miércoles, 3 de julio de 2013

La risoterapia



Una de las mejores terapias complementarias para poder recuperar plenamente la salud es la risoterapia. He aquí algunas de las razones por las cuales la risoterapia es un remedio infalible:

1) Tiene un efecto analgésico. Favorece la producción de endorfinasencefalinas en el cerebro.

2) Elimina el insomnio gracias a la sana fatiga que genera.

3) Se limpian los ojos con las lágrimas.

4) Cada carcajada pone en marcha cerca de 400 músculos, incluídos algunos del estómago que sólo se pueden ejercitar con la risa.

5) Cara: rejuvenece al estirar y estimular los músculos de la cara.

6) Nariz: la risa, al hacer vibrar la cabeza, despeja la nariz.

7) Oídos: las carcajadas, al hacer vibrar la cabeza, despejan los oídos.

8) Fortalece el corazón.

9) Mejora la capacidad respiratoria: entra el doble de aire en los pulmones (12 litros en lugar de los seis habituales).

10) Piel: se oxigena más gracias al doble de aire que entra en los pulmones.

11) Favorece la eliminación de la bilis.

12) Se masajea y estiran la columna vertebral y las cervicales.

13) El diafragma origina un mensaje interno que facilita la digestión.

14) Se evita el estreñimiento.

15) Baja la hipertensión, ya que se relajan los músculos lisos de las arterias.

16) Mejora la circulación.

17) Se eliminan las toxinas.

18) Refuerza el sistema inmunológico, aumenta el número de linfocitoscitocinas, y ciertas inmunoglobulinas (mejor conocidas como anticuerpos).

19) Es un arma eficaz contra la depresión.

20) Elimina el estrés.

Y uno de los mejores “médicos” expertos en risoterapia es mi tocayo Armando Fuentes Aguirre, el “Doctor” Catón, del cual se reproduce a continuación la quinta entrega de algunos de sus mejores chistes. Al igual que como se hizo en entregas previas, los chistes serán agrupados en “rondines” de veinte en veinte, para que los lectores puedan regresar posteriormente al rondín en el cual dejaron pendiente sus lecturas.

Rondín # 1

“Papá –dijo el muchacho–. Aquí está un señor. Dice que es abogado de una compañía a la que le debes dinero”. “Ahora voy –respondió el papá–. Ofrécele una silla”. “La silla no es suficiente –le aclaró el chico–. El abogado dice que viene por todos los muebles”.

Dulcilí, muchacha ingenua que estudiaba en el colegio de las Adoratrices, acompañó a Sor Bette, la madre superiora, a hacer algunas compras. Vio un suéter Dulcilí, y le preguntó a la encargada de la tienda: “¿Qué precio tiene?”. “Mil pesos, señorita” –respondió la muchacha. “¿Y éste otro?”. “5 mil”. “¿Por qué tanta diferencia en el precio? –se asombró la colegiala–. Los dos se ven iguales?”. Le explicó la dependienta: “Es que éste es de lana virgen”. Sor Bette llevó aparte a Dulcilí y le dijo: “¿Te das cuenta ahora, hija mía, del valor que tiene la virginidad?”.

Aquel señor fue con el doctor Ken Hosanna y le dijo que sufría una ansiedad continua, una especie de angustia o desasosiego que lo turbaba todo el día y no lo dejaba dormir en la noche. Le preguntó el facultativo: “¿Es usted casado?”. “Sí doctor –respondió el hombre. “Mire –le dijo el médico–. A veces yo mismo sufro esa intensa sensación de inquietud. Cuando tal sentimiento me acomete le hago el amor a mi mujer, y eso me calma”. Al día siguiente el paciente regresó. Con una sonrisa le preguntó el doctor Hosanna: “¿Dio resultado el tratamiento?”. “Maravilloso, doctor –respondió el tipo–. Ahora me siento completamente tranquilo. Dígame cuánto le debo. A su esposa ya le pagué”.

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no sea en domingo), hizo un viaje en automóvil. A su lado iba la hermana Highduff, la atractiva organista de la congregación. A poco de conducir, el pastor, como no queriendo, puso la mano sobre la rodilla de la hermana. “Reverendo –le dijo ella al punto–. Recuerde usted el Himno 89”. No pudo el pastor Fages recordar la letra de aquel himno. Turbado, quitó su mano de donde la había puesto, y así no pasó nada. Al regreso del viaje lo primero que hizo el reverendo fue buscar en el Himnario aquel Himno 89. Decía: “Avanza, avanza, sube más, / y a la gloria llegarás”.

Tres ancianitas fueron al súper. La primera vio los pepinos, y le parecieron demasiado pequeños. Dijo que en otra tienda los vendían más grandes, y señaló con las manos el tamaño. La segunda declaró que en una granja cercana podían conseguirse aún mayores, y también señaló la medida con las manos. La tercera, que era bastante dura de oído, dijo: “No puedo oír lo que dicen, pero ya sé de quién se están acordando”.

Don Lino Mora (por otro nombre Mora Lino) era delegado regional de la Liga de la Decencia. En una esquina vio a una chica de tacón dorado, y de inmediato se dirigió a reprenderla. Le espetó con acrimonia: “Muchacha, ¿qué diría tu madre si te viera aquí?”. “Seguramente me mataría –replicó ella–. Esta es su esquina”.

“Mi esposa Pomponona –comentó un señor– pesa 140 kilos. Está montando a caballo para bajar de peso”. “¿Y ha dado resultado eso?” –pregunta alguien–. “En cierta forma sí –respondió el señor–. El caballo ya pesa 60 kilos menos”.

Aquel viejito hizo que le dibujaran un corazoncito “ahí”, para ver si le daba un paro cardiaco.

Doña Macalota notó que su esposo don Chinguetas traía aliento alcohólico. Le dijo: “Labios que tocan el licor no tocarán los míos”. Él no contestó. Le preguntó su mujer: “¿Qué piensas?”. Contestó don Chinguetas: “Estoy tratando de decidir entre whisky de 18 años y labios de 50”.

Se casó un joven experto en computadoras, pero que no sabía nada de la vida. En la noche de bodas no sucedió nada; el muchacho no pudo localizar el enter.

El aspirante a alcalde de un pequeño lugar de mi natal Coahuila pronunciaba un discurso de campaña. Sentado entre los oyentes estaba su padre, humilde hombre del campo, anciano. Dijo con campanuda voz el candidato: “Provengo de la cultura del esfuerzo. Aquí donde me ven, soy hijo de ese campesino que está ahí. Mírenlo, vestido casi con harapos, calzado con huaraches, cubierto con un viejo y roto sombrero de palma; hombre simple, ignorante, analfabeto, pobre”. “¡Pero que te pide pura chingada, cabrón!” –le gritó con enojo desde su silla el viejo.

Ovonio Grandbolier, el hombre más holgazán de la comarca, estaba viendo el futbol en la tele. Sostenía una cerveza en cada mano. Su esposa le explicó a la vecina: “Ésa es la idea que mi marido tiene de una dieta balanceada”.

En la suite nupcial el recién casado salió del baño, se plantó frente a su desposada y dejó caer la bata que lo cubría. Al verlo la muchacha se echó a llorar. “¿Por qué lloras, Rosilí?” –se asustó él. “No me hagas caso –contestó Rosilí entre sus lágrimas–. A mí la más pequeña insignificancia me hace llorar”.

Don Chinguetas veía en el periódico las fotos de las guapísimas mujeres de personajes de la ciudad que no se caracterizaban precisamente por su clara inteligencia. Comentó, disgustado: “Los hombres más indejos son los que tienen las mejores esposas”. “¡Caramba, querido! –exclamó conmovida doña Macalota, su mujer–. ¡Qué piropo tan lindo me acabas de decir!”.

La señorita Peripalda le comentó al Padre Arsilio: “Señor cura: la alfombra de su iglesia está ya muy raída. Hay que comprar una nueva”. Respondió el buen sacerdote: “Hija: tienes ya cerca de 30 años trabajando en la parroquia. No digas: ‘su iglesia’. Di: ‘nuestra iglesia’”. Días después la piadosa catequista le dijo al párroco: “Señor cura: el pasto de su... quiero decir de nuestro jardín ya está muy grande. Hay que podarlo”. Sucedió que don Arsilio extravió su reloj, y le pidió a la señorita Peripalda que se lo buscara. Estaba el Padre con las socias de la Congregación de Congregantes cuando llegó muy contenta la catequista. “¡Señor cura! –le anunció al sacerdote–. ¡Ya encontré su reloj!”. “¡Qué bueno, hija mía! –se alegró don Arsilio–. ¿Dónde estaba?”. Responde la señorita Peripalda: “Abajo de nuestra cama”.

Don Poseidón, granjero acomodado, fue a la ciudad, y al cruzar una calle lo atropelló una troca. Esta palabra, “troca” –del inglés “truck”–, sirve en el norte del país para designar a un camión de carga. Acudió un oficial de tránsito y le preguntó: “¿Le vio las placas?”. Contestó don Poseidón, airado: “¡Nomás faltaba que el caborón se hubiera reído!”.

Eran dos matrimonios muy cercanos entre sí. En el curso de una de sus charlas coincidieron en que su vida sexual era muy aburrida. Uno de los esposos propuso que cambiaran de pareja; seguramente eso pondría interés en su relación. Esa noche, en la cama, el marido le preguntó a su nueva pareja: “¿Qué crees que estarán haciendo ahora nuestras esposas?”.

Don Carrascas, hombre de mal genio, estaba comiendo en un restaurante. “¡Mesero! –llamó con ronca voz–. ¡Quiero una botella de vino!”. Preguntó el camarero: “¿Qué  año?”. “¡Cómo que qué año, majadero! –rugió furioso don Carrascas–. ¡La quiero ahora mismo!”.

Una mujer fue llevada a la morgue por la policía. Le pidieron que identificara a un individuo a quien ella conocía y cuyo cuerpo estaba ahí. El encargado destapó el rostro del sujeto. Lo vio ella y vaciló. Dijo: “No estoy seguro de que sea él”. El de la morgue descorrió la sábana totalmente. “No, no es él –declaró entonces, segura, la mujer–. Pero una cosa puedo decir: por ahí anda una esposa, novia o amiga que lo va a extrañar muchísimo”.

Anunció el mago en su espectáculo teatral: “Ahora, señoras y señores, haré el acto de partir a una mujer por la mitad con un serrucho. La peligrosidad de este experimento es mayor en este caso si se toma en cuenta que mi propia hermana se ha ofrecido como voluntaria para participar en él”. Un aplauso saludó la aparición de la hermana del mago, que entró en la caja respectiva. La cerró el hombre; tomó un gran serrucho, y a los compases de una ominosa música empezó a serruchar la caja. Al terminar de serrucharla la abrió. “¡Joder! –profirió consternado–. ¡Ahora es mi media hermana!”.

Rondín # 2

Al empezar la noche de bodas el novio le preguntó a la novia: “¿Eres virgen?”. “Y tú –respondió al punto la muchacha– ¿eres San José?”.

Un fanático del futbol iba a ser padre por primera vez. Le preguntó un amigo: “¿Qué pasará si el nacimiento del niño sucede el mismo día del partido de campeonato?”. “No habrá problema –responde el individuo–. Haré que me lo graben en video. Así podré ver el nacimiento de mi hijo cuando termine el juego”.

El Padre Arsilio puso este aviso en su iglesia: “Los papás y los padrinos de los niños que se van a bautizar deberán entrar por la puerta de adelante. Los que van a hacer la primera comunión deberán entrar por la puerta de atrás. Los novios que hoy contraerán matrimonio podrán hacerlo por adelante o por atrás”.

Mami –le preguntó la pequeña a su mamá–. ¿Qué es una lesbiana?”. Contestó la mujer: “Pregúntale a tu papá. Ella sabe”.

En el lujoso restorán llamado “Los optimismos de Leopardi” el enojado cliente le reclamó al mesero: “Hay una mosca en mi sopa”. “Perdóneme, señor –se disculpó, cortés, el camarero–. Creí que las había sacado todas”.

El doctor examina a la señora. Luego llama aparte al marido y le dice en voz baja: “No me gusta nada el aspecto de su esposa”. Con voz igualmente baja responde el marido: “Ya somos dos, doctor”.

Don Disfuncio, senescente caballero, tenía problemas para izar el lábaro de su masculinidad. Oyó hablar de la pastilla azul, y para asegurarse de sus resultados se tomó cinco de un golpe. Grave error: era débil de corazón el caballero, y además del otro sufrió un paro cardiaco que lo sacó del mundo. Su viuda pidió que le dieran a su esposo cristiana sepultura en la cripta familiar. “Lo siento, señora –le informó el hombre de la funeraria–. Tendremos que incinerar a su marido”. “¿Por qué?” –inquirió ella–. Explicó el hombre: “No hemos podido cerrar la tapa del ataúd”.

Can y Bal, pareja de antropófagos, secuestraron al alambrista del circo y lo devoraron. El médico les había recomendado una comida balanceada

El guía del zoológico explicaba a los visitantes las costumbres del avestruz. “Es una ave que casi no ve nada –les decía–. Además se traga todo”. “Con esas características –dice una muchacha a otra en voz baja– haría un marido perfecto”.

Don Vitolano sufría una adicción tremenda: el puro. No podía vivir sin traer uno en la boca. El doctor Duerf, psiquiatra de gran fama, le recomendó que antes de dormir se pusiera el puro en salva sea la parte. Con eso se le quitarían las ganas de llevárselo a los labios el siguiente día. El tratamiento dio resultado: don Vitolano dejó el puro. Días después, sin embargo, le dijo con lamentoso acento a su mujer: “¡Extraño mi purito!”. Ella lo amonestó, severa: “¡No se te ocurra volver a ponerte uno en la boca!”. “No lo extraño en la boca –replicó don Vitolano–. ¡Pero ahora no puedo dormir si no tengo uno en salva sea la parte!”.

En el bar, don Astasio le cuenta a un amigo: “Estoy pensando en divorciarme de mi esposa”. “¿Por qué?” –pregunta el otro. “Me hace objeto de chantajes sexuales –responde don Astasio–. Cada vez que le hago el amor me cobra mil pesos. Eso es para mí una humillación”. “Y grande –confirma el amigo–, sobre todo tomando en cuenta que a los demás nos cobra 500 pesos”.

En el autobús le dice el pasajero a la mujer que iba a su lado: “Perdone la indiscreción, señora, ¿con qué parte del cuerpo lee usted?”. “Con los ojos, naturalmente –respondió ella, recelosa–. ¿Por qué me pregunta eso?”. Responde con hosco acento el individuo: “Porque hace media hora va usted sentada sobre mi periódico, y pensé que lo iría leyendo”.

La esposa del Hombre Lobo invitó a un grupo de amigas a cenar en el jardín de su casa. La noche era preciosa, no sólo de plenilunio, sino también de luna llena. Gozando estaban las señoras el convivio y aquel bello espectáculo lunar cuando se sobresaltaron al escuchar de pronto aullidos espantosos, terribles ululatos, bramidos bestiales y rugidos como de fiera. Al oír aquello se les encueró el chinito. (Nota de la redacción: Seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “se les enchinó el cuerito”). La mujer del Hombre Lobo las tranquilizó. “No se asusten –les dijo–. Es mi marido. Así se pone cuando está en sus días”.

Un ejecutivo joven fue a comprar zapatos. En la zapatería estaba una dulce ancianita que se acercó a él. Tenía los ojos llenos de lágrimas. “Perdóneme, joven –le dijo con acento emocionado–. Tiene usted un gran parecido con mi hijo, que murió hace poco. Tuve que contenerme para no decirle: ‘¡Hijo mío!’. Usted sabrá disculparme”. “No se preocupe, señora –respondió conmovido el muchacho–. No me habría molestado si me hubiera usted dicho eso”. Pidió con vacilante voz la viejecita: “Le parecerá una tontería, pero me haría usted sentir muy bien si al salir de la tienda yo le dijera: ‘¡Adiós, hijito!’, y usted me contestara: ‘¡Adiós, mamá! ¡Te veré en la casa!’”. “No hay problema –respondió el ejecutivo con una sonrisa de ternura–. Me alegrará hacerla sentir bien”. En efecto, poco después la ancianita se encaminó hacia la salida. Se volvió, y desde la puerta le dijo al joven con cariñosa voz: “¡Adiós, hijito!”. “¡Adiós, mamá! –respondió el muchacho–. ¡Te veré en la casa!”. Cuando el ejecutivo fue a pagar los zapatos que había escogido la cajera le dijo: “Son 5 mil 500 pesos”. “¡Cómo! –se sorprendió el tipo–. ¡Estos zapatos cuestan  900 pesos!”. “Sí –respondió la cajera–. Pero su mamacita se llevó tres pares, y dijo que usted los iba a pagar”.

Simpliciano, joven sin malicia, tenía la desdicha de ser vecino de Capronio, hombre incivil y desconsiderado. Un día le contó: “Fui al cine con mi novia a ver una película de horror”. Le preguntó Capronio: “¿Qué película era ésa?”. Respondió Simpliciano: “Se llama ‘La novia de Frankenstein’”. “¿De veras? –se interesó el sujeto–. Y ¿cómo es ella?”. Describió el muchacho: “Tiene los pelos crespos y amarillos; los ojos sanguinolentos; la mirada torva; los dientes desiguales, torcidos y afilados; las manos con uñas corvas como garras de animal feroz”. “¡Qué cosa tan horrible! –exclamó con fingido azoro el tal Capronio–. Y la novia de Frankenstein ¿cómo es?”.

El rudo general decía en una conferencia: “Fui militar durante 50 años. Combatí en cuatro guerras; anduve por los cinco continentes, y nunca me sucedió nada malo”. “¡Qué suerte tiene! –dice en voz baja un recluta a su vecino de asiento–. ¡Le tocaron puras muchachas sanas!”.

Sucede que tres famosos caballos de carreras estaban conversando. Diré sus nombres: Citation, Secretariat y Man o’War. Hablaban de sus triunfos y sus glorias. Dice Citation: “Yo fui un ilustre pura sangre. En 1948 gané la Triple Corona: el Belmont Stakes, el Derby de Kentucky y el Preakness Stakes. Hazaña inconmensurable fue ésa”. Declaró a continuación Secretariat: “Soy un caballo de leyenda; en 1973 corrí el Derby de Kentucky  en 1 minuto 59 décimas. Ningún otro lo ha hecho en ese tiempo, ni antes ni después de mí”. Terció Man o’War: “Otro récord tengo yo que tampoco nadie ha igualado: en los años que siguieron a la Gran Guerra llegué primero a la meta en 20 de las 21 carreras que corrí”. En eso se acercó un galgo y les dijo: “Si de velocidad se trata”. “¡Hey! –exclamaron con asombro los tres caballos al unísono–. ¡Un perro que habla!”.

Dos estudiantes ingleses de altas matemáticas se encontraron en el campus de su universidad. Uno de ellos llevaba una flamante bicicleta. Le preguntó el otro: “¿Cómo te hiciste de ella?”. Responde el primero: “Estaba yo resolviendo una difícil ecuación a la orilla del lago cuando llegó de pronto una lindísima muchacha. Iba en esta bicicleta. Después de un breve rato de conversación empezó de repente a quitarse la ropa, y luego se mostró ante mí completamente desnuda. Me dijo respirando con agitación: ‘¡Toma lo que quieras!’”. El otro escuchó imperturbable aquel relato y en seguida le dijo a su amigo: “Hiciste bien en escoger la bicicleta. La ropa ni siquiera te habría quedado”.

Una linda muchacha hacía fila ante una ventanilla. Capronio, sujeto ruin, bellaco alagartado, le tocó el hombro y le preguntó: “Perdone, señorita, ¿ésta es la cola?”. Respondió ella: “Sí, señor”. “Me sorprende usted –le dijo entonces con fingido asombro el majadero–. Siempre pensé que estaba más abajo”.

Se celebró en Las Vegas la Convención Nacional de Personas Anoréxicas y Bulímicas. El atractivo principal de la cena de gala fue un pastel saliendo de una chica.

Rondín # 3

Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, buscó al buen Padre Arsilio y le confió un terrible secreto. “Padre –le dijo–, creo que mi mujer me está envenenando”. “No eres el único, hijo –suspiró con tristeza el sacerdote–. En este pueblo muchas esposas les hacen eso a sus maridos”. “¿Envenenarlos?” –se asombró don Martiriano. “Ah, perdona –se disculpó el párroco–. Soy un poco duro de oído, y pensé que habías dicho: ‘Creo que mi mujer me está engañando’. ¿Por qué sospechas que tu esposa quiere envenenarte?”. Contestó el sufrido señor: “Porque me endulza el café con un polvo que saca de una caja cuya etiqueta dice: ‘Veneno para ratas’”. “Tienes razón –reconoció, pensativo, el señor cura–. Eso es motivo para recelar”. “¿Qué debo hacer?” –preguntó don Martiriano con angustia. “El remedio es sencillo –razonó el presbítero, que había recibido en el seminario una sólida formación lógica–. Ya no tomes café; cámbialo por té, de preferencia verde, que es antioxidante”. “No creo que esa sea la solución –consideró don Martiriano–. Lo que quiero es que hable usted con ella, y con palabras elocuentes, a la manera de San Juan Crisóstomo, la incline a abandonar su malvado propósito de envenenarme”. Le prometió don Arsilio: “Hablaré con tu mujer, pobre hijo mío, y aunque no la conozco estoy seguro de que mis piadosos conceptos la harán renunciar a su perversa trama. Antes de hablar con ella recitaré el ‘Veni, creator Spiritus’, para que el Paráclito me inspire. Pero una cosa te digo desde ahora. Si me ofrece café no me lo voy a tomar”. “Y hará usted bien, Padre –le dijo don Martiriano–, pues no lo sabe hacer. Buen café el de La Parroquia, de la familia Fernández, en Veracruz; el de los Bisquets Obregón, en la Ciudad de México; el del Toks, en Saltillo; el de La Puntada, en Monterrey, o el del Sanborns en toda la República, que además tiene en sus tiendas un excelente departamento de libros”. “Me temo, hijo –apuntó el buen Padre Arsilio–, que nos hemos alejado de nuestro asunto. Creo recordar que me dijiste que tu esposa te está envenenando. Hablaré con ella, y trataré de disuadirla de su intento”. En efecto, el bondadoso clérigo habló con doña Jodoncia. Al día siguiente llamó a don Martiriano y le dijo con acento pesaroso: “Hijo mío, después haber conocido a tu mujer el mejor consejo que te puedo dar es que te tomes el veneno”.

El obispo, irritado, le preguntó al cura párroco del pueblo por qué no habían repicado las campanas de la iglesia cuando entró él a la población. “Por 10 razones, Su Excelencia –respondió con mucha pena el padrecito–. La primera, porque no hay campanas”. “Ahórrese las otras nueve” –suspiró el dignatario.

El muchacho le dijo a su chica: “Pasaremos un rato inolvidable. Tengo tres boletos para el concierto de esta noche”. “¿Por qué tres boletos?” –se extrañó ella. Responde el galán: “Uno para tu mamá, otro para tu papá, y el tercero para tu hermano. Estaremos solos en tu casa”.

Los encargados de cuidar la puerta del salón donde se iba a llevar a cabo el banquete de gala se sorprendieron y espantaron al ver llegar a Babalucas. El tontivano iba descalzo de la cabeza a los pies, quiero decir desnudo, en cueros, al natural, en peletier. Llevaba por única prenda una corbata que no le tapaba nada, si se exceptúa acaso el esternón. “No puede usted entrar así” –le dijo, estupefacto, uno de los porteros. “¿Por qué no? –reclamó Babalucas al tiempo que esgrimía la invitación del acto–. Aquí dice: ‘Únicamente con corbata’”.

Doña Macalota sospechaba que su marido, don Chinguetas, le era infiel. No llegaba al deplorable extremo de aquella celosísima señora que cada vez que su esposo llegaba tarde a casa lo obligaba a poner sus atributos de varón en una palangana con agua para ver si flotaban, lo cual sería evidencia irrecusable de haber sido recientemente usados; pero sí le revisaba acuciosamente las hombreras del saco a fin de hallar en él algún cabello femenino que delatara su infidelidad. Como no encontraba ninguno se ponía rábida, y bufaba: “¡Desgraciado! ¡Me estás engañando con una mujer calva!”. Por causa de esos celos enfermizos –celos del aire se llamaban antes– el matrimonio estaba a punto de irse a pique. Alguien le aconsejó a doña Macalota que buscara consejo profesional, y un terapeuta le recomendó que en vez de celar y zaherir a su marido lo mimara y consintiera. Cierta noche don Chinguetas se reunió con amigos y empinó el codo más de lo que aguantaba el resto de su cuerpo. Llegó a su casa en horas de la madrugada, cayéndose de borracho. Su fiera consorte lo estaba esperando, pero en vez de recibirlo con dicterios y sospechas, como siempre, lo abrazó cariñosamente y le dijo con meliflua voz: “Ven, mi amor. Vamos a la cama”. Don Chinguetas, desconcertado, le echó el brazo al hombro y farfulló: “Vamos, linda. De cualquier modo ahora que llegue a la casa mi mujer me va poner como trapeador”.

Don Abundio, que por sus muchos años y su conocimiento de las cosas ocupa el importante cargo de “Esperencia” en el Potrero de Ábrego, hizo el largo viaje hasta Saltillo a fin de hacerse unos análisis. De regreso en el rancho le pregunté cómo le había ido. Me contestó: “Pos dice el médico que dizque traigo alta presión”. Añadió luego, pensativo: “Y sí ha de ser, porque me ando echando unos truenotes brutos”. 

Llegó al bar un hombre que de seguro había sufrido un accidente, pues llevaba en alto los dos brazos enyesados, y no podía usar las manos. Le pidió una cerveza al cantinero, y le rogó que le ayudara a beberla poniéndole la copa en los labios. En seguida le suplicó que le sacara la cartera del bolsillo, que tomara de ella el billete para pagar la cheve, y que le volviera a poner la cartera en su lugar. En seguida le preguntó: “¿Dónde está el baño?”. Exclamó el de la cantina mirando apresuradamente su reloj: “¡Ah! ¡Mi hora de salida!”.

Meñico Maldotado, infeliz joven con quien se mostró avara la naturaleza en la parte correspondiente a la entrepierna, contrajo matrimonio con Pirulina, muchacha sabidora de la vida. Ella le encargó a su mamá que le pusiera en su maleta de viaje una bata larga y bien planchada. La señora, en las prisas y nervios de la boda, olvidó el encargo, y sólo a última hora pudo ponerle una bata muy corta y sin planchar. Se llegó la hora de la noche nupcial. Meñico, lleno de cortedad –dicho sea sin intención segunda–, le dijo a su flamante desposada que iría al baño a ducharse y a disponerse para la ocasión. “Pero no vayas a mirar” –le suplicó. Pirulina también empezó a prepararse. Abrió la maleta, y lo primero que vio en ella fue la bata que su mamá le había puesto. Al verla exclamó desolada: “¡Ay! ¡Está demasiado pequeña, y arrugada!”. “¿Lo ves? –le dijo con mucho sentimiento Meñico desde el interior del baño–. ¡Te pedí que no miraras!”.

Doña Panoplia de Altopedo, nueva rica, no entendía mucho de arte. Conversaba con su flamante amiga, la señora Highrump, y ésta le dijo: “Ahora practico el difícil arte de la pintura. En estos días estoy pintando una naturaleza muerta”. Arriesgó con cautela doña Panoplia: “¿Un retrato de tu esposo?”.

Juanilito le dijo a Pepito: “Le llevé a la maestra una manzana, y me dio un beso”. Se queda pensando Pepito y dice luego: “Mañana yo le voy a llevar una sandía”.

El padre Arsilio terminó de dar la clase de catecismo a los niños de la parroquia. Les dijo: “¿Tienen alguna pregunta?”. Pepito fue el único que levantó la mano. Preguntó: “Señor cura, ¿cuando un cura que cura cura a un cura que necesita cura para que le dé su cura, el cura que cura al cura se cura de que el cura al que cura sea buen cura?”. El padre Arsilio, aturrullado, le dice a Pepito: “Hijo, creo que esa pregunta mejor se la haces al señor obispo”.

La mamá de Pepito le repasaba la lección de Geografía. “¿Cuál es la capital de Coahuila?”. Pepito no responde. “Es Saltillo –le dice la mamá–. Y por no haberlo sabido no te daré sal hoy en la noche”. “A ver –le dice en seguida–. ¿Cuál es la capital de Aguascalientes?”. Tampoco puede contestar Pepito. “Es Aguascalientes –le dice la mamá–. Y por no haberlo sabido no te daré agua hoy en la noche”. En eso interviene el papá de Pepito. “Pregúntame a mí algo” –pide a la señora–. “Dime –lo interroga ella–. ¿Cuál es la capital de Sinaloa?”. El señor se queda callado. Y dice Pepito a su mamá: “¿Le das tú la mala noticia, mami, o se la doy yo? ”.

El cura recién llegado / al pueblo a misa llamó, / y a los fieles predicó / con tono escandalizado. / “Hijos míos, llegué ayer, / y frente a la iglesia, ¡aquí!, / ¿qué creen ustedes que vi? / ¡A hombre follar con mujer! / Después –¡que el mundo se asombre!–, / del templo al lado derecho / vi, con la calle por lecho, / ¡fornicar a hombre con hombre! / Y aunque la lengua me muerdo / no me puedo contener, / pues luego, en el lado izquierdo, / ¡miré a mujer con mujer!”. / Pepito, que eso escuchó, / dijo inquieto por demás: / “¡Qué bueno que no fue atrás! / ¡Me habría visto a yo con yo!”.

Un socio del club de golf entró por equivocación en los baños donde se duchaban las mujeres. Todas de inmediato se cubrieron con brazos y manos el Mons Veneris y las bubis, menos una, que se tapó el rostro. “¿Por qué hiciste eso?” –le preguntaron luego. Respondió la interrogada: “No sé a ustedes, pero a mí los socios me conocen por la cara”.

El recién casado, muchacho muy devoto, se arrodilló a orar tan pronto entró en la suite nupcial. Le preguntó su flamante mujercita: “¿Qué haces?”. Respondió él: “Le pido orientación al Señor”. “Pídele fortaleza –le dijo la muchacha–. De orientarte me encargo yo”.

Un señor le contó a otro: “Empecé a boxear en el gimnasio para bajar de peso. En una semana ya he perdido cuatro”. Preguntó el amigo: “¿Kilos o libras?”. “Dientes” –precisó el señor.

Dos señores visitaron el zoológico en compañía de sus respectivas esposas. Llegaron a la jaula de los mandriles, esos simios que tienen grandes callosidades de color rojo encendido en la parte posterior. “Son mandriles del Kalahari –les explicó el cuidador–. Esas callosidades les brotan en la época de celo”. “¡Mira! –se sorprendió uno de los señores– ¡Viendo a mi mujer llegué a pensar que eso era porque jugaban a las cartas todos los días!”.

Una joven madre sumamente atractiva amamantaba con toda naturalidad a su bebé en un parque público. Pasó un borrachito y le dijo inclinándose ceremoniosamente ante ella: “Señora, ¡quien tuviera 55 años 6 meses menos!”.

El dueño del hotelito familiar le dice a su señora: “El tipo de la habitación 14 llamó para pedir que le mandemos una mujer”. “¡Este es un hotel decente! –se indigna ella–. ¡Voy a exigirle que se vaya!”. A poco volvió la señora toda desgreñada. Atrás de ella venía el individuo. “¡Qué mal servicio tienen! –le reclama al señor–. Nomás porque andaba yo muy necesitado me aventé a la vieja que me mandaste, pero a ver si la próxima vez me consigues otra que no sea tan fea y que tenga mejor carácter”.

Rondín # 4

El director de la escuela hablaba acerca de los sacrificios de las madres, de las marcas que en ellas dejan los desvelos y angustias de la maternidad. “¡Ah, niños! –decía con patético acento sonoroso–. ¡Mirad a vuestras madres! ¡Ved esos rostros marchitos, esas ojeras de desvelo, esas frentes llenas de arrugas, esos cabellos blancos! ¡Pensad un poco, niños! ¿A qué se debe eso?”. Responde Pepito con toda seriedad: “A que se han pasado dos días sin ir al salón de belleza”.

El niñito le preguntó a su madre: “¿Por qué vamos empujando el coche hacia ese precipicio?”. “¡Shh! –le impuso silencio la señora–. ¡Vas a despertar a tu papá!”.

Pepito se hallaba recostado en la hamaca del jardín de su casa. Tenía en una mano un bote de cerveza y en la otra un ejemplar de la revista Playboy. Llegó un vendedor y le preguntó: “¿Están en casa tus papás, buen niño?”. Le contestó el chiquillo: “¿Usted qué cree?”.

El niñito decía siempre a su mamá: “Mami, quiero hacer popó”. A ella eso le apenaba, porque a veces el niño lo decía delante de las visitas. Así, le hace una recomendación. “No digas nunca que quieres hacer popó, hijito. Di que quieres musitar”. Lamentablemente la señora no se cuidó de informar de esa elegante clave a su marido. Cierta mañana muy temprano dormía el señor después de una larga noche turbulenta. Llega el nene y le dice moviéndolo por el hombro: “Papi, quiero musitar”. “Está bien, hijito –masculla él entre sueños–. Hazlo aquí en mi oreja”.

Pepito y su padre estaban en la sala del departamento de la familia, en un segundo piso. El señor se asomó al balcón, perdió pisada y cayó al vacío. Poco después sonó el timbre del departamento. Pepito abrió la puerta. Ahí estaba su papá, derrengado y dolorido, con seis costillas rotas y sangrando por todos los orificios naturales de su cuerpo. Le preguntó Pepito: “¿Qué me trajiste, papi?”.

El papá de Pepito se indignó al ver la boleta de calificaciones de su hijo. “¡Cómo es posible! –le dijo hecho una furia–. ¡Reprobado en Música!”. Explica el chiquillo: “Es que no llevé acordeón”.

En la tienda de departamentos una chica le pidió a la encargada de la sección de belleza que le mostrara un perfume incitante. “Este se llama ‘Flama de Amor’ –le dice la empleada–. Si lo usa notará inmediatamente el efecto que ese poderoso aroma produce en los hombres”. “¿Cuál es su precio?” –preguntó la muchacha. “Es caro –le advirtió la encargada–. Pero le garantizamos los resultados”. La muchacha compró el perfume a pesar de su alto costo. Poco después, en otra tienda, vio el mismo perfume a la mitad de precio. Muy enojada regresó y le reclamó a la vendedora: “¡Abusaron de mí!”. “¿No se lo dije? –se alegró la mujer–. Funciona el perfumito ¿no?”.

Los campesinos españoles suelen levantar pajares que se forman con un poste central en torno del cual se va apretando la paja. Se llaman almiares, y quienes los hacen los cubren con hierba a fin de preservar la paja de la lluvia. Pacorro, labriego mocetón, se iba a casar con la Pilarica, muchacha de pocas letras que vivía en la ciudad. En la víspera del casorio Pacorro le envió un mensaje a su prometida: “Llegaré tarde a la boda. Almiar se me cayó”. Le leyeron el mensaje a la Pilarica. Ella se afligió. Desconsolada, exclamó con infinita pesadumbre: “¡Entonces que ya ni venga!”.

Don Avaricio Cenaoscuras, señor ahorrativo, visitó a su hijo en la universidad donde estudiaba. Le preguntó: “¿Estás saliendo con muchachas?”. “No, padre” –contestó  el chico. “¿Por qué?” –se inquietó el cutre. Respondió el muchacho con acento sombrío: “Padezco un grave problema sexual”. “¡Dulces Nombres!” –exclamó don Avaricio–. (La jaculatoria debe ser: “¡Jesús, María y José!”, pero al decir “¡Dulces Nombres!” Cenaoscuras se ahorraba dos palabras). “¿Qué grave problema sexual es ese que te impide salir con mujeres?”. Replicó, hosco, el hijo de don Avaricio: “Nunca traigo dinero”.

El doctor Barnardo Yekabed, cardiólogo de fama, pasó a mejor vida. El cuerpo médico de la ciudad acompañó el de su ilustre colega al cementerio. Uno de los doctores no pudo ocultar una sonrisa cuando vio que la tumba en que reposaría el difunto tenía la forma de un corazón, pues eso había dispuesto el cardiólogo para su reposo final. Alguien que advirtió la sonrisa del facultativo le preguntó, intrigado: “¿De qué te ríes?”. Contestó el galeno: “Pienso en la forma que tendría mi tumba. Yo soy ginecólogo”.

El viajero de la ciudad le preguntó a Eglogio, ranchero de los Altos de Jalisco, y por lo tanto bien plantado: “¿Cómo hacen ustedes para tener hijos tan sanos y tan fuertes? Los que nosotros tenemos en la ciudad son enfermizos, débiles”. Responde el alteño: “Es que por acá nuestros hijos los hacemos nosotros mismos”.

Tarambo, sujeto de vida desordenada, pasó a mejor vida, y su mujer lloraba desconsoladamente. “No te aflijas –trató de consolarla el Padre Arsilio–. Tu marido ya está en el Cielo”. “¿Y ahí va a seguir, Padre?” –preguntó entre su llanto la señora. “Claro que sí, hija mía –respondió el bondadoso sacerdote–. Ahí estará toda la eternidad”. “Bueno –suspiró ella con resignación–. Por lo menos ahora voy a saber dónde pasa las noches ese desgraciado”.

La señorita Peripalda, catequista célibe, atravesaba un oscuro callejón cuando de pronto ¡flap flap flap! cayó sobre ella un vampiro semejante a Drácula. No se inmutó la pía doncella. Se abrió el pecho con la determinación de los primeros cristianos y esgrimió una gran cruz que llevaba ahí pendiente de una cadena. Se plantó ante la fea criatura y le espetó le dijo con sonorosa voz: “¡Arredro, Satanás! (Quería decir Vade retro). ¡Contra mí nada podrás, / pues mostrándote esta cruz / dije mil veces: ‘Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús...!’”. El vampiro interrumpió la recitación de aquella piadosísima jaculatoria. “I’m sorry, lady –le dijo a la señorita Peripalda–. Eso no me hace efecto. Soy agnóstico”.

Libidiano Pitonier, galán concupiscente, le propuso a la atractiva y culta chica: “¿Qué te parece, guapa, si vamos a mi departamento a pasar un agradable rato?”. Respondió ella: “Temo que tu proclividad a incurrir en frívolos deliquios voluptuosos impídenme interactuar contigo en devaneos que a más de fútiles están en abierta oposición con mis principios axiológicos”. Turulato quedó Libidiano al escuchar. Le dijo a la muchacha: “No pesqué nada”. Y replicó ella con una sonrisa: “Tú lo has dicho”.

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que lo hagan con autorización por escrito del pastor, a razón de 30 dólares por permiso, ó 50 por dos; 500 toda la temporada); el reverendo Rocko Fages, digo, quiso prevenir a su congregación sobre los males que derivan de fumar, beber y hacer el sexo indiscriminadamente. En un vaso puso picadura de tabaco; en otro, licor; semen masculino en el tercero, y en el último agua pura. Seguidamente echó en cada uno de los vasos varias lombrices de jardín. Hizo una pausa dramática y dijo luego: “Observen, hermanas y hermanos; las lombrices que puse en los vasos con nicotina, alcohol y esperma perecieron inmediatamente. En cambio las del vaso con agua están bien vivas. ¿Qué lección sacan ustedes de esto?”. Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, alzó la mano y respondió con tartajosa voz: “Yo deduzco que mientras fúmenos, bébanos y cójanos no tendremos lombrices”.

El severo padre de familia estaba amonestando a su hijo a fin de incitarlo a la práctica de la virtud. Le dijo: “Yo jamás hice el amor con ninguna mujer hasta que me casé con tu madre. ¿Podrás decirles tú a tus hijos eso mismo?”. “Sí –respondió el muchacho–, pero a lo mejor a mí sí me va a ganar la risa”.

Dos tipos estaban conversando. Le dice uno al otro: “¿Supiste del accidente que sufrió nuestro amigo Emásculo? Al pobre tuvieron que extirparle los testículos”. “¡Qué desgracia! –se consternó el otro–. Entonces tendrá que renunciar a su sueño de ser diputado”. “No entiendo –se desconcertó el primero–. ¿Emásculo no puede ya ser diputado por haber perdido sus testes, dídimos o compañones? ¿Hay alguna ley que prescriba eso?”. “No –replica el otro–. Pero lo único que hacen los diputados es rascarse los éstos, y Emásculo ya no tiene qué rascarse”.

La esposa de Empédocles Etílez le reclamó enojada: “Otra vez llegas medio borracho. ¿Por qué?”. Explicó el temulento: “Es que se me acabó el dinero”.

Terminado el primer trance de apasionado amor el novio sintió deseos de ir al pipisrúm. Inclinándose sobre su flamante mujercita le dice con voz dulce: “¿Me permites un segundo, mi amor?”. Responde ella extasiada: “¡Y un tercero, y un cuarto, y un quinto! ¡Todos los que quieras, vida mía!”.

Dígale usted a uno de sus amigos: “En el extremo superior los condones llevan siempre una frase célebre, de Confucio, de Sócrates, de Napoleón”. Su amigo se sorprenderá: “No lo sabía”. Usted entonces le dirá: “Me lo explico: tú no tienes que desenrollar todo el condón”. Tras decir eso suelte usted una estentórea carcajada de burla y luego ponga pies en polvorosa para librarse de las justificadas iras del escarnecido.

Rondín # 5

Al empezar la noche de bodas la novia le dijo a su flamante maridito: “Estoy muy nerviosa, Galantino. Me tiemblan las piernas”. “Es natural, Susiflor –respondió el novio–. Ya se van a separar”.

Declaró un individuo en la fiesta: “Durante algún tiempo fui un hombre en el cuerpo de una mujer”. Al oír aquello las conversaciones cesaron, y todos pusieron atención. Prosiguió el sujeto: “Luego nací”.

Don Frustracio, el sufrido esposo de doña Frigidia, le contó a un amigo: “Creo que por fin anoche mi mujer sintió algo cuando le estaba yo haciendo el amor”. Inquirió el otro: “¿Por qué supones eso?”. Explicó don Frustracio: “En ese momento ella estaba hablando por teléfono con una amiga, y de pronto le dijo: ‘Discúlpame, creo que voy a colgar”.

Don Poseidón, granjero acomodado, estaba arreglando la letrina de su casa. Perdió pisada y cayó a la fosa séptica. De inmediato empezó a gritar con grandes voces: “¡Sexo, sexo!”. Los granjeros vecinos oyeron sus gritos, acudieron a toda prisa y lo sacaron del incómodo sitio en que se hallaba. Le preguntaron luego: “¿Dónde, hay sexo?”. “En ninguna parte, caborones –masculló don Poseidón, mohíno–. Pero ¿habrían venido si grito: ‘¡Caca, caca!?”.

El cliente le reclamó al mesero: “Hay una abeja en mi sopa”. “Sí, señor –repuso el camarero–. Hoy descansa la mosca”.

Todo hombre quisiera ser tan guapo y tan inteligente como su madre cree que es; tan rico como sus hijos creen que es, y tener tantas mujeres como su esposa cree que tiene.

No nos suceda lo que en el cuento de los tres mandatarios cuyo avión se estrelló. Uno era el primer ministro de Escocia, el segundo el primer ministro de Israel y el tercero el presidente de un país latinoamericano. Llegaron los tres a las puertas del Cielo, y San Pedro les dijo: “Llegan ustedes con demasiada anticipación. Todavía no es su hora. Los volveré a la vida y los regresaré a la Tierra, pero tendrán que pagar 100 dólares cada uno”. El primer ministro de Escocia declaró que eso era demasiado. Se quedaría ahí hasta que su hora llegara. El de Israel está regateando todavía; ya lleva a San Pedro en 75 dólares. Y el presidente del país latinoamericano está esperando que los Estados Unidos le presten el dinero.

“Tu mujer te está engañando”. Así le dijo un oriental a su mejor amigo. (Nadie como los mejores amigos para dar noticias como ésa). El otro oriental preguntó hecho una furia: “¿Con quién me está engañando?”. “Ignoro su nombre –respondió el oficioso informador–. Lo único que sé es que el tipo pertenece a la comunidad judía”. De inmediato el mitrado oriental se dirigió a su casa y encaró a su mujer. “Me dijeron –le reclamó indignado– que me estás poniendo el cuerno con un judío”. Replica la oriental: “¿Quién te contó semejante mishegass?”. (En yiddish la palabra “mishegass” –o “meshugaas”– sirve para describir algo absurdo, sin sentido).

Se casaron aquellos novios, y tuvieron que pasar la noche de bodas en la casa de los padres de ella, pues hasta el día siguiente salía el avión que los llevaría a su luna de miel. Así, se acomodaron en la recámara de la muchacha, y se dispusieron a consumar las anheladas nupcias. Por desgracia la cama rechinaba mucho, y no había modo de evitar los rechinidos. Los dos no se podían fundir en uno por falta de aceite Tres en Uno. Seguramente los papás de la chica oirían en la alcoba aquellos ruidos. Decidieron entonces los recién casados irse a un motel, pues les era imposible ya contener las urentes ansias de amor que los llenaban. Sucedió, sin embargo, que la ropa y demás efectos de los dos no cabían en una sola maleta. Después de llenarla no la podían cerrar. En su cama, el papá de la muchacha oyó que el novio le decía a su hija: “Siéntate en ella”. Oír tal cosa lo puso nervioso, desde luego. Pero cuando escuchó que la muchacha le decía a su desposado: “Ahora siéntate tú en ella” se levantó a toda prisa de la cama y le dijo a su mujer: “¡Eso lo tengo yo que ver!”.

El juez interrogaba al acusado del delito de injurias. “¿Es cierto que le mentó usted la madre al demandante aquí presente?”. “Eso es mentira, señor juez –respondió el tipo–. Mire usted, él y yo estábamos trabajando juntos. Le sostuve un clavo para que lo pusiera en su lugar, y él, en vez de darle el martillazo al clavo, me lo dio a mí. Entonces le dije: ‘¡Cielo santo, Manolín! ¡Que me has dado con el martillo en el dedo! Duele un poquitico, pero son cosas que suceden. No te guardo ningún rencor. Olvida lo sucedido. Sólo te ruego que en el futuro tengas más cuidado’. Eso le dije, señor juez. ¿Quién iba a pensar en mentarle la madre?”.

Don Cornulio le comentó a un amigo: “Mi mujer tiene mucha suerte. Últimamente ha participados en varias rifas, y en todas ha obtenido premios. Un coche; un collar de perlas; un finísimo reloj; vestidos, zapatos y bolsas de marca”. Le pregunta el amigo, con retintín: “¿Y para ti no se ha sacado nada?”. “Sí –replica don Cornulio–. Una vez encontré en la recámara un ajuar completo de hombre: traje, camisa, ropa interior, zapatos, calcetines. Desgraciadamente nada era de mi talla”.

En un hotel de Dodge City, salvaje pueblo del Oeste Salvaje, un vaquero y una mujer estaban haciendo el amor apasionadamente. Irrumpió de pronto en la habitación un rudo sujeto, y dijo con voz ronca: “Jamás creí que me engañarías en esta forma. Levántate y vístete. Nos iremos a donde nadie nos conozca”. Obedientemente el vaquero se levantó, se vistió, y los dos hombres fueron a guardar su secreto en la montaña.

En el bar un tipo le dijo a otro: “Me casé porque estaba harto de fregar los platos, de hacerme la comida, y de tener que lavar yo mismo mi ropa”. “Qué coincidencia –masculla el otro–. Yo me acabo de divorciar por la misma razón”.

Doña Macalota leía una novela rosa que tenía cubierta amarilla y lomos verdes. Con voz ensoñadora le preguntó a don Chinguetas, su marido: “¿Tú crees que la distancia hace crecer el amor?”. “Claro que sí –contestó don Chinguetas sin dudar–. Por ejemplo, mientras más lejos está tú mamá la quiero más”.

El Padre Arsilio estaba resolviendo un crucigrama. Le pidió ayuda a la señorita Peripalda: “Es algo que tiene la mujer. La palabra es de cuatro letras, y las tres primeras son –oño”. Sin vacilar respondió la catequista: “Moño”. “Es cierto –admite el buen sacerdote–. ¿Tiene usted un borrador?”.

Don Algón, salaz ejecutivo, invitó a Susiflor, linda muchacha, a pasar “un agradable rato” en su departamento. Ella se molestó bastante al oír esa proposición. Le dijo al libidinoso carcamal: “¿Usted cree que con su dinero puede comprar mi honor?”. Replicó don Algón: “En ningún momento dije que te iba a pagar”.

Libidiano, galán concupiscente, narraba su experiencia de la noche anterior. “Estuve entre dos chicas” –relata. “¡Qué suerte tienes!” –exclama con admiración uno de sus amigos. “Ni tanta –replica Libidiano–. Estuve entre dos chicas porque la muchacha con la que salí tiene muy poco busto”.

El ancianito le dijo a su esposa, vejuca como él: “¿Recuerdas, viejita, que al día siguiente de que nos casamos me dijiste que yo tenía muchos defectos, pero que tarde o temprano me ibas a cambiar?”. Contestó ella: “Sí, lo recuerdo”. Y dice el viejito: “Pues creo que llegó el momento de que me cambies; me acabo de hacer pipí en los pantalones”.

Mister Al Kanfor cumplió 90 años, y su hijo lo internó en una casa de reposo para ancianos llamada “La antesala del Edén”. El primer día de la estancia ahí de mister Al una enfermera advirtió que el recién llegado se inclinaba en su silla en tal manera que podía caer. Acudió prontamente y lo enderezó. Poco después, sentado en una banca del jardín, el señor volvió a irse de lado. Un guardia advirtió aquello y se apresuró a enderezarlo nuevamente para que no cayera. Lo mismo sucedió esa noche; después de cenar, en el cuarto donde los ancianos solían ver la tele, el valetudinario caballero volvió a inclinarse en el sillón, y la encargada de la sala corrió a ponerlo otra vez derecho. Al día siguiente el hijo de mister Al Kanfor fue a visitarlo, y le preguntó qué le parecía su nueva casa. “No está mal –respondió el anciano genitor–. Las instalaciones son muy cómodas; la comida es buena. Lo único malo es que no dejan que te eches un aire”. 

Contrajo matrimonio Celerino Liebro, atleta especializado en la carrera de 100 metros planos. Su flamante mujercita lo hizo colocarse en actitud de corredor al pie del lecho, donde ella estaba ya acostada en la debida posición, y luego le dijo: “¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Dentro!”… Por esos mismos días Pirulina, muchacha muy sabidora de la vida, desposó a Meñico Maldotado, infeliz joven con quien la naturaleza se mostró sumamente avara. Al empezar la noche de las bodas Meñico se presentó por primera vez al natural ante su amada. Lo vio Pirulina de arriba a en medio, y dijo luego: “No creo, Meñi, que tú y yo vayamos a agravar la explosión demográfica. Tienes la mecha demasiado corta”.

Rondín # 6

Libidiano, varón rijoso y lúbrico, fue invitado a un baile. Tal ejercicio era una pérdida de tiempo para él, de modo que andaba incómodo, sin encontrar su sitio. Advirtió eso una de las organizadoras de la fiesta, y fue hacia Libidiano. “¿Bailamos?” –le dijo con sonrisa amable. “No sé bailar” –contesta el tipo. “Eso no importa –replicó la chica–. Vamos a bailar”. Salieron a la pista, en efecto. A las primeras de cambio Libidiano deslizó su mano hasta posarla en uno de los bien redondeados hemisferios que le servían a la chica para sentarse. “¡Oiga usted! –protestó con enojo la muchacha–. ¡No ponga ahí la mano!”. Replicó, cachazudo, Libidiano: “¿Lo ves? Te dije que no sabía bailar”.

Dos vagabundos llegaron a una casa y le pidieron a la señora algo de comer. Les dijo ella: “¿Ven esa alfombra que está colgada ahí? Sacúdanle el polvo con estos bates de beisbol. Cuando terminen les daré una buena comida, un trozo de pay de manzana y un café”. Los hombres se pusieron a trabajar. Poco después la señora se asomó por la ventana y vio que uno de ellos estaba echando maromas en el aire, pegaba grandes saltos y se doblaba hacia adelante y hacia atrás. “¡Caramba! –le dijo con asombro al otro vagabundo–. No sabía que su amigo fuera acróbata, contorsionista y maromero”. Respondió el individuo: “Yo tampoco lo sabía hasta que sin querer le pegué en los éstos con el bate”.

"Estoy feliz –decía un herrero en tiempo de las Cruzadas–. He vendido 3 mil cinturones de castidad, y 26 mil llaves”.

Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, fueron al zoológico. Al pasar frente a la jaula del gorila el forzudo animal abrió las rejas, tomó en sus membrudos brazos a la señorita Himenia y la metió en su cueva. “¡Maldito animal! ¡Bestia salvaje! –gritó la señorita Celiberia–. ¡¿Qué tiene ella que no tenga yo?!”.

Un individuo llegó al consultorio de un doctor. Al verlo la enfermera se desmayó por el horror que le causó la vista del sujeto: el individuo traía clavada un hacha en la cabeza. A duras penas pudo también el facultativo contener su espanto. “Doctor –le pidió el hombre–. Quiero que me quite un catarro que traigo, y que además me examine los testículos”. “¿Catarro? ¿Testículos? –acertó a decir el facultativo–. ¿Y esa hacha que trae clavada en la cabeza?”. “Precisamente, doctor –explicó el tipo–. Cada vez que estornudo me doy con el mango del hacha en los testículos”.

Doña Macalota le comentó a don Chinguetas: “Pienso que mañana el coche no va a querer arrancar”. “¿Por qué?” –se extrañó él. Responde la señora: “Tiene agua en el carburador”. “¿Agua en el carburador? –repitió el marido con burlón acento–. ¿Por qué piensas que tiene agua en el carburador? ¡Tú qué sabes de eso! Pero, en fin, déjame revisarlo. ¿Dónde está el coche?”. Responde con manso acento doña Macalota: “En vez de frenar aceleré. Está en la alberca”.

Por azar me tocó ver / en el templo, una ocasión, / que decía una mujer / el acto de contrición. / “¡Por mi culpa!”, recitaba / con sentimiento sincero. / Mas los golpes se los daba / no en el pecho, ¡en el trasero! / Miró aquello el sacristán / y fue hacia ella derecho. / “Oiga, los golpes se dan / no en las pompas, en el pecho”. / Le dijo ella al aprontado: / “Mujer pecadora soy, / y los golpes me los doy / ahí por donde he pecado”.

Después de dos años de ausencia Babalucas regresó a su casa. Se encontró con una novedad; hacía un mes su señora había dado a luz un bebito. No solo eso, el bebito era negro. “¿Qué pasó, Suripancia?” –pregunta a su mujer rascándose la cabeza– “¡Ay, viejito! –responde con un suspiro la señora–. Tus cartas eran demasiado apasionadas, y ésta es la consecuencia”. “Muy bien –acepta Babalucas–. Pero, ¿por qué el niño salió negro?”. “No salió negro –le dice la señora–. Nació blanquito como tú, pero como no pude darle pecho contraté a una nodriza negra, y al tomar su leche el niño se puso negrito también”. Babalucas acepta la explicación, pero se queda con alguna duda y va con su mamá a plantearle el caso. “¿Tú crees, mamá –le pregunta–, que haya podido suceder lo que me dice Suripancia?”. “Yo creo que sí –le dice la señora–. Yo tampoco pude darte pecho, y te alimenté con leche de vaca. Y mira, todavía no se te quita lo buey”.

Un individuo se presentó en el consultorio del doctor Ken Hosanna y le dijo se sentía débil, laso, exánime, agotado. En el curso del interrogatorio salió que el tipo hacía el amor los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Le indicó el facultativo: “Deje de hacerlo por lo menos el miércoles”. Replicó el sujeto: “No puedo dejar de hacerlo el miércoles”. “¿Por qué?” –se extrañó el médico–. Explica el tipo: “Es el único día que lo hago en mi casa”.

Iba un desfile de políticos por la calle. Un señor que estaba entre el público sintió de pronto que le sacaban la cartera, y vio que dos raterillos salían a todo correr. “¡Párense, rateros!” –grita el señor a voz en cuello–. El desfile tardó más de 15 minutos en ponerse en movimiento otra vez.

Babalucas entró en un establecimiento que le pareció de comida rápida, y con tono imperioso le ordenó al encargado: “Dame una hamburguesa con queso”. “Señor mío –respondió atufado el hombre–. Está usted en una biblioteca”. “Ah, perdone –se apenó el tontiloco–. Me da una hamburguesa con queso, por favor”.

El entrevistador le preguntó a Babalucas: “Si pudiera usted conversar con algún personaje famoso, vivo o muerto, ¿a quién escogería?”. Respondió sin vacilar el tontiloco: “Al vivo”.

Picio era tan feo que una sexoservidora le dijo: “En nuestra primera cita no”.

La joven esposa se hizo socia de un club nudista. Llegó la fecha del baile anual del club, y la muchacha invitó a su marido a acompañarla. Él le dijo que no era nudista, que le daba pena mostrarse sin ropa, pero ella insistió. Finalmente hicieron un arreglo; iría él a la fiesta, sin ropa, pero llevaría un periódico abierto frente a la entrepierna, para que no se le viera “aquello”. Así llegaron a la celebración, ella caminando con toda naturalidad, él con un periódico abierto frente a su parte varonil. Pasaron los dos frente a otra pareja. La mujer ve aquello y le dice a su esposo: “Aprende. La de él sabe leer”.

Doña Burcelaga se enteró de que su hija andaba con un nuevo novio. “¿Y tiene principios ese joven?” –le preguntó. “Supongo que sí –respondió ella–. Lo que no sabe es cómo llegar al fin”.

¡Pobre Meñico Maldotado! La naturaleza se mostró avara con él en la región correspondiente a la entrepierna. Eso lo hacía sufrir bastante. Vendió su acción del Country Club porque en el baño de vapor todos reían al ver su pequeñez y lo hacían víctima de infames chocarrerías que no son para ser repetidas. Y eso era lo de menos: las damas con quienes Meñico tenía trato íntimo hacían cosas que lo lastimaban mucho: entrecerraban los ojos para tratar de verle aquello, o se ponían lentes; pedían una lupa a la administración del hotel; le tomaban una fotografía, “para amplificarla”, según decían. En cierta ocasión una declaró al verlo: “Miente la Constitución: no es cierto que todos los hombres fueron creados iguales”. En fin, aquello era un constante bullying que lo hería profundamente. El infeliz Meñico cantaba siempre con pesaroso acento la canción que dice: “¿Señor, por qué los seres no son de igual valor?”. (“El plebeyo”, vals de Felipe Pinglo). Cierto día oyó hablar de un urólogo que podía ayudarlo en su problema. El afamado médico lo examinó con ayuda de su enfermera, y al final le dijo: “Me temo, joven, que hoy no podré hacer nada por usted. Pero regrese la próxima semana, y le aseguro que en esa ocasión haré que su atributo varonil se vea más grande”. “¿De veras, doctor?” –clamó Meñico, feliz e ilusionado–. ¿Qué hará usted para que mi parte se vea de tamaño mayor?”. Respondió sin dudar el célebre galeno: “Tendré una enfermera de manos más pequeñas”.

Pocos saben cómo y por qué se inventó el cinturón de castidad. Voy a decirlo. Sir Galahad iba a partir a las Cruzadas. Un vendedor de seguros se enteró de su partida y fue a ofrecerle un seguro de vida. Sir Galahad se mostraba renuente a comprarlo. El tipo le insinuó con mucho tacto que podía morir en el largo viaje hasta Jerusalén, o en algún combate con los infieles. “¿Y qué va a hacer vuestra esposa cuando os hayáis ido?” –terminó dramáticamente el vendedor. Sir Galahad se quedó pensando en lo que haría su esposa cuando él se hubiera ido. Fue entonces cuando inventó el cinturón de castidad.

El señor cura de aquel pequeño pueblo gustaba de tomarse de vez en cuando unas copitas. Cierto día debía confesar a los fieles de la parroquia. Enfrentado a la perspectiva de pasarse toda la tarde en el confesionario –“apostolado de la nalga”, llaman algunos religiosos al acto de la confesión–, llevó consigo una “chaparrita” o botella pequeña de tequila. La primera penitente fue una muchacha de voluptuosas formas. “Me acuso, padre –dijo con relativa contrición–, de que estoy haciendo el amor con mi novio”. El señor cura, para reponerse de la penosa impresión que le causó aquel grave pecado nunca oído, le dio un largo trago a su botella. “Y también –prosiguió la muchacha– tengo relaciones de fornicación con un vecino”. El sacerdote, consternado al ver los terribles efectos que sobre la criatura humana tiene el pecado original, se llevó la botella a los labios otra vez. “Además –continuó la penitente– me estoy acostando con un agente viajero, un compañero de oficina, un vendedor de seguros y un señor que pone cristales, lo mismo que con el equipo de futbol de la colonia, incluidos el técnico, la banca, las reservas, el aguador, el médico, el masajista, el encargado de los balones y el jefe de relaciones públicas”. Lleno de aflicción el sacerdote le dio tres nuevos tragos a su botellita. A través de la rejilla la muchacha percibió el aliento alcohólico de su confesor. “Padre –le dice con acento de reprobación–. Me está usted oliendo a borracho”. “¡Desdichada! –estalla con santa indignación el señor cura–. ¡Desde hace rato tú me has estado oliendo a p..., y yo no te he dicho nada!”.

Se interrumpió la corriente eléctrica, y una pareja de novios quedó atrapada en el elevador. “¡Rápido! –le ordenó el gerente del hotel al encargado de mantenimiento–. Llegue usted al elevador por arriba; quite la tapa del techo y dígales a esas personas que no se asusten; que pronto iremos en su ayuda”. El empleado bajó por las cuerdas; quitó la tapa del techo y se asomó sin ser visto al interior del ascensor. Inmediatamente volvió a poner la tapa, y luego regresó con el gerente. Le informó con laconismo: “No están asustados”.

Aquel magnate de los negocios hacía siempre alarde de su valiosa colección de cuadros, especialmente de un Picasso, su mayor orgullo. Una de las criaditas de la casa, sin embargo, decía con tono despectivo: “¡Bah! El señor presume de tener un Picasso fabuloso, y la verdad es que tiene un piquillo de este tamañito”.

Rondín # 7

Un político invitó a otro a cenar en su casa. Los dos recelaban el uno del otro. Al terminar la cena el anfitrión se disculpó, y se levantó de la mesa. Poco después se escuchó un ruido inconfundible; el dueño de la casa había ido al baño, y estaba desahogando una necesidad menor. Pero había olvidado cerrar la puerta, y aquello se alcanzaba a oír con toda claridad. La esposa, apenada, le dice al visitante: “Perdone usted. Voy a cerrar la puerta”. “No se preocupe –la tranquiliza el otro–. Por primera vez sé con seguridad lo que su marido trae entre manos”.

Lady Loosebloomers trataba con excesiva complacencia a Wellh Ung, el toroso mancebo encargado de la cría de los faisanes. Le permitía llegar tarde a su trabajo; lo dejaba ir y venir a su antojo; jamás le pedía cuenta del cumplimiento de sus obligaciones. Eso molestaba mucho a su marido, Lord Feebledick, que aún conservaba el sentido de la disciplina adquirido en Eton. Constantemente le decía: “Esposa, le das demasiadas libertades a ese joven”. Cierto día milord llegó a su casa después de terminada la cacería de la zorra, y al entrar en la alcoba conyugal sorprendió a Lady Loosebloomers en apretado abrazo de fornicio con el pelirrojo mancebo. Le dice Lord Feebledick a su mujer: “¿Lo ves? No estaba yo equivocado. ¡Le das demasiadas libertades a ese joven!”.

Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, les contó a sus amiguitas Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón una fantástica experiencia que había tenido. “Iba yo por la playa –relató–, y las olas arrojaron a mis pies una botella tapada con un corcho. La destapé, y de la botella surgió un genio de oriente. Era un hombrón de estatura gigantea, musculatura lacertosa y arrogante apostura de poderoso másculo. Me dijo que yo lo había liberado de la prisión en que lo tenía un perverso mago, y que como recompensa por haberle devuelto su libertad me cumpliría tres deseos”. Preguntaron ansiosas, al unísono, las señoritas Camafría y Sinvarón: “¿Y te los cumplió?”. “Sin duda me los hubiera cumplido –respondió Solicia–, pero nada más le aguanté el primero”.

Una niñita de 11 años se estaba confesando. “Me acuso, padre –le dijo al sacerdote–, de que cometí el pecado original”. “¡Santo Cielo! –exclamó con alarma el señor cura al recordar el pecado de carne de Adán y Eva–. ¿Cómo pudiste cometer a tu edad tan grave falta?”. Responde la niñita: “Es que la manzana que mi mamá le había guardado a mi papá se veía muy sabrosa, y no pude resistir la tentación de comérmela”.

A don Poseidón se le quemó su tractor. Acudió a la compañía de seguros y pidió que le dieran el dinero que le había costado el bien. “En estos casos no entregamos dinero –le respondió el encargado–. Lo daremos otro tractor igual”. Dice don Poseidón: “Entonces cancele inmediatamente el seguro de vida de mi esposa”.

En ocasión distinta doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, fue a visitar a su amiga Gulia Sotuer en la casona de la hacienda pulquera que había pertenecido a sus ancestros, y que ella había convertido en hotel boutique con el nombre de “Bábara Dry Inn”. Ese nombre, Bábara Dry, es uno de los muchos que el pulque ha recibido en la Ciudad de México. También se le ha llamado “pullman”, “pulmón” y “Babilonia”. Doña Gulia envió a su postillón a que fuera en el tílburi a recoger a su amiga en la estación del tren. Camino ya de la hacienda, la incivil acémila que tiraba del ligero carruaje soltó un estruendoso cuesco tan sonoro que hizo pensar a quienes habían quedado en la estación del ferrocarril que había habido otra explosión como la que sacudió en 1907 a la población de Nacozari de García, según se enarra en el popular corrido “Máquina 501”. Doña Panoplia, que es toda circunspección y compostura, enrojeció hasta la raíz de los cabellos por causa de aquella ventosidad apocalíptica, y dijo llena de turbación: “¡Qué pena!”. “¡Haiga cosas¡ –exclamó con asombro el auriga–. ¡Yo creí que había sido la mula!”.

Se casó el joven futbolista. La noche de bodas se desconcertó, pues por más que se esforzaba no podía llegar a la anhelada meta de la consumación matrimonial. “¿Qué sucede, Rosilí?” –pregunta lleno de confusión a su flamante mujercita: “Estás fuera de lugar” –responde ella.

Pasaron a mejor vida al mismo tiempo un predicador y un chofer de autobús de pasajeros. Para sorpresa del predicador, San Pedro hace que el chofer entre al Cielo de inmediato. “¿Qué es esto? –pregunta el predicador–. Yo me pasé la vida hablando del Señor y me detienes. Y en cambio a ese hombre, que siempre estuvo de mal humor, que maldecía y que trataba mal a sus pasajeros, lo introduces de inmediato en el paraíso”. Le explica San Pedro: “Es que cuando tú pronunciabas tus sermones todos se dormían, pero cuando este hombre manejaba rezaban todos”.

A aquel sujeto le decían “El Desafinado”. Era hijo de una mujer de mala nota.

Pompilia fue al parque a pasear a su perrita. Ahí encontró a Libidio, que también paseaba a su perro. En otro tiempo el tipo y la muchacha habían tenido amores, y decidieron recordarlos atrás de unos arbustos. Los dos perritos contemplaron aquella ardiente escena pasional. Le dijo la perrita al perrito, algo apenada: “Ni modo. Hacen lo que les dicta su instinto. A ver si no se quedan pegados”.

El señor trataba de enseñarle a su hija adolescente algunos principios para vivir bien. “Y es necesario que sepas desde ahora, Dulcilina –le dijo con grave entonación de moralista–, que el dinero no puede comprarlo todo”. “Pero las tarjetas de crédito sí, ¿verdad?” –remató la chiquilla.

El baisano Jalil nunca aprendió a pronunciar bien el español, la lengua de su patria de adopción. Cierto día llamó aparte a su nieto, que por esos días se iba a casar, y le dijo estas palabras que dejaron al chico turulato: “En el matrimonio, hijo, los dedos del hombre son muy importantes”. “¿Por qué, abuelo?” –acertó a preguntar el muchacho. “Mire –respondió el señor–. El anular le servirá para que lleve usted el anillo de casado. Con el índice le señalará a su esposa los objetos que quiere que le traiga. Con el pulgar contará los billetes de la venta diaria. El meñique, estirado, mostrará su buena educación cuando tome la taza del té o el café”. “Abuelo –preguntó el muchacho muy interesado–. ¿Y el dedo de en medio?”. “Ése –respondió don Jalil–, es el más importante de todos. Es el dedo”. El chico creyó oír que su abuelo había dicho: “el dedo vaginal”. “Con él –siguió don Jalil– marcará usted las teclas de la caja registradora. Pero, más importante aún, el dedo vaginal, humedecido, le servirá para”. “¿Para qué, abuelo?” –inquirió ansioso el muchacho. Concluyó el baisano: “Para pasar las páginas del libro que esté leyendo: bágina una, bágina dos”.

Babalucas comentó: “Qué bueno que van a desaparecer los radios AM. Sólo se podían oír en la mañana”.

Una joven señora estaba embarazada, y fue a consultar a Madame Casandra, adivina, acerca del futuro de su bebé. La clarividente observó su bola de cristal y le anunció en seguida a la mujer con ominoso acento: “El mismo día en que nazca tu criatura su padre morirá”. “Sea por Dios –suspiró ella–. Pero al menos mi pobre esposo está seguro”.

Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, recibió en su casa la visita de un joven y apuesto sociólogo que hacía una investigación acerca de la sexualidad en la clase media. Le preguntó el guapo encuestador a la señorita Celiberia: “Dígame, ¿es usted virgen?”. “Sí, joven amigo –respondió ella con un mohín de coquetería–. Pero sin fanatismos ¿eh?”.

Un vendedor de autos usados atraía a sus clientes con una oferta singular: si compraban un coche podían llevar en él a una linda chica al romántico paraje llamado “El Ensalivadero”, a las afueras de la población, y pasar con ella un agradable rato. Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, adquirió uno. El vendedor, en efecto, le trajo a una curvilínea fémina, y de inmediato Pitongo se dirigió con ella a aquel famoso sitio donde en las sombras de la noche se escuchaba lo que parecía ser canto de grillos, pero que en verdad era ruido de zippers. Ahí Pitongo de inmediato se inclinó sobre la chica. “Lo siento, guapo –le dijo ella al tiempo que lo rechazaba–. El agradable rato que se anuncia es sólo de conversación. Lo que me quieres hacer a mí ya te lo hicieron a ti cuando compraste el coche”.

"¿Te atormentan por la noche pensamientos impuros?”. Eso le preguntó el severo confesor a Himenia Camafría. “No, Padre –respondió la madura célibe–. Más bien me entretienen bastante”. Otra añosa soltera, la señorita Celiberia Sinvarón, fue asaltada por un maleante en un oscuro callejón. “No se asuste –le dijo el delincuente–. Lo único que me interesa de usted es su dinero”. “Dinero, dinero –se irritó Celiberia al tiempo que echaba mano a su monedero–. ¿Sólo en eso piensan los hombres?”.

El marido de doña Gorgolota iba a ir a la playa con sus amigos. La señora llevó aparte a uno de ellos y le dijo: “Mi esposo es un poco tímido, y rara vez se anima a meterse en el mar. Haga usted que se ponga su traje de baño, y cuando esté descuidado empújelo. Sólo así gozará de las olas”. Un par de días después doña Gorgolota recibió la triste noticia: su esposo se había ahogado en el mar, posiblemente por efecto de una congestión. Pasaron unos meses, y la viuda les confió a sus amigas un secreto: el difunto, hombre ignorante, analfabeto, le había dejado 10 millones de pesos, con otros muchos bienes muebles e inmuebles. “No está nada mal –comentó con admiración una de las amigas–, tratándose de un hombre que no sabía leer ni escribir”. “Ni nadar”, completó doña Gorgolota.

Picio era tan feo que una sexoservidora le dijo: “En nuestra primera cita no”.

Avaricio Cenaoscuras era un hombre mezquino, ruin y cicatero. Un vecino suyo le dijo cierto día: “Me conmueve que cada vez que te veo en el centro comercial vas de la mano con tu esposa”. “Sí –replicó el cutre–. Es que si la suelto se mete a una tienda”. 

Rondín # 8

Este cuento trata de un indio piel roja perteneciente a la tribu de los sioux. Se llamaba Un Solo Tiro. Su nombre obedecía al hecho de que había nacido con un testículo nomás. A Un Solo Tiro le disgustaba mucho su nombre, pues proclamaba su condición de chiclán. Nada de malo tiene eso, y además tal calidad no le estorbaba en sus tareas de varón. De hecho cumplía con ellas mejor que los demás bravos de la tribu. Su viripotencia le había dado fama en todos los teepees y wigwams. Aun así su nombre encalabrinaba a Un Solo Tiro, de manera   que decidió cambiarlo. Se bautizó a sí mismo como Águila de la Montaña, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo, y amenazó de muerte a todo aquel –o aquella– que lo llamara con su anterior apelativo. El piel roja tenía dos esposas. La más joven era una linda squaw llamada Pájaro Azul, pues tenía los ojos de ese color. Y es que por las venas de la muchacha corrían nueve décimas de sangre blanca; su señora madre había tenido tratos de familiaridad con un misionero, un explorador, un minero, un soldado de la Caballería Americana, un vaquero, un cazador de búfalos, un trampero, un vendedor de aguardiente y un maquinista del Ferrocarril Interoceánico. Sucedió que por pura distracción Pájaro Azul llamó a su esposo con su antiguo nombre. Le dijo: “Ven, Un Solo Tiro”. El enojado guerrero tomó a Pájaro Azul y le hizo el amor hasta dejarla sin el aliento de la vida. La segunda esposa del indio, mujer mayor y más fuerte que la primera, se llamaba Pájaro Amarillo, pues tenía la piel de ese tono. Se murmuraba que su progenitora había prestado servicios mujeriles a todos los chinos que participaron en la construcción de aquel ferrocarril. Inadvertidamente Pájaro Amarillo saludó a su marido diciéndole: “Buenos días, Un Solo Tiro”. Furioso, el indio se lanzó a hacerle el amor vehementemente, con la intención de matarla también. Sin embargo, no pudo acabar con la vida de Pájaro Amarillo. Más bien ella lo dejó exhausto, exánime agotado. Y aquí acaba la historia. Este largo relato tiene una moraleja: no se puede matar dos Pájaros de Un Solo Tiro.

Doña Macalota le preguntó a su esposo: “¿Qué es lo que más te llama la atención de mí? ¿Mi bello rostro? ¿Mi hermoso cuerpo sensual y voluptuoso? ¿La fantástica forma en que hago el amor?”. “Lo que más me llama la atención de ti –repuso don Chinguetas– es tu imaginación”.

La joven soltera dio a luz un hermoso bebé. Le preguntó una amiga: “¿Qué nombre le vas a poner?”. “El  nombre es lo de menos –respondió ella–. Lo que quiero encontrarle es un apellido”.

Le comentó un golfista a otro: “Ya no aguanto al profesional del club. Me dice cómo pararme; a qué distancia; cómo debo inclinar la cabeza; hacia dónde debo mirar”. “No lo tomes a mal –responde el otro–. Está tratando de hacer que mejores tu juego”. “Te equivocas –gruñe el el primero–. Todo eso me lo dice cuando estoy en el baño haciendo pipí”.

Antes de casarse Babalucas se compró un libro de técnicas eróticas. La noche nupcial le propuso a su flamante mujercita: “Vamos a hacer el 175.22. 443.135”. Ella había oído hablar de cierto acto de erotismo marcado con un número –ya existía en tiempos de los romanos, que lo llamaban el LXIX–, pero jamás había sabido del 175.22.443.135. Inquieta, le preguntó a Babalucas: “¿Qué es eso?”. El tontivano echó una nueva ojeada al manual y luego se disculpó: “Ah, perdona. Es el número de registro del libro”.

Un candidato a diputado fue a hacer campaña en el campo. Llegó a una granja, y se dirigió a pedirle su voto a una chica que estaba en el establo ordeñando una vaca. La mamá de la muchacha le gritó a su hija desde la casa: “¿Quién está contigo en el establo, Galactina?”. Contestó ella: “Es un político, mami”. Le ordena la señora: “Vente inmediatamente a la casa. Y tráete a la vaca”.

Otra chica le contó a su mamá que esa noche iba a salir con un político. Le recomendó la señora: “Cuando te traiga de regreso a casa cuéntate las bubis, no sea que se quede con una”.

Pregunta sin respuesta: ¿Por qué los hombres y las mujeres gastamos tanto dinero en ropa, si los mejores momentos que pasamos son cuando estamos sin ella?.

Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. Cierto día pasó frente a una agencia de viajes que tenía en el escaparate un cartel de Hawai, y eso bastó para que aquel año se helara la cosecha de piña en todas las islas de los Mares del Sur. Cuando la gélida señora se casó le dijo a su marido que quería un matrimonio de los que antes se llamaban “blancos”, en los cuales los desposados convenían en no hacerse la mutua dación de sus cuerpos, y vivir en permanente continencia y castidad. Don Frustracio, que así se llamaba el infeliz esposo, le rogó que por lo menos le permitiera hacerle el amor dos días al año: el de su cumpleaños y el del aniversario de bodas. “¡Santo Cielo! –exclamó doña Frigidia con enojo–. ¡Tenía que casarme con un maniático sexual!”.

El bombero iba bajando por la escalera de incendios. Llevaba en los brazos a una estupenda rubia. “Bombero Libidiano –le dijo con severidad el jefe de los apagafuegos–. El incendio es en el edificio de al lado”.

El doctor Ken Hosanna auscultó a la chica que muy preocupada había ido a consultarlo. Después de concluir su examen la tranquilizó. “No está usted embarazada –le dijo–. Lo que trae es un aire atorado”. Tiempo después la muchacha se topó en la calle con el facultativo, y le informó, ceñuda: “El aire que usted dijo hace ocho meses ahora llora y mama”.

¡Irresponsable! –le grita muy indignada su señora–. ¡Mira nomás a qué horas vienes! ¡Ya has de haber perdido la raya!”. El borrachito se baja la ropa y volviéndose de espaldas muestra a su esposa la parte posterior. “No, viejita –le dice–. Mira, todavía la traigo”.

Muy pocos conocen este dato, de rigurosa cientificidad: la rueda se inventó en lo que es actualmente la Ciudad de México. Tan pronto hubo hecho su invención, el inventor exclamó al mismo tiempo con enojo y desolado: “¡Carajo! ¡Apenas acabo de inventar la rueda y ya me robaron la copa!”.

En la oficina don Algón le dijo a su gerente: “Esta es la computadora del empleado Babalucas”. Preguntó el otro: “¿Cómo lo sabe usted, señor, si trabajan aquí tantos empleados?”. Contestó don Algón: “Es el único que antes de irse encierra el mouse en una jaulita”.

Llorosa, gemebunda, Susiflor les anunció a sus padres que estaba un poquitito embarazada. “¡Mano Poderosa! –exclamó la mamá, que conservaba celosamente las jaculatorias aprendidas de su señora madre–. ¿Por qué entregaste la preciada gala de tu virginidad, tu honor, tu integridad, tu pudicia, tu dignidad, tu virtud, tu castidad, etcétera?”. Respondió Susiflor entre sus lágrimas: “Lo hice por falta de una adecuada alimentación”. “¿Cómo es eso?” –inquirió el genitor, severo. Le explicó Susiflor: “No tuve fuerzas para decirle que no”.

El pequeñito le pidió a su papi: “Cuéntame un cuento”. El señor, que leía su periódico, le contestó: “Dile a tu mamá que te lo cuente”. Objetó el chiquitín: “Mi mami no sabe cuentos”. “Sí que sabe –replicó el señor–. A mí todas las noches me cuenta uno: el de que le duele la cabeza; el de que está muy cansada; el de que mañana se tiene que levantar muy temprano...”

Doña Crásida, señora más que robusta, estacionó el automóvil y se dispuso a esperar a su marido. Como hacía mucho calor dejó funcionando el aire acondicionado, con los vidrios cerrados. De pronto un muchachillo callejero se acercó al automóvil. Se puso a ver con mucha atención a la señora. Luego siguió su examen a través del vidrio delantero; pasó al otro lado del coche y siguió viéndola por el vidrio de la puerta derecha. La obesa dama se amoscó. Cuando el niño la volvió a ver por el vidrio del lado del conductor la mujer bajó el cristal y le preguntó ya muy molesta: “¿Qué ves, chamaco?”. “Nada, señora –respondió con sincero asombro el muchachito–. Creí que las ventanas del coche tenían vidrios de aumento”.

El agente vendedor llegó a un domicilio, y lo recibió la señora de la casa. La hermosa mujer se cubría sólo con un vaporoso negligé. Hizo pasar al vendedor, y le dijo que estaba completamente sola. El tipo, sin embargo, se aplicó a mostrarle su producto, una enciclopedia para niños y jóvenes. Le preguntó a la señora: “¿Tiene usted hijos?”. Respondió ella: “Ocho”. “¿Ocho?” –se asombró el individuo–. “Sí –confirmó la mujer–. No todos los agentes vendedores son tan indejos como usted”.

¿Te parece si esta noche cambiamos de posición?”. Así le dijo un tipo a su mujer. “¡Claro que sí! –respondió ella entusiasmada–. ¡Tú te pondrás a planchar y yo me sentaré en el sillón de la sala a tomar cheves y botana y a ver en la tele el partido de futbol!”.

Hubo una reunión de ex presidentes de países latinoamericanos en un barco que haría un crucero por el Golfo de México. Por desgracia a la mitad del viaje el barco naufragó y dos ex presidentes mexicanos se vieron en una isla desierta. De inmediato uno de ellos procedió a redactar un mensaje para solicitar auxilio. Pondrían el mensaje en una botella y lo confiarían al mar. Tras escribir el mensaje lo leyó a su compañero: “Estamos en una isla. Favor de venir a rescatarnos. Polibio Loperena y Salustiano Godínez”. “Oye –se sorprendió el otro ex presidente–. ¿Por qué firmas con esos nombres?”. “¡Uh! –responde el otro–. ¿Tú crees que si firmamos con nuestros verdaderos nombres alguien vendrá a rescatarnos?”.

Rondín # 9

Pirulina, muchacha pizpireta, se estaba confesando con el Padre Arsilio. “Me acuso –le dijo– de que he caído en tentaciones de la carne”. “¿Cuántas veces?” –le preguntó el buen sacerdote. “Padre –replicó ella con molestia–, el pecado para usted; las estadísticas para el Inegi”... (En otra ocasión Pirulina confesó haber estado con diferentes hombres. El confesor le hizo la misma pregunta: “¿Cuántas veces?”. La muchacha no respondió. Después de un largo silencio le dijo, impaciente, el sacerdote: “Estoy esperando”. Pirulina replicó: “Y yo estoy contando”).

Don Algón, salaz ejecutivo, tenía dos secretarias. Le dice una a la otra: “Ahora mismo voy a pedirle un aumento de sueldo al jefe”. Le aconseja la otra: “Espera por lo menos una semana. Acabo de salir de su oficina, donde obtuve un aumento salarial, y lo dejé absolutamente sin poder de decisión”.

Susiflor, muchacha de pueblo, le dijo a su mamá: “Mi amiga Dulcilí se va a casar el mismo día que yo, y como no tiene confianza con su madre quiere que le des algunos consejos para la noche de bodas”. Inquirió la señora: “¿Y tú no quieres que te dé esos consejos?”. “No –declinó Susiflor–. Ya llevo varios meses ensayándola”.

Simpliciano, joven inocente, cortejaba a Pirulina, muchacha con bastante ciencia de la vida. Le dijo: “Quiero unir mi vida a la de alguien que me sea fiel; que me acompañe permanentemente; que esté siempre en la casa cuando llegue yo”. Lo interrumpe Pirulina: “Qué bueno que me dices eso. Te voy a regalar un perro”.

Impericio logró por fin convencer a su novia de que le hiciera entrega de su amor y partes físicas correspondientes. Irían bajo el puente, le dijo; ahí nadie los vería. En el amor estaban cuando el novio interrumpió de pronto lo que hacía y le preguntó con acento severo a la muchacha: “Dime, Susiflor, ¿tuviste alguna experiencia previa?”. “¡Ninguna! –respondió ella indignada–. ¿Por qué me haces semejante pregunta?”. Respondió Impericio: “Porque tus movimientos no son los de una joven inexperta”. Le dice la muchacha: “Sí lo son. Son los movimientos de una joven inexperta a la que el imbécil de su novio acostó sobre un hormiguero”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, tenía un gato al que amaba con ternuras maternales. Cierto día el minino enfermó de constipación. El veterinario le recetó un purgante. Tres días después regresó Himenia con el médico. “El laxativo no le hizo ningún efecto a Michilín” –gimió acongojada. “Le daré una purga más fuerte” –dijo el facultativo. Tampoco en esta ocasión obró el medicamento, de modo que Himenia volvió con el veterinario, y este prescribió un depurador aún más poderoso. Tampoco surtió efecto. Himenia, desesperada, acudió de nueva cuenta al consultorio del veterinario. El hombre, impaciente ya, tomó una purga para caballo, y tras quitarle la etiqueta al frasco le indicó a Himenia: “Désela toda al gato hoy en la noche”. Al día siguiente, preocupado por lo que había hecho, llamó por teléfono a Himenia. “¿Le hizo efecto la purga a su gatito?”. “Bastante, doctor –respondió ella gemebunda–. Le hizo efecto 40 veces vivo, y 85 veces ya muerto”.

El agente de tránsito alcanzó en su motocicleta a la conductora que iba con exceso de velocidad. Era Bustolina Grandchichier, joven mujer de exuberantes encantos pectorales. “Señorita –le dijo–, generalmente se acostumbra que me den una mordida. En este caso, sin embargo, haré una excepción: se la voy a dar yo a usted”.

Llegó el marido a su casa en horas de la madrugada, y se sorprendió al ver luz en la recámara. Su señora estaba tendida en la cama, exhausta y agotada, con el cabello y las ropas en desorden. “¿Qué sucedió, Clorilia?” –le preguntó asustado. “Entró a la casa un hombre –respondió ella–. Se llevó varias cosas, y me hizo objeto de sus peores instintos de lujuria”. “¡Qué barbaridad! –se consternó el esposo–. ¡No debí haberte dejado sola tanto tiempo!”. “Eso fue lo que le dije al hombre –añadió la señora–. Él había venido nada más a robar”.

Al pasar frente al Empire State el conductor que guiaba el tour por Nueva York le comentó a Babalucas: “Éste es el rascacielos más famoso de la ciudad”. Lo vio el badulaque, y preguntó muy intrigado: “¿A qué horas empieza a rascar?”.

Iba el alegre grupo de muchachos remando en una lancha por el río. Cansados, llevaron el bote a una isleta y se quitaron la ropa para nadar un rato. Apenas iban a entrar en el agua cuando se percataron de que llegaba una lancha llena de muchachas. Apresuradamente se enredaron las toallas a la cintura. Uno de ellos, sin embargo, se la puso en la cabeza, tapándose el rostro. “¿Por qué haces eso?” –le preguntaron con asombro. “Bueno –explica él–. En mi pueblo a los hombres las muchachas nos conocen por la cara”.

La recién casada le contó a su mamá: “Siempre que llega del trabajo Vehementino me come a besos. Dice que mis besos son su mejor alimento”. Preguntó con una sonrisa la señora: “¿Y no le cansa esa comida?”. “No –contesta la muchacha–. Lo que lo deja agotado es el postre”.

Don Liebro fue con el doctor Ken Hosanna y le dijo que padecía insomnio. Por más esfuerzos que hacía no lograba cerrar los ojos por las noches. Se ponía a numerar cosas innumerables –las estrellas, las arenas del desierto, las veces que ha sido tomada la rectoría de la UNAM–, pero ni así lograba que le llegara la bendición del sueño. “Oh sleep! It is a gentle thing”. Eso es de Coleridge. El facultativo, tras considerar su caso, le entregó cinco píldoras. “Deberá usted tomar una cada viernes –le indicó–. No sólo podrá dormir toda la noche, sino además tendrá sueños de gratísima delectación. Con la primera, la píldora azul, soñará que está haciendo el amor con una francesita traviesa y voluptuosa. El siguiente viernes tomará la píldora roja, y soñará que tiene sexo con una africana ardiente y pasional. La píldora verde, correspondiente al tercer viernes, lo hará soñar con una mujer del Imperio del Sol Naciente –cutis de porcelana, ojos de almendra–, dueña de una antigua sabiduría erótica. La píldora amarilla, que tomará el siguiente viernes, lo hará gozar en sueños la arrebatada lubricidad sin culpas de una mujer de la Oceanía. Y finalmente, con la píldora morada, soñará usted que una hermosa morena mexicana lo llevará al último deliquio de la pasión sensual”. Inquirió don Liebro: “¿Una píldora cada semana, doctor?”. “Así es –respondió el ínclito galeno–. Una cada viernes, empezando el próximo. Así se le quitará el insomnio”. Ese mismo día –era martes– don Liebro le dijo a su mujer: “Por ningún motivo me vayas a despertar, sea la hora que sea. Esta noche voy a tomarme cinco píldoras”.

En la pradera donde Babalucas tenía su granja hubo un tornado. Al día siguiente un vecino le preguntó: “¿Sufrió daños tu granero?”. Responde el pavitonto: “No lo sé. Todavía no lo encuentro”.

"Está usted abusando del sexo”. Así le dijo el médico a Silly Kohn, vedette de moda, cuando ella se quejó de sentir cansancio general. Y añadió: “Eso explica su fatiga”. “Pero, doctor –se justificó ella–. Sólo hago el sexo los días que empiezan con e”. “¿Con e? –se sorprendió el facultativo–. Ningún día empieza con e”. “Sí, doctor –insistió Silly–. El lunes, el martes, el miércoles...”.

Babalucas y su esposa llegaron a su casa. Comentó la señora: “Mira, el vidrio de la ventana de la sala está quebrado”. Entró el badulaque, se asomó por esa ventana y dijo: “De este lado también”.

Bien pronto supo el joven Frustracio que había cometido un grave error; jamás debió haberse casado. Tuvo esa amarga certidumbre al salir de la iglesia donde contrajo matrimonio. Frigidia, su flamante esposa, le dijo ahí mismo, en el atrio: “Esta noche no, ¿eh? Me duele la cabeza”. ¡Y eso el mismísimo día de la boda! Demasiado tarde conoció Frustracio su desdicha. Había soñado unir su vida a la de una mujer que fuera una dama en la sala, una economista en la cocina y una cortesana en la recámara, y se casó con una que era una cortesana en la sala, una dama en la cocina y una economista en la recámara. A partir de ese día empezó el calvario del desdichado. Cada vez que le pedía a su mujer el cumplimiento del débito conyugal ella inventaba un pretexto para evadir su obligación de esposa; estaba muy cansada; o los astros no se hallaban en la exacta conjunción; o habían perdido los Lagartijos, el equipo de voleibol de la Universidad de Cuitla; o era el aniversario del incendio de la biblioteca de Alejandría.

Susiflor le comentó a Rosibel: “En esta semana he salido con tres muchachos, y he tenido que usar todas mis fuerzas para preservar mi virtud”. “Le preguntó Rosibel: “¿Y has logrado preservarla?”. “Sí –respondió Susiflor–. Tendré que buscarme otros más fuertes”.

Le dijo el Señor a Moisés: “Tengo dos noticias para ti, una buena y una mala. La buena es que si el Faraón insiste en retener a tu pueblo enviaré sobre Egipto una plaga de langostas y convertiré en sangre las aguas de los ríos. En caso de que su ejército te persiga haré que el Mar Rojo se divida en dos para que pases tú, y luego lo volveré a unir para que en él se ahoguen los egipcios”. Preguntó con inquietud Moisés: “Y ¿cuál es la mala noticia, Señor?”. Contestó Yahvé: “Si quieres que haga todo eso tendrás que conseguir primero un permiso de impacto ambiental”.

Un hombre de negocios estadounidense visitó Nuevo Vallarta y se enamoró del sitio. Le envió un mensaje a su socio: “Este lugar es maravilloso. Ven, y trae a mi esposa y tu amiguita”. Con otro mensaje respondió el amigo: “Tu esposa y yo llegaremos mañana. Pero dime, ¿cómo te enteraste de lo nuestro?”.

Una joven mujer se quejó en la demarcación de policía de que un hombre de más de 2 metros de estatura la había forzado. Declaró que estando ella de pie el hombrón la recargó contra la pared, y en esa postura vertical sació en ella sus verriondos rijos. Al oficial de guardia eso le llamó mucho la atención, pues la quejosa era muy bajita, apenas llegaría al metro y medio de estatura. “¿Cómo pudo ese hombre hacer tal cosa –le preguntó a la mujer–, siendo tan alto él y tan chaparra usted, dicho sea sin ofender?”. “Bueno –se ruborizó la demandante–, es que me puse de puntitas”.

Rondín # 10

El guerrero maya Pek llevó a la linda princesa Nikté atrás de la pirámide, y ahí la convenció con untuosas palabras seductoras de que le hiciera entrega de la impoluta gala de su doncellez. Consumado el amoroso trance le dijo con una gran sonrisa: “¡Felicidades, Nikté! ¡Ya no eres candidata a que te arrojen viva al cenote de las vírgenes!”.

Un empleado bancario relató en el bar: “La secretaria del jefe ha hecho el amor con todo el personal del banco; con el director, el gerente, el subgerente, el contador, el auditor, el archivista, el office boy... Con el único que no ha follado es con el cajero”. Preguntó uno: “¿Por qué con el cajero no?”. Responde el otro: “Es cajero automático”.

En la fiesta el pescador contaba a los invitados su última experiencia. “El río estaba casi congelado. Cuando entré en el agua aquello que les platiqué se me puso de este tamaño”. Y al decir eso señalaba con índice y pulgar una medida muy pequeña. “¡Cómo! –exclama asombrada su esposa–. ¿Te creció?”.

Van dos muchachas por la calle y ven a un individuo más feo que Picio. “¡Qué hombre tan feo! –exclama una–. ¡En vez de pajarito ha de tener murciélago!”.

Empédocles Etílez recibió una orden terminante de su médico: no debería beber sino con los alimentos. Le pide al mesero: “Tráigame un whisky doble en las rocas, unas costillas de carnero y un perro”. “¿Un perro?” –se sorprende el mesero–. “Sí, confirma Empédocles–. Alguien se tiene que comer esas costillas”.

La mujer de Babalucas, Boborronga, dio a luz un hijo, el tercero. “Ahí le paramos” –sentenció el papá. “¿Por qué?” –pregunta Boborronga–.  Explica Babalucas: “Leí que uno de cada cuatro niños que nacen en el mundo es chino, y yo quiero puros hijos mexicanos.

Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, se veía feliz esa mañana. “¿Por qué tan contenta?” –le preguntó una amiga. Respondió ella: “Mi esposo se sometió a una dieta rigurosa, y en una semana perdió dos kilos”. “¿Y eso te alegra tanto?” –se extrañó la otra. “Sí –contesta doña Macalota–. He calculado que, a ese ritmo, ¡en 45 semanas desaparecerá completamente!”.

Don Ultimiano iba a pasar a mejor vida. En torno de su lecho se habían congregado su esposa y sus siete hijos, varones todos ellos. Seis eran gallardos, majos, de gentil porte y apostura. El menor, en cambio, era feúco, escuchimizado, cuculmeque. Con el escaso aliento vital que le quedaba don Ultimiano les pidió a sus hijos que lo dejaran a solas con su esposa, y seguidamente se dirigió a ella en términos solemnes. “Gargarola –le dijo–. Estoy pisando ya los umbrales de la eternidad, que dura mucho. No quiero dejar este mundo tan lleno de ingratitud y decepciones sin hacerte una pregunta acerca de algo que me ha turbado todos estos años. Respóndeme con sinceridad y sin mentira; el menor de nuestros hijos, tan diferente a los demás, ¿es mío? ¿No es por acaso fruto de algún amor adulterino tuyo, de una infidelidad culpable con la cual hayas maculado la fe que me juraste al pie del ara el día de nuestro desposorio?”. “¡Ah chingá! –se preocupó la esposa–. ¿Me estás preguntando si nuestro menor hijo es tuyo?”. “Eso quiero saber –respondió con voz feble el lacerado–. Por favor, dime la verdad, pues abrigo recelos, dudas y sospechas de que yo sea el padre de ese hijo, tan distinto de los otros”. Entonces fue ella la que asumió un tono de solemnidad. A la grave intimación de su esposo respondió usando los siguientes conceptos, que transcribo sin cambiar punto ni coma, en mi calidad de mero relator. Dijo doña Gargarola: “Te juro por lo más sagrado; por la memoria de mis padres; por el amor que siento por mis hijos; por el milagroso escapulario de la Cofradía de la Reverberación, y por los héroes de la Patria; por todo eso te juro que nuestro hijo menor es tuyo. Si miento caigan sobre mí todos los castigos del Cielo y de la Tierra, con las demás penas y condenaciones que haya en ambos mundos”. “¡Gracias, esposa! –alcanzó a musitar don Ultimiano–. ¡Con eso que me has dicho puedo ya irme en santa paz!”. En efecto, uniendo la acción a la palabra el pobre señor entregó el alma a quien se la había dado, y salió tranquilo y sosegado de este mundo pecador. Doña Gargarola se cercioró bien del óbito de su marido y luego exclamó muy aliviada: “¡Uta! ¡Qué bueno que no preguntó por los otros seis!”.

Dos chinos salieron de un restorán español llamado “Las glorias de Espartero”. Le dice uno de los orientales al otro: “El problema con la comida española es que después de tres días ya tienes hambre otra vez”. 

Don Gerontino, señor de edad más que madura, vivía en una casa de reposo de la que también era huésped doña Pasita, anciana como él. Entre los dos había surgido una buena amistad que poco a poco se convirtió en profundo afecto. Ya se sabe que el amor protege contra la edad, pero la edad no protege contra el amor. Una tarde en que los dos charlaban en el portalillo del jardín don Gerontino se arrodilló de súbito ante doña Pasita y le dijo estas palabras al tiempo que le ofrecía un ramillete de aromadas flores: “Amiga mía, quiero hacerle dos preguntas”. “Dígame, querido amigo” –se azaró ella. Así, arrodillado, declaró el provecto señor: “He encontrado en usted, Pasita, una amable y muy grata compañía, y pienso que podemos llegar juntos al final del camino. En el crepúsculo de la existencia, cara amiga, es bueno tener a nuestro lado a alguien que nos escuche y nos comprenda. Pienso que usted y yo, Pasita, somos almas gemelas, y que la vida nos ofrece todavía la bella oportunidad de ir mano con mano y corazón con corazón, y disfrutar en armonía y sosiego los días que nos queden de existencia. Dígame, Pasita, ¿quiere usted casarse conmigo?”. “¡Desde luego que sí, querido amigo! –respondió ella, emocionada–. ¡Acepto con alegría su proposición!”. “¡Gracias, muchas gracias! –exclamó don Gerontino igualmente conmovido–. ¡Al concederme su mano me ha hecho usted el hombre más feliz del mundo!”. Habló doña Pasita: “Pero me dijo usted, querido amigo, que deseaba hacerme dos preguntas. ¿Cuál es la otra?”. Con feble voz respondió el arrodillado caballero: “¿Podría usted ayudarme a que me levante?”.

Una mujer solitaria puso un aviso en los periódicos. En él ofrecía su mano y su fortuna a un hombre que reuniera tres condiciones: que no la golpeara, que nunca se fuera de su lado y que fuera muy bueno en la cama. El mismo día en que salió el anuncio sonó el timbre de la puerta. Acudió la mujer y vio casi al nivel del piso a un hombre que iba en un carrito, pues no tenía brazos ni piernas. “Vengo por el anuncio” –le dijo el visitante–. “¿Ah sí? –se sorprendió ella–. ¿Acaso piensa usted que reúne las condiciones que debe tener el hombre que aspire a desposarme?”. “Pues le diré –responde el tipo. No tengo brazos, de manera que no podría golpearla. Carezco de piernas, de modo que mal podría irme de su lado”. Lo interrumpe la mujer: “¿Y lo de ser bueno en la cama?”. Contesta el individuo: “Toqué el timbre de la puerta, ¿no?”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, tenía una cierta amiga, mujer casada ella, con la cual se refocilaba en el domicilio conyugal de la pecatriz. Para tal fin aprovechaba las ausencias del marido, amigo cercano del pérfido galán. Cierto día Pitongo estaba yogando con la casquivana señora cuando lo acometió de pronto una inquietud. Le preguntó a la dama: “¿No irá a venir tu esposo?”. “No lo creo –respondió ella muy tranquila–. Me dijo que iba a pescar contigo, y que estarían fuera todo el fin de semana”.

Una señora vivió confundida toda su vida de casada; en vez de tomar píldoras anticonceptivas tomaba píldoras tranquilizantes. Ahora tiene 14 hijos, pero le vale madre.

Un vecino de Babalucas lo visitó en su casa, y lo halló en la cocina friendo champiñones. No se sorprendió, pues ahora está muy de moda ser chef, sobre todo en en el campo de la Fusion Cuisine. (El otro día mi amigo Pascualito me hizo degustar su última creación: Escargots en cama de Nopales con reducción de Verdolagas y espuma de Huauzontle). Le preguntó: “¿Qué haces?”. Respondió el badulaque: “Conocí a una linda chica, y le pedí que saliera conmigo. Ella me dijo: ‘Vete a freír hongos’. Y aquí estoy”.

Un aficionado al motociclismo se casó con una oficial de la Patrulla de Caminos. A su regreso de la luna de miel un amigo le preguntó al motociclista cómo le había ido en la noche de bodas con su flamante esposa. “No muy bien –replicó malhumorado el tipo–. Me multó con 500 pesos por no llevar casco protector; con mil por  exceso de velocidad, y con mil 500 por haber tomado una desviación equivocada”.

El chango o mono del circo le dijo a la changuita: “El encargado de los animales se equivocó, y en vez de llevarme con el veterinario de los monos me llevó con el veterinario de los elefantes”. Le preguntó la changuita: “¿Cómo supiste que era el veterinario de los elefantes?”. Responde con dolorido acento el mico: “Por el tamaño del termómetro rectal”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, salió muy molesto de la librería. En ese momento iba pasando un conocido suyo, que al verlo le preguntó: “¿Por qué se te ve así, tan enojado?”. Responde Afrodisio, hosco: “Vi en el escaparate un libro que se llama ‘Las 100 mejores posiciones’. Inmediatamente entré a a comprarlo. Y resultó ser un libro de ajedrez”.

Una mujer dada a los placeres de la carne convocó a un singular torneo; le daría 100 mil dólares al hombre que consiguiera hacerla gritar en el curso del acto del amor. De sobra está decir que se presentaron numerosos aspirantes a recibir el premio; hombres de todas las razas, orígenes y condiciones. Los había galanes expertos en las artes amatorias, y boquirrubios mancebos que en su juventud y fortaleza física fincaban sus esperanzas de ganar la presea. Llegaron potentes sementales varoniles de los seis continentes: África, América, Asia, Europa, Oceanía y Saltillo (se mencionan por estricto orden alfabético, no de importancia). Ninguno de ellos consiguió no ya hacer gritar a la mujer, sino ni siquiera arrancarle un leve suspiro, un ligero ¡ay! o un tenue gañido. En eso se presentó al concurso un mexicano, un tal Panchito el Ñango. Al verlo todos rieron; el hombrecillo era enclenque y bajito de estatura; tilico, caquéctico y escuchimizado. Las risotadas arreciaron cuando el petiso subió sobre la convocante; parecía lagartija en peña. Y, sin embargo, al punto la mujer empezó a gritar, a proferir tremendos ululatos, clamorosos baladros y tonantes alaridos. Le fue entregado el premio al  celebrado Ñango, y la mujer hubo de ser llevada al hospital, pues no cesaba de dar voces. Le preguntaron al mexicano qué había hecho para suscitar en la mujer aquellos formidables gritos. Respondió Panchito con orgullo: “Me puse en el pizarrín polvos de chile”. (Nota: Y era chile habanero, para colmo).

Don Gerontino, señor de edad más que madura, fue a consultar al médico, pues sufría de cansancio general. Le preguntó el facultativo: “¿Fuma usted?”. “No”. “¿Bebe?”. “Tampoco”. “¿Tiene actividad sexual?”. Respondió el valetudinario señor: “Sí”. Al oír eso el médico se sorprendió, y le dijo a su senil paciente: “Pues deberá usted dejar la mitad de esa actividad sexual”. Inquirió don Gerontino: “¿Cuál mitad quiere que deje, doctor? ¿La de pensar en el sexo o la de hablar de él?”.

Aquellos novios se iban a casar, y él le preguntaba a su futura esposa si sabía cocinar. Ella respondía con vaguedades. Se llegó la fecha del desposorio. En la noche de bodas la muchacha se mostró como una verdadera artista de la sensualidad. Ejercitó un variado repertorio de artes amorosas; dejó las enseñanzas del Kama Sutra en un librito para principiantes. Con sus habilidades de erotismo transportó a su flamante maridito al séptimo cielo de la felicidad; lo hizo sentir cosas que jamás había sentido; le dio placeres inéditos y goces inefables que ni siquiera sospechaba que existían. Al final lo dejó ahíto, gratamente agotado, feliz y satisfecho. La sabidora muchacha se tendió al lado de su feliz esposo y le musitó al oído con voz de ronroneo: “Después de esto, mi vida, ¿te interesa si sé cocinar o no?”.

Rondín # 11

En la reunión del dominó los cuatro jóvenes solteros hablaban de su idea de la mujer perfecta. “Yo quiero para mí –dijo el primero– una mujer sencilla, hacendosa, dedicada a nuestro hogar y al cuidado mío y de nuestros hijos”. “A mí me gustaría –habló el segundo– una mujer que compartiera mi gusto por los viajes y las aventuras a campo abierto”. Manifestó el tercero: “Yo sueño con una mujer que disfrute lo mismo que yo: la buena mesa, los buenos vinos, la lectura, la música y el cine”. Declaró el último: “En mi opinión, la mujer ideal sería aquella que fuera muda, ninfómana, y propietaria de un restaurante y un bar”.

Don Languidio, senescente caballero, cometió el error de tomar al mismo tiempo Viagra y un fuerte suplemento vitamínico de hierro. El Viagra le dio buen resultado, pero don Languidio no ha podido hacer nada porque su cosa insiste en apuntar permanentemente hacia el Norte. (Lo contrataron de brújula en el aeropuerto).

La pobre de Uglilia era más fea que un coche por abajo. En una fiesta de jóvenes proclamó en voz alta: “¡El que me adivine la edad que tengo tendrá derecho a pasar conmigo una noche de placer!”. Respondió uno, por burla: “Tienes mil 500 años de edad”. Y dijo Uglilia al tiempo que se acercaba melosamente al galán: “Bueno; año más, año menos”.

Jactancio, sujeto presumido, y su amigo Elato, tipo igualmente vanidoso, solían fanfarronear acerca de todo y por todo, tratando de superarse el uno al otro. Cierto día se pusieron a desahogar una necesidad menor a la orilla de un río. Dijo el tal Jactancio como no queriendo la cosa: “¡Caramba! ¡Qué frío está el río!”. De inmediato le contestó Elato: “Deja lo frío. ¡Lo hondo!”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, se quejaba tristemente con su amiguita Solicia Sinpitier, célibe como ella: “En mi juventud me molestaban los hombres que trataban de aprovecharse de mí. Ahora me molesta que ninguno trate de aprovecharse”.

El hijo adolescente de don Frustracio y doña Frigidia le preguntó a su padre: “¿Qué es el deseo sexual?”. Suspiró el señor: “Hijo, en el caso de tu mamá es algo que empezó en la adolescencia y se acabó con el matrimonio”.

Una curvilínea rubia fue a comprar un automóvil, e insistió en que fuera convertible. “¿Por qué?” –le preguntó el hombre de la agencia. Explicó la escultural mujer: “Porque en ciertas ocasiones necesito más espacio para las piernas”. 

El abuelo le comentó a su nieto mayor: “Estoy leyendo un libro muy triste, el Kama Sutra”. “Pero, abuelo –opuso el muchacho–, el Kama Sutra es un libro jubiloso, lleno de la alegría de vivir, pues trata de los placeres del amor sensual, que tanto gozo brinda al hombre y la mujer”. “Precisamente –replicó el veterano–. A mi edad leer un libro de ésos provoca gran tristeza”.

La víspera de su boda le sucedió a aquel chico un insólito accidente: una taza de agua hirviendo le cayó en la entrepierna, y la parte que más iba a necesitar en la luna de miel sufrió leves quemaduras. El médico le aplicó un ungüento ahí; le puso unas gasas, y luego le improvisó una especie de huacal con tablitas, para que no sufriera rozaduras. Con esa protección llegó el galán a la noche de bodas. Al empezar la ocasión le dijo su novia con solemne voz: “Quiero que sepas, Leovigildo, que soy virgen”. “Yo también –replicó él–. Mira, todavía la traigo en el empaque original”.

Afrodisio Pitongo le dijo a un amigo: “Estoy organizando una orgía en mi departamento. ¿Te gustaría participar?”. “Me interesa – respondió el otro–. ¿Cuántos vamos a ser?”. Responde el tal Pitongo: “Si traes a tu mujer seremos tres”.

Don Geroncio, octogenario caballero, casó con una frondosa dama de 30 años llamada Pomponona. Cuando le propuso matrimonio le dijo con la mayor sinceridad: “Pero debes saber desde ahora que por razones de edad no tengo ya completas mis facultades físicas”. “Eso no importa –respondió ella–. Lo que cuenta es la herencia. Perdón, quise decir la querencia”. Para efectos de la luna de miel los hijos de don Geroncio –las hijas, sobre todo– determinaron que los novios durmieran en habitaciones separadas, a fin de que las tentaciones de la carne (que, dicen algunos teólogos, en el hombre sólo desaparece unos 15 días después de la muerte) no expusieran al valetudinario novio a sufrir algún síncope provocado por el esfuerzo de hacer obra de varón. ¡Qué equivocados estaban todos! La noche de las bodas, cuando Pomponona empezaba apenas a conciliar el sueño, oyó que alguien llamaba discretamente a la puerta de la habitación. La abrió, y ahí estaba don Geroncio. Para sorpresa de la desposada el maduro galán la levantó en sus brazos –hagan ustedes de cuenta como Rhett Butler a Scarlett O’Hara en “Lo que el viento se llevó”–, y tras ponerla sobre el lecho le hizo el amor apasionadamente, cual si tuviera 74 años –mi venturosa edad– y no 80. Consumada esa refocilación don Geroncio regresó a su cuarto, y Pomponona quedó en el tálamo nupcial sumida en ese dulce sopor evanescente que experimenta la mujer tras el acto del bien cumplido amor. No había cerrado aún los ojos la feliz esposa cuando otra vez oyó unos toquecitos en su puerta. Acudió a abrirla. Sorpresa; ahí estaba otra vez don Geroncio. Esta vez ni siquiera la llevó a la cama, la recostó en la alfombra y ahí la poseyó otra vez con igníferas demostraciones de pasión. Terminado ese segundo trance el ardiente amador, sin decir palabra, volvió a su habitación. Casi no tuvo fuerzas Pomponona para subir al lecho. ¿Pensarán mis cuatro lectores que ahí acabó la historia de esa noche de arrebatos? ¡No! Por tercera vez oyó la exhausta novia que alguien llamaba a la puerta de su cuarto. La abrió. Adivinaron ustedes: era –otra vez– don Geroncio. Le dijo a Pomponona: “Vengo, esposa mía, a consumar nuestro matrimonio con el primer acto de amor”. “Pero, marido –respondió ella asombrada–. Ya estuviste aquí dos veces, y consumaste doblemente nuestra unión en modo tal que me dejaste exánime, agotada”. “¡Ah! –suspiró penado el viripotente señor–. No me acordaba. Te lo dije: no tengo completas ya mis facultades”...

La esposa de don Languidio Pitocáido, senescente caballero, le preguntó a un empresario de pompas fúnebres: “¿Cuánto cobra por medio funeral?”. El hombre se quedó de a seis, y hasta de a siete u ocho. “¿Medio funeral?” –repitió sin entender. “Sí –confirmó la señora–. Es que mi marido está muerto de la cintura para abajo”.

Al terminar el concúbito matrimonial la esposa de Babalucas le dijo llena de inquietud: “Se me olvidó tomar la píldora”. “No te preocupes –la tranquilizó el badulaque–. Yo me la tomé por ti”.

La mujer de la Edad de Piedra le dio un garrotazo en la cabeza al troglodita,  y estirándolo por los cabellos lo llevó arrastrando hasta su cueva. Le comentó a una amiga: “Los hombres son tan tontos que a veces debe una tomar la iniciativa”.

Don Cornulio, pesaroso, le contó a un amigo: “Llegué ayer a mi casa antes de la hora acostumbrada, y sorprendí a mi esposa en la cama con un norteamericano”. “¡Qué barbaridad! –se consternó el amigo–. Y ¿qué hiciste?”. “Tuve qué contenerme –respondió don Cornulio–. En primer lugar no sé inglés, y en segundo no quise provocar un incidente internacional”.

Le dice una señora a otra: “En su juventud mi marido podía jugar dos partidos consecutivos de futbol. Era todo fibra, todo músculos”. “¿Y todavía conserva ese cuerpo de atleta?” –pregunta la otra. “No –contesta la señora–. Solamente le quedaron los pies”.

Terminó el ardoroso trance de pasional libídine y erotismo incandescente. Todavía en el fingido tálamo donde la lid de amor tuvo palestra el enamorado galán declara su esperanza de volver a encontrarse con la chica. “Rosibel –le dice–, me gustaría verte más”. Ella, sin entender, responde muy confusa: “Pero, Vehemencio, ¡si ya no tengo más que me puedas ver!”.

Don Chinguetas leyó –y vio– el Kama Sutra, y se aprendió muy bien la posición erótica llamada “flor de loto”. Esa noche, al ir a la cama, le dijo a doña Macalota, su mujer: “Te voy a hacer la mujer más feliz del mundo”. “Gracias –respondió ella–. Aunque debo confesarte que cuando te vayas de la casa quizá al principio te extrañaré un poco”.

Analogio solía ver la televisión en la cama. Tanto lo absorbía la tele que jamás cumplía su deber de esposo. Eso tenía insatisfecha a su mujer, que decía: “Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión”. En vano lo decía; su mentecato cónyuge no despegaba los ojos del televisor. Cansada de esa situación la señora fue a una tienda especializada en lencería erótica y le pidió a la encargada que le mostrara un negligé. La mujer le presentó uno de encaje negro con moñitos rojos; brevísimo, vaporoso, transparente; tan sensual que habría puesto a prueba la castidad del más flagelado anacoreta. “No está mal –opinó la señora–. Pero hágame el favor de ponerle en todo el frente botones de tamaño grande negros y rojos. “¿Botones negros y rojos? –se asombró la empleada–. ¿Por qué?”. Respondió la señora: “Quiero ver si mi marido me agarra creyendo que soy el control remoto de la tele”.

Aquel señor invitó a un diputado: “Vamos a comprar libros”. Respondió el político: “No, gracias. Ya tengo uno”.

Rondín # 12

Una pobre mujer de nombre Malma Ridada sufría mucho por causa de su esposo, hombre holgazán, irresponsable y cínico. Cierto día Harón –así se llamaba el individuo– dejó sobre la mesa un billete de 20 pesos y le anunció a su abnegada cónyuge que se iba a la cantina con sus amigotes. Ella le dijo, gemebunda: “Pero, viejo, debo pagar los recibos de la luz, el agua, el teléfono y el gas; el alquiler de la casa; el abono del televisor; las cuentas del carnicero, el lechero, el frutero, el panadero, el verdulero y el abarrotero. También necesito devolver algo del dinero que me han prestado mi papá, mi mamá, mi hermano, mi hermana, mi tío, mi primo, mi sobrino y mi abuelo”. Se vuelve el tal Harón y le dice con gesto de munificencia señalando el billete que había dejado sobre la mesa: “A’i coge”. “¿Ah sí? –replica muy interesada la señora–. ¿Y cuánto cobro?”.

Silly Kohn, vedette de moda, fue a la clínica de maternidad a visitar a una amiga suya, vedette también, que había dado a luz un niño. Le preguntó: “¿Qué nombre le vas a poner?”. Respondió la flamante mamá: “Se llamará Pedro Antonio Jaime Rodolfo Pablo Bernardo Francisco Gerardo Luis Alfonso Juan”. “¿Por qué ese nombre?” –se sorprendió Silly. Responde la parturienta: “Es que cualquiera de ellos puede ser el padre”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, fue a un restorán chino. El dueño le informó que ese día tenían sopa de nido de golondrinas, y le explicó que esos nidos están hechos de algas, y que la saliva les sirve a las aves como pegamento. Doña Panoplia respondió, irritada: “Por ningún motivo comeré algo que haya pasado por el pico de un ave. Tráigame un omelette”. “Señora –le preguntó con mucha cortesía el oriental–, ¿y no ha pensado usted por dónde pasan los huevos que ponen las gallinas?”.

La joven esposa le dijo con tristeza a su marido: “Nuestra vida sexual ya no es la misma desde que se te derramó en la entrepierna el frasco de suavizador de carne”.

El amigo de Babalucas le preguntó, extrañado: “¿Por qué le pusiste barandales a tu cama?”. Contesta el tonto roque: “Porque todas las chicas que traía a mi departamento se iban siempre al empezar las acciones. Decían que yo no practicaba el sexo seguro”.

Empédocles Etílez era un asiduo bebedor. Nada lo podía apartar de la botella. Sus compañeros de parranda lo veían caer al suelo de borracho en la cantina, privado de sentido, y exclamaban llenos de admiración: “¡Este Empédocles! ¡Siempre sabe el momento preciso en que debe dejar de beber!”. El buen Padre Arsilio lo amonestaba siempre: “Hijo mío, ese nefasto vicio te está matando lentamente”. Oponía el temulento: “No llevo prisa, padrecito”… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida –no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no se consume a menos de 300 pies del templo–, trató igualmente de llevar al briago por el camino de la sobriedad. Le dijo en su español dificultoso: “Yo recomendarle a ousté no beber tanto, míster Etílez. Más de 300 mil personas morir cada año en los Estados Unidos por causa del alcohol”. “¡Pero yo soy puro mexicano, cabrón!” –replicó Empédocles con altanero tono de jaque de barriada. Ni a su madre le hacía caso el ebrio. La santa señora le suplicó un día entre sollozos: “¡Ya no tomes, por el Sagrado Corazón!”. “No, mamacita –contestó el beodo–. Ahora estoy tomando acá por el rumbo de la Medalla Milagrosa”. Cierto día Empédocles fue a un baile. Borracho, invitó a bailar a una muchacha, y al abrazarla le colocó la mano derecha en una pompis. “Levante la mano” –le pidió la chica, mortificada. Empédocles alzó hasta lo más alto la mano izquierda, con que sostenía la de la muchacha. “La otra –precisó ella con enojo–. Quite su mano de ahí”. El achispado Etílez pasó entonces la mano a la otra pompis de la chica al tiempo que le decía muy solícito: “¿Qué ésta la traes inyectadita?”. Un médico, preocupado por la salud del alcoholizado tipo, le ordenó hacerse unos análisis. Vio los resultados y le informó: “Parece que tiene usted algo de sangre en su alcohol”. Un amigo le preguntó qué preferiría, hacerle el amor a una mujer hermosa o tomarse una botella de vino. Empédocles ponderó el asunto y luego farfulló: “¿Blanco o tinto?”… Todo esto viene a cuento para narrar lo que anoche hizo el borrachín. Fue a un velorio. Desde el otro lado de la sala un sujeto se sacó del bolsillo trasero del pantalón una de esas anforitas de licor llamadas “nalgueras”, porque están hechas para adaptarse a la curvatura del hemisferio glúteo del portador, y se la mostró a Empédocles en gesto invitatorio. Al ver la anforita el azumbrado Etílez saltó sobre el ataúd para llegar prontamente a ella. Uno de los dolientes se indignó al ver tamaña falta de respeto. Le reclamó, irritado: “¿Por un trago salta usted sobre el féretro?”. Tartajeó el chispo: “Y por dos se lo brinco a lo largo”.

Un curita joven sufrió un episodio serio de la afección que los franceses llaman surmenage, agotamiento por exceso de trabajo. El médico le recomendó que pasara unos días en la playa, olvidado por completo de su ministerio. Siguió el consejo el padrecito, y viajó a una playa remota. En la tienda del hotel se compró una camisa floreada, estrepitosa, unas bermudas igualmente llamativas y unas sandalias a la moda. Con ese atuendo de turista, ponderó, nadie lo reconocería. Ocupó un camastro a la orilla del mar y pidió un coco con ginebra. Disfrutando estaba su bebida cuando pasó una espléndida mujer en monokini, vale decir con el ebúrneo y turgente busto al descubierto. Al pasar frente al curita le dijo con familiaridad: “Adiós, padre”. El sacerdote quedó estupefacto; ¡alguien lo había reconocido! Ese mismo día se compró una atrevida tanga y unos lentes oscuros. Estaba en la playa cuando volvió a pasar la mujer del monokini. “Adiós, padre” –le dijo otra vez. Ya no se pudo contener el joven clérigo. Alcanzó a la hermosa fémina y le preguntó: “Perdone usted, amable y bella señorita, ¿cómo sabe que soy sacerdote?”. Respondió alegremente la muchacha: “¿No me reconoce, padre? ¡Soy sor Bette, la superiora del convento de la Reverberación! ¡Sufrí también un episodio de surmenage, y tenemos el mismo doctor!”.

Nació en la sala de partos un bebé, y al médico obstetra le llamaron la atención dos circunstancias: el recién nacido mostraba una sonrisa como de burla o ironía, y llevaba cerrado el puño de la mano derecha. El facultativo le abrió la manita, en ella traía una píldora anticonceptiva.

Dos argentinos de Buenos Aires estaban en la sala de la casa de uno de ellos. Pasaba ya la medianoche, y la esposa del anfitrión dormía ya. El visitante dijo en voz demasiado alta: “Tengo ganas de una mujer, che”. “Bajá la voz” –le pidió el anfitrión. El visitante subió al segundo piso y bajó a la esposa de su amigo.

Nerviosa y preocupada la linda secretaria Susiflor le informó a Pitorro, su compañero de oficina, que estaba un poquitito embarazada. Tal era la consecuencia de varios furtivos encuentros que habían tenido aprovechando la hora del café, pues a ninguno de los dos le gustaba esa bebida. Al oír la noticia Pitorro abrazó con ternura a la muchacha y le dijo estas palabras al mismo tiempo elocuentes y sentidas: “La maternidad, Susiflor, es la plena realización de la mujer. ‘Mater admirabilis’, escribió el poeta. Y escribió bien, porque madre sólo hay una, y a ti te encontré en el cuarto del archivo. La mano que mece la cuna mece también al mundo, y tú lo mecerás dentro de algunos meses. ¡Hermosa misión ésa, que te coloca sobre un honroso pedestal! Ahora bien, no pienses que en este trance te voy a dejar sola”. “¿De veras, Pitorro?” –exclamó ella, ilusionada y conmovida. “De ninguna manera –enfatizó el sujeto–. Sin decir quién es el papá de la criatura haré una colecta en la oficina para ayudarte en los gastos del embarazo y parto”.

Dulcilí, muchacha ingenua, le dijo a Libidiano, su galanteador: “Nunca tendré secretos contigo. Quiero ser como un libro abierto para ti”. “¿De veras? –se entusiasmó el salaz sujeto–. Y ¿cuándo te abres?”.

Silly Kohn, vedette de moda, le confió a su compañera Nalgarina un dato interesante: jamás usaba bragas rojas. “¿Por qué?” –se sorprendió la otra. Explicó Silly: “Porque en los semáforos el rojo significa alto, y no quiero que eso desanime a mis amigos”.

Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, libidinoso y lúbrico, le pidió a Dulcilí, muchacha ingenua, la dación a título gratuito de su más íntimo tesoro, el de la doncellez. “Tu entrega –le dijo con untuoso acento de labioso seductor– sería como si me obsequiaras una hermosa flor”. “La flor no es problema –replicó Dulcilí–. A lo que le tengo miedo es al fruto”.

¿Cuál es la diferencia entre temor, error, terror y horror? Temor es cuando tu esposa queda embarazada. Error es cuando tu amiguita queda embarazada. Terror es cuando tu esposa se entera de que embarazaste a tu amiguita. Y horror es cuando tu esposa y tu amiguita quedan embarazadas y no fuiste tú el que las embarazó.

Un pintor invitó a sus amigos y conocidos al vernissage de su obra más reciente. Presentó un óleo que mostraba a tres hombres de piel completamente negra. Un detalle llamó la atención de quienes vieron la pintura: el hombre que estaba en medio tenía el atributo varonil blanco. “¿Qué significa eso? –le preguntó al artista un sesudo crítico de arte, don Ruskino Bernardson–. ¿Es acaso la representación figurativa de nuestra voluntad telúrica de dar pureza y limpidez a nuestra sexualidad? ¿O es onírica simbolización expresionista de una secreta nostalgia por la inocencia que perdimos? ¿Por qué uno de los negros tiene blanca su parte de varón?”. Respondió el pintor: “Mi obra no significa nada de eso. Y los hombres no son negros; son mineros del carbón. Uno de ellos aprovechó la hora del lonche para ir a su casa y hacerle el amor a su esposa”.

Una mujer casada les comentó a sus amigas en el club: “Mi marido y yo hacemos el amor cuatro veces a la semana”. “¿De veras?” –se admiraron ellas. “Sí –confirma la señora–. Él lo hace los martes y los jueves, y yo los miércoles y sábados”.

Otra mujer tenía un amante a quien recibía en la alcoba conyugal en las ausencias de su esposo, que era viajante de comercio. Tanto trato tenía aquella mujer con su abarraganado que hasta le había dado la llave de su casa para que entrara cuando el marido estaba ausente. El esposo de la señora era calvo de solemnidad. En uno de sus viajes encontró una tienda que vendía pelucas para caballeros, y se compró una que le quedó muy bien. Cuando al término del viaje llegó a su casa era ya tarde, y su esposa dormía profundamente. Sin hacer ruido se acostó a su lado, y ansioso por mostrarle la peluca le tomó una mano y se la puso en la cabeza. En la oscuridad de la alcoba le dijo la mujer: “No te sentí entrar, pero vamos a hacerlo rapidito, porque a lo mejor esta noche llega el pelón”. 

El inolvidable Chaparro Tijerina contaba de aquel charro de pueblo que, jinete en su alazán tostado, le paseaba la calle a su dulcinea. Por fin ella apareció en la reja, y el charro se acercó a saludarla tocándose el ala de su sombrero jarano. En ese preciso instante el caballo –¡maldito animal inoportuno, así te lleven los demonios!– soltó un estentóreo ruido estomacal que hizo que la muchacha, avergonzada, cerrara de golpe los postigos y se recluyera de nuevo en sus habitaciones. Días después, en el agostadero, el caballo, poseído por urentes rijos, se acercó a una hermosa yegua y piafó ante ella para darle a saber sus intenciones. Corrió el charro a la escena, presuroso, y ante los animales dejó escapar un ruido semejante. Con rencoroso acento le dijo a su caballo: “¡Pa’ que veas lo que se siente, desgraciado!”.

Susiflor le informó a su mamá que la noche anterior había perdido la virginidad. La señora hizo ¡gulp! en su interior, pero pensó –también en su interior– que ni siquiera tenía caso preguntar quién se la había encontrado. Trató de actuar conforme a la modernidad, y le dijo a la muchacha: “Ojalá eso haya sido para ti una experiencia deleitosa”. Respondió Susiflor: “Únicamente con los tres primeros. Con los demás ya me resultó cansado”.

La esposa de Ovonio Grandbolier, el hombre más perezoso del condado, le reprochó enojada a su marido: “Nunca planeas para el futuro”. “Eso no es cierto –se defendió el harón–. Precisamente acabo de comprar dos six de cerveza en vez de uno”.

Rondín # 13

En la reunión de parejas don Cornulio elogiaba las cualidades de su esposa. “Es una magnífica cocinera –proclamó orgulloso–. Sus recetas pueden rivalizar con las de los mejores chefs del mundo: August Escoffier, Ferrán Adriá, Santi Santamaría. Además es virtuosa, pura, honesta y casta. Siempre me ha sido absolutamente fiel”. Al oír aquello tres o cuatro maridos tosieron, nerviosos, y las señoras cambiaron picarescas sonrisas entre sí. La mujer de don Cornulio le dice con tono de ligereza: “No hablemos de cosas de recámara. ¿Por qué no regresamos mejor a la cocina?”.

Pregunta: ¿Por qué algunas chicas tienen la bubis derecha más grande que la izquierda? Respuesta: Porque sus novios son zurdos.

Al hablar del naufragio del Titanic declaró el ecologista radical: “Desde luego me duele la muerte de tantos hombres, mujeres y niños, pero confío en que el iceberg no haya sufrido demasiados daños”.

Dicen los norteamericanos. “An apple a day keeps the doctor away”. Una manzana cada día mantiene alejado al médico. Un doctor se presentó ante el juez y le pidió que lo divorciara de su esposa. “¿Por qué? –quiso saber el juzgador. Replicó, hosco, el galeno: “Todas las noches, cuando nos vamos a la cama, me da una manzana”. ¡La señora no quería que se le acercara!.

Las madres del Convento de la Reverberación vendían cobijas. Una de las monjitas le informó con orgullo al comprador: “Son de lana de nuestras propias ovejas”. “Lana virgen, supongo” –apuntó el cliente.

Noticia de última hora: un diseñador de ropa íntima para mujer fue linchado por una turba de enfurecidos varones. Al parecer iba a sacar al mercado un brassiére que evita que las bubis de la mujer se balanceen cuando trota o corre para hacer ejercicio, y que impide que se vean sus erguidas puntas si la playera o camiseta que la cubren se mojan con la lluvia. (“Con el bravío pecho empitonando la camisa”, expresó bellamente Ramón López Velarde). Los papeles con el diseño del brassiére desaparecieron misteriosamente. Loado sea el Señor.

Silly Kohn, vedette de moda, charlaba con su amiga Nalgarina, vedette como ella. Nalgarina le estaba contando su experiencia con su novio de turno, un tal Afrodisio Pitongo, hombre al parecer salaz y dado a la concupiscencia de la carne. Relató Nalgarina en son de queja: “Figúrate, quiso tener sexo conmigo en la segunda cita”. “¿Tan lento es?” –inquirió con sorpresa Silly Kohn.

Dos pollos giraban en el rosticero. Le dice uno al otro con enojo: “El calor lo paso. Lo que me encaborona es el tubo que me pusieron en el c...”

El puerco espín se despidió para siempre de su compañera: “Te amo, Thornia, pero no puedo seguir contigo. Me has lastimado mucho”.

El yerno se presentó, indignado, ante los padres de su esposa. Les dijo con rabia contenida: “Rosibel acaba de tener un hijo”. “¡Felicidades!” –exclamaron a dúo los papás. “¿Cómo que felicidades? –bufó el yerno–. ¡Apenas llevamos dos meses de casados!”. “¿Y eso qué?” –replicó el progenitor. Respondió el esposo: “Que antes de la boda yo no hice nada con ella, y un embarazo tarda nueve meses”. “¡Ay, muchacho! –le dijo la señora dándole una cariñosa palmadita–. Rosibel es una inocente. ¡Qué va a saber ella de cuánto tiempo debe durar un embarazo!”.

Dos borrachines iban por el muelle, y escucharon gritos desesperados. Un infeliz había caído al agua, y no sabía nadar. Les gritó angustiosamente a los borrachos: “¡Una cuerda! ¡Por favor, échenme una cuerda!”. “Si será terco ese caón –le dijo uno de los ebrios al otro–. ¡Se está ahogando, y todavía quiere ahorcarse!”.

Al terminar el extático y frenético trance de amor la viborita le dijo a su galán con una sonrisa de satisfacción: “¡Caramba! ¡Ahora entiendo por qué te llaman pitón!”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, se presentó por la mañana en el mostrador del hotel donde había pasado la noche, y con airadas voces exigió la presencia del gerente. Cuando éste acudió la señorita Himenia le anunció, indignada: “¡Voy a demandar al hotel!”. “¿Por qué?” –se alarmó el hombre. “Por crueldad mental” –respondió ella. “¿Crueldad mental? –se sorprendió el gerente. No entiendo”. “Sí –confirmó la señorita–. Me dieron el cuarto que está al lado de la suite nupcial”.

El canguro hembra, con su cría en la bolsa marsupial, sacó las patas delanteras por las rejas de su jaula en el zoológico, le estiró por la cintura el pantalón al sorprendido caballero, se asomó hacia el interior y luego le dijo con asombro: “¡Caramba! ¡Qué pequeñito es tu hijo! ¡Casi no se ve!”.

Mister Greentail, maduro caballero, galanteaba a cuanta chica guapa se ponía a su alcance. Alguien le comentó a su esposa: “¡Qué coqueto es tu marido! ¿No te preocupa eso?”. “No –contestó la señora–. Lo conozco bien, y sé que es como los candiles: encendido de día y apagado en la noche”.

La novia llegó a su misa nupcial con rizadores en el pelo. Explicó: “Lo importante es la noche de bodas, y quiero llegar bien peinada”. (¡Indeja! ¡Ahí es donde te van a despeinar!).

El día que llegó a sexagenario don Siruelo decidió inscribirse en un gimnasio. El entrenador lo llevó a la sección destinada a los hombres mayores de 50 años y le pidió que subiera a la caminadora. Le preguntó: “¿Se la ajusto a 10, a 20 ó a 30 minutos?”. “A 10 –pidió el recién llegado–. Es mi primer día”. Empezó don Siruelo a caminar en el aparato, pero a los tres minutos sintió que las piernas se le doblaban y que le faltaba la respiración, de modo que se bajó de la caminadora. Fue a donde estaban otros maduros caballeros descansando de su rutina diaria y les dijo: “Duré tres minutos en esa desgraciada máquina”. “Está bien, está bien –le contestaron–. No necesitas venir a presumirnos”. (Si perseverara haciendo pesas y ejercicio en el gimnasio, don Siruelo podría llegar a estar “bien mamao”, como dicen los muchachos de hoy al hablar de un hombre musculoso. Por cierto, a sus 67 años Bill Clinton no necesita ir a un gimnasio. Ya está bien mamao).

Don Algón y su joven empleado Verraquino fueron a jugar golf. Delante de ellos, en el campo, iban dos damas que jugaban con una lentitud exasperante, de modo que retrasaban el juego de todos los demás. “Ve a hablar con ellas –le ordenó el ejecutivo a su colaborador–. Pídeles que por favor jueguen un poco más aprisa”. Fue Verraquino, y apenas se había acercado un poco a las mujeres cuando volvió sobre sus pasos apresuradamente. “¡No puedo hablar con ellas! –le dijo todo aturrullado a su patrón–. ¡Una es mi esposa y la otra mi querida!”. “Conozco a tu señora –replicó, sonriente, don Algón–. Voy ahora a conocer a tu amiguita”. Se encaminó el ejecutivo hacia las señoras, pero a poco andar regresó también a toda prisa, e igual de aturrullado que el otro. Le dijo a su colaborador: “El mundo es un pañuelo, Verraquino. Estás despedido”.

Rondín # 14

“¡A mí no me engañas, Teodorico! –le reclamó la esposa a su marido con furibunda voz–. Vi que recibiste una carta en un sobre perfumado.  Cuando la leíste te pusiste pálido, y las manos te temblaron. ¡No me mientas! ¡Es una carta de mujer!”. “Está bien, querida –respondió con apagada voz el hombre–. No puedo mentirte. Sí es una carta de mujer, y sí me puse pálido y me temblaron las manos al leerla. Es de esa señora a la que le compras ropa, y que me exige que le pague lo que le debes”.

Un pobre tipo llegó al consultorio médico. En su rostro se veía un gesto de dolor, y llevaba las dos manos vendadas. La enfermera le preguntó, compasiva: “¿Artritis y sus complicaciones?”. “No –respondió el individuo con apagada voz–. Blocks de concreto y hágalo usted mismo”.

Subió al taxi una señora. Al verla el taxista se quedó estupefacto; la pasajera iba completamente en peletier, vale decir sin ropa, y llevaba una pasita de uva en el ombligo. “Le extrañará verme así –explicó la mujer antes de que el chofer pudiera manifestar su asombro–. Lo que sucede es que pertenezco a un club nudista. Esta noche tenemos nuestro baile de disfraces, y yo voy disfrazada de panqué. Por eso lo de la pasa en el ombligo”. El taxista, que como todos los de su noble oficio estaba acostumbrado a ver muchas rarezas, no hizo ningún comentario. Pero sucedió que al llegar al club la mujer descubrió azorada que se le había caído la pasita. Se puso a buscarla y no la halló. El del taxi se aplicó a buscar también, inútilmente. “¡Qué calamidad! –exclamó la mujer–. No podré entrar en el baile. Sin la pasita mi disfraz de panqué no está completo”. “Haga una cosa, señora –le sugirió el taxista–. Entre usted caminando de espaldas, y diga que va disfrazada de telera, birote o pan francés”.

Don Algón, salaz señor de edad ya muy madura, consiguió que una morena de formidables atributos corporales aceptara pasar con él un fin de semana en cierta playa de moda. La tarde caía ya en el último día de aquella efímera conchabanza. Frente al mar, e inspirado por la belleza del crepúsculo, le dijo don Algón a la muchacha con tono romántico y ensoñador: “¿Podrás alguna vez, Nalguiria, olvidar este fin de semana?”. Respondió con ominoso acento la casquivana pecatriz: “¿Cuánto me dará usted por olvidarlo?”.

Le preguntó un señor al agente de viajes: “¿Cuál es la mejor época para ir a París?”. Respondió sin dudar el individuo: “Entre los 25 y los 30 años”.

La señora que sufría de migrañas era tratada por un acupunturista. Cierta noche la mujer se despertó con una tremendísima jaqueca. Tomó el teléfono y llamó a su terapeuta. “Doctor – le dijo–. Me duele intensamente la cabeza”. Respondió el acupunturista: “Tómese un par de tachuelas y vaya a mi consultorio en la mañana”.

El Padre Arsilio llegó a la gran ciudad en autobús. Iba a predicar los ejercicios espirituales de cuaresma a unas monjitas. Les había dicho que al llegar les avisaría que estaba ya en la terminal, a fin de que fueran por él. Marcó, pues, el teléfono del convento, pero se equivocó de número. Preguntó: “¿Hablo a la casa de las Hermanitas de los Pobres?”. “No –le respondió una alegre voz de mujer–. Hablas a la casa de las amiguitas de los ricos”.

Don Crésido Moneto, rico señor, retiró los fondos que tenía en el banco. Al día siguiente volvió a depositarlos otra vez. Canceló su cuenta de nuevo al otro día, y regresó al siguiente a depositar el dinero una vez más. “Señor Moneto –le dijo el gerente del banco–. Así no le va a rendir su capital. Con tanto mete y saca, mete y saca, va usted a perder el interés”. Don Crésido se quedó pensando un momentito y luego dijo: “Probablemente tenga usted razón. Lo mismo me pasó en mi matrimonio después de 10 años de hacer eso mismo”.

Dos muchachas y dos chicos, uno de ellos de feo y siniestro aspecto, pidieron unas copas en el bar. El camarero trajo las copas y le preguntó a una de las jóvenes: “¿Usted pidió el vampiro?”. “No –respondió ella apresuradamente–. Él viene con mi amiga”.

Babalucas llevó a su novia en coche a un paraje en las afueras de la ciudad. Antes de llegar al romántico sitio llamado “El ensalivadero” le dijo ella con sugestiva voz acercándosele provocativamente: “Esta noche, Baba, podrás llegar hasta donde quieras”. Al oír aquello Babalucas se puso feliz, y siguió manejando sin detenerse.

Leovigildo amaba con delirio a Susiflor. Fue a su casa a buscarla, y le abrió la puerta la mamá de la chica. “¿Está Susiflor?” –preguntó el anheloso galán. Respondió la señora: “Está en la cama. Ya lleva ahí siete días”. “¡Santo Cielo! –se consternó Leovigildo–. ¿Está enferma?”. “No –respondió la señora con una amplia sonrisa–. Hace una semana se casó”.

Don Avaricio Matatías, el hombre más cicatero del condado, iba por un oscuro callejón. Le salieron al paso cuatro asaltantes y le pidieron que les entregara su dinero. Matatías opuso resistencia feroz. Cuando por fin los atacantes lograron sujetarlo, no sin quedar todos lacerados y tundidos, descubrieron que don Avaricio traía solamente 5 pesos. “Es nuestro día de suerte –dijo con quebrantada voz uno de los maleantes–. Imaginen cómo nos habría ido si el caborón hubiera traído 10”.

La esposa de don Algón llamó por teléfono a su oficina. Eran las 11 de la noche y él todavía no regresaba a casa. “¿Por qué se tarda tanto mi marido?”, –le preguntó a la secretaria. “Es la edad, señora –responde la secretaria–. Y créame que esta interrupción no está ayudando nada”.

Don Algón le dijo muy molesto a su jefe de personal: “Usted y sus ideas, Capatacio. Puso ese cartelito en la oficina, el que dice ‘Piense’, ¡y mi secretaria lo pensó!”.

Un individuo llegó a la oficina de cierto personaje público a pedir trabajo. Le preguntó el político: “¿Tiene usted antecedentes penales?”. “No –respondió el sujeto–. Pero puedo aprender”.

Temulencio Etílez, ebrio con su itinerario, fue convencido por su abnegada esposa de que asistiera a unos ejercicios espirituales en los que un famoso orador sagrado predicaría contra los males del alcohol. Al terminar el ciclo de sermones Temulencio fue invitado a ayudar en la misa de clausura. Llegado el momento el sacerdote le hizo una discreta seña a Temulencio y le pidió: “El vino, por favor”. Preguntó Etílez en voz baja: “¿Derecho, padre, o con agua mineral?”.

Doña Abusivia estaba siendo operada. En la sala de espera del hospital aguardaban su hija y el esposo de ésta. Después de un par de horas salió el médico y le dijo al yerno: “La operación de su suegra terminó felizmente”. Con mal disimulado gusto preguntó el grandísimo bellaco: “¿A qué horas pasó a mejor vida la señora?”.

Dos amigos se fueron de parranda. Bebiendo se la pasaron hasta la madrugada. Decidieron terminar la farra cuando el Sol salía ya, y se encaminaron luego hacia sus respectivos hogares. Una semana después se encontraron nuevamente. Le preguntó uno al otro: “¿Cómo te fue después de que nos despedimos?”. “Muy mal –respondió éste–. Apenas eché a caminar cuando llegó una patrulla policiaca. De ella bajaron dos jenízaros; me golpearon; me robaron los lentes y el reloj y me quitaron todo el dinero que traía. Luego me llevaron a la cárcel. Ahí me encerraron en una celda oscura y húmeda, llena de ratas, maloliente, en compañía de una mala ralea de tipos sucios, degenerados, viciosos y agresivos que me hicieron objeto de todo tipo de abusos y maltratos. Ahí estuve hasta ayer”. “¡Qué suerte tienes! –le dijo el otro con voz llena de envidia–. ¡Yo sí llegué a mi casa!”.

Hermenio, agente de comercio, vendía calzado para dama. Una noche conoció en el bar del hotel a una muchacha muy guapa. Ya entrados en confianza le sugirió a la chica pasar un rato en su habitación. Ella le dijo: “No te va a gustar eso. Todos me dicen que soy muy fría”. “Anda, vamos –insistió él–. Te regalaré 12 pares de zapatos, los más finos y caros que traigo”. La chica aceptó, y el tipo se llevó una agradabilísima sorpresa: en el curso del acto del amor la joven mujer hizo toda suerte de evoluciones, giros y movimientos que aumentaron considerablemente el disfrute de Hermenio. Cuando el gratísimo suceso terminó le dijo él, maravillado: “¡Eres sensacional! ¡Qué movimientos los tuyos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué forma de agitarte! ¡Qué meneos! ¿No me habías dicho que eras muy fría? ¡Eso no es cierto! ¡Eres fantástica!”. “Gracias –respondió ella con modestia–. Además aproveché para probarme todos los pares de zapatos”.

Todo el día aquel marido estuvo pensando en lo mucho que su esposa hacía por él, y en lo poco que se lo agradecía. Así, aquella noche llegó a su casa con un ramo de flores y una caja de chocolates. “¡Te quiero, mi vida! –le dijo con amor a su mujer al tiempo que la abrazaba, cariñoso–. Sé que he sido injusto contigo, pero desde ahora pondré a tus pies todas las cosas bellas de este mundo. Arréglate; voy a llevarte a cenar, y luego al teatro”. Ella se soltó llorando. “¡Qué malo eres! –le dijo con acento gemebundo a su marido–. El niño se cayó, y tuve que llevarlo con el doctor. Quemé con la plancha mi mejor vestido. Se descompuso la lavadora. Se me fue la criada. ¡Y ahora tú vienes borracho!”.

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