martes, 3 de diciembre de 2013

Las opciones de Adán



Hay quienes insisten en que al Libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, hay que darle una interpretación estrictamente literal, tomando todo al pie de la letra ocurriendo tal y como está escrito. Esto es lo que hacen los creacionistas al tomar una postura contraria a la que sostienen los evolucionistas que han terminado aceptando las tesis de Charles Darwin.

Sin duda alguna, hay varias cosas que pueden resultar desconcertantes para un lector moderno en una primera lectura del Libro del Génesis. En dicho libro, no aparece mención alguna acerca de la creación de los dinosaurios (como el tiranosaurio, el triceratops, el pterodáctilo, el plesiosaurio y el tigre dientes de sable), aunque tal omisión es justificable, si estos saurios ya estaban extintos cuando se escribió el Libro del Génesis y no tenía caso mencionarlos siquiera, pese a que a cada rato se están encontrando fósiles y esqueletos enormes de estas especies extintas que dan fé que en otros tiempos estos colosos habitaban la Tierra. En cambio, aunque el Libro del Génesis cuenta que en un principio hubo gigantes (“En ese entonces había gigantes sobre la tierra, y también los hubo después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y tuvieron hijos de ellas. Estos fueron los héroes de la antigüedad, jayanes de nombradía”, Génesis 6:4) hasta la fecha no ha sido posible encontrar por ningún lado un solo esqueleto de tales gigantes. ¿En dónde quedaron?

Aunque el hubiera no existe, es justo meditar sobre lo que habría ocurrido si el padre de toda la humanidad (según la Biblia), el primer padre, Adán, hubiese tomado otras decisiones distintas a las que tomó y que terminaron costándole su expulsión del paraíso terrenal conocido como el Jardín del Edén. Por ejemplo, ¿qué habría sucedido si Adán se hubiese negado a probar el fruto del árbol prohibido, el fruto del árbol la ciencia del Bien y del Mal (en vez de interpretar este fruto como una simple manzana como algunos pretenden hacerlo, muchos exégetas insisten en que a esto hay que darle no una interpretación literal sino una interpretación simbólica mucho más profunda, aduciendo que no se trataba de un simple árbol sino de algo mucho más trascendental)? Esto se antoja casi imposible, porque supuestamente Adán fue el más ingenuo y el más inocente de los hombres, con la ingenuidad y la inocencia de un recién nacido, y al menos desde nuestra perspectiva moderna, cualquiera que tenga la inocencia e ingenuidad de un recién nacido es el perfecto tarugo que puede ser fácilmente esquilmado, fácilmente engañado, y no se requiere de mucho Diablo para ello. Para negarse terminantemente a probar el fruto del árbol prohibido bajo cualquier circunstancia, Adán tendría que haber sido sumamente desconfiado, muy suspicaz, difícil de convencer incluso por Eva y la misma serpiente juntos, lo cual no parece haber estado en su naturaleza. Pero suponiendo que Adán no le hubiera hecho caso a Eva dejándola sola en su desobediencia al Creador, ¿qué habría sucedido? Pues que Eva habría sido echada del Edén, y Adán se habría quedado nuevamente solo, completamente solo, desvirtuando por completo la razón por la cual fue creada Eva con el ADN de su costilla. Adán se habría tenido que resignar no solo a ser el primer hombre sino también a ser el primer monje y a no dejar descendencia alguna. A menos de que en un acto de supremo autosacrificio, él también tomase el fruto del árbol prohibido no por desobediencia sino para no quedar completamente solo y para no dejar a Eva completamente sola.

La otra posibilidad es que Adán, armado con más astucia (y hasta más malicia) que el mismo Diablo (algo contrario a su naturaleza) hubiese convencido a Eva sobre las consecuencias fatales de probar el fruto del árbol prohibido. No habría habido razón alguna para que fuesen echados del paraíso terrenal, sus vidas habrían sido como un cuento de hadas, sin tener que ganarse el pan con el sudor de sus frentes, sin necesidad alguna de tener que trabajar jamás, al tener todas sus necesidades satisfechas. Pero esto es precisamente el sueño supremo de cualquier haragán, no tener que hacer absolutamente nada para garantizar su supervivencia. La experiencia humana ha comprobado sobradamente la validez del adagio “la necesidad es la madre de la inventiva”, y si no hay que hacer absolutamente nada para sobrevivir, ¿para qué trabajar, para qué progresar, para qué estudiar, para qué inventar? La vida de Adán habría sido una de flojera perpetua, de molicie absoluta. Empezando por el descubrimiento y el dominio del fuego, algo para lo cual Adán no tenía necesidad ni uso alguno (se presume que Adán era cien por ciento vegetariano, no resulta fácil imaginarlo comiendo carne cruda), y por lo tanto ni lo habría descubierto ni lo habría dominado. Tampoco habría tenido necesidad alguna de inventar la rueda y con ella los carruajes, mucho menos las bicicletas, los automóviles, los ferrocarriles y los aviones, ¿para qué? No se habrían tenido que descubrir la agricultura científica ni los abonos nitrogenados. Y al no padecer enfermedad alguna, no se habrían tenido que descubrir los antibióticos ni desarrollarse medicina alguna, la invención del microscopio habría sido innecesaria excepto como un juguete de ocasión, y mucho menos habría nacido el campo de la biología molecular. No sólo no habría necesidad alguna de fundar universidades, ni siquiera serían necesarias las escuelas de educación básica. En vez de estar estudiando o aprendiendo, los residentes del Jardín del Edén estarían jugando sin parar todo el tiempo en una hora de recreo escolar sin fin. Cero salones de clase, cero maestros, cero útiles escolares, cero tareas, cero boletas de calificaciones, cero concursos escolares. ¿No es esto acaso un paraíso con el que han soñado muchos alumnos flojos? Aunque para algunos otros, este vacío, este hueco, tal vez no sea un paraíso, porque no hay mérito alguno en lo que no requiere esfuerzo alguno para lograrlo. Con nada que hacer al no haber necesidad de nada, no se habrían inventado la radio, la televisión, las cámaras digitales, el Internet, las comunicaciones satelitales, y la exploración espacial habría sido algo superfluo. ¿Para qué todo esto, si bastaba con extender la mano para estarse alimentando, durmiendo o jugando el resto del día, o estarse meciendo en las copas del los árboles hasta, literalmente hablando, morir del aburrimiento? Ni siquiera se habría tenido que desarrollar una industria textil, porque si como dice el Libro del Génesis, Adán y Eva por su inocencia antes de comer el fruto del árbol prohibido no estaban conscientes de su propia desnudez, hasta la ropa interior saldría sobrando, y no habría habido ni telas ni agujas de coser ni tijeras ni fábricas de hilados ni cosa por el estilo. Habría sido una vida completamente cómoda (e inútil), sin trascendencia alguna, sin nada que registrar en un libro o en un cuaderno al no haber suceso alguno que registrar. Adán y Eva estarían igual que los pandas que se la pasan todo el tiempo comiendo bambús y durmiendo en sus reservas, dependiendo por completo y para todo del hombre a fin de no extinguirse al igual que los dinosaurios.

Lo anterior nos permite establecer una diferencia fundamental entre Adán y el hombre moderno. Mientras que Adán no tuvo que mover un solo dedo para hacerse merecedor (inmerecidamente) de todo lo que recibió en forma completamente gratuita, el hombre moderno ha tenido que recorrer un larguísimo camino de lucha y aprendizaje para poder aspirar a tener lo que hoy tiene, y algunas de las caídas que ha sufrido son las que le han dado sus mejores lecciones, habiendo aprendido más de sus errores que de sus aciertos. Adán no habría evolucionado ni en sueños como lo ha hecho el Homo Sapiens.

A diferencia de Adán, que antes de su caída no tenía ningún otro propósito en vida más que gozar y disfrutar sin tener que mover un solo dedo para ganarse su existencia comodina y placentera, cada individuo en la actualidad le puede dar su propio propósito a su vida, recorriendo su propio camino para ello, aunque se lo tendrá que ganar a pulso sin esperarse a que le caiga nada gratuitamente del Cielo. Y al tomar sus propias decisiones, está en plena libertad de escoger entre lo que conocemos como el Bien y lo que conocemos como el Mal. Pero a diferencia de Adán, que escogió mal, el hombre moderno cuenta con algo más que sus conocimientos y su experiencia, cuenta con la astucia e inclusive la suspicacia y el toque de malicia que le faltó a Adán. En esta ocasión, la caída se puede dar otra vez, pero será con pleno conocimiento de causa. Y por esto mismo, la responsabilidad y por ende el peso de las culpas será mayor, mucho mayor que la de Adán ocasionada por su infantil ignorancia y su falta de experiencia. Esto da una respuesta contundente y directa a todo aquél que alguna vez haya dicho: “yo jamás habría cometido el error de Adán”. ¿En verdad? ¿Quién jamás en su vida no le ha hecho ni deseado ningún mal a nadie y siempre ha obrado con rectitud? Aquél que esté completamente seguro de ello, que levante su mano, con la certeza de que la vida le ha dado muchas más oportunidades que a Adán para demostrar que ha sido mejor que el primer padre. Y en esto el hombre moderno enfrenta un reto mayor, puesto que mientras que Adán fue sometido a una sola prueba en la cual falló, el hombre moderno está sometido a pruebas de toda índole en cada momento de su vida, lo cual hace mucho más difícil evitar una caída, la caída del hombre moderno.

Y a propósito, ¿tuvieron Adán y Eva ombligos? (Esta pregunta no es tan trivial como parece serlo, y tiene que ver con el dilema clásico sobre qué fue primero, el huevo o la galllina.)

No hay comentarios.: