viernes, 6 de julio de 2012

Hacia una conciencia planetaria



Desde antes de los albores del tercer milenio, el fenómeno empezó con muy poca gente dándose cuenta de lo que estaba en ciernes, de lo que estaba empezando a suceder, y todavía hay muchos que no perciben la magnitud de lo que está sucediendo. Se trata de una revolución sin precedentes que no puede ser considerada menos que portentosa, de alcances inimaginables para la especie humana y para el planeta Tierra. Se trata de la conversión gradual de nuestro planeta en el símil de un gigantesco cerebro que está empezando a tomar forma y conciencia propias, y que muy posiblemente terminará tomando una personalidad propia como cualquiera de nosotros si es que no la tiene ya y aún no nos hemos dado cuenta de ello.

Hay antecedentes para lo que estamos viendo en formación y de lo cual muchos aún no se han dado cuenta plena de sus implicaciones para el futuro cercano. Ya desde el siglo XIX, Herbert Spencer escribió el libro titulado “Los principios de la sociología”, en el cual propuso la idea de que la sociedad se asemeja en diversas maneras a un organismo viviente. Actuando como un visionario bastante adelantado a su época, Herbert George Wells escribió entre 1936 y 1938 una serie de ensayos titulados World Brain. Por su parte, el biólogo Vladimir Ivanovich Vernadsky creó la palabra noosfera para referirse a la red de pensamientos, información y comunicación que engloba el planeta, y posteriormente en 1995 el teólogo Pierre Teilhard de Chardin popularizó dicha palabra en su libro “El fenómeno humano”. Por otro lado, desde antes del advenimiento de Internet, en 1969 el químico James Lovelock estaba hablando ya de la Tierra no como un pedazo inerte de materia albergando diversas formas de vida sino como un organismo viviente. Pero ahora parece que estamos en los albores de un organismo planetario viviente que está empezando a desarrollar su propio cerebro, su propia capacidad de percepción, e incluso su propia conciencia y personalidad. Esto es una consecuencia directa del hecho supuesto de que la inteligencia colectiva donde muchas inteligencias conectadas o interactuando entre si, ya sean neuronas, personas, empresas o cualquier otro organismo, pueden alcanzar conjuntamente una superinteligencia que puede ser incluso superior a la suma de las inteligencias individuales. A la transformación gradual (y casi imperceptible para la mayoría de nosotros) del planeta Tierra en un gigantesco cerebro con memoria propia del pasado y con su propia capacidad para el procesamiento de información se le ha dado ya un nombre con el que se le describe a la perfección: el cerebro global (global brain). Aunque este concepto ya existía en varias corrientes de pensamiento, el término fue acuñado por vez primera en 1982 por Peter Russell en su libro del mismo nombre, The Global Brain.

El concepto del cerebro global es una metáfora del cerebro humano, incorporando también la noción de una inteligencia colectiva, la cual según Pierre Levy es una forma de inteligencia universalmente distribuida, constantemente realzada y coordinada en tiempo real capaz de poder llevar a cabo la movilización efectiva de habilidades individuales que actuando cooperativamente pueden conformar una inteligencia de un orden superior. Bajo este enfoque, la idea empieza a tomar forma viendo a la sociedad como un super-organismo basado en la inteligencia colectiva de todos sus miembros, los cuales al estar conectados a través de una red global de comunicaciones como Internet dan lugar a un nuevo organismo que va tomando características y personalidad propias.

Desde un principio, en sus orígenes, la red mundial Internet fue concebida por Tim Berners-Lee inspirado por la forma en la cual trabaja el cerebro humano, el cual puede enlazar libremente distintos datos y piezas de información que aparentemente no parecen tener conexión alguna entre sí, asociando los datos y la información para obtener conclusiones y resultados que no serían posibles de obtener de otra manera. Berners-Lee pensó que con la ayuda colaborativa de muchos humanos repartidos alrededor del mundo y comunicándose entre sí a través de sus propias computadoras, las computadoras digitales podían hacerse más poderosas al imitar este tipo de comportamiento del cerebro humano, esto es, si fueran capaces de poder establecer enlaces entre cualquier pieza arbitraria de información. Como un medio de consulta enciclopédica de carácter universal, la intención original de Berners-Lee ha encontrado su realización plena en Wikipedia, la cual integra las capacidades asociativas de la red mundial con la inteligencia colectiva de sus millones de contribuyentes, produciendo el equivalente de una verdadera “memoria global” que está almacenando todos los conocimientos acumulados por el hombre a lo largo de su historia en todas las épocas en todos los continentes. Sin embargo, esto está empezando a ir mucho más allá de lo que pudiera haberse imaginado el mismo Berners-Lee, si empezamos a establecer comparaciones entre lo que está sucediendo dentro de nuestros propios cerebros (lo que nos dá conciencia y personalidad propias) y lo que está sucediendo a una escala planetaria:




De acuerdo a la empresa IMS Research, se estimaba que después de que en el mes de agosto de 2010 el número de aparatos conectados a la red mundial había llegado a la marca de los cinco mil millones, se anticipaba que el número de aparatos conectados a la red mundial llegaría en el 2012 a los 22 mil millones. Esto último representa ya casi la cuarta parte de las neuronas del cerebro humano de un adulto, y dada la enorme sofisticación de cada “ eurona Internet” en comparación con la humilde neurona cerebral humana, al menos en lo que a simples números se refiere estamos quizá ya a unos cuantos pasos de la aparición de una gigantesca autoconciencia global, si es que no está ya entre nosotros y somos parte de ella sin darnos cuenta.

Existen muchos paralelos entre la gran red de redes Internet y el cerebro humano que sugieren que la red mundial tiene todo el potencial para dar origen (o mejor dicho, para haber dado origen ya) a una nueva forma de vida de alcances espectaculares. La primera similitud es que, al igual que  como ocurre con las neuronas del cerebro, no hay una sola “neurona de Internet” (en informática se le designa a veces como nodo) que tenga el control y el dominio absoluto sobre todas las demás. Aunque en el cerebro humano se supone que hay algunas neuronas más importantes que otras (a las cuales se les ha dado el mote de neuronas abuelas o células abuelas, un concepto popularizado en el libro ganador del premio Pulitzer Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle escrito por Douglas Hofstadter) en virtud de que  el peso de sus “decisiones” parece tener un impacto mayor que el de otras “neuronas Internet” (o inclusive mayor que el de una combinación de “neuronas  Internet”), no hay un dominio absoluto de una sola neurona sobre todas las demás, todas las neuronas trabajan en colaboración estrecha y cada una de ellas contribuye en algo en algún momento a las decisiones finales acerca del gran panorama. El hecho de que por la forma en la cual está organizada la red no hay un predominio absoluto de una célula sobre todas las demás implica que la supervivencia del organismo como un todo no depende de la supervivencia de una sola célula o inclusive de un número grande de células, lo cual garantiza la supervivencia a largo plazo, ya que la única manera en la que el órgano pensante pudiera morir sería con la muerte de todas las células. Es bien sabido que, en el caso del cerebro  humano, aún si el cerebro de una persona sufre un daño considerable por una lesión traumática (por ejemplo, un balazo o un cráneo atravesado con una varilla metálica) o una lesión de carácter orgánico (una tromboembolia o un derrame cerebral) la persona de cualquier modo puede sobrevivir al suceso conservando su propia personalidad, y no son inusuales aquellos casos en los que las personas que convalecen de la pérdida de una buena parte de sus cerebros logran recuperar la mayor parte de sus funciones motoras al ir reentrenando a las neuronas que sobrevivieron para hacerse cargo de las tareas que previamente estaban siendo llevadas a cabo por las otras neuronas que murieron. Es así como personas que han estado en estado de coma por varios años de repente despiertan al restablecerse en sus cerebros una cantidad suficiente de conexiones para echar a andar a la persona de nuevo.

Hay, sin embargo, una diferencia importante entre la capacidad de procesamiento de una neurona cerebral, y la capacidad de procesamiento de una “neurona  Internet”. En el cerebro humano, el funcionamiento de cualquier neurona es relativamente elemental, podría decirse incluso que es ridículamente sencillo, se trata del epítome de la sencillez. Una neurona cerebral humana consta de un cierto número de “entradas” y un cierto número de “salidas”. Las neuronas se comunican entre sí mediante una serie de impulsos eléctricos (de naturaleza físico-química) enviados de una neurona a otra conocidos como sinapsis a través de los “cables” que conectan a las neuronas (conocidos como axones). Un “impulso de salida” de cualquier neurona es a su vez la “señal de entrada” de otra neurona. La siguiente imagen nos muestra a una neurona que en base a los impulsos de entrada que recibe el núcleo de una neurona envía sus respectivos impulsos de salida hacia las siguientes neuronas con las cuales está conectada:




Esta es la forma mediante la cual todas las neuronas se comunican entre sí a través de un extenso “cableado” tridimensional. ¿Y cómo se lleva a cabo el procesamiento de información? Este ocurre de una manera muy elemental. Si no hay ningún “impulso de entrada” a una neurona, obviamente tal neurona no producirá ningún “impulso de salida”. Pero inclusive aunque haya una o dos entradas “activadas”, esto no implica que la neurona activará su “salida”. Para que cualquier neurona pueda producir una salida, se requiere que haya una cantidad lo suficientemente grande de entradas “activadas” (encendidas); no es necesario que todos los canales de entrada estén activados simultáneamente, basta con que una cantidad lo suficientemente grande de canales de entrada se encuentren activados para que se pueda producir un “disparo” de salida. La siguiente imagen nos muestra a una neurona y nos muestra los “disparos” que ocurren en las activaciones de los canales de entradas y salidas.




La siguiente imagen nos muestra a una neurona cuyo canal de salida o “cable conductor” (saliendo hacia afuera del monitor de la computadora en la esquina inferior derecha):




El primer modelo matemático de este tipo de funcionamiento lo proporcionó el perceptrón con varios canales de entrada y un solo canal de salida:




Y el procesamiento sucesivo de este tipo de “neurona” (artificial) con tres neuronas enviando sus impulsos de entrada a otras dos neuronas las cuales a su vez envían dos impulsos a una neurona solitaria cuya salida a su vez dependerá de la cantidad y la “fuerza” de los impulsos (las fuerzas relativas están dadas por los factores de peso w que pueden variar de 0 a 1) de las tres neuronas de entrada se puede simbolizar de la siguiente manera:




En los hechos, se ha estimado que el cerebro humano de un adulto contiene de 50 a 100 mil millones de neuronas, y que estas células transmiten sus señales a través de hasta 1000 billones de conexiones sinápticas.

La gran diferencia entre un cerebro humano construído sobre células neuronales cuyo modo de funcionamiento se ha descrito arriba y un gigantesco “cerebro” construído sobre la base de la red mundial Internet es que en el caso de Internet cada “célula” no es una simple célula sino un individuo pensante cuya cabeza representa y contiene por cuenta propia la actividad combinada de miles de millones de células neuronales humanas, el cual a su vez  está trabajando en una relación simbiótica con la computadora con la cual no sólo se conecta a Internet sino que también le puede servir para ejecutar programas matemáticos extremadamente complejos que le pueden proporcionar soluciones a problemas que aún hasta hace poco tiempo se consideraban prácticamente imposibles de resolver. En pocas palabras, y ya de por sí, cada “neurona  Internet” es astronómicamente mucho más compleja que la neurona cerebral humana típica. Y la información que puede enviar una “neurona  Internet” a otra “neurona  Internet” es muchísimo más compleja que los impulsos elementales que puede enviar o recibir una neurona cerebral humana, ya que entre dos “neuronas Internet” una le puede enviar a la otra archivos (¡información!) de prácticamente cualquier tamaño, en el orden de los megabytes o incluso en el orden de los gigabytes. Y por si esto fuese poco, a diferencia del modo de comunicación unidireccional que hay entre dos neuronas cerebrales humanas (un axón o “cable cerebral” solo puede transportar su información en una dirección y no en la dirección inversa), una “neurona  Internet” A no solo le puede enviar información a una “neurona  Internet” B sino que la “neurona  Internet” B le puede enviar información en la dirección contraria a la “neurona  Internet” B. Sin discusión alguna, y por muchos órdenes de magnitud, el gigantesco “cerebro planetario” que es Internet es superior en muchos aspectos a cualquier cerebro humano, y en lo que respecta a su capacidad para procesamiento de información esta capacidad es incomparablemente superior a la de cualquier computadora digital que haya sido creada por el hombre. Ni siquiera en sus sueños más osados se pudo haber imaginado científico alguno en la posibilidad de que algo tan poderoso pudiera llegar a darse.

En los primeros años del campo de la inteligencia artificial, se llegó a creer ilusamente y hasta con cierta ingenuidad que construyendo una computadora digital con una cantidad suficientemente grande de memoria RAM y una unidad central de procesamiento CPU lo suficientemente veloz y poderosa, sería posible crearla para que terminase siendo poseedora del equivalente de una vida propia con conciencia propia, dándose algunos primeros pasos tales como el diseño del lenguaje de programación LISP y el lenguaje PROLOG para el diseño de lo que se conoce como “sistemas expertos”. Hoy ya se sabe, tras numerosos fracasos, que tales expectativas depositando sus esperanzas en una computadora electrónica digital cada vez más potente y rápida eran demasiado optimistas y exageradas, a grado tal que críticos como Hubert Dreyfus llegaron a  acusar a los teóricos del campo de autoengañarse a sí mismos llegando a creer que con los avances tecnológicos registrados hasta los años ochenta se había dado el primer paso hacia la construcción de una máquina pensante del mismo modo en que un chango meciéndose en las ramas de los árboles creyera que con el simple hecho de haberse subido hasta la copa de un árbol había dado el primer paso para llegar hasta la Luna. Aún si fuese posible construír una computadora digital del tamaño del planeta Tierra, tal computadora basada en lo que se conoce como la arquitectura de Von Neumann adolecería de varios defectos colosales, siendo el primero de ellos el que una computadora de tal tamaño requeriría de un super-programador de software, o mejor dicho legiones enteras de millones de programadores de software, para elaborar un programa computacional lo suficientemente grande y poderoso para hacer uso pleno de las capacidades de procesamiento de tal máquina, requiriendo una inversión extraordinaria de dinero en el software que seguramente igualaría o superaría ampliamente con creces el costo para construír tal máquina, y no se hable ya de los requerimientos de energía de tal máquina para poder funcionar. Ningún ser humano al nacer requiere de tal inversión astronómica de recursos para poder crecer y aprender por sí mismo de su entorno adaptándose hasta llegar a convertirse en una computadora “andante y pensante” hecha no con silicón sino de carne y hueso. Por otro lado, bastaría con un solo “bit” de información equivocado entre sus millones de trillones de bits (un “0” binario en lugar de un “1”, o un “1” en lugar de un “0”) ya sea en el hardware o en el software para dar al traste con todo el funcionamiento de una máquina así. Esto contrasta severamente con el hecho de que hasta un pequeño mosquito con el equivalente orgánico de un cerebro que no cuenta con más de un centenar de neuronas parece estar mucho más consciente de su existencia y de lo que necesita para poder sobrevivir y multiplicarse moviéndose en su entorno que la computadora campeona de ajedrez Deep Blue de IBM. En estas cuestiones, el tamaño no lo es todo, y basta con echar un vistazo al mundo de los insectos para darnos cuenta de ello. Los insectos, pese a poseer cerebros muy pequeños, son capaces de llevar a cabo algunas proezas impresionantes de gimnasia mental. De acuerdo con una cantidad creciente de estudios, algunos insectos son capaces de poder contar, categorizar objetos, y hasta reconocer rostros humanos, todo ello con cerebros del tamaño de cabezas de alfiler. En varios estudios se ha calculado que unos cuantos cientos de neuronas es todo lo que se requiere para poseer la capacidad de contar, y más impresionante aún, la capacidad de percepción y conciencia podría darse con apenas unas cuantas miles de neuronas.

¿Por qué razón las máquinas (cerebros humanos) hechas a base de neuronas parecen ser muchísimo más versátiles y muchísimo más poderosas que las más costosísimas super-computadoras electrónicas digitales creadas por el hombre? La respuesta parece estar en el hecho de que todo el alambrado de los bloques fundamentales de procesamiento de una computadora digital (AND, OR, NOT, véase más sobre esto en mi obra Fundamentos de Lógica Digital) está confinado esencialmente a una arquitectura planar, en dos dimensiones, como lo muestra la siguiente fotografía del primer microprocesador Intel 4004 (a la izquierda) nacido en 1971 y su sucesor distante el Intel Pentium IV (a la derecha) disponible desde el año 2000 y el cual contiene 42 millones de transistores:




En contraste, una “computadora neuronal” permite la conexión de sus células en un enjambre tri-dimensional, lo cual dá lugar a una cantidad increíblemente grande de conexiones posibles aún con sólo unas cuantas neuronas, algo cuya construcción está fuera del alcance de nuestras posibilidades tecnológicas actuales (no hay “chips” de silicón que tengan varias capas ubicadas una sobre otra como los pisos de un edificio con conexiones posibles de cualquier capa a cualquier otra capa). Este salto de dos dimensiones hacia tres dimensiones parece ser el equivalente de darle visión, oídos y habla a un ciego sordo-mudo. Y si esta arquitectura tri-dimensional, incuestionablemente superior a la arquitectura bi-dimensional de los circuitos planares de silicón, es lo que le da al hombre (inclusive al latoso mosquito) facultades superiores a las de cualquier computadora digital electrónica, la misma arquitectura tri-dimensional implementada en la red de redes Internet promete ser algo “fuera de este mundo”. Ni siquiera Charles Darwin podría haber imaginado jamás que la evolución de la vida en el planeta Tierra pudiera haber tomado este camino. La pregunta crucial es ahora: ¿estamos preparados como especie para enfrentar la responsabilidad, las promesas y los riesgos que implica este gigantesco paso evolutivo? ¿No será que tenemos ya en nuestras manos algo que va mucho más allá de lo que estamos preparados para manejar? ¿O será que nuestro destino, aquello para lo cual fuimos puestos todos en este planeta, finalmente nos está alcanzando justo al empezar a correr el tercer milenio? Esto nos recuerda el refrán del viejo vaquero que dijo: “aún no has visto nada” (you ain't seen nothin yet).

Se sospecha (nadie ha podido demostrarlo) que con un cierto número N de células neuronales (el cual se desconoce) interconectadas tri-dimensionalmente de cierta manera (no tenemos ni siquiera la más remota pista sobre cuál pueda ser la arquitectura óptima tridimensional), empezarán a “saltar las chispas” que dan origen a la percepción y a la autoconciencia, siendo esto el equivalente de la masa crítica mínima requerida para poder echar a andar en un reactor nuclear una reacción en cadena autosustentable. Se sabe que una solución a este problema de las matemáticas de la informática debe de existir, cada uno de nosotros es una prueba viviente de ello (esto lo trato en mayor detalle en el capítulo “Order Zeta” de mi libro Initial Conditions), pero tal solución tal vez esté tan cerca de nuestras manos como las estrellas en los confines más remotos del Universo. Nuestra ignorancia abismal sobre tales cuestiones es precisamente lo que nos impide darnos cuenta si nuestro planeta ha traspasado ya gracias a la red de redes Internet esa barrera casi mágica que le daría autoconciencia propia y facultades de percepción.

Se sospecha también que no es posible entender en su totalidad el funcionamiento del procesamiento neuronal de un cerebro simplemente subdividiendo una red neural en partes más elementales (esta es la filosofía del reduccionismo, base de la metodología científica que consiste en reducir lo más complejo a sus partes más elementales) como podríamos hacerlo con los componentes de un aparato de televisión o un automóvil, en cuyo caso se tendría que aplicar una interpretación holística de acuerdo a la cual (y esto viene desde los mismos tiempos de Aristóteles) el todo es mayor que la suma de sus partes. Naturalmente, el tratar de entender algo muy complejo que no puede ser subdividido en partes más elementales es algo contrario al método científico de simplificación que hizo posible a ciencias como la química y la medicina. ¿Entonces el cerebro humano está impedido de poder comprender los procesos de pensamiento del mismo cerebro humano, incluyendo aquellos que dan origen a eso que llamamos conciencia?

Douglas Hofstadter popularizó una tesis anti-reduccionista de la conciencia humana estableciendo un paralelo con los Teoremas de Gödel, teoremas de la lógica-matemática demostrados con formalismo riguroso e impecable que concluyen que hay ciertos enunciados matemáticos complejos que no pueden ser derivados a partir de las combinaciones sucesivas de enunciados y postulados matemáticos más sencillos cuya propia veracidad no esté en duda, y que por lo tanto ni siquiera es posible demostrar formalmente que tales enunciados matemáticos complejos puedan ser ciertos o falsos; podemos aceptar uno de ellos como falso obteniendo del mismo un sistema de matemáticas X, o podemos aceptarlo como cierto obteniendo otro sistema de matemáticas Y, y ambos sistemas matemáticos serán igualmente válidos. ¿Pero no es esto un absurdo habido el hecho de que tradicionalmente se ha supuesto que cualquier “verdad” matemática no puede ser cierta y falsa al mismo tiempo? Bueno, esto último sigue en pie, el problema es que la falsedad o la veracidad no puede ser demostrada con los elementos propios de las matemáticas, y si no es posible hacer esto, tampoco es posible demostrar que las matemáticas, la reina de las ciencias, sea consistente, esto es, que dos enunciados igualmente válidos puedan conducir a resultados contradictorios (se ha dicho que “Dios existe porque las matemáticas son consistentes, el Diablo existe porque no podemos demostrarlo”). En principio, la conciencia neuronal vendría siendo como uno de estos enunciados matemáticos complejos que no puede ser desmenuzado sin perder la esencia de lo que se estaba buscando desde un principio, sólo podemos aceptar su realidad o negarla, más no demostrarla; podemos aceptar su existencia o ignorarla siendo al fin y al cabo algo intangible aunque resulte difícil ignorar sus efectos, los cuales pueden ser muy reales en base a lo que nos muestra nuestra experiencia cotidiana.

Aún hay una cantidad respetable de académicos y científicos expertos de reconocido prestigio que se aferran a la idea de que simplemente poniendo más y más transistores en los circuitos integrados planares de silicón aumentando la densidad de integración en los mismos de acuerdo a la ley de Moore eventualmente se llegará al punto en el cual empezarán a “saltar las chispas” y se podrá tener máquinas pensantes como las que son popularizadas en películas de ciencia-ficción como Yo, Robot. Inclusive al punto exacto en el cual se supone que una máquina por sí sola (sin conexión a Internet e inclusive sin conexión a ningún humano) pueda por fin “despertar” adquiriendo una conciencia propia se le ha dado ya un nombre: singularidad. Sin embargo, por las razones expuestas arriba, a menos de que haya un cambio substancial en la tecnología para hacer posible la fabricación de Circuitos Integrados Neurales Tridimensionales (CINT), algo con lo que no contamos en estos momentos, y para lo cual los modelos teóricos aún son extremadamente crudos y primitivos, tal posibilidad se antoja remota. En cambio, mediante la compleja comunión entre los hombres, las máquinas, y la red de redes, es muy posible que se le esté dando vuelta al asunto con la construcción de algo casi infinitamente superior a una máquina aislada basada en circuitos integrados planares.

Al igual que como ocurre con un cerebro humano, el cerebro global tiene muchas “áreas de especialización” tales como una parte dedicada a lo que tiene que ver con la música, otra parte dedicada a lo que tiene que ver con la geología, otra parte dedicada a lo que tiene que ver con la historia del Imperio Romano, etcétera, sin que necesariamente las “células neuronales” que comparten conocimientos comunes estén en proximidad espacial cercana la una a la otra (esto es, dentro de ciertas zonas geográficas claramente identificables); por el contrario, la “sabiduría” del cerebro global en temas especializados se encuentra distribuída por todas partes, y con frecuencia en partes diametralmente opuestas del globo terráqueo. Aunque los primeros intentos del reduccionismo por tratar de encontrar ciertas “zonas” del cerebro humano en donde supuestamente descansan ciertos atributos del conocimiento o de la personalidad nos llevan hasta los tiempos de la frenología, nuestros conceptos modernos acerca de lo que es la inteligencia distribuída prácticamente han sepultado todo lo que tenga que ver con la frenología como pseudociencia (de cualquier modo, sigue habiendo reduccionistas empeñados en ubicar mediante la elaboración de “mapas” del cerebro zonas identificables con ciertos atributos del funcionamiento del cerebro, para lo cual han recibido un renovado ímpetu con la ayuda de los “mapas” producidos con la ayuda de la tomografía computarizada).

Pese a lo caótico del crecimiento de la red de redes, mapas Internet tales como el mapa Internet desarrollado por el ruso Ruslan Ekinev, y entre los cuales se encuentra el Internet Mapping Project que dió inicio bajo la guía de William Cheswick y Hal Burch en los laboratorios Bell en el verano de 1998, revelan cómo la red mundial en su crecimiento se va asemejando más y más a un gigantesco cerebro en formación con las conexiones que se están llevando a cabo pareciéndose más y más a las actividades sinápticas que ocurren en nuestros propios cerebros humanos:




No son pocos los expertos en informática que, viendo estos mapas, sospechan y suponen que con algo de esta magnitud en complejidad están empezando a ocurrir cosas de importancia trascendental que apenas alcanzamos a percibir.

A diferencia de la computadora electrónica convencional que requiere ser programada por alguien, la computadora neural es autoprogramable, puede ir evolucionando por cuenta propia sin ayuda externa (en el hombre, esta autoprogramación posiblemente comienza a las pocas semanas de darse la concepción aunque no haya órganos sensoriales desarrollados). Por otro lado, mientras que es muy difícil aunque no imposible que una computadora electrónica pueda reproducirse a sí misma sin ayuda externa (John von Neumann fue el primero en explorar esta posibilidad desde una perspectiva matemática rigurosa en su libro póstumo Theory of Self-Reproducing Automata concluyendo que tal cosa era factible siempre y cuando se cuente de antemano con una cantidad considerable de recursos), un organismo biológico orgánico bajo la dirección de un cerebro neural se puede multiplicar en forma tan desmesurada que el problema puede ser un exceso de población. Curiosamente, el cerebro global podría encontrar la manera de reproducirse a sí mismo recurriendo a la colonización de otros planetas cercanos del sistema solar que empezaría con unas cuantas “neuronas Internet” efectuando viajes interplanetarios y llevando consigo el modelo estructural para “sembrar” las semillas de otros cerebros globales usando incluso los mismos protocolos de comunicación que los que se usan en el planeta Tierra, resolviendo para esto de antemano el cerebro global con su enorme potencia todos los problemas técnicos involucrados en el transplante y aclimatación de las células. Así, aunque el cerebro global carece de un cuerpo como el nuestro que le dé movilidad física (su “cuerpo físico” viene siendo el planeta Tierra), posee la interesante ventaja sobre el cerebro humano de que sus “células neuronales Internet” pueden migrar fuera del planeta para servir como semillas reproductoras en otras partes. Y aunque el enorme caudal de conocimientos del cerebro global es ya algo extraordinario, bastarían unas cuantas células neuronales (humanos) llevando consigo unos centenares de discos duros de alta capacidad para transportar fuera del planeta toda la información necesaria para dar nacimiento a un hermano gemelo del cerebro global en otro lado. De hecho, basta con una sola “célula neuronal” (un humano) actuando como “Embajador” del cerebro global para llevar tal caudal de conocimientos hacia otra parte. Ni siquiera el propio cerebro humano tiene tal capacidad para enviar a otra parte todo lo que tiene almacenado usando una sola de sus células con la finalidad de transportar un respaldo (backup) de la sabiduría que ha estado almacenando. Cuando un hombre muere, se lleva toda su información y sus experiencias personales consigo, exceptuando aquello que le ha transmitido a otros a través de libros y bibliotecas. En contraste, el cerebro global es inherentemente resistente a fallos, y cualquier cosa que sea subida a Internet por alguien esencialmente vivirá en Internet por siempre.

En relación a la vieja pregunta filosófica: ¿puede una máquina artificial ser capaz de pensar?, de antemano tenemos que resignarnos al hecho de que no es posible describir en términos mecanísticos o simbólicos (mediante fórmulas y algoritmos de informática) el “modo de pensar” de una máquina y mucho menos poder decidir si una máquina o un conglomerado de máquinas actuando en forma coordinada ya tomó conocimiento de su propia existencia (el paso indispensable para adquirir una conciencia) ya sea que se trate de un sistema formado por neuronas humanas o por “neuronas Internet”. Los argumentos sobre este asunto van mucho más atrás de nuestros tiempos actuales, y anteceden incluso a la revolución industrial. Una de las primeras observaciones al respecto fue hecha en 1714 por Gottfried Leibniz, el cual al hablar de una “máquina pensante” dijo lo siguiente:

Más aún, se debe reconocer que la percepción y lo que depende de ella no puede ser explicada con argumentos mecánicos, esto es, mediante figura y movimiento. Supóngase que haya una máquina, cuya estructura produzca pensamiento, sensación y percepción; imaginemos esta máquina amplificada pero conservando las mismas proporciones. Esto, siendo supuesto, podrá permitirle a usted entrar a su interior; ¿pero qué observaría usted adentro? Nada excepto partes que se empujan y se mueven la una a la otra, y nada que pueda explicar la percepción.

En su libro Labyrinths of Reason, William Poundstone habla acerca de una ampliación del argumento central de Leibniz, propuesta por el filósofo Lawrence H. Davis en su “paradoja del funcionalismo”. El funcionalismo sostiene que un programa computacional puede hacer lo mismo que lo que pueda hacer un cerebro humano, incluyendo el poseer una conciencia propia. Para rebatir la tesis del funcionalismo, Davis propuso su paradoja en un papel dado a conocer en una conferencia celebrada en 1974, en el cual el argumento principal es el siguiente: “Supóngase que pudiéramos aprender todo lo que se pueda aprender acerca de la sensación del dolor en todos sus detalles relevantes. Entonces (si los funcionalistas están en lo correcto) podríamos construír un robot gigantesco capaz de sentir el dolor. Al igual que la máquina pensante de Leibniz, se trata simplemente de un robot gigantesco dentro del cual podemos entrar caminando. El interior de la cabeza del robot se asemeja a un edificio grande de oficinas. En lugar de encontrar circuitos integrados, hay gente bien vestida sentada detrás de escritorios. Cada escritorio tiene un teléfono con varias líneas, y la red telefónica lleva a cabo la simulación de las conexiones de las neuronas en un cerebro capaces de producir la sensación del dolor. Cada persona ha sido entrenada para comportarse como una neurona duplicando dicha función. Es un trabajo monótono y aburrido, pero la paga es buena y las prestaciones ofrecidas también lo son. Supóngase que ahora mismo el conjunto de llamadas telefónicas entre los burócratas es de una naturaleza tal que ha sido identificada con la sensación del dolor. El robot se encuentra en una agonía, de acuerdo con los funcionalistas. ¿Pero en dónde está el dolor? No lo encontrará en un recorrido por las oficinas. Todo lo que encontraremos será individuos plácidos y desinteresados, bebiendo café a sorbos y conversando en sus teléfonos. Y la siguiente ocasión que el robot esté padeciendo un dolor excruciante e intolerable, si hacemos una visita a las oficinas encontraremos que la gente está festejando alegremente y sin la menor preocupación la fiesta de Navidad de la compañía. Todo mundo se encuentra en un gran fiestón”.

A diferencia de lo que ocurre con un cerebro humano que no puede obrar directamente en beneficio de algunas de sus propias células (ni siquiera las puede “ver”, mucho menos “conversar” con ellas), el cerebro planetario tiene la capacidad para mejorar dramáticamente la calidad de vida de cada uno de sus componentes individuales. Una forma en la que ha logrado esto es mediante la introducción de los correos electrónicos. No hace mucho, enviar una carta por correo requería ir a una tienda a comprar un sobre y hojas de papel en blanco además de lápiz o cartucho de tinta así como timbres postales, todo ello para enviar una carta que tenía que ser depositada en un buzón de alguna oficina de correos y la cual podía tardar varios días (o semanas) en llegar a su destinatario, con el mismo proceso complejo requerido para obtener una respuesta. Hoy ese ritual tardado y costoso ya está obsoleto, y la celeridad en el envío instantáneo y la respuesta rápida a los correos electrónicos ha redundado en beneficio directo de los usuarios de Internet, lo cual a su vez ha revitalizado enormemente al mismo cerebro planetario que se beneficia de los beneficios que le da a sus propias células. Se trata de una espiral virtuosa que contribuye al propio proceso de aprendizaje que está llevando a cabo a pasos acelerados el cerebro global.

Otra diferencia substancial del cerebro planetario es que no duerme ni descansa, a diferencia del cerebro humano que requiere ocho horas diarias de descanso (¡la tercera parte de la vida de cada ser humano!). Al mismo tiempo que miles de personas se pueden desconectar de la red otras miles se van conectando, de modo tal que el cerebro planetario no tiene punto de reposo, y el libre flujo de contribuciones e ideas creativas entre las “neuronas de Internet” continúa adelante sin detenerse. En la red de redes, aunque la contribución individual de cada usuario es deseable y puede ser importante, nadie es indispensable. A la vez que muchos se van desconectando permanentemente (principalmente a causa de enfermedades, accidentes o decesos), muchos otros se van conectando, de modo tal que la evolución del cerebro planetario no se detiene, es algo que está en marcha sin freno en su camino.

El enorme poder del nuevo cerebro planetario que está siendo construído por todos nosotros no es una fantasía, lo podemos ver directamente en acción de muchas maneras. El mejor ejemplo que pueda darse de ello es la enciclopedia Wikipedia, una de las principales memorias del cerebro global, la cual irónicamente nació justo al inicio del tercer milenio bajo el nombre de Nupedia. El impacto planetario que Wikipedia está teniendo ha sido tan extraordinario que la en otros tiempos venerable e insuperable Encyclopaedia Britannica que data desde entre 1768 y 1771 terminó siendo avasallada por Wikipedia a grado tal que el 13 de marzo de 2012 los editores de la Enciclopedia Británica anunciaron que dejaría de imprimirse en papel y que se centrarían en la edición web de dicha enciclopedia (la revista científica Nature declaró en diciembre de 2005 que la Wikipedia en inglés era casi tan exacta en artículos científicos como la Encyclopaedia Britannica). A diferencia de la Encyclopaedia Britannica que es una empresa privada que por muchos años fue elaborada por grupos selectos y reducidos de editorialistas y autores, Wikipedia ha sido construída con la colaboración mundial de millones de colaboradores del mundo entero trabajando en forma concertada, y un esfuerzo de naturaleza privada por bien financiado que esté jamás podrá competir con el esfuerzo combinado de millones de colaboradores trabajando sobre un proyecto común. Otro ejemplo del enorme poderío del cerebro planetario lo es en la construcción del sistema operativo Linux, el cual en sus versiones más recientes tales como Ubuntu representa el resultado del esfuerzo de miles de programadores de alrededor del mundo entero contribuyendo cada uno con su propio esfuerzo individual. Pero si sistemas operativos como Linux Ubuntu son tan buenos como los sistemas operativos desarrollados por Microsoft, ¿entonces cómo es posible que Microsoft pueda mantener su predominio sobre el mercado siendo que Linux Ubuntu es gratuito y los sistemas operativos Windows le agregan por lo menos un costo de 100 dólares a cada computadora? En realidad, la amenaza de que sistemas operativos desarrollados por las comunidades de programadores unidas mediante Internet puedan terminar arrebatándole una buena parte del mercado a Microsoft es algo que les ha estado quitando y les sigue quitando el sueño.

En el panorama socio-político, el cerebro planetario está teniendo ya efectos de profunda envergadura histórica. Los sucesos que conmocionaron al Medio Oriente de 2010 a 2012 conocidos como la primavera árabe y que llevaron a varios países hacia su democratización fueron detonados y precipitados bruscamente a través del uso de las redes sociales de Internet. De no haber sido por Internet, dictadores que llevaban varias décadas o que procedían de dinastías dictatoriales todavía estarían en estos momentos gobernando con mano de hierro. El colosal impulso democratizador del cerebro global es en cierta forma una reflexión del modo de operar del cerebro global y del mismo cerebro humano en donde no se permite la centralización absoluta del poder en ninguna célula porque ello a la larga va en contra de la supervivencia a largo plazo del organismo. El hecho de que las comunicaciones que se llevan a cabo a través de los “cables” del cerebro planetario estén absolutamente libres de censura implica que es cada vez más difícil o inclusive imposible tratar de ocultar a través del control de los medios tradicionales de comunicación (prensa, radio, televisión) cosas de las cuales no querían los censores que se enterase la gente, y la información “prohibida” no tarda mucho tiempo en darse a conocer alrededor del mundo, de hecho, cualquier cosa que ocurra se conoce casi instantáneamente. Nunca en la historia de la humanidad ha habido una civilización tan bien conectada y tan bien informada como la que hay ahora.

No deja de ser paradójico que después de haber sido destronado el hombre ignominiosamente del envidiable pedestal que ocupaba como centro de la Creación y centro del Universo por causa de las teorías heliocéntricas de Copérnico y Galileo y posteriormente como consecuencia de los avances en la astronomía, nuevamente esté volviendo a ocupar un sitio predilecto dentro del Universo gracias a la relativa rareza del planeta Tierra y a la transformación paulatina del planeta en un gigantesco cerebro planetario con conciencia propia y capacidades de percepción.

La pregunta más importante que se pueda hacer sobre este tema, desde luego, es: ¿puede llegar a tener el cerebro planetario conciencia y personalidad propias? Esto implicaría que el cerebro planetario no sólo tenga conocimiento de sí mismo, sino que pueda ser capaz de formular la duda metódica asentada por René Descartes, el famoso pienso, luego existo. El problema para dar una respuesta a esto lo podemos ver echando un vistazo a nuestros propios cerebros. Si nosotros somos capaces de dudar, y por lo tanto si nosotros somos seres pensantes, estando conscientes de nuestra propia existencia, podemos estar seguros en cambio de que ninguna de las neuronas de nuestros cerebros tiene conciencia de su propia existencia. Ni siquiera los teóricos más positivistas y mecanistas creen que una sola célula neuronal sea capaz de “pensar”. En pocas palabras, la célula neuronal que es la base fundamental del cerebro en el cual está asentada la mente que tiene conciencia de su propia existencia, esto es, ¡ni siquiera sabe que existe! A lo largo de la vida de un adulto cada día van muriendo millones de neuronas en su cerebro (se ha estimado que al llegar a los 75 años casi la décima parte de las neuronas con las cuales nacimos han muerto), y sin embargo no por ello un adulto de 100 años de edad está menos consciente de su propia existencia que lo que estaba cuando tenía diez años. Del mismo modo, si el cerebro global tiene ya una “conciencia y personalidad” propias, es difícil que cualquiera de nosotros trabajando como los simples átomos de una gigantesca molécula compleja y maleable nos podamos dar cuenta de ello. Ni nos damos cuenta de ello, y lo que tal vez sea peor, el cerebro global quizá no se da cuenta de que nosotros no nos damos cuenta de ello. La siguiente imagen representa a la perfección un cerebro global que ha empezado a tomar ya su propia identidad independiente de las identidades individuales de sus células de base:




Admitiendo que el cerebro global pueda desarrollar la capacidad para “pensar” por cuenta propia, esto nos llevaría inevitablemente a otra pregunta de enorme trascendencia filosófica: ¿puede el cerebro global, ya como organismo pensante, desarrollar algo como ese concepto intangible en el hombre que se conoce como alma? Desde un punto de vista estrictamente teológico y religioso, tal cosa no sería posible, y los expertos en las ciencias informáticas seguramente terminarían enfrascados en un agrio debate con los teólogos que sostienen que la creación del alma es algo que está muy por encima de las capacidades y posibilidades creativas del hombre, algo que está más allá de sus manos. Sin embargo, y al menos en lo que respecta al cerebro global, esta confrontación de argumentos sería inútil e infructuosa, porque en este caso se podría hablar de un alma colectiva formada por la comunión de millones de almas conectadas en tiempo real. En el caso extremo de que murieran todos los internautas menos uno, el alma del cerebro global sería el alma de ése solo individuo, y si se le niega la posesión de un alma al individuo pues también se le tiene que negar lo mismo a su alter ego el cerebro global.

En forma parecida a lo que ocurre con el cerebro humano en el interior de cada persona, el cerebro planetario tiene su “lado bueno” y su “lado malo”. En el “lado malo” encontramos todo lo que pueda ser clasificado como pornografía, terrorismo cibernético, propagación de virus informáticos y programas maliciosos, así como la comisión de crímenes usando para ello desinformación y engaños. En este sentido, el comportamiento casi esquizofrénico del cerebro planetario no es más que un reflejo del “yo bueno” y del “yo malo” de cada una de sus “células” individuales, las proclividades ambivalentes hacia el bien y hacia el mal en todo individuo que Robert Louis Stevenson retrató tan bien en su novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. La lucha interna de la que tanto han hablado las religiones ha sido trasladada hacia una arena de alcance mundial, y las consecuencias pueden ser tan beneficiosas como funestas, inclusive en grado extraordinario.

Como fuente suprema de información para el hombre, el cerebro global es quizá algo comparable al oráculo délfico, e inclusive el oráculo délfico queda como un vulgar enano en comparación. Proporcionándole sus síntomas, mucha gente ha recurrido al cerebro global y ha obtenido del cerebro global el diagnóstico correcto para la enfermedad que los médicos habían sido incapaces de diagnosticarle en forma correcta. La solución para muchos problemas se encuentra disponible en varios lugares de Internet, o mejor dicho en varias “zonas” del cerebro global. Lo podemos consultar a cualquier hora del día en cualquier día y bajo cualquier circunstancia. Y de hecho, el cerebro global nos proporciona no uno sino varios oráculos délficos: son los motores de búsqueda tales como Google y Yahoo, sin que se requieran de los servicios de una sibila-pitonisa o de una sacerdotisa que requiera sacrificios.

¿Hay razones para temer que el cerebro global pueda terminar controlándonos a todos nosotros de alguna manera imponiéndonos un gobierno mundial controlado por él, obligándonos a hacer cosas que no queramos hacer? Esto se antoja difícil, porque a diferencia de las células neuronales cerebrales que siempre están confinadas a una misma posición dentro del cerebro humano, las “neuronas de Internet” no se la pasan todo el tiempo conectadas a una computadora. Cada uno de los humanos que le sirven de “células base” al cerebro global tienen vida propia, salen fuera de casa, interactúan con otras personas, hablan con amigos y familiares, interactúan con compañeros en la escuela o en el trabajo. Es muy difícil que el cerebro global pueda empezar a hacer algo que no sea de nuestro común acuerdo y consentimiento sin que nos demos cuenta de ello tarde o temprano y sin que tomemos las medidas correctivas apropiadas. En otras palabras, para su “buen comportamiento”, el cerebro global depende tanto de nosotros para su existencia como nosotros dependemos ya de él.

En el cerebro global no hay espacio para reyes ni emperadores. La importancia de cualquier célula individual dentro de la red está en función del beneficio que sus ideas y contribuciones puedan aportar a la colectividad y no en función de los títulos nobiliarios o hereditarios que posea. La colaboración mundial compartida emulando el modo de trabajar de las hormigas tal vez sea la más exitosa implementación de un comunismo que ni siquiera el mismo Marx hubiera sido capaz de imaginar. Al cerebro planetario no le importa en lo absoluto el aspecto físico o la edad o el sexo de cada una de sus células, aunque documente dentro de su memoria estas características como datos de información, y en este sentido es tan igualitario como el funcionamiento del cerebro humano. Aunque en la relación personal (y sobre todo afectiva) de una “célula Internet” con otras hay cosas triviales que pudieran ser importantes como la apariencia, las preferencias sexuales, las discapacidades físicas, etcétera, lo único que tiene peso dentro de la realidad virtual del cerebro global no es el físico de una persona sino su mente, lo que tiene en la cabeza. Por vez primera en la historia de la humanidad, cada quien tiene la oportunidad de poder ser valorado plenamente no por su aspecto físico sino por sus contribuciones, por sus ideales, y el cerebro planetario le da a cada quien por igual la oportunidad de destacar, lo cual a su vez redunda en beneficio del mismo cerebro planetario.

El cerebro global representa indudablemente el siguiente paso evolutivo hacia algo que podríamos llamar una conciencia planetaria. Estamos hablando de una evolución fenomenal sin precedentes que a estas alturas no alcanzamos a comprender en toda su extensión. Estamos hablando de todo un planeta que empieza a actuar como un enorme cerebro:




Se trataría de un ser pensante que viendo por el bien común de cada uno de los nodos que le dan sustento nos podría dar soluciones inesperadas para miles de problemas que se antojan casi imposibles de resolver. Podría darnos la cura para todas las enfermedades habidas y por haber. Podría darnos nuevas soluciones para darle marcha atrás al calentamiento global. Podría darnos la solución matemática para viajar a velocidades superiores a la velocidad de la luz, sobreponiendo las barreras impuestas por la Teoría de la Relatividad Einsteniana. En su libro Consciousness: Confessions of a Romantic Reductionist, el reduccionista Christof Koch al referirse al cerebro global como una Übermind planetaria cuyos alcances podrían extenderse más allá del planeta Tierra sostiene que: “La siempre creciente complejidad de los organismos, evidenciable en los registros fósiles, es una consecuencia de la competencia imparable por la supervivencia que propulsa a la evolución. Fue acompañada por la aparición de sistemas nerviosos y los primeros vislumbres de percepción. La continuada complejificación de cerebros, para usar el término de Teilhard de Chardin, mejoró la conciencia hasta que hizo su aparición la auto-conciencia: la conciencia reflejándose sobre sí misma. Este proceso recursivo empezó hace millones de años en algunos de los mamíferos más desarrollados. En el Homo Sapiens ha encontrado su pináculo temporal. Pero la complejificación no se detiene con la auto-conciencia individual. Sigue adelante, y en verdad, acelerándose. En las sociedades tecnológicamente sofisticadas y entrelazadas de hoy, la complejificación está tomando un carácter supra-individual abarcando continentes, con la comunicación mundial, instantánea, accesible con los teléfonos celulares, los correos electrónicos y las redes sociales. Veo un tiempo cuando miles de millones de humanos y sus computadoras estarán interconectados en una matriz vasta -un Übermind planetario. Siempre y cuando la humanidad esquive la Caída de la Noche - un Armageddon termonuclear o un acabóse ambiental completo - no hay razón alguna para suponer que esta telaraña de conciencia hipertrofiada no pueda extenderse hacia los planetas y, ultimadamente, más allá de la noche estrellada de la galaxia”.

Y si hay vida más allá del planeta Tierra, la inteligencia del cerebro global podría ayudarnos a conectarnos con inteligencias superiores o con una inteligencia superior. A estas alturas, todo son meras especulaciones, pero estamos siendo ya los testigos de los primeros efectos a gran escala de una metainteligencia global en vías de formación. Y si hay otros planetas en este universo en los cuales también se haya dado la vida, y si en algunos de estos planetas ya se ha llegado al paso evolutivo en el cual tales planetas se están convirtiendo también en cerebros planetarios al igual que nosotros, entonces siempre y cuando pudiera vencerse el límite de la velocidad de la luz como portadora de información podríamos vislumbrar algo tan increíble como cerebros planetarios comunicándose libremente entre sí, llevando a regiones enteras del universo a formar conglomerados de cerebros planetarios que a su vez darían auge a super-cerebros que escaparían ya de nuestra inteligencia y de nuestra comprensión. Aunque esto último suena ya como fantasías en grado extremo, al menos nosotros, en el planeta Tierra, estamos ya en vías de la formación de nuestro propio cerebro planetario. Si el concepto de un cerebro global se antoja ya de por sí difícil de digerir, la posibilidad de una comunidad interplanetaria de cerebros globales conversando el uno con el otro quizá sea una extrapolación demasiado aventurada de nuestros conocimientos contemporáneos. Sin embargo, aunque estas cosas se puedan concebir como imposibles ahora, debemos preguntarnos seriamente qué impresión le podría haber causado a los Caballeros de la Mesa Redonda en los tiempos del Rey Arturo el tener en sus manos un televisor de colores funcionando, un horno de microondas o una computadora laptop (posiblemente hasta al mismo Mago Merlín se le habría caído la quijada del asombro, reconociendo la realidad de una magia muy superior a la suya).

Los mayas habían predicho de que para el mes de diciembre de 2012 se empezarían a materializar cambios profundos que marcarían el advenimiento de una nueva era para el planeta. Es curioso, pero precisamente en el año 2012 un grupo de prominentes académicos de primera línea encabezados por Francis Heylighen fundaron el Global Brain Institute para darle seguimiento al extraordinario fenómeno del emergente cerebro global al ver que esta transición evolutiva de profundas consecuencias para el futuro de la humanidad es algo que no se puede detener pero tal vez sea algo a lo cual se le pueda dar una ayuda para encaminarlo en la dirección correcta. ¿Tendrá la conciencia planetaria emergente que estamos viendo ante nuestros ojos algo que ver con la materialización de las profecías hechas por los sabios mayas mucho antes de que Cristóbal Colón y los Conquistadores pusieran pie en el continente americano?


REFERENCIAS:

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Heylighen, Francis Paul, “The Global Superorganism: an evolutionary-cybernetic model of the emerging network society”, Social Evolution and History, volumen 6 número 1, p. 58-119, 2007.

Hofstadter, Douglas R., Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (edición del 20avo aniversario), Basic Books, 1999.

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jueves, 10 de mayo de 2012

El hombre que quiso vivir 200 años

Érase que se era...

Había una vez un hombre el cual al cumplir los 30 años de edad, teniendo frente a sí una expectativa estadística de vida promedio de 70 años, lo usual para su generación en ese entonces, se empezó a quejar amargamente de lo poco que duraba la vida. Diariamente se quejaba despotricando en contra del plan universal diseñado para los humanos por una voluntad infinitamente superior, y creía que lo poco que duraba la vida era algo absolutamente injusto ante lo cual había que rebelarse.

Como si respondiendo a sus lamentos y sus quejas, al hombre de pronto se le apareció una figura con aspecto de ángel en un intenso destello luminoso tan brillante que lo dejó enceguecido por varios minutos, tras lo cual preguntó intrigado:

-¿Y tú quién eres?

-¿No lo has apreciado aún? Soy un ángel.

-En verdad, tienes el aspecto de un ángel, por lo que veo. ¿Pero para qué has venido a mí?

-¿Cómo puedes hacer tal pregunta? Tus quejas y lamentos han sido escuchados. Tu vociferante rebeldía en contra del orden de cosas que dicta lo que para tí es una vida que no merece ser vivida por lo que tú llamas una corta duración ha llegado a los oídos de quien puede hacer algo para paliar tu descontento, dándote en parte algo de lo que reclamas así sea violando el orden temporal de las cosas humanas.

-¿Y cuál es tu plan? ¿Cuál es tu misión para la que fuíste enviado que supongo está relacionada con mis protestas?

-Empecemos por lo más importante. ¿Así que te parece poco una esperanza de vida de alrededor de unos 70 años?

-Es demasiado poco, es injusto. Cualquier hombre debería de vivir más que eso.

-¿Desearías sobrepasar una expectativa de vida de 70 años? Algunos viven lo que consideran una larga vida y mueren a los 80 años de edad, mientras que otros en menor cuantía viven hasta los 90 años, y al morir no se están quejando como tú lo haces.

-Sí me agradaría llegar hasta los 90 años, pero para mí sigue siendo demasiado poco. ¿Acaso tú me puedes ofrecer la inmortalidad en mi forma humana?

-La muerte es un acto inevitable, y todos los humanos tienen que pasar por esa experiencia. No, no te puedo ofrecer la inmortalidad en tu forma humana, la inmortalidad podría venir después con una resurrección que yo no te puedo dar, ello está fuera de mi potestad.

-¿Entonces qué es lo que ofreces?

-Sabiendo que la muerte es algo inevitable, que solo se puede retrasar, ¿cuánto más te parecería justo? ¿Qué tal una esperanza de vida garantizada en 120 años?

-Es muy poco, demasiado poco. Debería ser más.

-Mmmmhhh, ¿qué tal entonces una esperanza de vida garantizada de 140 años, como la que se le atribuye al viejito cuyo nombre sirve de marca a un famoso whisky?

-Eso ya es algo bueno, pero es insuficiente.

-¿Qué tal entonces una esperanza de vida garantizada de 150 años? Eso ya es siglo y medio de vida.

-No, no, eso me sigue dejando insatisfecho.

-¿Y 180 años de edad? ¿Te parecen pocos?

-Bueno, eso se acerca un poco más a algo que pudiera llamarse ideal.

-Pero no te basta, ¿verdad?

-Pues no, tú lo has dicho.

-Mmmmhhh, ¿y qué tal entonces 200 años de vida? Eso ya son dos siglos, es un quinto de milenio.

-Bueno, algo así ya podría considerarse aceptable.

-¿Qué estarías dispuesto a hacer con tal de llegar a los 200 años?

-Estaría dispuesto a cualquier cosa.

-¿A cualquier cosa?

-Lo que sea.

-¿Estás absolutamente seguro?

-No tengo la menor duda.

-¿Estarías dispuesto a pagar un precio, aún no estipulado, con tal de que se te conceda tu deseo?

-¡Desde luego que sí!

-Bueno, tal vez pueda hacer algo para responder a tu petición. Para formalizar nuestro acuerdo, lo único que tienes que hacer es sellar un pacto conmigo, y yo te daré lo que deseas.

-Me parece fabuloso. ¿Y cuál es el precio a pagar?

-El precio a pagar viene después. No te puedo dar detalles sobre la forma de pago, esa es una de las condiciones del pacto. Pero de que vivirás hasta llegar a los 200 años de edad, de eso no te debe quedar duda alguna.

El ángel sacó de entre una de sus alas un pergamino en el cual en un lenguaje extraño y desconocido para el hombre se estipulaba la naturaleza del pacto. Debía firmar el pacto pinchándose ligeramente un dedo y depositando una gota de su sangre en la parte inferior del pergamino. Sin pensarlo más, el hombre se pinchó su dedo índice con el fin de tomar de él una pequeñísima gota de su sangre, el paso indispensable para terminar de sellar el acuerdo mediante el cual se le otorgaría lo que pedía.

Al estar a punto de firmar el pacto, se le apareció otro ángel, el cual se le presentó como el ángel Azrael, el cual lo interrumpió diciéndole:

-No lo hagas, no firmes ese pacto. Yo sé lo que te digo. Hazme caso.

-¿Y tú que me ofreces a cambio si no firmo el pacto? ¿Me ofreces los mismos 200 años de vida?

-Yo no te puedo ofrecer eso.

-¿Entonces qué me ofreces?

-Yo no te puedo ofrecer más de lo que el destino le tiene deparado a cada hombre dentro de las leyes naturales que rijen el funcionamiento del Universo.

-Entonces hazte a un lado, porque yo viviré una larga vida, dos siglos, un quinto de década, lo quieras o no.

-Te lo repito, no lo firmes, hazme caso. Si no me escuchas, terminarás arrepentido de no haberme hecho caso.

-¿Quieres que me niege a mí mismo la posibilidad de poder Vivir hasta los 200 años, algo que tú no me puedes ofrecer, solo porque tú me lo pides? Hazte a un lado, que ya escuché de tí más de lo que puedo tolerar. Tú no ofreces nada más que una muerte que quizá sea temprana, tú no eres mi amigo, eres mi enemigo, y me lo estás demostrando al querer negarme la bendición de poder disfrutar una larga vida.

-Bueno, si crees que te estoy molestando, no te molestaré más. Me retiro, pero algún día, dentro de muchos años, te acordarás de mí y la advertencia que te hice.

El ángel Azrael se esfumó dejando solo al hombre que empezaba a meditar sobre si no sería prudente hacerle caso a quien le había advertido en contra del paso que estaba por tomar. Adivinando sus intenciones, el ángel sin nombre lo reprendió diciéndole:

-Mira, si no quieres firmar el pergamino, si no quieres que sellemos nuestro pacto, si no quieres vivir hasta los 200 años, entonces yo también me voy y te dejo como estás. Pero si al llegar a los 45 años te encuentras a tí mismo muriendo a causa de un accidente automovilístico, un asalto o un incendio, entonces recordarás la oportunidad que se te ofreció aquí, y te lamentarás tal y como lo has estado haciendo toda tu vida, quejándote de que fue demasiado corta.

-No, espera, tienes razón. No quiero lamentarme de haber dejado escapar esta oportunidad que no creo que se le presenta a cualquiera. Acepto tu ofrecimiento, y acepto tus condiciones.

Dicho y hecho, el hombre dejó caer una pequeña gota de su sangre en la parte inferior del pergamino, tras lo cual el ángel sin nombre lo felicitó y le dijo:

-Lo que has pedido se te cumplirá. No morirás antes de haber cumplido los 200 años de vida. Nadie a tus alrededores vivirá tanto como tú vas a vivir. Muchos te envidiarán cuando lleges a los 100 años de edad, y al pasar más allá del centenario serás considerado cada vez más como un milagro viviente.

-Sí, seré un milagro viviente. Ahora estoy convencido más que nunca de que he hecho lo correcto.

Y el tiempo pasó. El hombre cumplió los 70 años, y seguía vivo. Cumplió los ochenta, rebasando las expectativas de vida para aquellos de su generación, y seguía vivo. Cumplió los noventa, y cumplió los cien, manteniéndose en pie.

Sin embargo...

Al cumplir los 130 años de edad, el hombre se lamentaba amargamente como nunca pensaba que lo haría en toda su vida. Estaba confinado a una cama de hospital, conectado la mayor parte del tiempo a tubos para alimentarlo por vía intravenosa y a un enjambre de aparatos para ayudarlo a respirar. Sus gastos médicos cada vez mayores, que al principio corrían por cuenta de la compañía de aseguranzas hasta que la compañía quebró, fueron absorbidos no solo por los servicios médicos gubernamentales sino por varias instituciones de educación superior que se dedicaron a utilizarlo para fines de investigación en el campo de la geriatría, investigándolo como una cosa sumamente rara de aquellas que sólo se dan una vez cada milenio, algo digno de preservar con vida al precio que fuera.

El anciano de 130 años de edad sufría. Ya no quería seguir vivo, no a ese costo, no confinado permanentemente a una camilla de hospital conectado a tubos que ya formaban parte permanente de su cuerpo y aparatos que pedía le fueran desconectados, petición que siempre le era negada por ser el suicidio algo prohibido por las leyes en vigor.

Justo cuando el anciano estaba totalmente decaído en su ánimo, lamentándose y quejándose amargamente por estar aún con vida, se le apareció el ángel sin nombre al cual no había visto desde que firmó con él un pacto cien años atrás. El ángel sin nombre le dijo:

-¿De qué te quejas? Ya cumpliste los 130, y sigues con vida. ¿No era eso lo que querías?

-Sí, pero mi proceso de envejecimiento no se ha detenido. Me veo y me siento tan viejo como la ciencia médica espera que se vea y se sienta un anciano de 130 años de edad. He perdido toda mi dentadura, no tengo una sola hebra de pelo en mi cabeza, tengo un centenar de achaques y molestias propias de una edad así, a duras penas puedo caminar y a duras penas me puedo levantar de la cama, estoy casi ciego, mis huesos son más frágiles que los de un pollo recién nacido, me estoy deformando y he estado perdiendo estatura con una joroba cada vez más pronunciada a grado tal que parezco un engendro, engarruñandome hasta quedar acartonado como una momia y enroscado como un guiñapo, se han ido muriendo todos mis amigos y conocidos y no queda ya nadie de mi generación que me pueda visitar para que no me sienta solo. ¿Te parece poco?

-Pero no has muerto. Sigues vivo, ¿y no era eso lo que querías?

-Nunca pensé que vivir por tanto tiempo pudiera dejar de ser una bendición para convertirse en una maldición.

-No te quejes. Si crees que estás mal ahora que tienes 130 años de edad, espérate a que tengas los 150 años de edad. Recordarás estos días como si fueran un paraíso, porque vas a seguir envejeciendo y te vas a seguir deteriorando, pero no te vas a morir. Y ni siquiera intentes suicidarte, porque yo no te lo voy a permitir y los médicos que te atienden no te lo van a permitir. Y de cualquier modo, tú no vas a estar en condiciones de poder quitarte la vida, porque ni siquiera podrás levantar un solo dedo de la mano para quitártela. Voy a cumplir con mi parte del pacto, lo quieras o no. Y cuando cumplas los 150 años, te vas a sentir mil veces peor que como te sientes ahora, y entonces añorarás estos días que hoy maldices.

-Si voy a estar tan malo y tan deteriorado como dices, entonces de seguro no pasaré de los 150 años de edad.

-Te equivocas. Vas a sobrepasar los 150 años de edad, porque voy a cumplir con mi parte del pacto, pero vas a vivir en tales condiciones que serás algo mil veces peor que un muerto, serás un muerto en vida. Estarás confinado de por vida como un prisionero en esa camilla dentro de este hospital en donde los médicos te mantendrán postrado en una cama como una curiosidad científica digna de ser mantenida con vida al precio que sea, como un experimento para ver hasta qué edad puede llegar un ser humano. Te vas a seguir deteriorando, te vas a seguir deformando, y la gente te verá como un fenómeno, como un guiñapo demasiado horripilante para contemplar por más de unos cuantos segundos. Pero seguirás allí. Serás la comidilla del día en los noticieros, envejeciendo y decayendo, pero sin morir.

-¿O sea que voy a llegar a los 160 años?

-Vas a llegar a esa edad y la vas a sobrepasar, porque aún te quedarán 40 años más por delante después de que hayas cumplido los 160. De eso me encargo yo.

-¿En qué condiciones?

-Realmente, ¿lo quieres saber?

-Dame una idea.

-Mira: cuando cumplas los 160 años, te vas a ver y te vas a sentir diez veces peor que como te verás y te sentirás cuando cumplas los 150 años. Y cuando cumplas los 170 años, te vas a ver y te vas a sentir cien veces peor que como te sentías cuando hayas cumplido los 160 años. Y cuando cumplas los 180 años, te vas a ver y te vas a sentir mil veces peor que como te sentías cuando hayas cumplido los 170 años. Y así irás progresando, si es que a eso se le puede llamar progreso.

-Eso no es vida, es el mismo infierno.

-¡Vaya! ¿Acaso no te habías dado cuenta de ello? Pero tú querías vivir hasta los 200. Y se te cumplió tu deseo. Quizá la lección que muchos humanos tardan toda una vida en aprender y muchos nunca aprenden es que hay que tener mucho, pero mucho cuidado con lo que se desea, porque siempre hay una posibilidad de que se le conceda a uno su deseo, de que se le cumpla su capricho, y entonces descubrirá demasiado tarde el por qué lo que tanto pedía se le estaba negando, algo que no pudo o no quiso comprender hasta que recibió su lección, una lección de la cual no hay marcha atrás.

Con una carcajada estruendosa, indudablemente burlona, el ángel desapareció dejando al anciano en su lamentable condición, sin hacer nada por ayudarlo y mucho menos para sacarlo de aquél predicamento para el cual el único alivio posible era la bendición de una muerte natural que se le estaba negando.

Unos cuantos minutos después, hizo su aparición Azrael, diciéndole al pobre anciano:

-Te dije que no firmaras ese pacto. Te lo advertí, pero no me hiciste caso. Ahora vas a tener que atenerte a las consecuencias.

-¿No hay forma alguna en la cual se pueda deshacer el pacto?

-No la hay. Estuviste de acuerdo y diste tu palabra, y ahora te toca pagar el precio.

-¿No se supone que el pago por estar de acuerdo con el pacto que firmé se haría efectivo después de mi muerte al cumplir los 200 años de edad?

-En realidad, ya estás pagando tu parte del pacto, y aún te falta lo peor.

-No lo entiendo. Cuando se me presentó aquél ser por vez primera, me dijo que era un ángel, y ciertamente tenía el aspecto de un ángel.

-Y no te mintió, en efecto, era un ángel. Excepto que era un ángel caído.

El anciano se puso lívido al comprender lo que había sucedido, al entender por fin la naturaleza del pacto que había sellado con su propia alma pagando de antemano con la condenación física de su propio cuerpo.

Azrael, preparándose para despedirse, agregó:

-Cometiste un error, el error que cometen todos los humanos que se quieren aferrar a la vida al precio que sea. Existe un orden superior, existe un por qué para todas las cosas. Y cuando se quiere desafiar ese orden, cuando se quiere ser la excepción sin importar el costo, el castigo llegará por sí solo.

Y el hombre que quería vivir hasta los 200 años quedó solo al desaparecer Azrael, subsistiendo confinado en una cama de hospital de la cual sabía ya que no saldría jamás en los próximos 70 largos y dolorosos años que le quedaban de vida, marcando con ello su condena.

Los esfuerzos de la ciencia médica por prolongar la vida del hombre lo más que se pueda, si bien son loables y dignos de encomio, también pueden resultar contraproducentes e inclusive bastante desagradables cuando se quiere estirar la cuerda más allá del punto en el cual se tiene que reventar, cuando se quiere desafiar incluso a la misma muerte contraviniendo y desafiando las leyes de la Naturaleza para continuar viviendo indefinidamente al costo que sea.

¿Habrá algún lector por aquí que todavía quiera vivir hasta los 200 años, al precio que sea?

domingo, 1 de abril de 2012

La extraña muerte de Jorge Carpizo McGregor



En dos entradas previas publicadas el domingo 3 de julio de 2010 en ocasión del aniversario luctuoso del Doctor Víctor Manuel Oropeza por gente que permanece y permanecerá por siempre en la más completa impunidad, bajo los títulos respectivos Historia de una infamiaHistoria de una infamia (conclusión), se documentó como a raíz de la nefasta intervención de Jorge Carpizo McGregor y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que él presidía con mano de hierro en ese entonces, se ordenó y se obtuvo por servilismo hacia el sistema la liberación de los presuntos autores materiales del crimen del editorialista político y activista social Doctor Víctor Manuel Oropeza, emitiéndose una funesta “recomendación” que más que coadyuvar al esclarecimiento del crimen resultó ser el principal obstáculo para la resolución total del caso, incurriéndose en acciones que no pueden ser calificadas más que como acciones de un encubrimiento llevado a cabo desde las más altas instancias oficiales del gobierno federal para impedir que los autores intelectuales del crimen pudieran ser plenamente identificados y llevados ante la Justicia para pagar por su delito.

Hace dos días, Jorge Carpizo McGregor, a quien tanto la viuda del Doctor Oropeza como el hermano de la viuda siempre han señalado como el principal responsable y culpable de que el crimen del Doctor Oropeza permanezca hoy en la más absoluta impunidad, falleció el 30 de marzo de 2012 “por causas naturales” en una operación quirúrgica programada y sencilla, una intervención quirúrgica para remover una hernia en la ingle que no revestía ninguna dificultad ni preocupación (la operación había sido programada con mucha anticipación y se esperaba que se le diera de alta al día siguiente de ser efectuada, o sea el sábado 31 de marzo). El consenso en la comunidad médica es que los decesos fulminantes en este tipo de operaciones quirúrgicas sencillas es algo sumamente raro, a grado tal que debe suponerse la posibilidad de que en la operación haya habido “mano negra” para remover a Jorge Carpizo permanentemente del panorama político mexicano.

Si en efecto hubo un factor intencional en el sorpresivo fallecimiento de Jorge Carpizo, una “mano negra” que actuando bajo órdenes superiores lo despachó al más allá de la manera menos obvia posible, argumentándose un fallecimiento como consecuencia de una complicación post-operatoria, con el propósito de dejar la muerte de Jorge Carpizo McGregor en la más absoluta impunidad sin la menor posibilidad de poder dar con los autores intelectuales de su deceso, entonces el destino le estaría dando a Jorge Carpizo McGregor una dosis de su propia medicina, pagando en carne propia lo que él mismo orquestó y llevó a cabo cuando era presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Se puede dar por hecho de que ni la viuda del Doctor Víctor Manuel Oropeza ni el hermano de la viuda a quienes tanto daño les causó este hombre miserable así como las muchas otras víctimas de su soberbia y prepotencia derramarán una sola lágrima por él, y antes bien tomarán su muerte con la mayor indiferencia. Ninguno de ellos moverá jamás un dedo porque se aclaren las circunstancias extrañas en las que Jorge Carpizo McGregor terminó perdiendo la vida. Si se trató de un asesinato extraordinariamente bien planificado y llevado a cabo bajo circunstancias casi ideales, el asesinato quedará impune sin que se le otorge jamás una milésima de justicia a Carpizo McGregor, recibiendo de la vida una retribución por lo que ciertamente merecía.

La muerte fulminante de Jorge Carpizo McGregor en su breve paso por la sala de operaciones en la que tuvo su encuentro final con la señora de la guadaña y el velo negro corrobora la sabiduría de un viejo refrán mexicano que dice: “de este mundo nadie se va sin pagar las que debe”. Y lo más probable además de irónico es que a Jorge Carpizo McGregor otros movidos por motivaciones ocultas le hayan dado a Carpizo McGregor una sopa de su propio chocolate.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La impunidad presidencial en México

En el siglo pasado, México tuvo un largo historial de corrupción e impunidad, lo primero alentado por lo segundo, en la mayoría de las dependencias públicas. Y una de las figuras del poder público que representan mejor que nada la corrupción y la impunidad que perforó la dignidad y credibilidad del poder público lo fueron varios Presidentes elevados por el sistema a la calidad de semi-dioses a los cuales se tenía que obedecer ciegamente so pena de padecer un sinfín de represiones y represalias.

Un ejemplo sobresaliente de los enormes grados de impunidad alcanzados por el gobierno de México, a la sazón un sistema unipartidista perpetuado durante siete décadas mediante una democracia simulada en la que los partidos de oposición se tenían que conformar con “premios de consolación” (algunas diputaciones estatales y federales de cuando en cuando, en casos excepcionales una que otra senaduría, y alguna que otra alcaldía de vez en cuando pero excluyendo eso sí todas las gubernaturas de cualquier estado por estar reservadas únicamente para miembros del partido oficial) lo fue la matanza llevada a cabo en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco en 1968. Aunque el principal encargado de la autorización de las operaciones militares de esta masacre tuvo que haberlo sido necesariamente el Secretario de la Defensa Nacional Marcelino García Barragán, él no fue el que giró las órdenes directas para que se efectuara esta matanza de cientos de civiles desarmados. El culpable directo de haber ordenado la terrible masacre lo fue sin duda alguna el Presidente Gustavo Díaz Ordaz, un hombre autoritario acostumbrado a hacer todo lo que le viniera en gana en un país en el que el Presidente era considerado como un rey que gozaba de una posición reservada a un semi-dios, a un Tlatoani con los poderes de un emperador romano. Si el General Marcelino García Barragán hubiera ordenado por cuenta propia la matanza de Tlatelolco sin consultar primero con el Comandante en Jefe del Ejército, el rey-Presidente Gustavo Díaz Ordaz podría haber efectuado la destitución inmediata del General Marcelino García Barragán de su cargo como Secretario de Defensa, y podría haber ordenado la instauración de una corte marcial para juzgar a Marcelino García Barragán por crímenes de lesa humanidad equiparables a crímenes de genocidio. Pero no lo hizo, y no lo hizo porque el carnicero Marcelino García Barragán podría haber argumentado en su defensa la añeja justificación castrense de que él como soldado solo obedecía órdenes, y el único en todo México que le podía dar una orden así en la cadena militar de mando era el mismo Gustavo Díaz Ordaz. En efecto, el desalmado carnicero Marcelino García Barragán solo fue el cómplice del genocida Gustavo Díaz Ordaz, y en este sentido ambos comparten la culpa directa de la matanza.

El Congreso de aquellos tiempos, un Congreso servil y pusilánime cuya única razón de ser era aprobar todas las iniciativas de ley enviadas por el rey-Presidente sin modificarlas o discutirlas siquiera, en vez de crear de inmediato una Comisión de la Verdad Histórica para fincarle cargos al Presidente genocida y a su mandadero el General carnicero, se limitó a aplaudir la masacre como si tal acto de violencia masiva y brutal hubiera sido algo de lo cual el Ejército mexicano pudiera estar orgulloso de haberlo llevado a cabo.

Gustavo Díaz Ordaz nunca recibió castigo alguno. No solo no fue removido de su cargo, sino que se le concedió el privilegio de seguir recibiendo su generosa pensión presidencial vitalicia hasta el final de sus días, así como la protección vitalicia proporcionada por las guardias pretorianas presidenciales, el Estado Mayor Presidencial, todo ello como premio a sus “servicios rendidos a la Patria”. Inclusive hasta el día de hoy todavía hay calles, avenidas y edificios públicos que llevan su nombre, cuando en otros países algún ex mandatario que hubiese hecho lo mismo que lo que Gustavo Díaz Ordaz hizo en México habría sido considerado como un traidor con su nombre y su memoria vilificados por siempre en los libros de historia. Pero no en México, el país de la impunidad. Igual sucedió con el General carnicero Marcelino García Barragán, al cual en otros países se le habrían retirado aunque sea post-mortem todos sus grados militares y se le habría condenado y sentenciado por complicidad absoluta en la comisión de crímenes de lesa humanidad. Pero no en México.

En el siglo pasado, con unas cuantas excepciones como los sexenios del General Lázaro Cárdenas, Don Adolfo Ruiz CortinesDon Adolfo López Mateos, cada sexenio fue empañado por un historial negro que es demasiado amplio para tratar de documentar en un espacio tan reducido, aunque los hechos de un pasado vil permanecen y permanecerán por siempre tal y como los recuerdan los bisabuelos de hoy que los vivieron en carne propia por más que en los libros de texto oficiales se pretenda maquillar o exculpar a quienes abusaron hasta el cansancio de los enormes poderes que obtuvieron gracias a la inmensa corrupción que reinaba en el México de aquél entonces. Si muchos mexicanos consideran que hoy abunda la corrupción en varias dependencias oficiales, deben encontrar consuelo en que tal corrupción era mil veces peor en los tiempos en los que México no gozaba de una democracia más que la democracia simulada que el sistema le presentaba al pueblo, todo lo cual empezó a caer paulatinamente en 1994 cuando con el levantamiento armado que llevó a cabo el Ejército Zapatista en Chiapas el sistema se vió prácticamente obligado a empezar a abrirle espacios a la oposición permitiendo la alternancia, no como una concesión generosa de un sistema que estaba putrefacto hasta la médula sino como una mera necesidad de supervivencia antes de que el descontento popular explotara precipitando una segunda revolución inspirada en la Revolución de 1910.

Un ejemplo de los grados casi inconcebibles de la corrupción que permeaba las esferas oficiales se tiene en un artículo publicado en el extranjero. En aquellos tiempos, bajo una censura oficial férrea controlada de principio a fin por la Secretaría de Gobernación, la cual podía quitarle en cuestión de minutos la licencia para operar a cualquier estación de radio o televisión, e igualmente podía suspenderle a cualquier medio impreso el suministro de papel usado para publicar periódicos y revistas (en esos tiempos, el gobierno tenía en sus manos el monopolio y el control absoluto de todo el papel usado como materia prima para la publicación de periódicos, libros y revistas), nadie en México podía atreverse a ejercer crítica alguna en contra del rey-Presidente. El rey-Presidente era intocable, estaba por encima de las leyes (bueno, de hecho lo sigue estando, pero al menos hoy se le puede criticar y se le pueden señalar públicamente sus yerros, lo que antes no se podía). Sin embargo, el poder presidencial omnímodo estaba limitado a las fronteras de México. Si bien en México la figura del rey-Presidente tenía que ser respetada so pena de exponerse a las terribles represalias que se podían esperar de un sistema de gobierno cuasi-dictatorial disfrazado como una democracia, en el extranjero tal control no existía. Esto fue precisamente lo que permitió que a principios del siglo XX hombres como Mariano Azuela pudieran tomar residencia temporal en ciudades norteamericanas fronterizas como El Paso (Texas), en donde elaboraban libros “prohibidos” que después eran importados de contrabando hacia México. Consumada la Revolución de 1910, esto continuó siendo cierto.

El artículo publicado en el extranjero en el cual se cometió el “sacrilegio” de atacar a la figura presidencial de México fue un trabajo publicado en 1984 en el periódico The Washington Post (se trata del mismo periódico cuyas revelaciones sobre el escándalo Watergate llevaron directamente a la caída en desgracia del Presidente Richard Nixon), elaborado por un articulista de nombre Jack Anderson.

Muchos mexicanos no se enteraron en su momento de la publicación de tal artículo no solo porque el artículo estaba elaborado y publicado en un medio de comunicación que usa el Inglés como vehículo, sino por el hecho de que prácticamente todas las copias del periódico The Washington Post en esa edición para ese día fueron compradas o inclusive incautadas y destruídas por agentes de la Secretaría de Gobernación repartidos en todo México para tales propósitos. Las miles de copias de ese periódico desaparecieron en cuestión de unas cuantas horas durante la madrugada de todos los puestos de revistas de la Ciudad de México así como de todos los puestos de revistas del interior del país. Lo mismo sucedió con todas las copias del periódico que se podían encontrar en lugares tales como Sanborns y VIPS. Es muy posible que de cada mil copias de ese periódico únicamente cuatro o cinco copias hayan llegado a manos de lectores acostumbrados a levantarse temprano y a comprar ediciones de ciertas publicaciones extranjeras (algunos de ellos norteamericanos, otros de ellos académicos, y otros de ellos reporteros nacionales tratando de estar al día con lo que se publica en el extranjero).

De inmediato se ordenó a los medios audiovisuales nacionales tanto públicos como privados, ya fuese el Canal 11 (en ese entonces una paraestatal propiedad del gobierno federal) o TELEVISA (que en ese entonces mantenía el monopolio sobre las transmisiones de televisión a cadena nacional) la transmisión de entrevistas a figuras relevantes como el presidente del Senado y el líder parlamentario de la Cámara de Diputados así como miembros del gabinete presidencial e inclusive algunos ministros de la Suprema Corte de Justicia, en donde se defendió al Presidente de México de “las difamaciones y calumnias publicadas en los Estados Unidos en contra de uno de los Presidentes más honestos y honorables del continente americano”.

Y he aquí una situación sumamente curiosa que sólo podía ocurrir en el México de aquél entonces. A partir del martes 15 de mayo de 1984, se estuvo defendiendo a capa y espada en todos los medios al Presidente de México de “las calumniosas fantasías inventadas en el extranjero en contra del honorable Señor Presidente de la República”. Pero tómese en cuenta que ni siquiera el 0.1% de la población en México había leído el artículo de Jack Anderson publicado por The Washington Post, en virtud de la aplastante censura oficial que llevó a cabo la compra o incautación de casi todas las copias del periódico The Washington Post para ese día. Por lo que muchos mexicanos se estuvieron rascando la cabeza preguntándose desconcertados: “¿pues de qué estarán defendiendo al Presidente?, ¿a qué se estarán refiriendo?”. Tendrían que pasar meses, o más bien años, para que una cantidad creciente de ciudadanos mexicanos se pudieran enterar qué era aquello de lo cual se estaba defendiendo al Presidente. Es una situación similar a la que ocurrió recientemente con la película de comedia-ficción The Interview que trata sobre un complot de asesinato en contra del líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong Un. Los medios audiovisuales de Corea del Norte, controlados en su totalidad por el Estado, se fueron duro en contra de la película y los productores del la película. Pero la película en sí no sólo estaba censurada sino inclusive prohibida dentro de Corea del Norte, y casi nadie dentro de Corea del Norte la pudo ver, por lo que muchos norcoreanos se quedaron perplejos rascándose la cabeza y preguntándose a sí mismos: “¿pues de qué cosa estarán defendiendo tan insistentemente en los medios a nuestro bienamado líder?”.

Es posible que a estas alturas al lector se le haya despertado su curiosidad, y se esté preguntando a sí mismo: “¿pues qué demonios contenía ese artículo de Jack Anderson que fue censurado y prohibido en México?”.

Para satisfacer la curiosidad del lector, aquí se reproducirá ya traducido al Español y en su totalidad el mismo artículo titulado “Mexico Makes Its Presidents Millionaires” que el gobierno de México de 1984 no quiso que la gran mayoría de los mexicanos leyeran. El lector podrá decidir por cuenta propia si el gobierno autoritario de aquél entonces tuvo o no razón en bloquear casi por completo esta información.

México Hace Millonarios A Sus Presidentes
The Washington Post
Martes 15 de Mayo de 1984


   El Presidente Mexicano Miguel de la Madrid quien tiene programada una entrevista con el Presidente Reagan en la Casa Blanca el día de hoy, ha amasado una fortuna de muchos millones de dólares desde que tomó posesión, de acuerdo con documentos clasificados (confidenciales) de fuentes de inteligencia en los Estados Unidos.
   El auto-enriquecimiento es una tradición entre los presidentes Mexicanos; también podría ser perfectamente legal bajo las leyes en México.
   El salario presidencial es un secreto, y la única regla del partido dominante en México, según uno de sus miembros, es “No tocar a la cúspide”.
   Quizás en deferencia a la precaria situación financiera de su país y a la pobreza extrema de su gente, se cree que De La Madrid ha recolectado un “salario” secreto mucho más modesto que el de sus predecesores. De todos modos, es enorme.
   Una fuente de alto nivel en la administración con acceso a reportes secretos de inteligencia le dijo a mi asociado Dale Van Atta que en una serie de transacciones en los cuatro meses después de que tomó posesión en Diciembre, 1982, De La Madrid metió de 13 millones a 14 millones (de dólares) en un banco Suizo.
   Otra fuente con acceso a datos de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y de la Agencia Nacional de Seguridad citó un reporte el Otoño pasado, basado en intercepciones por cable de transacciones bancarias internacionales, que ponen el monto total de “las ganancias” de De La Madrid durante su presidencia en un mínimo de 162 millones (de dólares).
   En la CIA, el período presidencial de seis años es referido sarcásticamente como el “paracaídas dorado” que lleva a cada presidente en forma segura a una fortuna considerable.
   Esfuerzos para conseguir a De La Madrid para obtener sus comentarios no tuvieron éxito, pero un vocero de la Embajada Mexicana dijo que la información de inteligencia de los Estados Unidos estaba equivocada, “fuera de toda consideración”.
   Indicó que De La Madrid ha estado montando una campaña agresiva en contra de la corrupción.
   Eso, también, es una venerada tradición presidencial en México. El predecesor de De La Madrid, José López Portillo, llevó a cabo el mismo ritual, llamando a la corrupción “el cáncer de México”.
   Sin embargo, López Portillo, quien ejerció su mandato durante los días turbulentos de la corta prosperidad petrolera de México, amasó una fortuna personal. De acuerdo con estimaciones de la CIA, sacó una cantidad increíble de unos mil millones a unos tres mil millones de dólares.
   El símbolo de la fortuna de López Portillo es una lujosa propiedad de 130 kilómetros cuadrados (32 acres) que construyó dominando desde lo lejos a la Ciudad de México. Es conocida como “La Colina del Perro”, en referencia al enunciado de López Portillo de que “pelearía como un perro” para defender la caída del peso.
   Mientras que muchos de sus compatriotas viven en casas de adobe o en chozas de lámina corrugada, López Portillo y su familia tienen baños de mármol y de oro, de acuerdo con reportes de la prensa en México.
   Algunos pisos están hechos de jade; uno de ellos es transparente, con un modelo detallado del Acrópolis a través del mismo.
   El gobierno de México instaló una planta de energía para lo que una revista en México llamó la “fortaleza medieval amurallada mirando sobre la Capital”. La agencia de obras públicas gastó 33 millones (de dólares) en la carretera de acceso, drenaje, y líneas de agua para la propiedad de López Portillo.
   La generosidad del ex-presidente se extendió, según reportes, inclusive a una funcionaria de alto nivel en el gobierno, la cual se decía era su amante.
   La casa de ella se dice que es tan grande que uno de los closets mide 8 metros por 30 metros y tiene un mezzanine.
   Pese a lo descarado del enriquecimiento de López Portillo en su cargo, fuentes Americanas y Mexicanas dudan que alguna vez será el objeto de la campaña de limpia de su sucesor.
   En cambio, De La Madrid se ha movido en contra de algunos funcionarios del régimen presidencial anterior, incluyendo al jefe previo del monopolio petrolero nacional y el jefe anterior de la policía de la Ciudad de México.
Interesante, ¿no es así?

El artículo de Jack Anderson vaticinó que el ex-Presidente José López Portillo jamás sería objeto de la campaña anti-corrupción de su sucesor Miguel De La Madrid. Se quedó corto, porque José López Portillo jamás fue tocado por ningún Presidente posterior a su época, y ni siquiera fue investigado por presuntos (y demostrables) actos de corrupción ni por la PGR ni por el Congreso de México. Para colmo, continuó disfrutando de su abultada pensión presidencial vitalicia hasta el final de sus días, y el único consuelo que le queda al pueblo de México es que el corruptísimo José López Portillo no se llevó consigo al más allá un solo centavo de sus dineros mal habidos, además de que terminó prácticamente loco no tanto a causa de la demencia senil sino más bien a causa de su vida degenerada y corrupta amén de sus incontrolados excesos más propios de un emperador romano en los tiempos de la decadencia del Imperio.

Para quienes se digan a sí mismos que este artículo publicado en The Washington Post, que da una visión que del gobierno de México se tenía en el extranjero, podría haber sido utilizado por los partidos de oposición en contra del régimen unipartidista, y se pregunten a continuación el por qué no fue utilizado, se les responderá que en aquél entonces encima del hecho de que la oposición en México más que una oposición real era una oposición de carácter simbólico sin fuerza alguna, la diseminación abierta y pública de este tipo de materiales anti-gubernamentales le podía haber costado la vida a los dirigentes de los partidos que se hubieran atrevido a hacer tal cosa. Después de todo, ¿no había ordenado el Presidente Gustavo Díaz Ordaz un verdadero genocidio dentro de una de las ciudades más grandes del orbe, saliéndose con la suya y quedando su crimen en una impunidad absoluta? ¿Qué problema le hubiera representado entonces a un gobierno actuando como una verdadera mafia el mandar matar a uno que otro líder de uno que otro partido de oposición? Eran tiempos en los que si el Presidente le hubiera ordenado al Ejército matar a la quinta parte del pueblo de México, el Ejército obediente y disciplinado, en vez de hacer uso de razón y desobedecer las órdenes (como en otros países en donde los soldados entienden como su misión prioritaria el defender y proteger al pueblo y no masacrarlo), habría obedecido sin chistar por la simple y sencilla razón de que en ese México las órdenes del Señor Presidente eran órdenes que nunca podían ser cuestionadas y tenían que ser obedecidas. Solo en fechas recientes esta malentendida lealtad en donde los dictados del rey-Presidente eran puestos por encima de los intereses de la Patria ha caído de su nicho sacrosanto, a grado tal de que cuando el primer Presidente surgido de la alternancia, Vicente Fox, tuvo su racha de problemas para los cuales la tentación era recurrir al Ejército para “meter el orden”, el Secretario de la Defensa le pidió a Vicente Fox que le diera la orden por escrito, con lo cual Vicente Fox desistió de caer en tan horrenda tentación.

No es posible que el ex Presidente Miguel De La Madrid pague con cárcel o al menos con una sanción económica por los delitos que haya cometido al ejercer el poder porque falleció tranquilamente en 2012 sin que ninguno de los dos gobiernos inútiles de la “alternancia” emanados del PAN (Presidente Vicente Fox, Presidente Felipe Calderón) movieron un solo dedo para que al menos se abriera una carpeta de investigación para corroborar la verdad histórica sobre los señalamientos en su contra, e inclusive hasta el final de su vida Miguel de la Madrid continuó disfrutando de su opípara pensión presidencial vitalicia pagada hasta el último centavo por el mismo pueblo al que hundió. Hasta la fecha, ningún gobierno posterior al suyo ha hecho el menor esfuerzo para aclarar denuncias como las que aparecieron en el artículo publicado desde hace ya tres décadas en el periódico The Washington Post, aunque a estas alturas y en nombre de la impunidad ya poco importa. Tampoco ninguno de los Congresos conformados a través de una pluralidad brotada de elecciones libres (a diferencia de los Congresos del pasado conformados por una mayoría aplastante de siervos dóciles del anterior sistema unipartidista) ha hecho el menor esfuerzo por crear Comisiones de la Verdad que investiguen este tipo de cosas. Ni siquiera han movido un dedo para acabar de tajo con el fuero constitucional, la carta suprema de impunidad que otorga protección total a funcionarios y políticos corruptos poniéndolos fuera del alcance de la ley. Quizá porque el haber padecido tanta impunidad por tanto tiempo ha hecho que muchos mexicanos se acostumbren a ella y la vean como algo natural, convirtiéndola en un hábito, o más que un hábito, en un vicio. Y los vicios nunca han sido fáciles de abandonar.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Till death do us part



Why do some people get married if they’re going to get divorced?

The question is not so stupid if we consider the enormous amount of money that goes into the simple act of tying the knot. The expenditures include floral arrangements, the catering service, the bridal gown, the orchestra or music band for the ocassion, the gold rings, wedding invitations, hall rental, limousine rental, wedding cake, honeymoon trip, the tuxedo of the groom, the dresses of the bridal maids, and all this besides the engagement ring itself which is usually quite expensive. All in all, the cost of getting married may easily approach or even surpass the cost of a brand new sports car or perhaps a yacht, except that no one in his right mind has any intention of divorcing his hard-earned sports car or his hard-earned yacht.

Most of those who do get married and end up getting divorced, when asked why they got married in the first place, will most likely answer that when they got married they thought love would last forever and love alone would overcome whatever grievances and quarrels they would face as a married couple. In the USA, for quite some time now, about half of those who do get married end up getting divorced. They make solemn promises of eternal love, where the word eternal has been redefined to mean five or six years at the most. What made them think in each individual case that they were rather special, that breakup would not even be a possibility in the future? What made them think they would not end up in divorce court as time went by? Did they really believe when they were taking their wedding vows that they were immune to a breakup?

Still some others with religious beliefs might argue that, since living together as a couple without getting married is akin to living in sin and going to Hell, they are willing to tie the knot by doing what was considered in days of yore as “the right thing to do”. However, considering that marriage vows are taken to be something sacred (the words “united in holy matrimony” still appear on many marriage certificates), an oath solemnly made in the presence of the Lord with the wording “till death do us part”, breaking up a marriage after taking a sacred vow in front of a minister of the Lord would seem to be a sin just as bad as simply living together as an ummarried couple. Thus, invoking the sanctity of marriage as an excuse to go ahead and get married thus doing “the right thing” is no excuse at all, it is a rather poor argument and justification to take such a big step.

The ages old excuse that “when you’re in love, you don’t think” used when jumping into marriage without gauging the future consequences cannot be taken at face value. Even those blindly in love still go to work, still do math calculations when required, still go out shopping when needed and still drive their cars, and these activities require a fully functioning brain taking logical decisions at every minute. If all brain activities except those having to do with hormonal functions became impaired, it would become impossible even to remain standing up. As an excuse, it is a rather poor excuse, at best.

Marrying the wrong person is not just something that happens to dumb people. It happens to bright people too. None other than Einstein himself got married, he took his sacred vows, he promised to his bride that he would always be at her side, forever, “till death do us (a)part”. And what happened? Yep, his marriage ended up in divorce, and it was a rather messy divorce, certainly not in the most amicable terms. It also happens to people who belong to the highest social strata. Though fairy tales have popularised the fantasy notion “and they lived happily ever after” (that’s why they’re called fairy tales), the truth of the matter is that not even Adam and Eve themselves were able to make that claim of living happily ever after, most certainly not them (and they were not even married, for the institution of marriage had not yet been instituted by any established religion!). The story lines of such fairy tales often describe a princess swept off her feet and being carried away by a handsome prince to a beautiful castle. Something along this story line happened to Princess Diana. She got married to a prince just as fairy tales dictate. Her prince was not bad looking, he was not a drunkard, he was a gentleman, well educated, in line to become King of England. Both took their sacred vows in a majestic scenario, their wedding was proclaimed as the wedding of the century and shared by all Britons with joy. And what happened? After just a few years, all Hell broke loose, and they ended up hating each other and saying goodbye forever in yet another rather messy divorce, recanting from their wedding vows which in the end were nothing but promises not to be kept. Things got so bad that the Mother Queen referred to the last year of Prince Charles and Princess Diana as annus horribilis (a most horrible year, and even those words did not begin to describe it). Thus, getting married to a prince or a princess is no guarantee that whatsoever that what amounts to a ticking time bomb will not end up exploding in a big bang worthy of a Wagnerian drama.

In divorce court, the argument usually given for the breakup is “unreconcilable differences”. But if the phrase “till death do us (a)part” is to have any meaning at all, then both husband and wife should feel obligated to chew up anything they might have against each other, tolerating each other’s deficiencies as unbearable as they might seem at times, and accepting their self-imposed fate as a result of a very poor decision that lead all the way up to marriage, accepting the stark reality that there is no other way out of what turned to be a very bad deal other than death itself, which is a rather grim way to escape from what otherwise can end up being Hell on Earth. On the other hand, it is true that one of the main purposes of taking this lifelong commitment is to protect the offspring that come later in life as a result of marriage. Once the kids have grown up, are on their own and leave the nest, a separation in amicable terms is undoubtedly far better than being chained forever to someone when there is no longer any love either way.

The Catholic Church is very specific on this issue. A separation is acceptable as long as none of the members of married couples who split ever get married again to someone else. In other words, once the wedding vows have been taken, the knot is tied forever and cannot be broken up, even if the husband turns up to be a drug addict or a homosexual, even if the wife turns up to be an unrepentant adulteress, even if they both end up hating each other in such a way that they cannot bear to see one another for a single minute. The indisolubility of marriage follows from a strict interpretation of the New Testament, when Jesus himself performed his first miracle during a wedding held at Cana. As a matter of fact, marriage counselors were not even contemplated in those times, both husband and wife were expected to live up to their end of the agreement just as they both promised. If, once married, things begin to sour quickly, the most cynical might argue that taking such vows which have the potential of ruining one’s life forever and for which there is no escape is akin to making a deal with the Devil himself. No way out, that’s the admonishment. If you err, if you married someone you should have not married, well, you will have to accept the fact that you have ruined the rest of your life, without the chance to correct what turned out to be a very awful mistake. It is no wonder that, considering the alternatives, in the past many men and women opted to become monks and nuns, thereby renouncing at the possibility of playing a Russian roulette with this old institution we now call marriage. And most certainly, although splitting up and marrying someone else is considered to be a sin that comes from breaking one’s vows in the countenance of the Lord in his shrine, refusing to marry and remaining celibate forever is not considered to be a sin, quite the contrary, it is considered to be a road to sainthood. The only objection that can be raised would be that, if everybody on Earth at one point in time had decided to live a monastic life, mankind would most certainly become extinct in the course of a single generation; the only thing that keeps this from happening is that the sex drive is stronger than any religious belief that may be imposed upon Man, and it is this drive that has kept mankind away from extinction.

There are those who think that marriage is an institution created by Man, while there are others who believe that marriage is a sacrament instituted by God. Among the former there are those who are convinced that marriage is an outdated tradition that has outlived its usefulness and whose course has run out. Among the latter there are those who are convinced that marriage is a sure way to martyrdom and therefore a way to Heaven. A noted Mexican humorist once said: “How can priests talk with such authority about Hell if they have never been married?”.

If marriage is not to be taken lightly, if marriage is to be taken as one of the most important and serious decisions a man and a woman can take jointly, then a welcome change in all marriage ceremonies around the world would be not to hold on to marriage as something easy to do. Beyond the economic considerations that make marriage such a difficult step to take, the truth of the matter is that it is rather easy nowadays to get married, far too easy. If it is going to be something nearly impossible to undo, then marriage itself should be something equally impossible to get into in the first place. Perhaps the time has come to demand from all those who want to get married a reasonable trial period, say two years, of living together as a couple. No marriage ceremony performed until the trial period is over. Two years should be a reasonable time period for a woman to find out that her would-be-husband is a drunkard or a wife-beater. It should also be a reasonable time period for a man to find out that his princess on the outside is really an ill-tempered hag on the inside. The justification for the pre-marital time period is that divorce cannot possibly take place between two persons who were never married to begin with.

Even after a two-year time trial period, the wording used in the religious ceremonies themselves should be modified in order to make both parties think twice and think hard before they say “I do”. Perhaps the priest or the parson might add: “The step you are about to take is extremely serious, this is no joke, this is no game; are you absolutely sure that you still want to take your wedding vows? Are you both absolutely sure that the word divorce has been banned from your vocabulary from now on? Look at me straight in the eye, think about all those before you who have taken the same vows you want to take now and who have ended up in divorce court. Are you absolutely, positively sure, that you will not end up the same way? What makes you so sure? Remember that you are about to take a sacred oath, and as a minister of the Lord I hereby forbid you to take such an oath if you are not absolutely positively sure you want to take this step. If there is even the smallest trace of doubt in your minds that your marriage will not last forever, then I implore you to stop at this very moment, for this will be the last chance you will have to keep a marriage going bad from happening. And just so you will be sure you want to say YES when you are asked to do so by me, I will give you ten minutes alone in that private booth you see over there so you can talk things over for a last time, and when you come out I expect you both to be sure without the faintest hint of doubt that you will live up to your promise.”

So, why do some people get married if they’re going to get divorced? The most logical explanation, given the above considerations, is that it is very easy to jump into the pool even if the pool is empty and has no water inside, when you are blind. The rules should be tightened and the requirements should be strengthened. If getting married is turned into a rather difficult thing to do, if the act of marriage becomes an almost impossible event except in those cases when both parties have passed all their tests with flying colors, if getting married becomes just as difficult if not more than getting divorced, then divorce rates might go all the way down to zero or something very close to zero. It is an experiment worth trying.

There is, of course, that lingering possibility that even if marriage rules are tightened nearly to a breaking point, testing the patience of both bride and groom to the very limit, divorce rates will remain as high as always, in which case, the question would be have to be rephrased as follows:

Why do some people STILL get divorced, after all they have gone through in order to get married, undergoing a painful divorce almost as hard to get as was the wedding itself?

The answer would then have to be, without a doubt, when it comes to marriage: “because some people are just plain dumb, period”.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Las ropas nuevas del Emperador (cuento)



La entrada publicada en esta bitácora en la Nochebuena del año pasado (2010) en la cual se reprodujo el cuento inmortal El patito feo de Hans Christian Andersen parece haber tenido una buena aceptación entre mis lectores, tan buena que he decidio poner para esta Nochebuena otro cuento del mismo autor.

El cuento aplica muy bien a hechos de la vida cotidiana. En muchas ocasiones, en las altas esferas del poder, es común ver que al Primer Ministro, al Rey o al Presidente rara vez se les trata de contradecir, aunque estén completamente errados. Los ayudantes y consejeros inmediatos de los jefes de Estado, pensando más en la seguridad de sus bien remunerados empleos que en su obligación de tener que hacerle ver al jefe de Estado sus crasos errores, sobre todo cuando tales errores van a ocasionar muchos perjuicios, le dicen lo que creen que quiere escuchar. Al darle el visto bueno en todo, sin contradecirlo jamás, el jefe de Estado puede perder el piso y caer en su propia trampa llegando a creer que es infalible, que por estar siempre en lo correcto (según él) es casi un dios, ensoberbeciéndose y haciéndole aún más difícil a sus ayudantes y consejeros inmediatos el tratar de hacerle ver sus errores, lo cual puede ser tan comprometedor como para un ratón el tratar de ponerle el cascabel al gato (esto último, el cascabel del gato, es motivo de otro cuento que trata de cómo ningún ratón se atrevió a ponerle el cascabel al gato, ni siquiera el que propuso tal solución para hacer saber a los ratones sobre la presencia cercana del gato).

Ni el Primer Ministro, ni el Rey, ni el Presidente ni Emperador alguno son infalibles, y ciertamente no son dioses. Son humanos, propensos a cometer errores y a tomar malas decisiones como cualquier otro. Y aunque lo más difícil es aceptar los errores propios, cuando se está al mando de una nación cuya seguridad y bienestar dependen de las decisiones que se tomen en las altas esferas de gobierno, el mandatario está prácticamente obligado a ponerse en tela de duda a sí mismo en todo lo que decida, y suponer que cuando sus ayudantes y consejeros inmediatos le aplauden cualquier cosa lo están haciendo no tanto por que realmente estén convencidos de que está en lo correcto sino por decirle lo que creen que él quiere oír de ellos. En México, en los grises tiempos de José López Portillo (el hombre que destruyó la economía nacional contribuyendo con sus malas decisiones a dejarle al país la mayor deuda externa de país alguno en aquél entonces), es famoso el relato que va como sigue:
Presidente: Estaba pensando que la construcción del nuevo monumento es un gran despilfarro.

Secretario: En efecto, es una pérdida miserable de recursos del pueblo que no se justifica.

Presidente: Pero cambié de parecer, y creo que el motivo de homenaje al cual estará dedicado el monumento es justo.

Secretario: Tiene usted toda la razón, Señor Presidente, como siempre; no debemos pasar por alto esta magnífica oportunidad para llevar a cabo el proyecto que usted concibió en un momento de inspiración digna de su elevado talento creativo.

Presidente: Con relación a los acusados de llevar a cabo actos de terrorismo, había concluído que tales hombres eran unos miserables que no merecen menos que la pena de muerte.

Secretario: Desde luego, Señor Presidente. Hay que aplicarles todo el peso de la ley. Se justifica enviarlos al paredón o a la horca para que paguen con sus vidas el atrevimiento de haber desafiado a su administración.

Presidente: Aunque pensándolo mejor, son hombres con familias que se pusieron en riesgo ellos mismos y a sus familias luchando por sus ideales, y quien lucha de buena fé por sus ideales no puede ser tan malo y merece el indulto, un acto de misericordia que de paso aumentaría mi popularidad como hombre generoso y magnánimo con sus enemigos.

Secretario: ¡Brava decisión, Señor, por la cual Usted será aplaudido por muchas generaciones venideras como un político benevolente cuya grandeza se equipara a la de los Césares de Roma!

Presidente: ¿Qué horas son?

Secretario: ¡Las que Usted mande, Señor Presidente!
Inspirado por el cuento, compuse una partitura musical que intenta capturar la esencia del mismo, la cual reproduzco en su totalidad más abajo al final del cuento. La partitura consta de 19 páginas. Se puede bajar cada página de Internet, y en virtud de que cada página en su tamaño original en formato de imagen PNG ocupa el equivalente de una hoja tamaño carta, se pueden imprimir todas las páginas (una por una) de que consta la partitura, en la mayoría de los casos enviando la imagen directamente a la impresora. Quienes tengan un programa de cómputo para transcribir las notas de la partitura, lo pueden hacer con toda confianza, ya que de hecho la notación empleada ha sido ajustada para tales efectos, lo cual permite obtener posteriormente (en la mayoría de esos programas de cómputo) el archivo musical en formato MIDI o en algún otro formato entendible por las computadoras, para poder escuchar la música que va de la mano con el cuento. Aunque parecen ser demasiadas hojas, hay secciones completas de la composición musical que se repiten, pero no pude usar la notación abreviada que se usa en la teoría de la música para tales efectos en virtud de que los programas de cómputo para composición musical como el que yo usé (MusicWrite, de Voyetra) carecen de las capacidades para poder “saltar hacia atrás” repitiendo la sección a partir de cierto punto. Esto significa que, una vez que los lectores con aptitudes musicales vayan identificando esas secciones que se repiten, no se verán en la necesidad de transcribir todas las notas, pueden copiar esas secciones que se repiten mediante la técnica de copiado y empastado que casi todos los programas de composición musical incluyen. Quienes sepan leer directamente una partitura musical tocándola al piano (esta es la prueba de fuego que separa a los verdaderos músicos de los músicos amateur) podrán entretenerse con este material en esta Nochebuena, sobre todo tomando en cuenta que exceptuando en las ciudades grandes ya no hay muchos lugares en los que vendan partituras musicales como se acostumbraba hacerlo en el pasado.

Quienes hayan leído el cuento de chicos y que tengan sus propios hijos, tal vez querrán aprovechar estas vacaciones navideñas para leerles el cuento a sus propios hijos, enfatizando la moraleja del cuento.

He aquí el cuento, tras el cual se reproducirán las partituras musicales que le dan un fondo musical al cuento y que el lector puede empezar a transcribir de inmediato si cuenta con un programa propio para llevar a cabo redacción y composición de obras musicales. Antes de proceder a la lectura del cuento, deseo poner del conocimiento de mis lectores que para la próxima temporada de Navidad (no precisamente en Nochebuena, sino un poco antes) tengo la intención de compartir con mis lectores los secretos de algunos trucos de magia, con los cuales podrán impresionar a sus amistados y a sus familiares en una época en la que debe reinar la alegría y la felicidad que nos distrae aunque sea un poco de las duras realidades de la vida.


Las ropas nuevas del Emperador
De: Hans Christian Andersen


Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso». -¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada. Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella. El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias.

-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

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Bien, hemos llegado en el último párrafo al final del cuento. A continuación se reproducen las hojas de la composición musical completa para el cuento, haciéndose hincapié que para poder obtener cada hoja en tamaño completo es necesario hacer clic en cada imagen (que en este caso no es más que un thumbnail) y proceder a descargar directamente de Blogger cada hoja por separado.