que quiero’”. Siguió Tabulina aquella prescripción, y a la semana notó que, en efecto, la zona pectoral le iba creciendo. Cierto día tuvo que hacer un viaje en jet. Al ocupar su asiento recordó que esa mañana no había recitado aquel ensalmo. Dirigiéndose a su busto dijo: “Lero, lero, lero; que me crezca lo que quiero”. Oyó aquello el hombre que iba al lado y le dijo a Tabulina: “Disculpe, ¿es usted paciente del brujo Merlin Black?”. “Así es –respondió ella con asombro–. ¿Cómo lo supo usted?”. Con una sonrisa el tipo dirigió la mirada a su entrepierna y dijo: “Lero, lero, lero; que me crezca lo que espero”.

El recién casado iba a salir de viaje. En tono de broma le dijo a su flamante y dulce mujercita: “Susiflor: No me vayas en engañar en mi ausencia. Si lo haces me saldrán unos cuernos muy feos”. Cuando días después volvió ella le revisó muy bien la frente y luego exclamó con alegría: “¡Mentirosillo! ¡No te salió nada!”.

El profesor, harto de las diabluras de Pepito, le dijo vengativo un día: “Estoy seguro de que no sabrás la respuesta a esta cuestión, pues eres el más ignorante del grupo, pero dime el nombre de un mamífero que no tenga dientes”. Replicó el chiquillo: “No puedo contestar su pregunta”. “¿Lo ves? -se burló el maestro-. No sabes nada de zoología”. “De zoología sé algo -dice Pepito-. Lo que no sé es cómo se llama su abuela”.

Babalucas se inscribió en un club nudista. Al entrar le preguntó el portero: “¿Es un nuevo miembro?”. “No –respondió Babalucas–. Es el mismo”.

Don Filoso, sujeto atrabiliario, hizo una llamada telefónica internacional. A media charla se interrumpió la comunicación. “La llamada se cortó” -le dijo don Filoso a la operadora. “Lo siento -respondió ella-. Si quiere intentar nuevamente deberá pagar una tarifa adicional”. Don Filoso protestó por aquel cobro. La mujer, sin embargo, insistió en que no podía comunicarlo si no aceptaba pagar la cantidad. Don Filoso, hecho una furia, le gritó a la operadora: “¡Entonces métase el teléfono ya sabe dónde!”. Y así diciendo colgó violentamente. Al día siguiente se presentaron en su casa dos forzudos trabajadores de la empresa telefónica. “Venimos a llevarnos su teléfono” -le informaron. “¿Por qué?” -se sorprendió don Filoso. Le respondieron: “Ayer insultó usted a la operadora número 14. Si no le pide una disculpa nos llevaremos el aparato”. “Permítanme” -les dijo apresuradamente don Filoso. Tomó el teléfono y pidió que lo comunicaran con la operadora número 14. Cuando la mujer contestó le dijo don Filoso: “Yo soy el hombre que ayer le gritó que se metiera el teléfono ya sabe dónde”. Esperando la disculpa que de seguro seguiría respondió de mal modo la mujer: “¿Y?”. Le dice don Filoso: “Prepárese, porque ahí le llevan ya el teléfono”.

Una señora le pidió al carpintero de su colonia que le fabricara un armario para su recámara. Tan endeble quedó el mueble que cada vez que pasaba el Metro se le caía una pata o un cajón. La señora llamó al carpintero para que lo reparara. El tipo lo examinó y dijo: “Quizá el defecto está en la armazón interior”. Le hizo algunos ajustes y le informó luego a la señora: “Me voy a meter en el armario a esperar que pase el Metro. Así veré el efecto de la vibración”. Dentro del mueble estaba el carpintero cuando llegó el marido de la dama. Escuchó un ruido extraño dentro del armario, lo abrió y vio ahí al sujeto. Le preguntó, indignado: “¿Qué hace usted aquí?”. “Señor -suspiró el otro resignándose a lo peor-, tendré que decirle que me estoy tirando a su esposa, porque si le digo que estoy esperando el Metro no me lo va a creer”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, entró en una farmacia y preguntó: “¿Tienen condones ultra-súper-extra grandes, king size plus?”. “Sí tenemos -le informó el dependiente-. ¿Quiere uno?”. Contestó la señorita Himenia: “No. Pero ¿le molestaría si me siento a esperar que llegue un hombre que los use de ese tamaño?”.

Sonó el timbre de la puerta. Abrió la señora de la casa y se vio cara a cara con un sujeto que sin más le preguntó: “¿Sabe usted satisfacer a un hombre sexualmente?”. La señora, indignada, le dio con la puerta en las narices. Lo mismo aconteció al siguiente día, y un día más después. La señora le contó a su esposo lo que estaba sucediendo. Dijo el hombre: “Me pondré atrás de la puerta con mi escopeta Magnum, y cuando llegue ese tipo le llenaré de postas el tafanario o traspuntín”. En efecto, al día siguiente volvió el individuo. Le preguntó, como siempre, a la señora: “¿Sabe usted satisfacer a un hombre sexualmente?”. Fortalecida por la presencia de su esposo respondió ella, desafiante: “Sí; sí sé”. Le dice entonces el sujeto: “Pues satisfaga a su marido, a ver si ya deja en paz a mi mujer”.

El ardiente galán le pedía a su dulcinea la dación de su más íntimo tesoro. Ella trataba de sofrenar los vehementes impulsos de su futuro esposo. “Nos vamos a casar dentro de un mes –le dijo–. ¿Acaso no puedes aguantar la espera?”. Repuso él: “Se me va a hacer muy larga”. Ella abrió los ojos, asombrada. “¿De veras? –exclamó con vivísimo interés–. ¡Pues razón de más para esperar!”.

Un sujeto le comentó a su amigo: “Estoy muy preocupado. Mi novia ha subido mucho de peso”. Preguntó el otro: “¿Cómo lo sabes?”. Responde el tipo: “Ya le queda la ropa de mi esposa”.

Doña Abusivia persiguió a su asustado esposo don Wormilio hasta que éste se metió abajo de la cama. “¡Sal de ahí, gusano miserable!” -le gritó la fiera señora amenazándolo con el palo de la escoba. Replicó don Wormilio: “¡No salgo, no salgo y no salgo! ¡Eso te enseñará quién manda en esta casa!”.

A San Antonio, como es un santo casamentero, Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, le rezaba todas las noches. “¡San Antoñito! -le pedía suplicante-. ¡Por favor mándame un hombre!”. Cierto día llegó al pueblo un batallón de infantería. “¡Gracias, San Antoñito! -clamó con fervor la señorita Celiberia-. ¡Ahora mándame fuerzas!”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, y su cercana amiga Pomma D’Ossa, también señora linajuda, salieron de pecorea una mañana y entraron por casualidad en el Museo de Arte, pues llovía copiosamente y sus respectivos choferes no llegaban. Vieron la estatua en mármol de un desnudo Hércules Farnesio cuyo atributo varonil estaba oculto bajo una pequeña hoja parecida a las de acanto. “No me parece que la efigie se ajuste a la verdad -comentó doña Panoplia-. Por lo que he leído, ese hombre debería tener cubierta su parte con una hoja más grande. De higuera por lo menos”. (O de higuerón quizá, si Hércules estaba en buen momento)... Por cierto, el día que don Sinople, marido de doña Panoplia, contrató al chofer antes mencionado le preguntó: ¿Cómo te llamas, joven?”. “Toño, señor” -contestó con sencillez el muchacho. “Te estoy preguntando tu nombre completo -precisó don Sinople-. En mi casa llamamos por su apellido a quienes trabajan para nosotros. Dime, pues, tu nombre y apellido”. Respondió el chofer: “Me llamo Antonio Amor”. “Muy bien -continúa don Sinople-. Como te estaba diciendo, Toño…” .

Rosibel le contó a su amiga Susiflor: “Salí anoche con un ruso, y bebimos mucho vodka’’. “¿Fue mucho?” -pregunta Susiflor. “Sí -confirmó Rosibel-. Acabamos yo vodka arriba y él vodka abajo”.

Originalmente el doctor Ken Hosanna era proctólogo, especialista en recto. Luego se convirtió en oculista. Alguien le preguntó por qué. Explicó: “El paisaje es mejor”.

Rondín # 4.-

El marido de doña Pomponona recordaba algo que sucedió la noche de sus bodas. Le preguntó, galante, a su media naranja: “¿Cuál lado de la cama prefieres, amor mío?”. “Los dos” -respondió ella, expeditiva. “¿Quieres decir que cualquier lado es bueno para ti?” -inquirió él sin entender del todo la respuesta. “No -precisó Pomponona-. Quiero decir que necesito los dos lados de la cama. Espera a que me quite la faja”. (No era media naranja la robusta novia. Era toronja entera. Y ombligona además).

Hefestino, herrero joven, le confesó su amor a Longina, y ella le correspondió. Emocionado le preguntó Hefestino: “¿Puedo darte un beso?”. La muchacha accedió de buena gana. Longina era muy alta, y el herrero bajito, de modo que para besarla subió sobre el yunque de la herrería. En seguida los dos salieron a caminar. A las dos horas de ir caminando Hefestino se animó por fin y le dijo a la muchacha: “¿Puedo darte otro beso?”. “No -negó ella-. Por esta noche con uno es suficiente”. “¡Caramba! -exclamó desolado el herrero-. De haber sabido eso no habría venido cargando el yunque todo el tiempo”.

El perico de la casa se subía a la barda del gallinero y animaba al gallo cuando éste cumplía su función con las gallinas. “¡Dale, Quiquí! –lo incitaba con su estridente voz–. ¡Sobre ella! ¡Dale duro!”. El gallo no necesitaba de tales exhortaciones para hacer lo que debía hacer. Dice un mexicanísimo dicho: “¡Ay, quién tuviera la dicha del gallo, que nomás se le antoja y se monta a caballo!”. Lo molestaban, pues, los gritos del pertinaz cotorro. Pero el loro insistía: “¡A ella, Quiquí! ¡Dale; dale duro!”. Cierto día una súbita ráfaga de viento hizo que el perico cayera en medio de las gallinas. De inmediato el gallo fue hacia él con intención más que evidente. Temeroso le dijo el cotorro: “Despacito, Quiquí; despacito”.

Doña Macalota, mujer de don Chinguetas, le dijo en son de queja a su marido: “El vecino de enfrente se la pasa viendo con unos prismáticos hacia la ventana de nuestra recámara. Deberías hacer algo”. Le sugirió Chinguetas: “Nada más quítate la ropa. No le quedarán ganas de volver a mirar”.

La señora le preguntó a su marido: “Falcidiso: ¿recuerdas las truchas que fuiste a pescar hace tres meses?”. “Sí -contestó algo inquieto el tipo-. ¿Por qué?”. Le informa la señora: “El abogado de una de las truchas te llamó por teléfono para decirte que está embarazada”.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, hizo un viaje a París con sus amigas. Previamente había tomado algunas clases de francés básico. A su regreso le preguntó su esposo: “¿Tuviste problemas con tu francés?”. Doña Panoplia, que en ese momento estaba distraída, contestó: “Realmente no. Claro, me sacó algo de dinero, pero a la Rurris el suyo le robó las joyas, las tarjetas de crédito, el pasaporte y el reloj”.

Con agitada voz el joven Simpliciano le pidió a su novia: “¡Quítate la blusa, Dulcilí!”. “¡Estás loco! -protestó ella-. ¡No puedo hacer tal cosa!”. “Si no te la quitas -dijo el muchacho- es que no me quieres”. “Está bien” -cedió ella. Y se quitó la blusa. “Ahora -demandó el tipejo-, quítate la falda”. “¡Por favor, Simpli! -gimió ella-. ¡No me pidas eso!”. “Si no te la quitas -repitió él- es que no me amas”. Ella, con un suspiro de resignación, se quitó la falda. “Ahora -prosiguió Simpliciano- quítate las pantimedias”. “¿Para qué quieres que me las quite?” -se atribuló la chica. “¡Quítatelas, te digo!” -le ordenó terminantemente el persistente joven. La chica se quitó las pantimedias. “Ahora -le dijo Simpliciano- quítate el brassiére, corpiño, ceñidor, sostén, portabustos o sujetador”. “¡Eso sí que no! -exclamó la muchacha poniéndose las manos sobre el pecho-. ¡Y menos si tiene tantos nombres!”. Le dice Simpliciano: “¿Lo ves? No me quieres”. Ella, resignada, se despojó del brassiére, corpiño, ceñidor etcétera-. “Y ahora -pidió Simpliciano con salaz acento- quítate la última prenda que te queda”. “¡No! -clamó la muchacha-. ¡Eso no me lo quito!”. “Dulcilí -la amenazó Simpliciano-. ¡Si no te lo quitas cuelgo el teléfono!”.

El buen Jesús defendió a la mujer adúltera. Dijo a los que la perseguían: “El que esté libre culpa que tire la primera piedra”. De entre la multitud salió un pedrusco que le rompió la crisma a la mujer. El Señor miró con severidad al hombre que había lanzado aquel certero proyectil y le pregunta: “¿Acaso tú estás libre de culpa?”. “No, Señor -respondió el individuo-. Pero esa desgraciada vieja es mi mujer, y estoy muy encaboronado”.

El reloj de la sala había desgajado ya las 12 de la noche, y sin embargo el novio de Susiflor no daba traza de dar fin a su visita. El papá de la chica se asomó por la escalera de la sala y le dijo: “Susiflor: Ya es hora de ir a la cama”. Habló el galancete: “Exactamente eso mismo le estaba diciendo yo, señor, pero no quiere”.

Llegó a su casa don Cornulio y halló al plomero trabajando en la cocina. Había terminado de arreglar un grifo que él no había podido reparar. Sacó un billete don Cornulio, se lo dio al plomero y le dijo: “Aquí está su pago, buen hombre, y además una propina adicional. Salga esta noche a divertirse con la señora”. Respondió el individuo: “Si no tiene usted inconveniente usaré ese dinero en otra cosa. Ya me divertí con la señora aquí mismo, y no me cobró nada”.

El pequeño niño salió con su papá en el automóvil. Al regresar contó muy orgulloso: “Mi papi me iba diciendo la marca de todos los coches que nos rebasaban”. “¿De veras, hijito? -sonrió la mamá-. ¿ Y de qué marca eran esos coches?”. Responde el pequeñín: “Eran un Imbécil y como cuarenta Pendejos”.

Don Algón le regaló a su nueva secretaria un vestido carísimo, precioso. Ella se lo probó inmediatamente. Le indicó el salaz ejecutivo: “Se te está bajando el calzoncito”. Ella, apenada, se revisó apresuradamente y luego dijo: “No se me está bajando”. Replica don Algón: “Si no se te baja, el vestido regresará a la tienda”.

Una chica y su novio adelantaron el goce del amoroso deliquio, y ella quedó en estado de buena esperanza, o sea preñadita, embarazada. El muchacho le cumplió la palabra de matrimonio que le había dado, y se casaron. Pasaron 30 años, y la pareja fue a disfrutar una segunda luna de miel en una casa de playa, con amigos y familiares. Esa noche él se metió en la cama y apagó la luz para dormir. Ella empezó a gritar en modo que se oyó en toda la casa: “¡Papacito! ¡Eres un tigre! ¡Me estás volviendo loca de placer! ¡Me estás matando!”. “¿Qué te pasa?” -le preguntó él, sorprendido. Explicó la señora: “Hace 30 años tú salvaste mi honor. Ahora yo estoy salvando el tuyo”.

El señor Pitocáido tomó cariñosamente entre sus manos su fenecida parte y le dijo con lacrimoso acento: “¿Por qué te moriste antes que yo, preciosa, si somos exactamente de la misma edad?”.

Batutto Korchea, conductor de la Orquesta Sinfónica de Armadillo, Texas, se encolerizó porque el músico que tocaba la tuba desafinó en un ensayo. “Don’t mess with Wagner!”– le dijo hecho una furia. Y así diciendo le arrebató el instrumento y le propinó con él un formidable golpe en la cabeza. A causa del tubazo el músico quedó bastante muerto. En un juicio que duró cuatro minutos el conductor fue sentenciado a morir en la silla eléctrica. La noche de la ejecución lo sentaron en la silla y le pasaron por el cuerpo una descarga de un millón de voltios. Para sorpresa de todos don Batutto no se electrocutó; únicamente se le puso chino el pelo. El gobernador texano tuvo que ponerlo en libertad. Transcurrió un mes, y el primer violín de la orquesta no marcó bien el compás en un sencillo pizzicato. Korchea le quitó la cuerda de sol al instrumento del intérprete, y con ella lo estranguló expeditamente. De nueva cuenta fue condenado a la máxima pena, ahora mediante un juicio que duró tres minutos. En esta ocasión le pasaron en la silla eléctrica una corriente de dos millones de voltios. El conductor ni siquiera se estremeció: la terrible descarga no tuvo más efecto que rizarle las pestañas. Otra vez el gobernador se vio en la precisión de indultarlo. No pasó mucho tiempo sin que Batutto tuviera otra vez problema con un músico. El trombonista no hizo a tiempo su entrada, y el conductor le introdujo por el traspuntín la vara del trombón, con lo cual lo dejó tieso. Al trombonista, no al trombón. Nuevamente Korchea fue condenado a muerte en un minuto. Ahora le pasaron por el cuerpo tres millones de voltios. Tampoco en esta ocasión quedó frito el conductor de la sinfónica. Solamente quedó un poquito bizco, lo cual no tendría otra consecuencia que repetir dos veces la misma partitura. Desesperado, el verdugo le preguntó a Korchea: “¡Le he pasado por el cuerpo un millón de voltios, dos millones de voltios, tres millones de voltios! ¿Por qué no lo ha matado tanta electricidad?”. Respondió imperturbable don Batutto: “Es que soy mal conductor”.

Un paciente del doctor Ken Hosanna se quejó: “Cuando me levanto por la mañana me siento laso, feble, fatigado, decaído, postrado, lánguido y desfallecido. A la media hora, sin embargo, me siento fuerte, recio, vigoroso, dinámico, animoso, enérgico y fornido. ¿A qué se deberá eso, doctor?”. “No lo sé -respondió el facultativo-. Pero una cosa le puedo aconsejar: levántese media hora más tarde”.

Don Tapiano era algo sordo. Iba en su bicicleta y se encontró a un amigo. Éste le preguntó: “¿Cómo está tu esposa Cheta?”. Don Tapiano creyó oír que el amigo le preguntaba por su bicicleta, y respondió: “Está muy mal. La presté y me la devolvieron ponchada y con el asiento abollado”.

Aquella secta religiosa era sumamente estricta. Uno de sus feligreses fue entrevistado por una periodista. Declaró el hombre: “Nos está prohibido bailar, beber licor y tener contacto con mujer. Pero eso no es problema, pues hemos encontrado sustitutos; en vez de bailar cantamos himnos de alabanza; en lugar de beber licor tomamos té de hierbas…”. Inquiere la entrevistadora: “¿Y en vez de mujer?”. Responde con naturalidad el de la secta: “Tenemos travestis”.

El cuento que sigue fue calificado de “inurbano y sicalíptico” por doña Tebaida Tridua, censora de la pública moral (y también de la privada, en caso necesario). Las personas que no gusten de leer cuentos inurbanos y sicalípticos deben suspender aquí mismo la lectura... Doña Silvestra, mujer del campo, viuda, contrató a un carpintero para que le hiciera una letrina. Después de usarla un par de días le dijo al hombre que no le iba a pagar el trabajo hecho. “La letrina duele” -dijo para explicar su negativa. “¿Cómo que duele? -replicó el carpintero con molestia-. No entiendo eso”. “Revísela de cerca” -le pidió doña Silvestra. El hombre revisó la letrina sin notar ningún problema. “Más de cerca” -demandó ella. El carpintero acercó el rostro lo más posible a la obra, y tampoco advirtió ninguna deficiencia. Pero al retirar la cara sucedió que uno de los pelitos del bigote se le atoró en una hendidura de la madera. “¡Ouch!” -exclamó el tipo. Y dijo doña Silvestra: “¿Verdad que duele?”.

Don Vetulio, añoso caballero, leía un libro en el sillón de la sala. Su nieto adolescente le preguntó: “¿Qué estás leyendo, abuelo?’’. “Un libro de historia’’ -respondió el anciano. “¿De historia? -sonrió el muchacho-. En la portada dice ‘Sexo’’’. “Hijo -suspiró el viejecito-, para mí el sexo ya es historia’’.

Rondín # 5.-

Pepito tenía 4 años. Su mamá le advirtió: “Usted, mi hijito, nunca le enseñe su pipicita a nadie más que al doctor y a su mami. ¿Me entendió?”. Llegó el día en que el médico debía revisar al niño. “A ver esa pipí” -le dijo al chiquillo con una sonrisa. Al terminar la revisión Pepito le pidió al médico: “Ahora, doctor, llame a su mami para que me la vea también”.

Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, rezaba sus oraciones de la noche: “Y no me dejes caer en la tentación, Diosito. ¡Pero por lo menos de vez en cuando mándame una!’”.

Un lector pidió en la biblioteca pública un libro llamado “El matrimonio perfecto”. Le indicó la bibliotecaria: “Busque en el estante de ficción”.

Un galancete se presentó ante don Poseidón y le dijo que deseaba hablar con él. Lo hizo pasar el jefe de la casa y le preguntó en qué lo podía servir. “Don Poseidón –dijo el boquirrubio– su hija Susiflor y yo nos amamos. Vengo a pedirle que me permita entrar en su familia”. Frunció don Poseidón el ceño y otras cosas y dijo al visitante: “¿En qué trabaja usted?”. “Por el momento en nada –respondió con franqueza el mozalbete–. He estado desempleado los últimos cinco años, y aunque me han ofrecido varios trabajos no los he aceptado, porque estoy en espera de un puesto gerencial”. “Entonces –inquirió don Poseidón, severo–, ¿con qué va usted a mantener a mi hija?”. “Para eso –dijo el solicitante–, me confiaré a la Divina Providencia y a la generosidad de usted y de su digna esposa”. “Ya veo –refunfuñó don Poseidón–. Y dígame: ¿dónde van a vivir?”. “Por el momento no tengo un techo que me cubra –confesó el pretendiente–. Pero la casa en que usted y su señora viven es muy grande. Con la mitad de ella me conformaría para vivir aquí con Susiflor”. “Entiendo –gruñó el viejo–. Y otra cosa me gustaría saber: “¿tiene usted coche?”. “Por el momento no –replicó el muchacho–. Pero usted tiene en su casa dos vehículos. Puede escoger el que le guste más, y yo me conformaré con el otro”. En eso llegó la esposa de don Poseidón, doña Holofernes. Le dijo éste: “Qué bueno que llegas, mujer. Quiero presentarte al joven árbitro, que desea casarse con Susiflor y entrar así en nuestra familia”. Desconcertado le preguntó el visitante a don Poseidón: “¿Por qué me llama usted ‘árbitro’, señor?”. “¡Cabrísimo grandón! –estalló el viejo–. ¡Porque lo único que traes es el pito!”…

El marcianito le dijo a su papá: “Acaban de pasar dos naves espaciales de la Tierra. Una era de Estados Unidos y la otra de México”. “¿Cómo lo sabes?” -le preguntó el marciano a su retoño. Explica el pequeñín: “La de Estados Unidos llevaba la bandera de las barras y las estrellas. La nave mexicana tenía atrás un letrero que decía: ‘A qué no me pasas’, y adelante otro que decía: ‘¡A tu hermana, güey!’”.

Un tipo le preguntó a otro: “¿Has dormido alguna vez con una mujer fea?”. “Jamás –respondió el otro en modo enfático–. Pero he despertado con muchas”.

La princesa paseaba por los jardines reales cuando oyó una vocecita a sus pies. Quien le hablaba era una fea rana. Le dijo el batracio: “No soy rana. Soy un hermoso príncipe encantado. Si me das un beso dejaré de ser rana y volveré a ser príncipe. Te casarás conmigo; cocinarás para mí, me lavarás y plancharás la ropa y mantendrás mi casa en orden; me darás seis o siete hijos, y así seremos felices para siempre”. Aquella noche la princesa cenó ancas de rana.

La curvilínea chica se quitó la blusa y la falda. “Muy bien, muy bien”– aprobó el hombre de la oficina. Seguidamente la muchacha se despojó del brassiére, sostén, corpiño, almilla o sujetador. “¡Fantástico!” –exclamó el individuo. Luego la hermosa fémina se bajó la diminuta braga, bikini, pantaleta o calzón. “¡Extraordinario! –aplaudió el hombre–. Ahora, señorita, por favor póngase los lentes”. Ella, desconcertada, preguntó: “¿Cree usted que así me veré más sexy?”. “No –respondió el tipo–. Pero así verá que ésta es una oficina de bienes raíces. La compañía de cine porno está en el piso dos”…

Un señor le pidió al despachador de la gasolinera que le pusiera aire a una llanta de su coche. El hombre cumplió el encargo, y luego le dijo al conductor: “Son 50 pesos”. “¿50 pesos por ponerle aire a una llanta?” –clamó indignado el otro. Respondió el de la gasolinera: “Es por la inflación”.

La mamá de Babalucas le preguntó a su hijo: “Esa muchacha con la que te quieres casar ¿es buena?”. “Muy buena, ‘amá –aseguró el badulaque–. A todos les cobra 2 mil pesos, y a mí nada más mil”.

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, estaba haciéndole el amor a su esposa. Valida de la intimidad de ese momento, ella, que dudaba siempre de la fidelidad de su marido, le preguntó con timidez: “¿Serías capaz de amar a otra mujer?”. “¡Claro que sí! –respondió al punto Capronio, entusiasmado–. ¿Dónde está?”.

El día de la Creación del mundo el Señor le pidió al elefante que le dijera cómo quería que lo hiciera. “Ponme un cuerpo muy grande –pidió el paquidermo– para que ningún animal pueda atacarme”. El Señor anotó en su libreta ese requerimiento. Prosiguió el elefante: “Ponme una trompa muy grande, para poder alcanzar los brotes más altos de los árboles”. Apuntó el Señor esa solicitud. “Ponme una orejas muy grandes –requirió la gran bestia–, para abanicarme con ellas y así defenderme del calor”. Escribió el Creador en su libreta esa demanda. Concluyó el elefante: “Y ponme unas pestañas muy grandes”. “¿Pestañas grandes? –se sorprendió el Señor–. ¿Para qué?”. Explicó el paquidermo: “Es que soy gay”.

Pepito le propuso a Rosilita: “Enséñame tu destino, y yo te enseñaré el mío”. Preguntó muy intrigada la pequeña: “¿Qué es el destino?”. Y respondió Pepito: “¿Qué no lees los periódicos? Cuando una mujer y un hombre se van a casar, el periódico dice que van a unir sus destinos. Enséñame el tuyo y yo te enseñaré el mío”.

La anciana madre de don Poseidón se quejaba de sentir cansancio extremo. Le recomendó el médico al preocupado hijo: “Dele a su mamá una copita de brandy cada día”. “Imposible, doctor -contestó el hombre-. Ella piensa que el licor es un invento del demonio. No bebería el brandy”. Sugirió el galeno: “Póngaselo en la leche para que no se dé cuenta”. Así lo hizo don Poseidón. Al tomarse la leche aquella noche comentó la ancianita: “Tiene un sabor extraño”. Inventó el granjero: “Es de una vaca nueva que compré”. La viejecita le dio otro trago a la leche y en seguida dijo “No vayas a vender esa vaca”.

“¡Mami, mami! –gritó muy excitado el hijito del granjero–. ¡El toro se está tirando a la vaca!”. “Por favor, Silvestrito –lo reprendió la señora–. No uses ese lenguaje tan vulgar. Di, por ejemplo: ‘El toro está sorprendiendo a la vaca’”. Poco después gritó el chiquillo: “¡Mami, mami! ¡El toro está sorprendiendo a todas las vacas!”. Sonrió la señora: “Eso no puede ser, hijito”. “Sí, mami –insistió el niño–. ¡Se está tirando al caballo!”.

La mujer de don Algón sospechaba que su cachondo esposo tenía trato íntimo con su secretaria. Así, un día irrumpió súbitamente en la oficina. En efecto, la linda muchacha estaba sentada en las rodillas del salaz ejecutivo mientras éste le dictaba. Sin inmutarse a la vista de su esposa don Algón siguió dictando: “Entiendo bien, señores del consejo, la necesidad de evitar gastos, pero no puedo realizar bien las funciones de esta oficina si en ella hay una sola silla”.

Miss Pen I. Senvy, famosa feminista, daba una conferencia. Preguntó a sus oyentes: “¿Y qué tal si Dios fuera mujer?”. Respondió al punto un individuo: “Todos los hombres nos iríamos al infierno, y ni siquiera sabríamos por qué”.

La esposa de Edison le dijo: “Ya sé que tú inventaste el foco. Pero insisto en hacerlo con la luz apagada”.

Don Frustracio le pidió al dependiente de la zapatería un par de zapatos del número 8. “Creo, señor– arriesgó el encargado, que usted debe usar del 12”. “Dámelos del 8” –insistió el cliente. El muchacho los trajo y don Frustracio se los puso. Obviamente le apretaban mucho. “Me los llevo” –dijo. “Señor– insistió el de la zapatería–, esos zapatos no le quedan. Le van a ocasionar una gran incomodidad, y hasta dolor”. “Mira, muchacho –replicó don Frustracio–. Odio el trabajo que tengo. Mis hijos varones son unos inútiles a los que debo mantener. Mi hija se fue de la casa y vive con un pelafustán. Mi mujer cocina pésimamente, y siempre se niega a tener sexo conmigo. El único placer que tengo en la vida es llegar a mi casa por la noche y quitarme los zapatos”.

Rosilita y Pepito tenían 3 añitos de edad. La pequeña vio a su amiguito en el momento en que hacía pipí. “¡Mira! –exclamó muy admirada–. ¡Qué práctico!”.

Rondín # 6.-

Llegó a su domicilio Babalucas. Su esposa se espantó al verlo: llevaba sobre la espalda un enorme oso. “¿Qué haces cargando ese animal?’’ -le preguntó azorada. Respondió el tolondrón: “Fui a ver al doctor por esos dolores musculares que sentía, y me dijo que me pusiera en la espalda un oso por parche’’. “¡Ay, Babalucas! -suspira la señora-. ¡Un parche poroso!”.

A veces es mejor quedarse callado, como el chinito, “nomás milando; chinito no talugo, si talugo casualidad”. Y hablando sobre los asiáticos y su modo de hablar: Dos mujeres orientales estaban en el aeropuerto de la Ciudad de México. Junto a ellas conversaban dos hombres que al parecer eran funcionarios electorales, pues dijo uno: “Ayer tuve una elección de las 8 de la mañana a las 6 de la tarde”. Una de las orientales se inclinó sobre su compañera y le dijo: “¡Esos son hombles!”.

La esposa de Babalucas tuvo gemelitos. El badulaque le preguntó con enojo: “¿De quién es el otro?”.

La abuelita de Pirulina reprobaba la conducta de su nieta, que solía llegar a su casa en horas de la madrugada. “Hija –le decía preocupada–, lo que debes hacer es casarte ya con el hombre que te convenga”. “Sí, abue –reconocía la pizpireta chica–. Pero mientras llega el hombre que me conviene me divierto con hombres que no me convienen”

Himenia Camafría, madura señorita soltera, hacía un viaje en tren. Frente a ella iba un caballero que peinaba canas. Ya se sabe que las canas dan a los hombres un aspecto sumamente interesante, a más de mostrar su experiencia en las cosas de la vida. Así, la señorita Himenia quiso llamar la atención de su atractivo compañero. Sacó de su bolso un pañuelito de batista y fingió limpiarse con él un ojo. Le dijo al caballero: “Parece que me entró en el ojo un carboncillo de la máquina”. “Madame –le dijo el hombre–. El tren en el que vamos es eléctrico”. “Ah –replica la señorita Himenia–. Entonces me debe haber entrado un voltio”.

El padre Arsilio se dirigió con severidad a sus feligreses en la misa: “La semana pasada les dije que estoy necesitando mil pesos para comprarle unas muletas a la viuda del herrero. Nadie dio nada. Me veo obligado entonces a echar mano de un recurso desesperado para obtener ese dinero. En la parroquia hay una persona adúltera. Si en el curso de la semana no deposita un billete de mil pesos en la alcancía de San Expedito, daré a conocer su nombre en la misa del domingo”. Se llegó ese día. “Hermanos –les dijo el párroco a los asistentes–, les tengo dos noticias: una buena y otra mala. La buena es que la alcancía de San Expedito está llena de billetes de mil pesos. La mala es que este pueblo está lleno de pirujas y cornudos”.

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a condición de que se lleve a cabo sólo una vez por sesión), predicaba contra las diversiones profanas. “¡Y esos antros, cabarets o salones de baile! –clamaba con santa indignación–. ¡Parecen un burdel!”. Al salir del servicio lo felicitó una de sus feligresas: “¡Qué gran sabiduría tiene usted de la vida, reverendo! –le dijo–. ¡Se ve que ha estado en todas partes!”.

Doña Frigidia le contó a una amiga: "Finalmente mi esposo encontró anoche la forma de satisfacerme". "¿Ah, sí? -se interesó la amiga-. ¿Qué hizo?". "-Se fue a dormir en otro cuarto" -responde la mujer.

El gorila del zoológico escapó de su jaula, tomó en sus membrudos brazos a doña Frigidia, la esposa de don Frustracio, y derribándola por tierra se dispuso a hacerla objeto de sus selváticos instintos. La señora, desesperada, le pidió a su marido: “¡Haz algo!”. Desde la prudente distancia en que se hallaba le gritó el señor al prepotente simio: “¡Hoy no! ¡Le duele la cabeza!”.

Pirulina vivía en la gran ciudad, y su madre en un pequeño pueblo. Cierto día la señora visitó a su hija. Encontró que habitaba un departamento de lujo; tenía coche del año, muebles carísimos, estola de mink, abrigo de visón y joyas de alto precio. Le comentó, suspicaz: “No me digas que todo esto lo hiciste de la noche a la mañana”. “No, mami -contestó Pirulina-. Lo hice de muchas noches a muchas mañanas”.

Doña Panoplia de Altopedo, mujer de sociedad, iba todos los días al banco. Al parecer hallaba diversión en depositar y retirar dinero a cada rato. “Señora –le dijo el joven banquero que la atendía–, me permito sugerirle que no mueva tanto su cuenta”. “¿Por qué?” –se molestó ella. “Mire usted –le explicó el muchacho–. Esto de las cuentas bancarias es como el matrimonio: a fuerza de tanto meter y sacar se va haciendo menor el interés”.

Una joven señora acostumbraba tomarse todas las mañanas un cafecito con su vecina, joven también como ella. Cierto día le comentó: “Estoy muy preocupada por la sexualidad de mi marido. Encontré en el bolsillo interior de su saco un juego de ropa íntima de mujer, de encaje negro con aplicaciones rojas”. “¡Vaya –exclamó la vecina–. ¡Ahora sé quién se lo llevó”

Doña Jodoncia y su esposo don Martiriano leían el periódico en el desayuno. “Mira -comentó la señora-. Aquí dice que un lord inglés le dejó toda su fortuna a una mujer que no quiso casarse con él’’. “¡Caramba! -exclama don Martiriano-. ¡Eso se llama gratitud!’’.

“No traigo dinero para pagarle”. Así le dijo la mujer al maduro conductor del taxi. Y añadió luego al tiempo que se reclinaba provocativamente en el asiento del vehículo: “Pero puedo pagarle con esto”. “Lo siento, señora -replicó el senescente taxista-. Yo ya no tengo con qué cobrarle”.

Una mujer llamada Montecarla tenía el feo vicio del juego. Cierto día fue al casino y perdió todo su dinero en la ruleta. Desesperada salió al jardín e invocó al diablo en la mejor tradición de la Edad Media. “¡Demonio! –clamó–. ¡Si me das dinero seré tuya en cuerpo y alma!”. ¡Wham! Una sombra salió de los arbustos y se le puso enfrente. “Primero dame el cuerpo –le dijo a Montecarla con cavernosa voz–. Lo del alma puede esperar”. Ahí mismo, sobre la grama del jardín en penumbra, se cumplió la primera parte del horrible pacto. Acabada que fue la vil dación Montecarla le dijo con pena a la siniestra sombra: “Me disculpo de no ser virgen”. “No te preocupes –le respondió la voz–. Yo me disculpo de no ser el demonio”.

A aquella madura señorita le decían “La Melodía Olvidada”. Ya nadie la tocaba.

Había en un elegante suburbio una gran casa. Quienes aquel domingo pasaron frente a ella se sorprendieron al ver un insólito espectáculo: en la cochera varias parejas hacían el amor en diferentes posiciones. Uno de los que pasaban se detuvo, y fue recibido en el jardín por una dama otoñal muy bien vestida. “Bienvenido, señor –le dijo alegremente–. ¿Podemos hacer algo por usted?”. Preguntó escandalizado el hombre: “¿Qué casa es ésta donde se hacen en público cosas que sólo deben hacerse en privado?”. Respondió la señora con naturalidad: “Es una casa de mala nota. Lo que sucede es que hoy tenemos venta de garage”

El sargento le dijo a Babalucas: “¡Soldado! ¡Ice la bandera!”. Contesta Babalucas dándole palmaditas en la espalda: “Lo felicito, mi sargento. Le salió a toda madre”.

Jactancio, sujeto presuntuoso, salió de la ducha y le dijo a su mujer: “Cinco centímetros más y sería el rey del sexo”. “No –lo contradijo ella–. Cinco centímetros menos y serías la reina”.

Bill Swiftdick, vaquero americano, aprovechó la ausencia del sheriff Jack Longhorn para entrar en su casa a refocilarse con su esposa, mujer que había conocido –en el sentido bíblico de la palabra– a todos los hombres al oeste de Abilene. Estaba el cowboy en el culmen del erótico deliquio cuando se oyó, cada vez más cercano, el trote de un caballo. Le dice la mujer a Swiftdick: “¿Es cierto que los vaqueros de verdad mueren con las botas puestas?”. Respondió el jinete sin dejar de jinetear: “Así es. El verdadero cowboy muere con las botas puestas”. “Pues póntelas aprisa –sugirió la mujer–. Ahí viene mi marido”.

Rondín # 7.-

El abogado defensor cuestionó al médico forense: “¿Cuántas autopsias ha hecho usted en cadáveres?”. Sin vacilar respondió el interrogado: “Todas”.

Caía la tarde, y un ancianito lloraba desconsoladamente en la banca del parque. Se le acercó un policía y le preguntó con solicitud y cortesía: “¿Por qué llora, señor?”. Sin dejar de verter sus lágrimas responde el maduro caballero: “Tengo 84 años de edad. La semana pasada me casé con una muchacha de 25. Ella no se lo esperaba, y menos yo, pero la luna de miel fue todo un éxito. Una y otra vez le hice el amor apasionadamente; volví a mis 20 años. Cuando regresamos del viaje ella venía locamente enamorada de mí. Piensa que soy el mejor amante del mundo. Todos estos días nuestra vida ha sido un constante arrebato de pasión”. Pregunta asombrado el policía: “Y entonces ¿por qué llora?”. Responde el ancianito al tiempo que estallaba en sollozos: “¡Es que hoy en la mañana salí de mi casa, y ahora no puedo recordar dónde vivo!”.

Declaró una señora: “Mi esposo es un tesoro”. “¿De veras?” -se interesó alguien. “Sí -masculló la señora-. Debería estar enterrado”.

Sherlock Holmes y su fiel amigo el doctor Watson viajaron a Nueva York y se hospedaron en un famoso hotel. Dijo el genial detective: “Sospecho que podría haber en nuestra habitación algún dispositivo oculto para escuchar nuestras conversaciones. Debemos encontrarlo”. (Sucede que entre Homles y Watson había conversaciones cuya naturaleza no reveló nunca Conan Doyle). El doctor se aplicó a buscar, y bien pronto confirmó una vez más la certera intuición de su genial amigo: en efecto, bajo la alfombra descubrió un pequeño disco sujeto con tornillos y alambres. Evidentemente se trataba de un micrófono. Con su navaja suiza Watson quitó los tornillos y cortó los alambres, y así dejó inutilizado el artilugio. Al día siguiente el administrador del hotel les preguntó a los visitantes: “¿Qué hicieron ustedes anoche?”. “Señor mío- respondió Holmes con dignidad británica-, eso no es de su incumbencia”. Replicó el del hotel: “Su vida privada no me interesa, caballeros. Lo que quiero saber es por qué desatornillaron el candil de la habitación que está abajo de la de ustedes. La pesada lámpara le cayó en las pompas al ocupante de ese cuarto, que en ese momento le estaba haciendo el amor a su mujer. Al infeliz le quedó el trasero como de mandril: rojo e hinchado. Y son ustedes afortunados, pues por un pelito se libraron de ir a la cárcel acusados de homicidio imprudencial: si hubiesen desatornillado el candil unos minutos antes, le habría caído al señor en la cabeza”.

Cierto señor perdió los dientes en un accidente lamentable. Por negligencia no se atendió, de modo que pasaban los días y él andaba desdentado. Su esposa le pidió una y otra vez que fuera con un odontólogo, pero él no hacía caso. Por fin se decidió, y sin decir nada a su mujer fue a un consultorio en el cual le colocaron una flamante placa dental. Volvió de inmediato a su casa el individuo para dar la sorpresa a su mujer. Ella estaba en la ducha, de espaldas a la puerta del baño. Despacito, sin hacer ruido, se le acercó el marido y le mordió levemente el hombro. Le dice la señora sin volver la vista: “¿Qué haces aquí a esta hora? No tarda en llegar el chimuelo”.

Un individuo acudió al doctor Ken Hosanna, célebre facultativo, y le dijo con voz llena de angustia: “Doctor, el lunes pasado amanecí con los testículos muy rojos. El martes se me pusieron azules. El miércoles adquirieron un sombrío tono grisáceo. El jueves se me pintaron de un color verdoso. Y este día, mire usted, los traigo negros”. Después de revisarlo con acuciosidad dictaminó el doctor Hosanna: “Presenta usted, señor, un cuadro grave de metacromatismo panóptico. Tendré que cortar las dichas partes si es que no quiere usted perder la vida”. El pobre tipo se resignó a la operación. Pasaron unas semanas, y el desdichado regresó. Ahora era la parte adjunta la que se le pintaba de colores. Cortó también el médico esa parte, y le puso al paciente en su lugar un tubo plástico. No terminó ahí el problema. Volvió el infeliz sujeto con la queja de que igualmente el tubo se le coloreaba. ¿Habría que retirarlo también? El doctor Ken Hosanna se rascó la cabeza y luego arriesgó un diagnóstico distinto: “Señor: ¿no será que su esposa le está comprando calzones muy corrientes, de esos que se despintan y manchan?”.

Pirulina se estaba confesando con el Padre Arsilio. Le dijo: “Me acuso, padre, de que le toqué la pipí a mi novio”. Pregunta el confesor: “¿Qué edad tiene él?”. Contesta Pirulina: “20 años”. Le indica el sacerdote: “Entonces ya está en edad de que digas: ‘Le toqué la polla’”.

Se hablaba de lugares para vacacionar. Alguien dijo que lo mejor era Cancún. A otro le gustaba Ixtapa. Un tercero declaró su preferencia por Vallarta. Opinó Babalucas: “Pues para mí no hay nada como Acapulco. ¿Dónde más puedes pasarte un fin de semana sin que te cueste ni un centavo, ir a bailar gratis, comer y beber todo lo que quieras, y luego que al final te regalen 5 mil pesos?”. Le preguntó uno, intrigado: “¿Eso te ha sucedido a ti en Acapulco?”. “A mí no –responde Babalucas–. Pero a mi mujer le pasa a cada rato”.

Casó Dulciflor, muchacha ingenua, con Libidiano, hombre que presumía de sapiencia en cosas de sexualidad. La noche de las bodas él se mostró al natural ante su mujercita y le preguntó con tono de macho dominante señalándose la región de la entrepierna: “¿Sabes cómo se llama esto?”. “Sí –respondió algo turbada Dulciflor–. Se llama pipicita”. “No, preciosa –la corrigió el galán, condescendiente–. Se llama pene”. Replica la muchacha: “Uh, no. Pene es el que tenían mis cuatro novios anteriores. Eso que tienes tú es una simple pipicita”.

Vehementina, la sensual y voluptuosa mujer de don Languidio, se quejó con él. Le dijo: “Toda la semana estuve excitada, y ni te diste cuenta”. “Claro que me di cuenta -protestó el añoso marido-. Y te felicito por tus éxitos”.

Aquel tipo llamó a una puerta y le abrió la señora de la casa. Dice el sujeto: “Estoy realizando una encuesta sobre sexualidad y su relación con el hábito de fumar. Dígame usted, ¿su esposo se fuma un cigarrillo entre acto y acto?”. Responde la señora con tono agrio: “Entre acto y acto mi marido se fuma unas 200 cajetillas”.
 
“Su esposo está agotado sexualmente, señora –le dijo el facultativo a la mujer de su paciente–. Eso explica su debilidad, la extenuación que sufre. Deberá él abstenerse de toda relación sexual durante un par de meses. ¿Cree, señora, que podrá usted sobrellevar la falta de marido en esa temporada?”. “Claro que sí, doctor –respondió ella sin dudar–. Para eso son los amigos”.

Ovonio Grandbolier, el hombre más perezoso del condado, le dijo aquella mañana a su mujer: “Vieja, hoy me levanté con ganas de trabajar”. “¿De veras?” –se asombró la señora. “Sí –confirmó el tal Ovonio–. Voy a acostarme otra vez, a ver si se me pasan”.

Silly Kohn, vedette de moda, le dijo a su doctor: “Creo que soy sonámbula, y que por las noches camino dormida”. Inquirió el facultativo: “¿Por qué piensa usted eso?”. Respondió muy preocupada Silly: “Todas las mañanas amanezco en mi propia cama”.

El borracho empezó a ponerse necio en la cantina. Fue hacia un señor que sin meterse con nadie bebía su copa en un extremo de la barra y le dijo con tono amenazante: “¿Está usted buscando pleito?”. El otro le respondió, calmado: “Desde luego que no, amigo. Si buscara pleito ya me habría ido a mi casa”

Cierto escritor francés publicó un libro llamado “Mil posiciones sexuales”. Un lector le dijo con asombro que él nada más conocía una. “¿Cuál es?” –quiso saber el autor. Respondió el otro: “La mujer se tiende de espaldas, y el hombre se pone sobre ella”. “¡Ah! –exclamó lleno de entusiasmo el francés al tiempo que sacaba su libreta–. ¡Mil y una posturas sexuales!”

Picardino, hijo de don Poseidón, fue a la ciudad a estudiar. Llevó consigo al perro de la casa, llamado el Almirante porque su pelaje era de varios colores y –decía don Poseidón– “todos se almiran al verlo”. Bien pronto Picardino empezó a gastar demasiado en parrandas con maturrangas y amigotes. Para lograr que su padre le enviara más dinero se le ocurrió un ardid, pues conocía los defectos de su progenitor. Lo llamó por teléfono y le dijo que había en la ciudad una academia donde los perros aprendían a hablar. Si ponían al Almirante en esa escuela don Poseidón sería el único del pueblo que tendría un perro parlante. El viejo, entusiasmado, empezó a girar grandes cantidades a su hijo para la colegiatura del can. Pero no hay dicha que dure, como dijo un señor cuando en la oscuridad del cine una chica se le sentó inadvertidamente en el regazo y luego se levantó de prisa pidiéndole disculpas. Llegó el día en que Picardino tenía que regresar al pueblo. Dejó al Almirante con un amigo y tomó el autobús. Don Poseidón lo esperaba en la central. Más que tener ganas de abrazar a su hijo estaba ansioso de oír hablar al perro. Se consternó al ver que no lo traía Picardino. “¿Y el Almirante?” –preguntó con inquietud. “Sucedió algo, papá –le dijo el muchacho bajando la voz–. Tan pronto el perro aprendió a hablar me dijo: ‘Ya quisiera estar en la casa, para contarle a tu mamá todo lo que tu padre hace con la criadita de la casa cada vez que ella sale’. Por eso no lo traje. Pero si quieres, la próxima vez lo traigo”. “¡Ah, jijo! –se alarmó don Poseidón–. No sólo no lo traigas, ¡mata lo antes posible a ese pérfido animal!”.

En el cortejo fúnebre seis hombres iban cargando el féretro. Sobre el ataúd iba un equipo de golf. Comentó alguien: “Debe haber sido un gran aficionado al golf”. “Lo es todavía –respondió otro–. Se va a ir a jugar tan pronto su mujer reciba cristiana sepultura”.

Meñico Maldotado, infeliz joven con quien se mostró avara la naturaleza, le comentó tristemente a un amigo: “Llevo tres meses haciéndole el amor a Pirulina, pero al parecer ella todavía no se entera”.

Avaricio Cenaoscuras, el hombre más cicatero del pueblo, dejó estupefactos a sus amigos al presentarse en el café ataviado con traje nuevo, zapatos flamantísimos, camisa de seda y corbata de gran lujo. “¿Y eso? –se sorprendieron los contertulios–. ¿A qué se debe el estreno? Te habíamos visto la misma ropa durante años”. “¿No se enteraron? –replicó don Avaricio con enojo–. Mi esposa dio a luz cuádruples”. “¿Y eso qué tiene que ver con tu nuevo lujo?” –preguntaron los amigos, sin entender. Explica Cenaoscuras: “¿Qué caso tiene tratar de ser ahorrativo si en tu misma casa no te apoyan?”.

Rondín # 8.-

Aquel guía que contrató el cazador llevaba siempre consigo una navaja corta de acerado filo. Le preguntó su cliente: “¿Para qué es la navaja, Hubertino?”. Respondió el guía: “Aquí abundan las víboras de cascabel. Si una me muerde usaré la navaja para hacerme una incisión, y chuparé el veneno”. Volvió a preguntar, intencionado, el cazador: “¿Y si la víbora te muerde en la parte de la entrepierna que no te puedes alcanzar?”. Contestó el hombre: “Entonces sabré si tiene usted un verdadero sentido de la solidaridad humana”.

En Estados Unidos los servicios de los plomeros son carísimos. Cobran por hora, y sus tarifas son más altas que la del profesionista más costoso. En Nueva York un abogado llegó a su casa antes de la hora acostumbrada, y vio estacionada frente a ella una lujosa camioneta en cuya puerta se veía un letrero: “John Jones, plomero”. “¡Dios mío! –rogó el abogado poniéndose muy pálido–. ¡Haz que se esté tirando a mi mujer!”.

Babalucas envió un mensaje a la Secretaría de Turismo para preguntar por qué, si la tecnología está tan avanzada, no han hecho inalámbricos a los voladores de Papantla.

John the Cock y Cock the John eras hermanos, leñadores ambos en un remoto paraje montañés. Acudieron los dos a una clínica rural, John porque su esposa iba a dar a luz, Cock porque había decidido hacerse la vasectomía. Nació el niño, y Cock fue preparado por el médico para practicarle la sencilla operación. En el momento en que su hermano iba a ser llevado al quirófano, John se presentó ante él llevando con orgullo al bebé recién nacido. “Piensa bien en lo que vas a hacer –le dijo–. ¿Acaso no te gustaría tener un bebé como éste? ¿No me darás nunca un sobrino?”. Respondió Cock: “¿De veras quieres tener un sobrino?”. “¡Claro que sí” –exclamó John con regocijo, pensando que había hecho cambiar de opinión a su hermano. “Pues felicidades –le dijo entonces éste–. Lo tienes en tus brazos”.

Aquel señor era un inveterado fumador de puro. El doctor determinó que le estaba haciendo daño, y prescribió un remedio radical: el fumador se internaría en un campamento naturista donde hombres y mujeres, en pleno contacto con la naturaleza, el sol y el aire, privados por completo de tabaco y alcohol, y comiendo sólo alimentos vegetales, se desintoxicaban y volvían así a la salud. Cuando regresó el señor, todos le preguntaron cómo le había ido. Respondió: “Fue una experiencia muy interesante. Para mi sorpresa, el campamento resultó ser nudista”. “¿De veras?” –se asombró uno. “Sí –confirmó el señor–. Lo malo es que se me ocurrió llevarme un puro, y ¡ah cómo batallé cuando lo tuve que esconder!”.

Dos amigos iban en el tren que corre de Londres a Southampton. En el mismo compartimento viajaba una ancianita que a poco se quedó dormida. Aprovechando tan favorable circunstancia los dos hombres se pusieron a hablar de cosas que no habrían podido mencionar si la vejuca hubiese ido despierta. Uno de ellos contó que la noche anterior había tenido una aventura de alcoba con una linda chica. “Cuando la tuve ya en la cama –relató–, le di un beso en la boquita. A continuación le di un beso en el cuellito. En seguida le besé el pechito. Después le besé la cinturita. Luego le di un beso en el ombliguito...”. Hizo una pausa el tipo. Su amigo le preguntó con ansiedad: “¿Y luego? ¿Y luego?”. “Luego –concluyó la narración el otro–, volví a besarle la boquita”. En eso la anciana abrió los ojos y le dijo: “Perdone, caballero, pero en todos mis años de experiencia nunca supe de un hombre que después de llegar al ombliguito emprendiera el camino de regreso”.

Estos eran tres amigos que venían del bar “Mimí”. Se llamaban Astatrasio Garrajarra, Empédocles Etílez y Alvino Ocheve. Los tres eran borrachos de solemnidad. Cierta noche salieron de aquella popular cantina más ebrios que una cuba. Con dificultad subieron a un taxi, y Astatrasio le dijo al conductor: “A mi casa”. El taxista encendió el motor, y en seguida lo apagó. Les anunció a los briagos: “Ya llegamos. Son 80 pesos”. Garrajarra le dio un billete de 100 y le dijo al tiempo que descendía del taxi: “Quédate con el cambio”. Empédocles salió también del automóvil: “Gracias, manito” –le dio una amistosa palmadita al conductor. Alvino, en cambio, le propinó al taxista un fuerte capirotazo. Pensó el tipo que el borracho se había dado cuenta de que el coche ni siquiera se había movido de su lugar. Le preguntó: “¿Por qué me golpeó así, señor?”. Respondió con enojo el temulento: “¡Por haber manejado tan aprisa, desgraciado! ¡De milagro no nos mataste!”.

Flordelisia, la hermana de Pepito se casaba ese día con su novio Pitorro. El chiquillo le preguntó a su madre: “Mami, ¿qué le va a hacer hoy en la noche Pitorro a Flordelisia?”. La señora pensó que la pregunta era una más de las picardías de su hijo, de modo que le propinó unas fuertes nalgadas al tiempo que le decía con enojo: “¡Esto es lo que le va a hacer hoy en la noche Pitorro a Flordelisia!”. Al comenzar el banquete nupcial el maestro de ceremonias les pidió a los familiares de la novia que le dieran a la muchacha algún consejo que le sirviera en su vida de casada. El abuelo le aconsejó a su nieta que respetara a su marido. La abuela le dijo que debería tener su casa siempre limpia y ordenada. El papá le recomendó a su hija que no fuera gastadora, y al decir eso dirigió una mirada llena de intención a su mujer. La señora le dijo a Flordelisia que sería feliz si su esposo, a más de ser un buen proveedor, no caía en devaneos impropios de su nuevo estado y cumplía con puntualidad sus deberes de marido. Al decir eso dirigió sendas miradas llenas de intención a su esposo y al novio. Le tocó el turno a Pepito, a quien todavía le dolían las pompas por efecto de las nalgadas recibidas. Le dijo el muchachillo a su hermana: “Yo lo único que te recomiendo es que esta noche te cuides el trasero”.

El joven agente viajero llamó por teléfono a su casa para anunciar que se había casado con una muchacha de rancho. “¿De rancho? -se preocupó su madre-. Pero, hijo, esa muchacha ha de ser de condición social muy distinta de la nuestra. ¿Qué tiene su papá?”. Suspiró el joven: “Una escopeta”.

Lord Feebledick volvió a su casa después de la cacería de la zorra y encontró a su mujer, lady Loosebloomers, en pecaminoso ayuntamiento de copulación con Wellh Ung, el membrudo jayán encargado de la montería. (Y bien que montaba el mocetón). “¡Ah, bellaco! –rebufó milord esgrimiendo la fusta que llevaba–. ¡Te voy a enseñar!”. Lo detuvo lady Loosebloomers, que en trances como ése dio muestras siempre de gran presencia de ánimo. “Repórtate, Feebledick –le dijo–. El que podría enseñarte algo a ti es él”.

Un sujeto llegó inopinadamente a su casa y encontró a su mujer en la recámara, desnuda sobre el lecho. A su lado estaba el médico de la familia, igualmente en peletier. “¿Qué significa esto?” –preguntó con iracundia el cornígero marido. Respondió, solemne, el facultativo: “Estoy auscultando a su esposa”. “¿En la cama y sin ropa?”– preguntó irritado el hombre. “Caballero –replicó el galeno con suma dignidad–, cada médico tiene sus propios métodos de auscultación. Y no quiera usted saber los míos: son secreto profesional.

Un grupo de señoras visitó el zoológico. El guía las condujo al lugar donde se hallaba el avestruz y les dio a conocer algunas características de esa ave. “El avestruz -les dijo- es torpe, medio cegatón, y se traga todo”. Comenta una señora: “¡Qué buen marido haría!”.

Don Chinguetas y doña Macalota hacían juntos las compras en el súper. Vio él un tequila marcado a la mitad de precio, y puso la botella en el carrito. “¿Qué haces? –se molestó su esposa–. Deja esa bebida en su lugar”. De mala gana don Chinguetas sacó la botella del carrito. Poco después doña Macalota vio una fina crema para la cara, también con descuento del 50 por ciento. Sin vacilar puso el frasco en el carrito. “¿Qué haces? -le dijo su marido–. Deja esa crema en su lugar”. “No –opuso la señora–. Esa crema me quita lo feo”. Replicó don Chinguetas: “El mismo efecto tiene el tequila, y no me dejaste comprarlo”

En la tienda de mascotas estaba a la venta un periquito que había pertenecido a una muchacha de la vida alegre. Llegó un cliente y preguntó: “¿Cuánto cuesta ese loro?”. “300 pesos” –le informó el dueño. Intervino entonces el perico: “Pero si me das mil te hago de todo, guapo”.

En medio de la noche la señora despertó violentamente a su esposo. “¡Levántate! -le dijo-. ¡Hay un ladrón en la casa!”. “¿Y qué importa? -contestó el hombre-. Déjalo, y vuélvete a dormir?”. “¿Dejarlo? -rebufó la esposa-. ¿Y que nos robe? ¡Anda, baja!”. “Mujer -le dice entonces el esposo, cachazudo-. Tú sabes que en la casa no hay nada de valor que el ladrón pueda robarse. ¿Quieres que reconozca esa pobreza ante un perfecto extraño?”.

Don Algón, salaz ejecutivo, le dijo a su linda secretaria: “Rosibel: tengo una casita en la playa. Te invito a que la conozcas. Pasaremos un rato muy agradable”. “Buena idea -aceptó la muchacha-. Si usted no tiene inconveniente llevaré a mi novio”. “¿Tu novio? -se amoscó don Algón-. ¿Para qué queremos a tu novio?”. Contesta Rosibel: “A lo mejor la esposa de usted también quiere pasar un rato agradable.

Doña Macalota, mujer de profuso nalgatorio, era pianista aficionada y gustaba de entretener a sus amistades con sus interpretaciones al teclado. En una ocasión sorprendió a sus visitantes con un anuncio formidable; iba a tocar una versión completa al piano de la Obertura “1812” de Tchaikowsky, obra en la cual el gran compositor describió musicalmente el encuentro de los ejércitos napoleónicos y rusos. Todos aplaudieron. Pero don Chinguetas, el esposo de doña Macalota, les pidió en voz baja, con angustia: “¡Pídanle que toque alguna otra cosa!”. “¿Por qué?” –se extrañó uno. Responde muy apurado el señor de la casa: “¡No saben ustedes cómo imita los cañonazos que marca la partitura!”.

En España el verbo “joder” significa realizar el coito. Un baturro fue a Madrid y se topó con dos paisanas suyas a quienes conoció pobres, pobrísimas, y que ahora iban vestidas con lujo y profusamente alhajadas. Les dijo con cierto retintín: “¿Por qué lucís así, tan majas?”. Le contestó una de ellas, desafiante: “Porque podemos”. Pregunta el baturro: “¡Qué ¿En Madrid la letra jota se pronuncia como pe?”.

Aquella anciana a quien su nieta le preguntó: “Abue, ¿qué es un amante?”. La dulce viejecita se dio una gran palmada en la frente, corrió hacia su ropero y lo abrió. Del interior del mueble cayó pesadamente al suelo el cuerpo momificado de un sujeto que había estado ahí durante luengos años, y del que se había olvidado la señora.

Un tipo le contó a otro: “Mi hija cumplió 15 años, y me dijo: ‘No te preocupes, papi. Me abstendré absolutamente de tener sexo’”. Hizo una pausa el tipo, y luego concluyó: “Cada día se parece más a su mamá”.

Rondín # 9.-

Tres años largos estuvo Leovigildo de novio con la bella Pirulina. Todo ese tiempo la asedió con urentes demandas de erotismo; mil veces le pidió que le hiciera dación de su virginidad. Otras tantas veces ella le negó, tajante, aquel tesoro. Por fin él le propuso matrimonio, pues supo que sólo en el tálamo nupcial podría refocilarse con el objeto de su deseo. La noche de bodas Leovigildo le dijo a su flamante desposada: “¿Sabes una cosa, Pirulina? Si te hubieras entregado a mí ya no me habría casado contigo”. Respondió ella: “No me extraña. Por haberme entregado a ellos no se casaron conmigo otros seis novios que tuve”.

Por fin la aburrida pareja que estaba de visita se despidió. Les dijo el señor de la casa: “¿Se van tan pronto? ¡Pero si apenas llegaron hace 4 horas, 32 minutos y 55 segundos!”.

Una chica le dijo a otra: “Don Algón es un hombre sin moral. Me dijo que me daría un reloj si hacía el amor con él”. Respondió la otra: “A verlo”.

Don Chinguetas, el marido de doña Macalota, le anunció a su esposa que iba a llevar un oso a la casa. Sería, le dijo, una mascota muy original. “¿Un oso? –clamó la señora–. ¡Cielo santo! ¿Y qué le vas a dar de comer a ese animal?”. “Comerá lo mismo que nosotros –replicó don Chinguetas–. Le enseñaré buenos modales en la mesa”. “¿Y la higiene? –rebufó la mujer–. ¡Me va a llenar la casa con sus excretas y micciones!”. “No sé qué sean excretas y micciones –contestó el marido–, pero le enseñaré también a usar el baño. He oído que los osos aprenden pronto y bien”. Inquirió doña Macalota hecha una furia: “¿Y dónde va dormir esa bestia salvaje?”. Respondió tranquilamente el señor: “Dormirá con nosotros”. “¿En nuestro lecho? –se mesó los cabellos la mujer–. ¿Y si el animal escucha el ancestral y atávico llamado de la selva y se le antoja tener sexo?”. “No hay problema –contesta don Chinguetas–. Le dirás que te duele la cabeza, como me lo dices siempre a mí”.

La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, dio a luz en medio de dolores indecibles. “No te quejes –le dijo el majadero–. Una patada en los éstos duele mucho más que un parto”. “¿Cómo lo sabes? –le preguntó, hosca, la mujer–. Nunca has parido”. “No –replicó Capronio–. Pero sé de muchas mujeres que después de haber tenido un hijo dicen: ‘Me gustaría tener otro’. Jamás he sabido, sin embargo, de un hombre que después de haber recibido una patada en los testículos diga: ‘Me gustaría que me dieran otra’”.

Al día siguiente de la noche de bodas el novio fue a pagar la cuenta del hotel. No le cobraron nada, y además le dieron un cheque por 5 mil pesos. “¿De qué es esto?”– preguntó con asombro el recién casado. “No se sorprenda, joven –le dijo el encargado–. A otra pareja le acabamos de dar 10 mil pesos”. “¿Por qué?”– quiso saber el muchacho. Le explicó el otro: “Porque la noche de bodas de esa pareja la trasmitimos por televisión, y la de ustedes nada más la pasamos por radio”.

En el club el señor se subió a la báscula para pesarse. “¡Joder!” –exclamó en voz alta con disgusto. “¿Qué sucede, Craso? –le preguntó un amigo–. ¿Estás excedido de peso?”. “De peso estoy muy bien –respondió el ventrudo señor–. Pero según la carta comparativa de pesos y estaturas debería yo ser 50 centímetros más alto”.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, esposa de don Sinoplio Gules, estaba muy orgullosa porque le habían terminado su nueva residencia. Le preguntó alguien: “¿Y tienes dónde recibir a tus amigos?”. “Naturalmente –respondió ella–. Nada más en mi recámara hay tres clósets”.

Kid Grogo cayó noqueado en el mismísimo primer round de la pelea. Cuando recobró el conocimiento, ya en el vestidor, su manager lo amonestó, severo: “¿No te dije que te cuidaras del uno-dos?”. “Y me cuidé –aseguró el Kid con feble voz–. Pero el caborón me aventó el tres, el cuatro, el cinco, el seis, el siete...” .

Don Valetu di Nario, señor de edad más que madura, contrajo matrimonio con una linda chica en flor de edad. Su médico le había advertido de los riesgos que conllevaba el desposorio, pero el señor Di Nario desoyó toda advertencia, y no sólo se casó con la muchacha, sino además la llevó a una larga luna de miel. Pasaron unos meses, y cierto día el doctor recibió la visita de don Valetu, quien le anunció con júbilo que su joven esposa se encontraba en estado de buena esperanza, vale decir embarazada. El facultativo se asombró al oír esa noticia. Cautelosamente, pero con cierta socarronería, le preguntó al provecto señor: “Dígame, don Valetu: ¿hay alguna persona que visite a su esposa en su casa cuando usted no está?”. “Sí– replicó el añoso caballero–. Con frecuencia va a visitarla una vecina. Sucede a veces que mi señora no está, pero yo sí. Y la vecina también está embarazada”. (Nota aclaratoria: Seguramente don Valetu bebía las miríficas aguas de Saltillo, un centilitro de las cuales basta para dar a los varones, aun a los más senescentes, un vigor considerable. Eso explicaría las proezas del señor Di Nario).

Un sujeto llamado Erotino Pitorreal se presentó ante el famoso psiquiatra Sigmund Headpeeper y le dijo: “Vengo a verlo, doctor, por consejo de un amigo; aunque pienso que no tengo en verdad ningún problema”. Inquirió el analista: “¿Por qué entonces su amigo le sugirió venir?”. Respondió el otro: “Porque le hago el amor a mi esposa dos veces cada día”. “Eso no es inusual –dijo el psiquiatra–. Muchos hombres hacen eso, al menos durante la primera semana del matrimonio”. “Es cierto –admitió el tipo–, pero también le hago el amor dos veces diarias a la sirvienta, a una vecina, a mi secretaria, a una antigua novia y a la pianista del bar a donde voy”. “Tiene razón su amigo –se preocupó el psiquiatra–. Creo que el suyo es un caso de erotomanía. Eso sí es un problema. ¡Dos veces diarias, y con tantas mujeres! Debe usted tomar el asunto en sus manos”. “Lo tomo, doctor –aseguró el sujeto–. También dos veces diarias”.

Don Martiriano y su fiera mujer, doña Jodoncia, fueron al día de campo organizado por su club. Paseaban entre los árboles cuando de pronto oyeron palabras amorosas. “Escucha -le dijo en voz baja la anfisbena a su abnegado esposo-. Ahí están un joven y su novia. No nos han visto, y parece que él se le va a declarar. Tose, para que el muchacho sepa que estamos aquí”. “¡Ah no! -protestó don Martiriano con vehemencia-. ¡A mí nadie me tosió!”.

La mamá coneja le dice a su conejito: “Un mago te sacó de su sombrero, punto. Y no hagas más preguntas”.

El médico le dijo a don Etilano que su colesterol estaba alto. “Tómese una de estas pastillas cada día –le recetó–, con una copa de vino tinto”. Un par de meses después el galeno se topó con la esposa de don Etilano. Le preguntó: “Su marido, ¿ha seguido el tratamiento?”. Respondió la señora: “En las pastillas lleva un atraso de 6 semanas, y en el vino un adelanto de 3 años”.

Una joven mujer de exuberantes curvas llegó a una mueblería y le pidió al encargado que le mostrara un juego de sala sexual. Así dijo: “Un juego de sala sexual”. “Querrá usted decir seccional” –sonrió el empleado. Respondió ella: “Cada quién le da a sus muebles el uso que quiera”.

Macalota fue a un centro comercial en compañía de don Chinguetas, su marido. Entró en una tienda y salió a poco cargando seis bolsas llenas de ropa. “¿Todo eso compraste?” –se espantó el señor. “Sí –admitió ella–. Pero mira todo lo que dejé en la tienda”.

Casó don Gerontino, señor de muchos años, con Frondosia, muchacha en flor de edad. Cuando se dirigían a la suite nupcial del hotel el maduro novio sufrió un síncope cardiaco. Llegó una ambulancia, y pusieron en la camilla a don Gerontino. Con él subieron al vehículo la consternada novia y los dos jóvenes paramédicos. En el trayecto al hospital uno de ellos le dijo a Frondosia: “Dígale a su esposo algunas palabras que fortalezcan en él las ganas de vivir”. Se inclinó la muchacha hacia su provecto marido y le dijo: “Ponte bien, Gerontino, o tendré que pasar la noche de bodas con alguno de estos dos guapos muchachos”.

Aquel charro tenía fama de agarrado, cicatero, avaro, excesivamente ahorrador. Un día se presentó en el lienzo a charrear. “Don Avaricio –le advirtió uno de sus compañeros–. Trae usted una sola espuela. Se le olvidó ponerse la otra”. “Solamente uso una –respondió don Avaricio–. He notado que cuando se mueve una mitad del caballo la otra mitad se mueve también”.

En las noches de bodas siempre hay una sorpresa. No fue pequeña la de Dulciflor cuando al empezar la noche nupcial su flamante marido Pirino, jefe de los bomberos voluntarios de Barfola, Texas, le anunció que la celebración de sus actos connubiales estaría regida por campanadas como las que regulan las acciones de los apagafuegos. Le dijo: “Gritaré: ‘¡Una campanada!’, y te quitarás la ropa. Gritaré: ‘¡Dos campanadas!’, y te acostarás en la cama. Finalmente gritaré: ‘¡Tres campanadas!’, y empezaremos a hacer el amor”. Se cumplió eso, en efecto. Gritó Pirino: “¡Una campanada!”, y Dulciflor se desnudó. Gritó Pirino: “¡Dos campanadas!”, y la novia se tendió en el lecho con voluptuosidad. “¡Tres campanadas!” –gritó el recién casado. Y así diciendo se dispuso a consumar el matrimonio. Pero en ese momento gritó Dulciflor también a voz en cuello: “¡Cuatro campanadas!”. “¿Cuatro campanadas?” –preguntó Pirino, confundido–. ¿Qué significa eso?”. Contestó Dulciflor: “Quiere decir: ‘Poca manguera para tanto fuego’”.

Un cura católico, un ministro protestante y un rabino judío eran buenos amigos entre sí, y con frecuencia se juntaban a tomar un café y a hablar de las cosas de Dios. Cierto día un individuo los encaró, retador. Les dijo: “Lograr la conversión de un hombre es cosa fácil. Me gustaría verlos, sin embargo, tratando de convertir a un oso”. Al principio echaron a broma esa proposición, pero luego la discutieron y acordaron ponerla en práctica. Al día siguiente los tres se internaron en el bosque, cada uno en busca del oso al que trataría de convertir. Se encontrarían por la tarde a fin de comparar sus resultados. A la hora fijada llegaron el sacerdote católico y el pastor protestante. Los dos se veían muy contentos. Dijo el párroco: “Le hablé al oso de la Virgen María, y de inmediato se convirtió al catolicismo”. Dijo el ministro evangélico: “Le leí al oso textos de la Biblia, y al punto se hizo protestante”. En eso estaban cuando llegó el rabino. Venía lleno de heridas, sangrante y lacerado. Dijo con voz doliente: “Creo que circuncidar al oso no fue la mejor manera de iniciar su conversión”.

Rondín # 10.-

“Aquella mujer es la mayor piruja de toda la ciudad”. Así dijo en la fiesta un muchacho señalando a una de las invitadas. Un señor lo reprendió, enojado: “Joven, olvida usted que mi esposa está presente”.

Babalucas fue a cazar patos a la laguna. Le dijeron que para esa cacería necesitaba un perro. Volvió al caer la tarde. “¿Cuántos cazaste?” -le preguntaron. Respondió el tonto roque: “Ninguno”. “¿Cómo ninguno? -se sorprendieron todos-. ¡Había muchos!”. “Sí -concedió Babalucas-. Pero volaban muy alto, y aunque aventaba el perro con todos mis fuerzas nunca pude hacerlo llegar hasta ellos”.

Un pequeño señor fue al baño en el conocido restorán “Las alegrías de Schopenhauer”. Tras él entró un hombrón de estatura y peso tan desmesurados que el señorcito no pudo menos que fijar la vista en él. Le dijo el gigantón: “Dos metros de estatura; 150 kilos de peso; gran dotación en la entrepierna y siempre ando ganoso. Dante la Puerta”. Al escuchar eso el pequeño señor se desmayó. Preocupado al ver su desvanecimiento el toroso individuo se inclinó sobre el chaparrito y lo hizo volver en sí moviéndolo y dándole unas leves cachetadas. Abrió los ojos el pequeño señor y le preguntó al coloso: “Perdone usted, ¿qué fue lo que me dijo?”. Responde el otro: “Observé que se me quedaba viendo, y para satisfacer su curiosidad le informé mi estatura, mi peso y mis características sexuales. Luego le dije mi nombre, Dante la Puerta”. “¡Ah, vaya! –exclamó el señorcito con alivio–. ¡Yo oí: ‘Date la vuelta!’”.

La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo un día: “Tarde o temprano tendremos que conseguir otro espantapájaros para alejar a los cuervos de nuestro jardín”. Capronio replicó: “¿Qué hay de malo con el espantapájaros que tenemos ahora?”. “Nada –reconoció la señora–. Pero a mi mamá ya se le están cansando los brazos”.

“Anoche evité una violación” –les dijo con orgullo Pitoncio a sus amigos. Preguntó uno: “¿Cómo le hiciste?”. Respondió Pitoncio: “La convencí”.

Le contó un tipo a su amigo: “Mi mujer nunca me pide que le haga algo cuando estamos en el acto del amor. Anoche por primera vez me pidió una cosa”. “¿Ah sí? –preguntó el otro con interés notorio–. ¿Qué te pidió?”. Contesta el tipo, mohíno: “El control remoto de la tele”.

Impericio, muchacho con poca técnica sexual, contrajo matrimonio con Pirulina, joven mujer que en otro tiempo había sido de envases no onerosos, por no decir de cascos ligeros. Consumado el matrimonio mediante la celebración del rito natural Impericio le preguntó con orgullosa sonrisa a su pareja: “Dime, Pirulina, el acto que acabamos de realizar ¿no te hace desear otro?”. “Sí –admitió ella–. Pero anda de viaje”.

Silly Kohn, vedette de moda, y su amiga Nalgarina Grandchichier, vedette como ella, fueron a pasar vacaciones en una playa casi virgen (casi). Le dijo Silly a Nalgarina: “Tras aquellos arrecifes hay una pequeña playa solitaria. Ahí podríamos nadar desnudas”. “¿Para qué? –replicó la Grandchichier–. Nadie nos vería”.

El joven ballenato le preguntó a un amigo: "Dime: ¿las ballenas tienen una especie de tubito que les sale del lomo hasta la superficie?". "No -responde con extrañeza el amigo-. No tienen ese tubito". "¡En la madre! -exclamó consternado el joven ballenato-. ¡Entonces follé con un submarino!".

Don Hamponio, el delincuente de la esquina, escapó de la cárcel. Esperó a que cayera la noche, y cuando la oyó caer encaminó los pasos a su casa. Entró en ella por la puerta trasera, para no ser visto por los vecinos, y se dirigió a la recámara. ¡Ah, las cosas que tiene la vida! Vio ahí a su mujer yogando con un desconocido. Esa visión sorprendió mucho a don Hamponio; generalmente a esa hora de la noche su esposa acostumbraba estar dormida ya. ¡Cómo había cambiado! Le preguntó: “¿Qué haces?”. “¡Ay, Hamponio! –respondió la señora en tono de queja–. ¿Cómo podía yo saber que ibas a venir? La próxima vez que te escapes de la cárcel, por favor, avísame”.

Babalucas tuvo un problema con su esposa, y recurrió al consejo de un amigo. "No puedo aconsejarte -le dice éste-. En el conflicto que tienes con tu mujer me declaro neutral". Pregunta Babalucas: "¿Y a favor de cuál de los dos te declaras neutral?".

Pepito estaba jugando con su estuche de química. Desde su mecedora lo veía con ternura su abuelito. Poco después el chiquillo salió al jardín y vio a una lombricita que asomaba por un agujerito. La tomó y la sacó de ahí. Luego, seguramente apenado por haber sacado de su casita a la pobre lombricita, el niño empezó a tratar de meterla otra vez en el hoyito. Sus esfuerzos, claro, resultaron fallidos, pues el cuerpo de la lombriz se le doblaba una y otra vez entre los dedos. El abuelo, que lo miraba ahora a través de la ventana, le dijo por broma: “Te daré 50 pesos si logras volver a meter a la lombriz en su agujerito”. Pepito fue por su estuche de química, tomó un líquido que con él había producido y roció con él una y otra vez a la lombriz. El cuerpo del gusanito se puso rígido, y así el chiquillo pudo volver a metero con facilidad a su lugar. Orgulloso de la inteligencia de su nieto le dice el abuelito: “Hijo, tratos son tratos. Aquí tienes tus 50 pesos”. Y le entregó un billete nuevecito. Al día siguiente el añoso señor le dijo a su nieto: “A propósito de la lombricita, hijo, aquí tienes este dinero”. Y le dio 500 pesos. “Abuelo –le recordó Pepito–. Ayer me diste 50 pesos. No tienes por qué darme más”. Responde el señor: “No te estoy dando más. Estos 500 pesos te los manda tu abuela”.

Le dice una chica a otra: "¡Mira qué silueta tiene ese muchacho!". Replica la otra bajando la voz: "No es la silueta. Es el llavero".

Le preguntó una señora a su amiga: “¿Qué tal te ha salido la cama de agua que compraste?”. “Pues te diré -responde la otra-. Con este marido que tengo es como haber comprado un trozo del Mar Muerto”.

Llega Babalucas con el carpintero. “ Maistro -le pide-. Necesito que me haga una caja de una pulgada de ancho, una pulgada de alto y 36 metros de largo”. El carpintero se sorprende. “ ¿Una pulgada de ancho, una pulgada de alto y 36 metros de largo? -exclama con asombro-. ¿Para qué es esa caja?”. Explica el badulaque: “ Es que mi vecino se cambió ciudad, y necesito mandarle por paquetería una manguera que me prestó”.

Noé prohibió a los animales que hicieran el amor en el arca, pues la nave podía zozobrar con las agitaciones propias de eso que los ingleses llaman “ he old in and out”, el acto natural. Cuando acabó el Diluvio el gato y la gatita salieron con diez gatitos. Al pasar junto al boquiabierto patriarca le dice el gato con una gran sonrisa: “¿Verdad que creíste que estábamos peleando?”.

Adonisio, muchacho sumamente atractivo, pero bastante apocado, le dijo en su automóvil a la avispada chica: “Susiflor, yo soy muy corto”. Ella respondió para animarlo: “El tamaño no importa, Doni. Lo que importa es la técnica”. (Eso dicen también en su defensa los tiradores de rifle corto). “No me refiero a eso –se apenó Adonisio–. Hablo de mi timidez. Para ayudarme dame una señal; si vas a permitir que te acaricie, sonríe”. Al oír eso Susiflor prorrumpió en una formidable carcajada.

Sonó el teléfono en casa de Himenia Camafría, madura señorita soltera. Cuando ella levantó la bocina escuchó una agitada respiración, el jadeo de un hombre que acezaba. Antes de que el tipo dijera algo la señorita Himenia le preguntó: “¿Es ésta una llamada obscena, señor? En caso afirmativo sírvase esperar un momento por favor; voy a traer un jaibol y mis cigarritos”.

El granjero invitó a desayunar a su vecino, granjero como él. La señora de la casa, para lucirse, preparó un omelette de queso, pero el único queso que tenía era un Limburger fuerte y de muy recio aroma. Prueba el platillo el visitante y dice en voz baja a su anfitrión: “ Oye: cuida a tus gallinas. Se me hace que se las está tirando un zorrillo”.

Pechina Pomponona, frondosa mujer en flor de edad, acudió con el doctor Ken Hosanna y le contó un problema que afrontaba. Le dijo: “Me casé con un hombre de 75 años. Todas las noches trato de excitarlo a fin de que me haga el amor, pero él en tres segundos se queda dormido”. El facultativo le entregó un frasquito con píldoras y le indicó: “Tómese usted una cada noche”. Pechina preguntó, sin entender: “¿Tomándome yo estas píldoras se le aumentará a mi marido la libídine sensual?”. “No –contestó el galeno–. Pero también usted se quedará dormida en tres segundos”.

Rondín # 11.-

Don Geroncio, señor de edad madura, fue al campo. Vínole en gana hacer una necesidad menor, y al darle trámite le sucedió una mayúscula desgracia: un tábano le picó en la parte que había expuesto a fin de cumplir con la naturaleza. Al día siguiente don acudió Geroncio con el médico: “Doctor –le preguntó–: ¿podría usted quitarme el dolor sin quitarme la inflamación?”.

Capronio, sujeto incivil y majadero, le comentó a un amigo: “Mi esposa tiene cuerpo de Coca-Cola”. “¿De veras? -se admiró el otro-. ¿Torneado y con curvas?”. “No -precisó Capronio-. De Coca-Cola de lata”.

La oficina de reclutamiento estaba en el segundo piso, y el departamento de exámenes médicos en el primero. El muchacho que no quería ser reclutado le dijo al médico: “Veo muy mal. Soy casi ciego”. El doctor, que había hecho que el chico se desvistiera para revisarlo, no encontró en su vista ninguna deficiencia. Sin embargo, para estar seguro de su diagnóstico, hizo que una curvilínea enfermera pasara frente al muchacho mostrándole provocativamente sus atributos pectorales y su abundoso caderamen. “¿Qué ves?” –le preguntó al mozalbete. “Veo solamente un bulto” –respondió él. “Muy bien –concluyó el médico–. Quizás tus ojos vean sólo un bulto, pero otra parte tuya está apuntando directamente al piso de arriba, donde está la oficina de reclutamiento”.

La chica de la tienda de departamentos orientaba al caballero que buscaba una loción para hombre. “Ésta vuelve locas a las mujeres –le recomendó–. Huele a dinero”.

Astatrasio Garrajarra, ebrio consuetudinario, iba caminando cae que no cae por en medio de la calle. Le ordenó un policía: “Camine por la acera”. Respondió entre sus humos Garrajara: “¡Uta! ¡Pos ni que fuera alambrista!”.

Con acento arrebatado le dijo el galancete a Pirulina: “¡No encuentro palabras para decirte mi amor por ti!”. Respondió ella: “Y ahí donde tienes la mano menos las vas a encontrar”.

Una joven señora se jactaba de su buena figura. Dijo: “Actualmente peso menos que el día que me casé”. “Bueno –aclaró con veneno en la voz una de sus amigas–. Es que ahora no estás embarazada”.

Tres parejas se presentaron con el buen Padre Arsilio en la parroquia. Le dijeron que habían visto por fin la luz, y que anhelaban ser parte de la asamblea de los fieles. “Nuestra iglesia –les dijo el señor cura–, es muy estricta. Si quieren ustedes pertenecer a ella deberán orar durante un mes, ayunar, y abstenerse de toda relación carnal en ese tiempo”. Pasados los 30 días volvieron las tres parejas con el párroco. Les preguntó el Padre Arsilio: “¿Pudieron ustedes con la prueba?”. El hombre y la mujer que formaban la primera pareja contestaron: “Sí, padre. Con sacrificio y todo, pero pudimos superarla”. El sacerdote los felicitó, y les dijo: “La Santa Madre Iglesia los recibe con alegría”. Los de la segunda pareja le dijeron: “Nosotros también pudimos con la prueba, padre”. “Bienvenidos sean, hijos –los abrazó el padre Arsilio–. Desde ahora son ustedes parte de la iglesia”. Se dirigió entonces a los que formaban la tarcera pareja, y le preguntó con afabilidad: “¿Y ustedes, hijos?”. Ellos bajaron la cabeza, avergonzados. “¿Qué les sucedió?” –les preguntó el presbítero con inquietud. Explicó el hombre: “Ya íbamos en el vigésimo octavo día. Pero mi señora se agachó a tomar una lata, y no me pude contener. Ahí mismo le hice el amor”. “Entonces lo siento –declaró el Padre Arsilio–. No podrán entrar en la iglesia”. “Lo sabemos –admitió con tristeza la mujer–. Lo que quisiéramos saber es cuándo podremos volver a entrar en el supermercado”..

La criadita le informó a su patrona: “En la puerta está un plomero. Dice que viene a ver el grifo”. Responde la señora: “Dile que todavía no se levanta”.

El torvo individuo le salió al paso a la linda chica en un oscuro callejón y pretendió obtener por fuerza lo que sólo de grado suele dar una mujer, y a veces –sobre todo en el matrimonio– ni de grado. Sucedió que la linda chica no sólo era linda, había estudiado también artes marciales. Le aplicó al torvo individuo una llave de jiu jitsu que lo hizo morder el polvo y algunas otras cosas que entre el polvo había. Luego lo arrojó contra la pared con un hábil lance de judo. A continuación le propinó varios golpes de karate y tres o cuatro de boxeo que le echaron afuera varios dientes, le amorataron los dos ojos y lo hicieron sangrar profusamente por boca, oídos y nariz. Se disponía la muchacha a asestarle al torvo individuo algunos golpes de kung fu cuando desde el suelo le dijo el lacerado individuo con tono gemebundo: “¿Qué no va a llamar a la policía?”.

Don Chinguetas exponía en una fiesta sus teorías sobre el matrimonio y las mujeres. Dijo con altanería: “Los hombres deberíamos tener el derecho de cambiar cada año de mujer, así como cada año podemos cambiar de automóvil”. Su esposa doña Macalota, cansada ya de los desplantes de su cónyuge, le dijo: “¿Tú para qué quieres cambiar, Chinguetas? Ya hace mucho tiempo que ni manejas”.

La joven esposa se quejaba siempre de que su marido se salía todas las noches, quién sabe a dónde. Cierto día al tipo lo operaron para sacarle el apéndice. La muchacha le dio la noticia por teléfono a una tía soltera que tenía, la señorita Celiberia Sinvarón. “Todo sucede para bien, hijita –la tranquilizó ella–. Mira, mi gato también se me salía todas las noches, y desde que el veterinario lo operó no sé de qué ya no se sale nunca”.

Susiflor le comentó a su amiga Rosibel: “Mi novio y yo tenemos una pequeña diferencia. Yo quiero una boda grande, en la catedral, con banquete en el casino para 500 invitados. Él, en cambio, no se quiere casar”.

El anuncio en el escaparate de la florería mostraba el consabido letrero: “Dígalo con flores”. Entró un muchacho y se dirigió al propietario: “Perdone, ¿qué flores se usan para pedirle aquellito a una chica?”.

La nieta le preguntó a su abuela: “¿Cuántos años tienes?”. Respondió la señora: “Tengo 80, hijita”. “¿80 años? –exclamó con asombro la niña–. ¡Caramba! ¿Y empezaste desde uno?”.

Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, llegó a su casa un día y sorprendió a un raterillo en su recámara. “¡Déjeme ir! –rogó asustado el mozalbete–. ¡Jamás he hecho nada malo!”. “Pues ya estás en edad de aprender” –le respondió Celiberia al tiempo que cerraba la puerta con llave.

La maestra le propuso a Pepito: “Hagamos una sencilla operación de resta. Tenemos veinte chivas en un corral. Una salta la cerca y se va. ¿Cuántas nos quedan?”. “Ninguna” -respondió el muchachillo sin dudar. “Pepito -lo reprendió la profesora-, se ve que no sabes nada de aritmética”. “Y se ve que usted no sabe nada de chivas -replicó Pepito-. Cuando una chiva salta, todas saltan”..

Llegó don Cornilio a su casa, y en ella no estaba su mujer. Fue con la vecina y le preguntó: “¿Viste si mi esposa salió de compras?”. “La vi salir –respondió ella–, pero por la forma en que iba pintada y vestida se me hace que más bien iba de ventas”.

La mujer de Empédocles Etílez lo reprendió con acritud: “Me contaron que te vieron bien borracho abrazado a un poste”. “¡Vaya! –protestó el borrachón–. ¿Ahora hasta de un poste vas a tener celos?”.

Una mujer fue llevada ante el juez. Se le acusaba de ejercer el comercio carnal en la vía pública. “¿Qué puede usted alegar en su defensa?” –le preguntó el ceñudo juzgador. “Locura” –respondió ella. El juez se amoscó. Preguntó, severo: “¿Por causa de locura ejerce usted la prostitución?”. “Sí –confirmó la mujer–. Aquello que los hombres tienen me vuelve loca”. (Nota aclaratoria: La mujer se refería al dinero). Otra muchacha en similares circunstancias –también se le acusaba de ser daifa– dio una explicación muy diferente. “Cuando era niña exploradora –dijo– iba de puerta en puerta vendiendo galletitas que ningún hombre quería. Eso me frustró bastante, y me prometí que cuando fuera grande vendería algo que todos los hombres quisieran”.

Rondín # 12.-

Solsticia, muchacha ya no tan muchacha, les contó a sus amigas: “Mi nuevo jefe es joven y guapo. Me paso todo el día corriendo alrededor del escritorio”. “¡Qué problema!” –dijo una de ellas. “Sí, –confirmó Solsticia–. Nunca lo puedo alcanzar”.

La esposa de don Languidio se presentó en la compañía de seguros y le dijo al encargado: “Vengo a cobrar la mitad del seguro de vida de mi esposo”. “Ni la mitad ni nada le podemos pagar -le contestó el funcionario.

Sabemos que su marido está vivo”. “De día sí -replicó la señora-. De noche está absolutamente muerto”.

El mejor toro semental del condado estaba en exhibición en una feria. Su dueño cobraba 50 pesos por ver al animal. “Señor –le dijo un granjero al propietario del animal–, quiero ver el toro, y que lo vea mi familia, pero tengo 18 hijos, y no puedo pagar por todos”. “¿18 hijos? –se asombró el otro–. ¡No se mueva de aquí! ¡Voy a traer al toro para que él lo vea a usted!”.

Sigue ahora una historia de Capronio, el caborón más caborón de la comarca. Cierto día llegó a su casa por la noche, y sorprendió a una ladronzuela que hurgaba en los cajones. Le echó mano, y tomó el teléfono para llamar a la policía. “¡Por favor, señor! –suplicó, gemebunda, la muchacha–. ¡No me entregue! ¡Es la primera vez que hago esto!”. Capronio pasó una mirada escrutadora por la chica, y se percató de que no estaba nada mal. “Está bien –le dijo–. Dejaré que te vayas si primero pasas conmigo un rato en la recámara”. “¡Sí! –aceptó con vehemencia la muchacha–. ¡Lo que sea, con tal de no ir a la cárcel!”. Fueron, pues, los dos a la alcoba; sumisa la pobre raterilla, el otro relamiéndose con la promesa de la segura refocilación. Algo sucedió, sin embargo. O, más bien, algo no sucedió. Ya fuera por lo premioso del instante, ya por las extrañas circunstancias que rodeaban al suceso, el caso es que Capronio no pudo ponerse en aptitud de hacer honor a la ocasión. Todos los esfuerzos que hizo por levantar el lábaro de su varonía resultaron infructuosos; ni la pimpante belleza de la joven fue suficiente para suscitar en él los ímpetus de la rijosidad. La carne es débil, ya se sabe, pero en ocasiones se le ocurre serlo en el momento más inoportuno. Cuando al fin se convenció de que ese no era su día –ni su noche– el caborón más caborón de la comarca exhaló un suspiro de resignación y dijo a la muchacha: “Ni modo, linda. Después de todo tendré que llamar a la policía”.

Una orquesta formada exclusivamente por mujeres jóvenes fue a tocar para los soldados de un regimiento. Al final de la audición el general le dijo a la directora del conjunto: “Me gustaría que sus chicas interactuaran con mis hombres. ¿Es eso posible?”. “Sí, –respondió ella–. Pero primero que se traten un poco antes de lo otro”.

El indignado cliente hizo venir al mesero y le reclamó: “¡Me salió una piedra en los frijoles!”. “¡Qué buena suerte tiene, señor! –exclamó el camarero–. ¡Lo felicito!”. “¿Por qué me felicita? –se amoscó el hombre. Le contesta el mesero: “A usted la piedra le salió en los frijoles. A mí me salió en la vesícula”.

El doctor Pick O’Flacid, célebre ornitólogo, acaba de descubrir en lo más espeso de la jungla africana un ave que no se conocía. Los nativos le dan a ese extraño pájaro el nombre de “Ayyyyyyyyyyayyyyyyyyyyayyyyyyyyyyahhhhhhhhhh”. Es una pequeña ave que mide 25 centímetros de altura y pone huevos de 20 centímetros de ancho, enormes en relación con el tamaño de su cuerpo. Su extenso y complicado nombre se debe a la circunstancia de que cada vez que pone un huevo hace: “¡Ayyyyyyyyyy! ‘!Ayyyyyyyyyy! ‘!Ayyyyyyyyyy!”. Y luego, con un suspiro de alivio: “¡Ahhhhhhhhhh!”

Don Pilinguetas trataba de convencer a su esposa Pomponona de que ingresaran en un club nudista. Ella se resistía. “Anda, mujer -porfió Pilinguetas-. Te aseguro que será una experiencia interesante”. “Ya te dije que no -respondió ella-. Jamás me vas a convencer de ir a un lugar donde todas las mujeres llevan lo mismo”.

Una señora le preguntó a otra: “¿Qué hace tu hija?”. “Es recluta -responde la interrogada-. Trabaja en el cuartel”. “La mía también -confesó la otra señora bajando la voz-. Pero ella anda en la calle”..

La exuberante morena llegó al banco y solicitó un préstamo personal. Le preguntó el encargado: “¿Tiene usted alguna garantía?”. La muchacha se volvió de espaldas; se alzó la falda para mostrar su profuso nalgatorio y dijo luego: “¿En cuánto valora usted esta prenda?”.

El dinosaurio le dijo con enojo a la dinosauria: “¡Carajo! Somos una especie en vías de extinción, y tú: ‘Me duele la cabeza; me duele la cabeza’”.

Al terminar la noche de bodas la zarina le dijo con desdeñoso acento a su marido: “¡Ahora me explico por qué te dicen Iván el Terrible!”.

El ginecólogo le informó a la nerviosa chica: “Está usted embarazada”. “¡No puede ser! -rechazó ella-. Tengo novio, es cierto, pero lo único que hacemos es platicar”. Responde el facultativo: “Pues seguramente él le dijo alguna frase muy penetrante”.

Don Crésido, rico señor sexagenario, invitó a cenar a Pirulina, muchacha pizpireta. Tras el opíparo festín, y después de beber algunos bajativos que le inspiraron rijosos ardimientos, el maduro caballero le propuso a la avispada chica: “¿Qué le parece, señorita Pirulina, si esta noche rompemos el turrón?”. “Ay, qué pena, don Crésido -respondió al punto la muchacha-. ¡Ya lo tengo roto!”. (Ignoraba Pirulina que en lengua de mayores eso de “romper el turrón” significa dejar de hablarse de usted para hablarse de tú).

Le comentó una chica a un amigo de su papá: “Veo, don Petiso, que su esposa es bastante más alta que usted. ¿Cuántos centímetros le saca?”. Respondió, humilde, el chaparrito: “En la casa somos de la misma estatura, pero cuando se pone la faja crece medio metro”.

Un hombre sufrió un accidente a causa del cual perdió las pompas. El médico le dijo: “Podemos trasplantarle otras, pero las únicas que tenemos disponibles son de mujer”. “¡Póngamelas, doctor! -suplicó el tipo-. ¡No puedo andar sin pompas por el mundo!”. La operación se llevó a cabo con buen éxito. Unos meses después el cirujano se topó en la calle con el individuo. Le preguntó: “¿Cómo le ha ido con sus nuevas pompas?”. “Muy bien, doctor -respondió él-. Me siento muy a gusto; me siento muy a gusto. Salvo algunos ligeros ajustes que el sastre le hizo a mis pantalones no ha habido ningún cambio”. “¿Ninguno?” -inquirió el facultativo. “Bueno, sí, uno -precisó el sujeto-. Ahora cada vez que tengo ganas de sexo me duele la cabeza”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, se metió en la cama y frotó una lámpara oriental que siempre tenía en su buró. De la lámpara salió un genio, musculoso gigantón. Le dice el genio a la señorita Himenia: “¿Los mismos tres deseos de siempre, ama?”.

Simpliciano, muchacho sin ciencia de la vida, contrajo matrimonio con Planicia, su novia de toda la vida. Al regresar del viaje de bodas el recién casado le hizo una confidencia a su mamá: “Planicia tiene el busto muy pequeño’’. “¿Por qué te inquieta eso? -sonrió la señora-. Lo que realmente importa está más al sur”. “Sí -concede Simpliciano-. Pero cuando tengamos un bebé lo único que podrá darle será leche condensada’’.

Llegó una mujer a la sala de belleza. Le dijo a la encargada: “Quiero rizarme el pelo’. “Sí, señora -respondió ella-. Tenemos el rizado de mil pesos y el de 500’’. “¡Qué caros!’’ -se indignó la clienta. Le informó la muchacha: “Tenemos también el de 50 pesos”. “Eso es más razonable -gruñó la mujer-. Lo tomo’’. “Venga por aquí -le indicó la muchacha-. Ahora meta el dedo en ese socket de la electricidad’’.

Rondín # 13.-

La linda secretaria le confesó a su jefe que estaba enamorada de él. “Dulciflor -le dijo el ejecutivo tomándola por los hombros y mirándola fijamente-, tú sabes bien que soy casado. ¿Te gustaría un amor a base de citas clandestinas en bares escondidos, de encuentros vergonzantes en moteles a la orilla de la ciudad?”. Ella se apenó y respondió con lágrimas en los ojos: “N-no”. “Bueno -se decepcionó el ejecutivo-. Era sólo una sugerencia”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, andaba cabizmundo y meditabajo. Un amigo le dijo: “Te veo preocupado. La cara que traes no corresponde a la alegría de las fiestas patrias”. “¿Qué alegría puedo yo tener? -respondió el tal Pitongo con sombrío acento-. Le iba a comprar un regalo a mi novia por su cumpleaños, y me dijo que de una vez se lo guarde para el Día de la Madre”.

El flamante papá primerizo miró orgulloso a su hijita recién nacida, que estaba en brazos de la enfermera, y le dijo al médico que había atendido el parto: “¿Qué le parece mi nena, doctor?”. “Preciosa, -responde éste-. Y la mía ¿qué te parece a ti?”. Preguntó el chico: “¿Dónde está?”. Responde el médico: “Cargando a la tuya”.

El policía que cuidaba el parque escuchó un penetrante grito de mujer y fue corriendo a ver qué sucedía. Tras unos arbustos vio a una pareja entregada al sempiterno rito del amor. “Todo está bien, oficial -le dijo la mujer al policía entre acezos, jadeos, agitaciones y meneos-. Grité porque al principio creí que lo que este señor quería era robarme el bolso”.

Doña Macalota y doña Burcelaga fueron al cine a ver una película romántica. Al terminar la función doña Macalota, emocionada por la trama de la cinta y por el guapo galán que la protagonizaba, le preguntó a su amiga: “¿Algún hombre te ha hecho sentir el deseo de ser soltera otra vez?”. “Sí -contestó al momento doña Burcelaga-. Mi marido”.

Don Algón, el jefe de la compañía, le dijo a su curvilínea secretaria: “Por favor, Rosibel, no venga mañana a la oficina. Tengo mucho trabajo”.

Don Usurino era dueño del cine del pueblo. Un señor llamó por teléfono y le preguntó: “¿Cuánto cuestan los boletos para la función de hoy?”. Él le dio la información. Volvió a inquirir el hombre: “¿Y los boletos de niño?”. “Cuestan lo mismo” -respondió el dueño. Le dice el que llamaba: “En los aviones a los niños les cobran la mitad”. Replica don Usurino: “Llévelos a ver la película en el avión”.

La policía pilló a dos ladrones en pleno acto de robar una casa. ( Nota: esto sucedió en otro país). Mientras los llevaban a la cárcel uno de los cacos se justificó ante su furioso compañero: “Cuando hay diez periódicos atrasados en la puerta de una casa se supone que los dueños están de viaje. ¿Cómo iba yo a saber que ahí viven unos recién casados?”.

Don Chinguetas sintió que algo raro estaba sucediendo en la sala. Bajó y encontró a su esposa tirada sobre la alfombra, desgreñada (la esposa, no la alfombra) y con las ropas en desorden. “¿Qué te pasó?” -le preguntó lleno de alarma. Respondió la mujer, desfallecida: “Sonó el timbre de la puerta; la abrí, y estaba ahí un sujeto con una pistola. Me dijo que me dispararía si no me entregaba a su lujuria, libídine, lascivia, concupiscencia y erótica lubricidad”. “¿En ese orden?” -inquirió el marido. “Supongo que no necesariamente -respondió la esposa-. Pero así me amenazó”. “¿Y tú qué hiciste?” -preguntó don Chinguetas. “¡Idiota! -se enoja la mujer-. “¿Acaso oíste algún disparo?”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, iba por un oscuro callejón cuando un torvo sujeto le salió al paso de repente. La hizo rodar por tierra y sació en ella sus brutales instintos de lujuria. Terminado el torpe ataque el barbaján le arrebató el bolso a la señorita Himenia y escapó a todo correr. Ella se puso en pie rápidamente; persiguió al individuo, lo alcanzó y cayó sobre él con una lluvia de golpes y patadas que derribaron por tierra al vil maleante y lo dejaron tundido y lacerado. La señorita Himenia siguió dándole puntapiés al tiempo que le decía hecha una furia: “¡Amor todo el que quieras, desgraciado, pero dinero, nada!’’.

Llegó a la granja avícola un nuevo gallo traído de un rancho. De inmediato una gallinita le advirtió a otra más joven que ella: “No vayas a dejarte pisar por ese gallo”. “¿Por qué no? -preguntó ésta-. Es de rancho; se ve muy fuerte y guapo”. “Es cierto -reconoció la gallina-. ¿Pero acaso te gustaría poner huevos rancheros?”.

Mercuriano, el mensajero de la oficina, muchacho adolescente con acné y lentes de fondo de botella, le dijo al nuevo empleado: “La señorita Rosibel, secretaria de don Algón, es la chica más guapa de la compañía. Desgraciadamente nunca la he podido admirar bien’’. “¿No vas a su oficina?’’ -preguntó el otro. “Sí voy -respondió Mercuriano-. Pero al verla genero tanto calor que se me empañan los lentes”.

Babalucas fue contratado por el dueño de un restaurante. En su primer día de trabajo el gerente le ordenó: “Llena estos saleros”. Al mediodía Babalucas apenas había llenado uno. “¿Por qué?” -le preguntó el propietario. Contestó el badulaque: “Con esos agujeritos tan pequeños...”.

Don Algón le pidió al jefe de reclusos humanos: “Hágame una lista de los empleados que suelen faltar, por sexo”. Le comentó el empleado: “Más bien suelen faltar por cruda”.

Libidiano, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, fue de vacaciones a su pueblo, y un primo suyo lo invitó a nadar en el río que pasaba por las afueras. “No -declinó Libidiano-. La vista de las muchachas que se bañan ahí me provocaría una inmoderada excitación carnal. Además no sé nadar. Lo más que puedo es hacer el muertito, o sea flotar de espaldas”. “Anda, vamos -insistió el otro-. Nadarás de muertito”. “Imposible -repitió Libdiano-. Ya te dije el efecto que me causa ver a las muchachas. Y en ese río hay puentes”.

Cierta universidad estadounidense obtuvo un fondo millonario donado por un rico ex alumno para investigar un tema de importancia capital: ¿Qué tipo de hombres prefieren las mujeres: Los de muslos gruesos o los de muslos delgados? Se hizo una encuesta, y resultó que el 98 por ciento de las encuestadas respondieron que les gustaba más bien lo intermedio.

Don Algón le dio a Susiflor el puesto que deseaba, y a cambio de eso la linda muchacha le dio al salaz ejecutivo lo que deseaba él. Los opimos encantos de la chica hicieron que de nuevo se encendiera en don Algón la llama del deseo, de modo que que le dijo a Susiflor: “¿No quieres optar de una vez a un aumento de sueldo?”.

La colegiala estaba haciendo el amor con un muchacho al que acababa de conocer. Al tiempo que cabalgaba gozosamente sobre él exclamó con alegría: “¡Tiene razón la Madre Superiora! ¡Una chica no necesita beber ni fumar para pasar un buen rato!”.

El padre Arsilio puso un aviso en el tablero de su iglesia: “Los que van a bautizar entren por la puerta delantera. Los que van a confirmar entren por la puerta trasera. Los que se van a casar están autorizados a entrar por ambos lados”.

Lord Feebledick le dijo con tono de amenaza a mister Busygroin: “Señor mío: Me he enterado de que usted galantea a mi mujer, lady Loosebloomers. Le advierto una cosa: Si le sigue mandando recaditos y hablándole por teléfono en mi ausencia, se la voy a dejar’’.

Rondín # 14.-

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a condición de que no se cometa en horas de trabajo), fue a visitar a la familia recién llegada al pueblo. Se sorprendió al ver que el matrimonio tenía 15 hijos. “Veo que les gustan mucho los niños’’ -le dijo a la pareja. “Ni tanto, reverendo -contestó el señor-. Lo que nos gusta es otra cosa. Los niños son una especie de efecto secundario’’.

Doña Cicata le dijo al médico de la familia: “Descubrí una manera de ahorrar. Estoy alimentando a mi esposo con puras croquetas para perro’’. “¡No haga semejante cosa! -se escandalizó el galeno-. ¡Ese régimen va a matar a su marido!’’. Opuso la mujer: “Pues él parece estar contento con el régimen. Seguiré dándole croquetas’’. A los seis meses el doctor se topó en la calle con doña Cicata. Iba vestida de luto. “¡Le dije que su marido iba a morir con esa alimentación canina!’’ -la amonestó, severo. Llorosa contestó doña Cicata: “No fue la alimentación, doctor. El pobrecito estaba echado en el sillón; quiso lamerse abajo como hacen los perros, y se rompió el cuello’’.

Un misionero norteamericano recién llegado a México se enamoró de una linda señorita mexicana. La cortejó, y después de un breve noviazgo se entrevistó con el padre de la chica. “Yo venir a pedir a ousté la mano de Pirulina’’ -dijo en su trabajoso español. “No tengo inconveniente en concedérsela -respondió el genitor de la muchacha-. Pero antes debe usted saber algo: Mi hija tuvo un desliz ¿entiende usted? Un resbalón’’. “Eso no importar -respondió el predicador-. Yo querer casarme con ella’’. En efecto, la boda se llevó a cabo, y la feliz pareja salió a su luna de miel. Grande fue la sorpresa del papá de Pirulina cuando al siguiente día el novio regresó con la muchacha. “Yo venir a devolverle a su hija’’ -dijo muy enojado el misionero. “¿Por qué?’’ -inquirió el señor. “Porque ella no ser señorita -replicó el pastor-. No ser virgen’’. “¡Oiga! -protestó el padre-. ¡Antes de la boda yo le dije a usted con toda claridad que mi hija se había dado un resbalón!’’. “Es cierto -admitió el americano-. ¡Pero yo entender que los resbalones darse con los pies, no con las nalgas!”.

Se reunió a cenar un grupo de matrimonios de cierta edad. Los maridos empezaron a hablar de sus respectivas vidas. “No cabe duda -concluyó uno-. Hemos tenido altas y bajas’’. Comentó en voz baja una de las señoras: “A estas alturas ya tienen más bien puras bajas’’.

Nalguiria Mastosia, actriz del cine pornográfico, se negó a filmar la película que le ofrecían. “¿Por qué? -le preguntó el productor-. ¿No te gusta tu parte?”. “Sí me gusta -respondió Nalguiria-. Lo que no me gusta es la parte del actor”.

Un niño pequeñito iba por el campo. Estiraba con todas sus fuerzas a un enorme toro atado a una cuerda. Se veía a las claras que el niño tenía problemas para llevar al animal. Una señora de la ciudad pasó en su automóvil por ahí y se detuvo, compadecida, al ver aquello. “¿Qué haces, buen niño?” -le preguntó al chamaco. Respondió el pequeñín: “Llevo este toro a la granja del vecino para que cubra a una de sus vacas”. Inquirió con enojo la señora: “¿Y qué no puede hacer eso tu papá?”. “Supongo que sí -respondió el niño-. Pero las vacas prefieren al toro”.

Llegó un curita joven a la parroquia, y el Padre Arsilio quiso saber si su nuevo ayudante, recién salido del seminario, tenía aptitudes para impartir el sacramento de la reconciliación. A tal efecto entró con él en el confesonario a fin de oírlo confesar. Llegó una señora a confesarse. Al final el curita le preguntó al Padre Arsilio qué le había parecido la confesión. “No estuvo mal -le dijo el buen sacerdote-. Sólo te sugiero que al oír los pecados que te confiesen las señoras digas: ‘Prosigue, hija mía’, o ‘Entiendo’, en vez de decir: ‘¡Uta!’”.

La esposa de don Languidio, señor de edad madura, les contó a sus amigas en el club: “Mi marido tenía problemas para conciliar el sueño, pero hice un curso de hipnotismo y he podido ayudarlo mucho. Todas las noches me siento a su lado en la cama y voy sumiendo en sueño hipnótico a cada una de las partes de su cuerpo. Les digo: “Cabeza y cuello: duérmanse... Tórax: duérmete... Brazos: Duérmanse... Cintura: Duérmete... Vientre: Duérmete... Muslos: Duérmanse...”. Una de las amigas le dijo con pícara sonrisa: “Te saltaste”. “No -replicó la señora-. Eso ya está dormido desde hace mucho tiempo”.

Una mujer entró en un casino de Las Vegas. El caso no tendría interés alguno si no fuera porque la dama iba corita, nuda, in puris naturalibus, eufemísticos modos de decir que iba encuerada. Se plantó frente a la mesa de Blackjack, y mostró enojo al advertir que el dealer se le quedaba viendo fijamente. “¿Qué? -le preguntó con acento retador-. ¿No has visto nunca una mujer desnuda?”. “A muchas he mirado, praise the Lord -respondió el hombre-. Pero en su caso tengo curiosidad por ver de dónde se va a sacar el dinero para comprar las fichas”.

El joven sultán le preguntó al experto: “¿Cómo haces para escoger entre tus esposas a aquella con la que pasarás la noche?”. Respondió el otro: “Las pongo en fila, me quito la ropa y paso entre ellas. A cada una le voy tocando el cuerpo con el dedo índice ligeramente mojado en saliva. Aquella que al tocarla hace: ‘¡Tzzz!’ es la escogida”.

Algebrito, niño de 6 años, era un genio de las matemáticas. Cierto día estaba impartiendo una conferencia sobre cálculo de probabilidades a un grupo de doctores cuando de pronto se detuvo y anunció a sus oyentes: “Tendrán que perdonarme, señoras y señores. Debo ir a hacer 6.28.32”. ¿Qué significa eso?” -preguntó alguien, desconcertado. Explicó Algebrito: “Que debo ir a hacer pipí”.

Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, le pidió al doctor Ken Hosanna que le recetara Viagra. “Está bien -concedió el médico-. Pero recuerde que deberá esperar media hora antes de que la pastilla le haga efecto”. “Entonces no me sirve -dijo don Frustracio-. En media hora mi esposa ya se habrá desatado”.

Doña Fecundina era madre ya de 14 hijos. Una trabajadora social la amonestó: “Señora: está usted contribuyendo mucho a la explosión demográfica”. Ella no entendió que aquello era un reproche. Contestó orgullosa: “Y eso que mi marido tiene la mecha muy corta”. En otra ocasión un visitante se enteró de la numerosa prole que tenía doña Fecundina y le indicó sonriendo: “Su esposo debería comprarse un condominio”. “Ya se lo compré yo -declaró la multípara señora-, pero nunca se lo quiere poner, por eso tenemos tantos hijos”.

Empédocles Etílez, borracho con perseverancia, llamó desde la cantina por teléfono a su esposa. “Prepárate –le dijo–, porque al rato vas a saber lo que es hacer el amor tres veces seguidas”. “¿Tres veces? –se burló ella–. ¡Mentecato! Tus continuadas libaciones te tienen cuculmeque, vale decir débil y enfermizo. Tienes problema aun para cumplir una sola vez el débito conyugal que imponen tanto el Código Civil como la Santa Madre Iglesia. ¿Y me dices que me prepare para hacer el amor tres veces seguidas?”. Explica el temulento: “Es que voy con dos amigos”.

Tres mujeres eran vecinas, y compartían el mismo jardín. La primera estaba casada con un inglés, la segunda con un irlandés, y la otra con un escocés. En una de sus conversaciones surgió el tema de la ropa interior, y las tres estuvieron de acuerdo en que casi no tenían nada qué ponerse. Con femenina astucia urdieron una estratagema a fin de conseguir de sus maridos dinero para comprarse sneakers, undies, knickers, panties, bloomers o skivvies, que con todos esos nombres puede ser llamada en lengua inglesa la prenda más íntima de la mujer. (Muy importante prenda es ésa: ciertamente no es lo mejor del mundo, pero está muy cerca de lo mejor). Las señoras, pues, les dijeron a sus respectivos esposos que iban a colgar un columpio de la rama de un árbol que en el jardín crecía. A tal efecto pusieron una escalera, y la esposa del marido inglés trepó por ella. La vio subir su cónyuge, y apresuradamente la llamó. “By Jove! -le dijo en voz baja con alarma-. ¡No traes calzón, mujer!”. “Es que no me das dinero para comprarme ropa” -contestó ella, gemebunda. El hombre echó mano a su cartera y le entregó unas libras. Subió por la escalera la esposa del irlandés, y éste la vio desde abajo. “Blessed Saint Patrick! -le susurró espantado-. ¡No traes nada allá abajo, descarada!”. “Bastante traigo -replicó ella con orgullosa dignidad-, pero nada con qué cubrirlo. Tú no me das para comprarme ropa”. El irlandés sacó algunos billetes del bolsillo y se los dio. Subió seguidamente la mujer del escocés. No iba muy confiada en la eficacia del ardid: los escoceses, ya se sabe, son muy económicos, ilustres ahorradores de dinero. La vio en lo alto el hombre y al punto la hizo bajar. “¡Bloody be, woman! -le dijo con mal oculto escándalo-. ¡Se te ve todo, desdichada!”. Plañó ella: “¡Es que nunca me das dinero; por eso no traigo ropa interior!”. Abrió el escocés su sporran, nombre de la tradicional bolsa que los escoceses deben llevar siempre, pues su falda o kilt no tiene bolsillos. Se alegró la señora: seguramente su cicatero esposo le iba a dar para que se comprara ropa. Pero en vez de dinero el hombre sacó un peine. “Ten -le dijo a su mujer-. Por lo menos arréglate un poco”.

Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, le puso sitio a Dulciflor, muchacha ingenua. Con empeño digno de más noble causa le pidió que le entregara la nunca tangida gala de su pureza virginal. Ella resistió el asedio desde la almena de su integérrima virtud. Le dijo al salaz cortejador: “Si hago lo que me dices quebrantaré el sexto mandamiento”. “¿Y qué? -replicó el tal Afrodisio-. Todavía te quedarían nueve”.

Aquel hombre llegó a la tienda de disfraces llamada “Pero yo ya no soy yo”. Era completamente calvo, y usaba una pata de palo. Le dijo al encargado: “Voy a ir a una fiesta de Halloween, y necesito un disfraz”. El tipo le sugirió: “Con su pata de palo le vendrá bien un traje de pirata”. “¡Oiga usted! -se indignó el hombre-. ¡No tiene por qué hacer alusión a mi defecto físico!”. El otro se apenó bastante: “Perdón, señor -se disculpó-. Si no quiere usted ir de pirata le ofrezco entonces un disfraz de monje. Con su calvicie se le verá muy bien”. “¿Otra vez? -se irritó de nueva cuenta el individuo-. ¿Por qué alude a mi condición de calvo? Sepa usted, señor mío, que Dios hizo muy pocas cabezas perfectas, y todas las demás las cubrió con pelo”. “Mire -le dijo el de la tienda ya molesto-. Si no quiere usted ir de pirata ni de monje, entonces le voy a traer una jarra de caramelo derretido. Écheselo en la cabeza; póngase la pata de palo allá donde le platiqué, y vaya disfrazado de manzana acaramelada”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a visitar a su amiguita Solicia Sinpitier, célibe como ella, que vivía en el otro extremo de la ciudad. Para ir allá hubo de viajar de pie en un atestado autobús lleno de hombres. Cuando llegó a la casa de su amiga ésta le preguntó: “¿Te viniste en el autobús?”. “Sí –respondió la señorita Himenia–. Pero lo hice aparecer como un ataque de asma”.

Una chica del talón y un psiquiatra tuvieron trato de fornicio en un motel. Cuando terminó el trance los dos dijeron al mismo tiempo: “Son mil pesos”.

Don Astasio llegó a su casa y sorprendió a su esposa, doña Facilisa, en erótico godeo con el repartidor de pizzas, un toroso mancebo de gran musculatura. Pensó el mitrado esposo que, entretenida su mujer en esa ilícita refocilación, la pizza se iba a enfriar, de modo que apresuradamente colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba incluso en los días de más calor, y fue luego al chifonier donde guardaba la libreta en la cual tenía anotadas palabras de denuesto para fazferir a su mujer en tales ocasiones. Volvió a la alcoba y le dijo a su esposa: “¡Bisunta!”. Con eso le estaba diciendo sucia, grasienta, resobada. “¡Ay, Astasio! –replicó ella mortificada–. Todavía ves lo ocupada que estoy, y aun así vienes a interrumpirme con terminajos que ni don Rufino José Cuervo entendería, aunque resucitara sólo para ello. Anda, ve y pon la pizza en el horno, para que se caliente. Es de salami”. Intervino en ese momento el repartidor. Dijo muy orgulloso: “Le pedí al cocinero que le pusiera doble queso, para que vea el señor que no soy un desagradecido”. Don Astasio no contestó. Salió del cuarto y fue a la estufa a calentar la pizza. Iba sumamente molesto con su esposa, pues recordaba que la pizza que le gustaba a él no era la de salami, sino la de peperoni.

Rondín # 15.-

El instructor de paracaidismo instruyó al recluta. “Cuando saltes del avión –le dijo– cuenta hasta diez y luego jala la argolla del paracaídas”. “¿Dónde está la argolla?” –preguntó el neófito con temblorosa voz. “A la altura de tus testículos” –le respondió el maestro. “No la hallo” –dijo con angustia el muchacho al tiempo que buscaba con desesperación a la altura de su garganta.

Un agente viajero iba por la noche en su automóvil por un camino rural, y el vehículo se descompuso. El hombre vio a lo lejos una lucecita, y dirigió sus pasos hacia ella. Resultó ser la casa de un granjero, que invitó al visitante a pasar la noche ahí. Le advirtió, sin embargo: “Tendrá que compartir la cama con la nena. Si no desea hacerlo, entonces puede dormir en el granero”. El viajero pensó en los inconvenientes de dormir con una niña, y dijo que prefería pasar la noche en el granero. Al día siguiente se le apareció la niña. Era una preciosa y curvilínea muchacha de 18 abriles. Le preguntó la chica: “¿Quién es usted?”. Respondió mohíno el individuo: “Soy el indejo que prefirió dormir en el granero”.

La luciérnaga hembra dejó por fin que la luciérnaga macho le hiciera el amor. En el momento en que éste consumó la unión cayó un rayo. Se iluminó todo el cielo y se escuchó un horrísono fragor. “¡Caramba! –exclamó con asombro la luciérnaga hembra–. ¡Sí que traías ganas!”.

Meñinco Maldotado, pobre muchacho con quien se mostró avara la naturaleza, casó con Pirulina, joven mujer con bastante ciencia de la vida. La noche de las bodas el novio apagó la luz, pues era tímido. En la oscuridad ella empezó a explorar a su flamante maridito. Le dijo: “A tu cosita la voy a llamar ‘El tesoro’”. “¿Por qué?” –preguntó Meñico, halagado. Respondió Pirulina: “Porque es difícil de encontrar”.

El joven ejecutivo llegó agotado al bar. Le preguntó un amigo: “¿Qué te sucedió?”. Respondió el yuppie: “No funcionó el Internet, y tuve que entretenerme con mi secretaria”.

El cuento que ahora sigue fue prohibido tanto por la Liga de la Decencia como por la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Las personas que sufran males de pudicia deben abstenerse de leerlo... Libidiano, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le comentó a Afrodisio, un amigo tan salaz como él: “Cierta noche bebí tanto que le di a una muchacha un beso en el ombligo”. “¡Uh! –replica Afrodisio con desdén–. ¡Yo he bebido mucho más!”.

Un hombre iba corriendo por la calle vestido únicamente con camiseta y calzoncillo. Lo alcanzó otro que también corría y le preguntó: “¿Maratón?”. “No– respondió el tipo acelerando la carrera–. Marido”

Babalucas fue a cazar osos blancos en Alaska. Antes de salir del campamento pintó de blanco sus botas. “¿Por qué haces eso?”– le preguntó con extrañeza el guía. Contestó el badulaque: “Para no dejar huellas en la nieve”

Sherlock Holmes le dijo a uno de los invitados a la fiesta: “Usted tiene en su casa una criadita joven y bella que se baña todos los días”. “¡En efecto– se asombró el individuo–. ¿Cómo supo eso?”. Respondió el genial detective: “Trae usted marcado en la cara el ojo de la cerradura”

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus miembros cometer adulterio a condición de que lo hagan con la debida discreción), organizó un servicio testimonial en su templo: todos los pecadores proclamarían sus culpas públicamente, y manifestarían su propósito de cambiar de vida. Se levantó una joven. “Hermanos –dijo–, soy una pecadora. Cada día me acuesto con un hombre distinto. ¡Pero les juro que voy a cambiar”. Todos aplaudieron y lloraron, conmovidos. Se puso en pie otra hermana. “Yo también soy presa de la lujuria –dijo–. Me entrego al primer hombre que me solicita. ¡Pero les juro que voy a cambiar”. Nuevos aplausos y llanto general. Llevada por la emoción se levantó Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera. “Hermanos –manifestó conmovida–. Yo nunca he cometido el pecado de la carne. ¡Pero también les juro que voy a cambiar”.

Aquella señora, esposa de un político, platicaba con una vecina suya que había llegado de un país de Oriente. Le dijo: “Mi marido anda muy emocionado. El mes próximo tendrá una elección”. Respondió la oriental: “No entiendo. El mío tiene una elección todas las noches, y tan tlanquilo”. (No le entendí)

Un hombre que vivía en Tzintlitlán se propuso dar a su pueblo fama de hospitalario. No lo hacía por impulso filantrópico, sino porque era dueño del único hotel y la única fonda del lugar. Así, se aplicó a repartir volantes en los pueblos convecinos en los cuales invitaba a la gente a disfrutar “la típica hospitalidad de Tzintlitlán”. Sucedió que un viajero extravió el rumbo y fue a dar a ese apartado lugarejo. Era de noche ya; las calles estaban desiertas y vacías. Llamó a la puerta de una casa para pedir orientación. La casa resultó ser la del propagandista de la típica hospitalidad de Tzintlitlán. Su esposa abrió la puerta, y le dio al viajero las direcciones que pedía. “¿Qué haces, mujer?– la reprendió el marido–. No tengas al señor afuera. Invítalo a pasar, para que goce la típica hospitalidad de Tzintlitlán”. Aceptó el viajero la invitación, y tomó asiento en la sala. “Ofrécele un café– le ordenó a su esposa el hombre–. Haz que nuestro visitante conozca la típica hospitalidad de Tzintlitlán”. El otro agradeció el convite. Le dijo su anfitrión: “Debo ir a hacer corte de caja en mis negocios, amigo mío. Pero mi esposa se quedará con usted y le demostrará la típica hospitalidad de Tzintlitlán”. Bien que se la mostró la señora. Tan pronto salió su marido le ofreció al visitante una copa de licor, y otra, y otra más. Una hospitalidad condujo a otra, y ahí mismo, en el piso de la sala, el viajero empezó a disfrutar en brazos de la atractiva dama la típica hospitalidad de Tzintlitlán. Gozándola estaba –la hospitalidad– cuando volvió el marido. “¿Qué haces, mujer?”– le preguntó enojado a su señora. Antes de que la aturrullada esposa pudiera decir algo el dueño de la casa prosiguió su severa reprensión: “¿Has olvidado acaso la típica hospitalidad de Tzintlitlán? Ponte una almohada abajo, que así en el suelo se le van a enfriar los éstos al señor”

Le contó un tipo a otro: “Me voy a divorciar de mi esposa”. El otro preguntó: “¿Por qué?”. Respondió el primero: “Por compatibilidad de caracteres”. El amigo lo corrigió: “Querrás decir por incompatibilidad de caracteres”. “No– replica el que se iba a divorciar–. Por compatibilidad. A mí me gustan las mujeres, y resultó que a ella también”.

En la cocina la señora le dijo de pronto a su marido: “¡Ven! ¡Hazme el amor como me lo haces siempre!”. Extrañado por el súbito impulso de su esposa el hombre hizo lo que ella le pidió. Al terminar el trance le preguntó: “¿Por qué me pediste que te hiciera aquí el amor como te lo hago siempre?”. Explica la señora: “Porque se descompuso el reloj de la estufa, y necesitaba marcar 15 segundos”…

La mujer le reclamó con enojo a su marido: “Me dijeron que estás durmiendo con una vieja”. “Pues te dijeron dos mentiras –alegó él–. En primer lugar no es vieja, tiene 24 años. Y en segundo lugar, cuando estoy con ella no pego los ojos en toda la noche”…

La señorita Peripalda, catequista, les preguntó a los niños: “¿Qué debe uno hacer para llegar al Cielo?”. Responde sin vacilar Pepito: “Lo primero, morirse”.

Un pequeño señor fue a consultar a una adivina. La mujer observó su bola de cristal y luego dijo: “Veo un tesoro enterrado”. “Ya lo sé– la interrumpe el señorcito–. Es el primer marido de mi esposa”…

Hablando de tesoros, en la noche de bodas la recién casada le dijo a su flamante maridito: “A tu atributo varonil le voy a llamar ‘El tesoro’”. “¿Por qué?”– preguntó él halagado. Contestó la muchacha: “Porque es muy difícil de hallar”.


Hubertino Mata Rife, cazador blanco, fue a África a matar elefantes. Se vio frente a un enorme paquidermo, y cuando iba a asestarle una bala expansiva de su Magnum sucedió que el rifle se le encasquilló. El elefante lo echó por tierra con un golpe de su tremenda trompa, e iba a aplastarlo. En eso, como por milagro, apareció una banda de salvajes que con sus gritos y sus lanzas hicieron que la gran bestia huyera. “¡Gracias, amigos salvajes! –les dijo con emoción Hubertino a los nativos–. ¡Me salvaron ustedes de morir aplastado por las enormes patas de ese malvado paquidermo! ¡Y tenía cuatro!”. “Ahórrese el agradecimiento –replicó el jefe de la banda–. Lo que pasa es que no nos gusta la carne molida”. (Nota: los aborígenes eran antropófagos).

“Tengo un lío de faldas ‘apá” –le informó el muchacho a su padre, vigoroso ranchero del norte. “¡Ése es m’hijo! –exclamó con orgullo el genitor atusándose el bigote–. Dígame que lío de faldas tiene, p’ayudarlo a salir de él”. Contestó el muchacho con aflautada voz: “No sé si ponerme la azul o la amarilla”.

Rondín # 16.-

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, fue con las socias del Club de Amigas de la Naturaleza a visitar una granja cercana a la ciudad, pues las señoras querían ver a “los animalitos”. Llegaron en el momento en que las vacas eran ordeñadas. Doña Panoplia le preguntó al granjero: “¿Por qué no están ordeñando a aquella vaca que quedó en el corral?”. “Sería un poco peligroso, señora –le contestó el granjero–. Lo que llama usted vaca es el toro”.

Don Geroncio casó con mujer joven, y no podía tener familia con ella. Dos especialistas se ocuparon de su caso, y acordaron que deberían ponerle testículos nuevos. En lo que difirieron fue en el material que usarían; uno sugería que se los pusieran de madera; el otro quería usar metal. Como no se pudieron poner de acuerdo determinaron ponerle uno de cada material. Pasaron varios años, y cierto día uno de los facultativos se topó con don Geroncio. “¿Cómo le fue –le preguntó– con el implante que le hicimos?”. “Funcionó extraordinariamente bien, doctor” –respondió, feliz, el añoso caballero. “¿Quiere eso decir –inquirió el médico–, que pudo usted embarazar a su mujer con esos testículos que le pusimos, el uno de madera, de metal el otro?”. “Así es, doctor –confirmó don Geroncio–. Tuvimos dos hijos. Pinocho está por terminar la primaria, y Robocop ya entró a la secundaria”.

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, llamó por teléfono al doctor Herriot, médico veterinario, y le anunció: “Mi suegra le llevará a mi perro. Por favor, póngale una inyección letal. Al perro que lo bañen y lo desparasiten”.

Turi Ferario, piadoso joven, casó con Sally Dora, joven mujer con mucha ciencia de la vida. Al empezar la noche de las bodas Turi se puso de rodillas junto al tálamo nupcial. “¿Qué haces?” –le preguntó la  sabidora novia a su flamante maridito, quizá para saber en qué posición debía ponerse ella. Respondió él: “Estoy rezándole al Señor para pedirle guía”. “Ah vaya –dijo entonces Sally Dora–. Mejor pídele fortaleza. De guiarte me encargo yo”.

Doña Jodoncia, la fiera esposa de don Martiriano, le contó por teléfono a una amiga: “Ayer tuve una discusión con mi marido, y el pobre se pasó toda la noche viendo a través de la ventana con una tristísima mirada”. “¿De veras? –se conmovió la amiga. “Sí –confirmó doña Jodoncia–. Supongo que al rato tendré que dejarlo entrar”.

La bien formada nieta de don Poseidón, labriego acomodado, llegó a la casa de sus abuelos luciendo una brevísima minifalda. “Tiene el criterio muy amplio” –dijo doña Holofernes, su abuela, para justificarla. En eso la muchacha resbaló y cayó de pompas en el suelo. Comentó con inquietud don Poseidón: “Ojalá no se haya lastimado el criterio”.

Lord Feebledick oyó decir en su club que uno de los socios, lord Cockhound, se jactaba de haber tenido cópula con más de mil mujeres, entre ellas las esposas de numerosos miembros de la antigua nobleza británica. Ese salaz sujeto llevaba siempre consigo un libro de contabilidad en el cual tenía anotados, en orden alfabético, los nombres de las féminas con las cuales se había refocilado, así como las fechas y lugares donde con ellas tuvo cohabitación, más toda suerte de datos relativos al suceso. Como lord Feebledick pertenecía a la nobleza –descendía de Pipino el Breve, circunstancia que con mala intención le recordaba frecuentemente su mujer– sintió el temor de que Cockhound hubiera tenido tratos con su esposa. Lo buscó, pues, en su habitual sillón del salón fumador, y sin más ni más le preguntó: “Dígame, caballero, ¿conoce usted a lady Loosebloomers?”. El hombre echó mano a su gran libro y empezó a buscar en las páginas correspondientes a la L: “Loosebloomers... Loosebloomers... Sí, la conozco”. “Y dígame, ¿tuvo con ella relación carnal?”. Ahora el individuo buscó en la letra R: “Relación carnal... Relación carnal... Sí, tuve con ella relación carnal. Fue en 1935, el 23 de abril, día de San Jorge, patrono de Inglaterra, y el acto tuvo lugar en el invernadero donde el marido de esa dama cultiva rosas de la variedad Victoria”. “Yo soy el marido –dijo entonces con acrimonia lord Feebledick–, y debo decirle que estoy muy desilusionado”. Ahora Cockhound buscó en la letra D: “Desilusionado... Desilusionado... Sí, leo aquí que yo también quedé bastante desilusionado”.

Un tipo le contó a otro: “Aunque no me lo creas me pasé 12 años sin tocar una mujer y sin probar una gota de alcohol”. “¿De veras?” –se asombró el otro. “Sí –confirma el tipo–. Pero me desquité en el fiestón que me organizó mi papá cuando llegué a los 13 años de edad”.

Empédocles Etílez, ebrio perseverante, le dijo a su compañero de beodeces, Astatrasio Garrajarra: “Querido amigo, deberíamos sentirnos orgullosos. Un camello de la Bactriana puede trabajar 30 días sin beber. Nosotros podemos beber 30 días sin trabajar”.

La esposa de Capronio tenía poco tetamen y mucho nalgatorio. Le pidió dinero a su marido para someterse a una intervención quirúrgica que le agrandaría las bubis. “No necesitas esa operación –le dijo el incivil sujeto–. Simplemente frótate el busto con papel sanitario”. Preguntó muy intrigada la señora: “¿Con papel sanitario me crecerán las bubis?”. “Claro que sí –le aseguró Capronio–. Nada más mira cómo tienes las pompas”.

Rosibel, la secretaria del lascivo don Algón, le contó a una amiga que su salaz jefe le había regalado un abrigo de visón. “¿De veras? –se interesó la amiga–. Y tú ¿qué hiciste?”. “Se lo devolví –contesta Rosibel–. Si me quedaba con el abrigo de visón habría tenido que quitarme mi pantaletita de algodón”.

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, se quejaba siempre de lo mucho que él tenía qué trabajar mientras su esposa se quedaba en la casa muy tranquila. Le pidió al Señor que cambiara los papeles. El buen Dios accedió a su petición, y un buen día Capronio se encontró convertido en mujer, y vio a su esposa transformada en el hombre de la casa. Todo el día Capronio tuvo que afanarse en las duras faenas del hogar, en la atención y cuidado de los hijos, en las mil y mil cosas que una esposa debe hacer para tener la casa en orden. Para colmo esa noche su mujer –convertida en hombre– llegó con copas y en estado erótico, y pese a que Capronio ya lo único que quería era dormir le hizo el amor con ardimiento. Al día siguiente el incivil sujeto, arrepentido, le dijo a Dios: “¡Perdóname, Señor! ¡Qué equivocado estaba! La verdad es que mi esposa trabaja más que yo. Estoy arrepentido, y te pido que las cosas vuelvan a ser como eran antes. Vuélveme a mi ser de hombre, por favor”. “Lo haré con gusto, hijo –le respondió el Señor–. Pero tendrás que esperar nueve meses: anoche quedaste embarazado”.

Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, le pidió por enésima vez a su señora que le permitiera realizar con ella el acto del amor. “Pero si lo hicimos hace muy poco tiempo” –opuso ella. “Mujer –le recordó con quejumbroso acento el desdichado–. La última vez que lo hicimos fue cuando Winifred Horan grabó ‘Out and about’, y eso fue en la década de los noventa”. “¿Y ya quieres de nuevo? –rebufó ella–. ¡Eres un maniático sexual!”. Don Frustracio porfió, sin embargo, y al final doña Frigidia accedió a cumplir el débito a condición de que su marido la dejara ver la tele mientras el acto se llevaba a cabo. Accedió el infeliz con tal de poder desahogar sus rijos de varón. En eso estaba cuando su esposa le dijo con tono de reproche: “Eres un desconsiderado, Frustracio. Tú aquí, goza y goza, y Ferdinando Maximilan en la telenovela, sufre y sufre”.

Simpliciano, joven candoroso, contrajo matrimonio. A los tres meses su esposa dio a luz un robusto bebé de 4 kilos. Simpliciano le dijo, receloso: “Según entiendo los bebés llegan a los nueve meses”. Le dice la mujer: “¡Anda, qué iba a saber el bebé cuándo debía llegar!”.

El famoso torero era ya añoso, y había perdido muchas de sus facultades, a pesar de lo cual seguía toreando. En la corrida de feria recibió una cornada de pronóstico reservado. Su hijo, muchacho tonto, le preguntó en la clínica: “¿Por qué le pasó esto, padre?”. “Hijo –respondió con molestia el diestro–; incurrí en el mismo error que cometí la vez que hice el amor con tu madre cuando ella te concibió: no me retiré a tiempo”.

Halter O’Filio era levantador de pesas. Cierto día, en el gimnasio de su casa, ante su esposa, levantó 100 kilos en un solo envión. “¡Caramba! –exclamó admirada la señora–. ¿Cómo es que puedes levantar esto y no lo otro, que pesa mucho menos?”.

El Hombre Bala le anunció a la dueña del circo, señora con la que además tenía amores ocultos, que iba a dejar el espectáculo para ir a establecerse en otra ciudad. “¡Por favor no me dejes! –gimió ella–. ¿Dónde voy a encontrar otro hombre de tu calibre?”.

Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, llegó a su casa al término de un viaje. Lo que miró en la alcoba la dejó sobrecogida. O más bien, para evitar ambigüedades, pasmada, sorprendida y alelada. Su casquivano esposo se hallaba en el lecho conyugal acompañado por una joven fémina de voluptuosas formas; hagan ustedes de cuenta la Maja Desnuda de Goya, pero en formato popular. “¿Qué es esto, Chinguetas?” –preguntó doña Macalota, como si no supiera lo que era eso. “Vamos, mujer –trató de razonar el frívolo marido–. Yo no te digo nada cuando tú comes galletitas en la cama”.

El odontólogo le juró a su esposa, el día que se casaron, que jamás le diría una mentira. Siempre cumplió lo prometido. Se entendía con una de sus pacientes, y con ella se refocilaba en su consultorio. Si cuando estaba en eso lo llamaba por teléfono su esposa para preguntarle por qué no había llegado aún a su casa, el dentista le contestaba: “Estoy muy ocupado, mi amor. Tengo aquí una paciente, y le estoy llenando una cavidad”. (¡Descarado!).

Un cliente acudió al policía encargado de la seguridad en la tienda de departamentos. Le dijo: “Debería usted meter al orden a aquella mujer, guardia. Está haciendo víctima a su marido de un intolerable bullying. Le grita; le exige dinero; lo amenaza...”. “Trataré de evitar eso, señor -respondió el policía-. ¿Quién es esa mujer?’’. Contestó el tipo, mohíno: “Es mi esposa’’.

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