sábado, 19 de marzo de 2016

Chistes de Catón para la Primavera 2016

Ha pasado ya la temporada de invierno, y el despertar de la primavera en este 2016 dará comienzo el 20 de marzo a las 4:30 en el hemisferio Norte. Nada mejor para recibir a la primavera de 2016 que una buena colección de algunos de los mejores chistes de mi tocayo Armando Fuentes Aguirre  “Catón” para recibir a la primavera con una dosis de buen humor. Al igual que en ocasiones anteriores en donde he presentado este tipo de colecciones, los chistes de Catón que aquí reproduzco estarán separados en rondines de veinte en veinte, con el propósito de facilitar el regresar en un tiempo posterior a retomar la lectura en el lugar en donde quedó pendiente leer el resto del material por falta de tiempo para leerlo todo de corrido. Helos aquí.


Rondín # 1


Pepito puso sobre la cabecera de su cama las páginas centrales del Playboy. Le explicó a su amigo Juanilito: “Ya me había aburrido el angelito de la guarda”.

Los recién casados llegaron a la suite donde pasarían su noche de bodas. Después de los usuales escarceos, retozos y arrumacos que suelen anteceder al himeneo procedieron a consumar sus nupcias. Para sorpresa del marido su flamante mujercita se mostró muy diestra en las artes amatorias. No sólo dominaba un extenso catálogo de  posturas eróticas, sino además sabía todo lo oral y escrito del repertorio lúbrico. Terminó el connubio y él le dijo, amoscado, a su flamante mujercita: “Ya vi que no eras virgen”. Preguntó ella: “¿Te gustó lo que te hice?”. “Claro que sí” –admitió él. Replicó la muchacha: “¿Y piensas que eso se aprende por correspondencia?”. (Nota de la redacción: Ni siquiera las prestigiadas Hemphill Schools ofrecieron nunca un curso de jodienda. Si bien la naturaleza y el instinto son sabios mentores en eso de la copulación, la experiencia es siempre la mejor maestra. Y a las claras se ve que esa joven había recibido muchas clases prácticas).

El doctor Ken Hosanna le dijo a Empédocles Etílez: “No puedo dar con la causa de su mal. Seguramente se debe a la bebida”. “Muy bien –replicó el temulento-. Entonces regresaré cuando esté usted sobrio”.

Una señora le comentó a otra: “Mi marido es tocólogo”. Dijo la otra: “El mío es meteorólogo”. “¡Ah! –exclamó la primera-. ¡Entonces el tuyo es mejor que el mío!”.

¿En qué se parecen una tarta quemada, una mano machucada y una chica soltera embarazada? En los tres casos alguien no la sacó a tiempo.

¿Cómo logra el marido que está haciendo el amor que su esposa grite? La llama por teléfono y se lo cuenta.

Un hombre y una mujer llegaron a una isla desierta luego de que su barco naufragó. No pasó mucho tiempo sin que sucediera lo que sucede cuando un hombre y una mujer están juntos y solos. Al día siguiente de la noche en que sucedió lo sucedido el hombre, feliz y orgulloso, empezó a llenar botella tras botella con mensajes que enseguida arrojaba al mar. Le dijo ella con mucho sentimiento: “Cómo eres, Robinson. Me prometiste que no se lo ibas a contar a nadie”.

El hijo del hacendado cortejaba a Bucolina, la muchacha más bella del lugar. Un día le propuso: “Vamos a la nopalera. Te prometo que no te haré nada”. Replicó, desdeñosa, la zagala: “¿Y entonces a qué vamos?”.

Rosilita es el equivalente femenino de Pepito. En la fiesta infantil había muñequitos y muñequitas de chocolate. “Yo quiero muñequito —pidió ella—. Seguramente tiene un pedacito más”.

En el bar el muchacho se levantó de la mesa donde estaba con sus amigos y abordó a una linda chica que estaba en la barra. Regresó a poco y les dijo a sus compañeros: “Ya tengo su número”. “¿Ah sí? —preguntó uno—. ¿Cuál es?”. Respondió el muchacho: “2 mil pesos”.

Un hombre joven fue al hospital a que le hicieran la circuncisión. Se inquietó al ver que en el quirófano le aplicaban anestesia general. Cuando volvió en sí se preocupó más aún, pues vio su cama rodeada de médicos. El que parecía el principal le dijo: “Lamento informarle que hubo una pequeña equivocación. Pensamos que era usted otro paciente, y en vez de circuncidarlo le hicimos una operación de cambio de sexo”. “¡Santo Cielo! —se consternó el infeliz—. ¿Significa eso que ya nunca tendré una erección?”. “Podrá tener todas las que quiera —le aseguró el facultativo—, pero no serán suyas”.

En el campo nudista el nuevo socio se topó con Tetina Pómpez, joven mujer de ubérrimos encantos, y de inmediato acusó los efectos del encuentro. Advirtió eso Tetina y le dijo con tono de reproche: “Caramba, don Herecto, creo que está usted teniendo malos pensamientos”.

Sir Galahad iba a ir a la segunda Cruzada, pues ya no alcanzó boleto para la primera. Le hizo poner a su esposa Guinivere un cinturón de castidad, y echó la llave en su baúl. La víspera de su salida, sin embargo, jugó al póquer con Lancelot, y no sólo perdió todo el dinero que llevaba para el viaje, sino también su espada y su caballo. Lo único que le quedaba para apostar era la llave del cinturón de castidad de su mujer. Lancelot aceptó la apuesta, no sin antes preguntar acerca del repertorio de habilidades amatorias de milady. Jugaron, y otra vez sir Galahad perdió. Llave en mano fue Lancelot a cobrar la apuesta. Regresó al punto con el marido y se quejó que la llave no había servido de nada. “¿Por qué? —se sorprendió sir Galahad _. Yo mismo la probé, y funcionaba bien”. “Posiblemente —replicó Lancelot—. Pero Guiniver estaba con Pepino el Grande, y ya había abierto el cinturón de castidad con un abrelatas”.

El hombre y la mujer llegaron al mismo tiempo al más allá. Le comentó él a ella: “Tenías razón: tu marido ya sospechaba”… .

La hermana de Pepito estaba a solas con su novio en la penumbra de la sala. De pronto entró Pepito y le dijo al muchacho: “Había tanto silencio aquí que pensé que era hora de venir por 50 pesos para retirarme luego”.

Le presentaron un músico a Babalucas: “Toca violín y viola”. Le dijo, severo, el badulaque: “Lo felicito por lo primero, pero lo segundo me parece sumamente reprochable”.

Afrodiso Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, se estaba refocilando carnalmente con Florilina, muchacha poco experta. En medio del in and out le preguntó ella de repente: “¿Me amas?”. “¡Carajo! —exclamó con disgusto el follador—. ¿A quién se le ocurre hablar de amor en un momento como éste?”.

En el lenguaje coloquial del norte ser “raza” equivale a ser un buen amigo. Cierto norteño respondía las preguntas de un funcionario de migración. “¿Nombre?”. “Pacífico Argudillo, a sus órdenes pa’ lo que se le ofrezca”. “¿Edad?”. “29 años entrados a 31”. “¿Estatura?” “1.80, con botas. Sin botas, 1.60”. Preguntó el funcionario: “¿Raza?”. Y contestó Pacífico, orgulloso: “¡De a madre!”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, se presentó en la oficina de reclutamiento del Ejército. Le pregunto al capitán encargado: “¿Es cierto que el Ejército forja hombres?”. “Así es” —respondió el mílite. Pidió la señorita Himenia con humilde voz: “¿Podrían forjarme uno?”

Aquel oriental llegó a un restorán atendido por una pareja de esposos. La señora le presentó el menú, pero el sujeto no hablaba ni leía el español. Para indicar que quería un bisté de res figuró en su cabeza con los dedos unos cuernos, y luego hizo: “¡Mú!”. La mujer se volvió hacia su marido y le dijo: “Viejo, creo que el señor quiere hablar contigo”.


Rondín # 2


Doña Macalota entró al cuarto de hospital donde estaba internado su marido, y lo halló en trance de fornicio con la linda enfermera. Antes de que la esposa pudiese articular palabra le dijo don Chinguetas: “Revisa la lista de cosas que me prohibió el doctor y verás que ella no está incluida”.

Un muchacho fue a la farmacia a comprar condones. El farmacéutico le mostró varios. Se oyó de pronto una vocecita proveniente de la entrepierna del muchacho: “Escoge el mejor y más caro. Quiero causar una buena impresión”.

El papá de Pepito pensó que el tiempo había llegado ya, y con gran delicadeza le habló al niño acerca de las abejitas y los pajaritos. Al día siguiente Pepito le comentó a su pequeña amiga Rosilita: “Tú y yo sabemos lo que el hombre y la mujer hacen para tener hijos. Parece ser, según me contó ayer mi papá, que los pajaritos y las abejitas también follan”.

Un amigo le dijo a don Algón: “Supe que tu fábrica se quemó. Lo siento mucho”. “¡Shh! –le impuso silencio el empresario–. ¡El incendio es mañana!”.

Facila Pompisdá, bella mujer de exuberantes curvas, le preguntó a una amiga: “Yo tengo 31 años y él 71. ¿Es mucha diferencia de edades si él es dueño de un banco?”

Lady Loosebloomers le mostraba a un visitante los trofeos de caza que conservaba en su finca rural. “Este tigre –le dijo– pertenece a la última cacería de papá en la India”. “¡Qué natural se ve! –exclamó con admiración el huésped–. ¿De qué está relleno?”. Contestó lady Loosebloomers: “De papá”.

Terminada la fiesta, de regreso a casa, doña Macalota le preguntó con enojo a su esposo don Chinguetas: “¿Por qué les dijiste que te casaste conmigo por mi dinero? Tú sabes bien que vengo de familia modesta”. “Es cierto –admitió don Chinguetas–. Pero alguna explicación tenía que dar”.

Después de mucho tiempo de no ver a su ex esposa el marido divorciado se topó con ella.  Con la separación la señora había florecido, de modo que el tipo le propuso: “En recuerdo de los pasados tiempos vayamos a un motel. Ahí te haré el amor”. Replicó airada la mujer: “¡Sobre mi cadáver!”. Dijo él: “Así te lo hice siempre”.

Lilibelle era la chica más guapa del condado. Por si eso fuera poco su padre era el hombre más dineroso del lugar. La combinación de belleza y fortuna hacía que ningún lugareño se atreviera a abordar a la muchacha: aun los galanes más apuestos y de mejores familias refrenaban ante ella sus impulsos. Cierto día se supo, para sorpresa general, que Lilibelle había entregado sus encantos a Bubba Flathead, el tipo menos agraciado de la región, además de tonto y pobre de solemnidad. Todos le preguntaron al venturoso Bubba: “¿Cómo le hiciste?”. Explicó él: “Estábamos en el porche de su casa. Le pedí una limonada y me la dio. Le pedí una rebanada de pastel y me la dio. Le pedí una manzana y me la dio. Entonces ya no se me ocurrió nada más que pedirle. Pero estábamos tan callados que me dio pena mi silencio. Entonces le pedí aquellito. Y me lo dio”.

Noche de bodas. En la suite nupcial el enamorado novio se disculpó con su flamante mujercita y salió por un momento de la alcoba. Regresó en bata y piyama; llevaba una botella de champaña y dos copas. Brindó con la muchacha y luego la tomó de la mano para llevarla con ternura al tálamo donde se cumpliría el himeneo. Dijo ella como pensando en voz alta: “Qué raro. Siempre que voy con un hombre a un hotel las cosas acaban igual”.

Avidio, joven impecune, le informó a don Crésido: “Quiero casarme con una de sus hijas”. Replicó, suspicaz, el genitor: “¿No andará usted en busca de mi dinero?”. “¡Desde luego que no, señor! –protestó el galancete–. ¡Mi amor es puro y desinteresado!”. “Muy bien –concedió el ricachón–. ¿Con cuál de mis cuatro hijas se quiere usted casar?”. Respondió ansioso Avidio: “¡Con la que sea!”.

La Cenicienta llegó a su humilde cuartito en el desván. Iba muerta de cansancio: había trabajado todo el día bajo la mirada vigilante de su cruel madrastra y sus celosas hermanastras. Barrió toda la casa; fregó los pisos de la enorme mansión; planchó la ropa de las malas mujeres; lavó los platos de la cena. Los ratoncitos, diligentes, le tendieron la cama para que se acostara. Y los pajaritos le cantaron una dulce canción de arrullo, pero la hermosa joven no pudo conciliar el sueño: el príncipe había convocado a todas las doncellas del reino a un baile en el cual escogería esposa, y ella no iba a poder ir, pues no tenía un vestido adecuado para la fiesta. Se echó a llorar desconsoladamente. De pronto vio entre sus lágrimas una luz que llenó la habitación. En medio del fulgente resplandor estaba una bellísima hada. La pobre Cenicienta se puso feliz. Le preguntó: “¿Vienes con tu varita mágica a hacer un precioso vestido para mí, y a convertir una calabaza en carruaje para que me lleve al baile?”. “No –respondió el hada-. Vengo porque se me fue la muchacha y necesito una criada”.

Don Añilio, provecto caballero, le dijo a su entrepierna: “Mira mis manos: mañana cumplirán 80 años. Mira mis pies: mañana cumplirán 80 años también. Y lo mismo mis ojos, mi corazón, mi cerebro y el resto de mi cuerpo. ¿No te da vergüenza, desgraciada? ¡Tú también cumplirías mañana los 80 si no te hubieras muerto hace 20 años!”.

Dos frailes de la Bendita Orden de la Reverberación iban por el camino de la aldea. A cada paso se topaban con las lindas muchachas campesinas que se dirigían a sus labores cotidianas. Lozanas y garridas, las aldeanas mostraban con desenfadada candidez sus pródigos encantos: los ubérrimos bustos que parecían querer escapar de la ceñida blusa; sus incitantes grupas; sus bien torneadas piernas; en fin, todos los atractivos que la sabia naturaleza puso en la mujer para incitar al hombre a realizar con ella la unión que lleva a perpetuar la vida. Uno de los frailecitos veía con miradas resbalosas a las bellas zagalas, tanto que la visión de su hermosura lo conmovió en modo nada espiritual. Le dijo a su compañero: “Hermano: si los sagrados hábitos que vestimos no fueran de estameña, sino de bronce ¡qué de repiques de campana se oirían!”.

Clarabel, muchacha pudorosa, fue requerida de amores por Afrodisio Pitongo, galán concupiscente. Labioso era el engatusador, pero la joven se defendió. Le dijo al pertinaz tenorio: “Tengo escrúpulos”. “No importa –respondió el sujeto–. Estoy vacunado”. Preguntó Clarabel: “Si te entrego mi virginidad ¿qué puedo esperar de ti?”. Ofreció el cínico individuo: “Con gusto te daré una carta de recomendación”. “Temo además –prosiguió la pucela–, que si hago lo que me pides luego ya no me respetarás”. “Si lo haces bien sí te respetaré” –prometió Afrodisio. Quiso saber Clarabel: “Pero ¿nos casaremos?”. Ponderó el tipo: “Tú probablemente sí. Yo ya soy casado”. Ella se echó a llorar al oír aquello. “¿Por qué no me lo dijiste antes?” –gimió desconsolada. Explicó Pitongo: “Es que no me gusta andar por ahí contando mis problemas”. Expresó con firmeza Clarabel: “Te dejo para siempre. Y no trates de buscarme en mi teléfono, el 892-557, pues no te responderé. ¿Apuntaste el número?”

Doña Macalota invitó a su amiga Chalanita a ir a su casa, pues quería mostrarle las nuevas cortinas que había comprado para la alcoba. Cuando entraron en la habitación vieron algo que las hizo olvidarse de las cortinas: don Chinguetas, el tarambana esposo de doña Macalota, estaba en el lecho conyugal acompañado por tres sinuosas féminas: una oriental, otra de raza negra y la tercera de origen nacional. Le dijo doña Macalota a su estupefacta amiga: “Lo que más me molesta de él es que en situaciones como ésta siempre tiene una explicación que se antoja razonable”.

Babalucas pidió en el hotel servicio de despertador a las 6 de la mañana. Abrió los ojos por sí solo a las 5.45. Dieron las 6 y no sonó el teléfono. Las 6 y cuarto, y nada. El badulaque se preocupó: “¡Caramba! –pensó lleno de inquietud–. ¡Si no me llaman a las 6 y media voy a perder el avión!”.

El ilusionado novio salió con su flamante mujercita del templo donde se habían celebrado sus esponsales. En la puerta un individuo le hizo: “Pst, pst”. Volvió la vista el recién casado, y el tipo le dijo al oído al tiempo que señalaba a la muchacha: “La conozco, y ronca mucho”.

Los papás de Pepito fueron a una fiesta. Para poder salir lo dejaron al cuidado de una linda vecina a la que le pidieron que lo durmiera. Cuando regresaron, el chiquillo estaba en su cama, despierto, con señas de evidente agotamiento pero mostrando una gran sonrisa. Les dijo la niñera: “No se imaginan lo que le hice para que se durmiera, pero ni así”.

El señor se inquietó al ver el desnudo que el joven pintor presentó en su exposición, pues parecía un retrato de su esposa. Le preguntó, ceñudo, a la mujer: “¿No habrás posado para ese cuadro?”. “Claro que no —respondió ella, nerviosa—. Debe haberlo pintado de memoria”.


Rondín # 3


Doña Gorgolota pidió en el laboratorio de análisis químicos: “Quiero que me analicen este pastel. Es un regalo de mi yerno”.

El maestro interrogó a Pepito: “¿Qué es un círculo?”. Arriesgó el muchachillo: “¿Un noble inglés cobarde?”.

Nalgarina le preguntó al doctor Ken Hossana: “¿Se verá mucho la cicatriz de la operación que me hizo en la parte interior del muslo?”. Contestó el facultativo: “Eso, señora, dependerá enteramente de usted”…

Don Algón le comentó a su secretaria Rosibel: “El negocio anda muy flojo”. Sugirió ella: “¿Por qué no toma Viagra? .

El dueño del restorán le dijo al chef:  “Si les pones a las albóndigas un nombre exótico podré subirles 40 pesos más”.

El repartidor de pan fue a dejar un entrego a domicilio. Lo recibió una escultural señora vestida sólo con vaporoso negligé. Tomó la mujer el pan y le preguntó al muchacho: “¿Cuánto tiempo tarda en ponerse duro?”. Respondió el chico respirando agitadamente: “Ya lo estoy, señora”.

Eran los tiempos de la Primera Guerra. Una bella espía al servicio de los alemanes llamada Tama Riha cayó en poder de los aliados, y tras de breve juicio —duró 5 minutos— se le condenó a la pena capital. Un pelotón de soldados franceses fue designado para fusilarla. Llegó el momento de la ejecución. El capitán galo ordenó: “Preparen… Apunten…”. Cuando iba a decir: “¡Fuego!” la hermosa mujer abrió de pronto el abrigo de mink que la cubría y presentó a la vista de los ejecutores su maravillosa desnudez. Hizo lo que la griega Frine, modelo y amante del escultor Praxíteles, que habiendo sido acusada de meretricio por un imbécil con tufos moralistas soltó en el tribunal los lazos de su veste y mostró a los jueces la perfección absoluta de su cuerpo, lo cual bastó para que los deslumbrados juzgadores dictaran su inmediata absolución. Pero esa es otra historia. Vuelvo al relato de la espía teutona (con u, por favor). A la incierta luz del amanecer la figura de la hermosísima mujer semejaba una estatua de alabastro. Sus ebúrneos hombros; sus enhiestos senos, cálices de marfil y rosa para beber en ellos el néctar del amor; su cintura juncal que devenía en redondeada grupa y en la promesa de su mons veneris… (Nota de la redacción: Nuestro estimado colaborador se extiende por seis fojas útiles y vuelta en una expresiva descripción de los encantos de la espía, descripción que nos vemos en la penosa necesidad de suprimir tanto por falta de espacio como porque vemos que el joven editor encargado de revisar su texto está dando señales de nerviosidad, y se advierte en él una conmoción anatómica que además de ser inoportuna desdice de la seriedad de su tarea. Mejor será seguir con el relato). Al ver la belleza de la mujer los mílites franceses, galantes como todos los de su nación, se declararon incapaces de disparar contra ella. Dijo uno de ellos: “Beauté porte sa bourse. La belleza es riqueza. Antes le dispararía a mi esposa que a esta demoiselle”. Visto el fracaso de los soldados de la Francia fue llamado un segundo pelotón, éste de ingleses. Se pensó que la tradicional flema británica, aunada a los usos y costumbres que privaban en los cuarteles de Su Majestad, los pondría al amparo de la seducción de aquella provocativa fémina. Se equivocaron quienes eso supusieron: otra vez en el momento crucial Tama mostró sus voluptuosas formas a los ingleses, y ellos bajaron sus fusiles a la vista de aquel prodigio de beldad. Los jueces se alarmaron. ¿Acaso tendrían ellos que ejecutar por propia mano a la perversa espía? Ninguno le había disparado nunca ni a un conejo. El presidente del tribunal tuvo una idea salvadora: se hallaba en París un grupo de revolucionarios mexicanos en misión de buena voluntad. Quizá si se les daba una mordida ellos podrían hacerse cargo del fusilamiento. Fueron llamados nuestros compatriotas y se les planteó el asunto. Ellos respondieron que no podían aceptar dinero, por aquello del decoro nacional, pero que si les invitaban una cena con champaña y viejas —así dijeron: viejas— podían llevar a cabo el trabajito. Los franceses aceptaron esas condiciones, y Tama Riha fue llevada de nuevo al paredón. Frente a ella estaba ya el pelotón de mexicanos. Ordenó el capitán: “Preparen…”. Esgrimieron los soldados el fusil. “Apunten…”. Tomaron ellos puntería. Y ya iba el capitán a decir: “¡Fuego!” cuando la bella espía descubrió otra vez la belleza de su cuerpo. Se oyó un tremendo estallido y la hermosa Tama cayó al suelo sin vida. Todos los presentes quedaron estupefactos: los soldados no habían disparado sus fusiles, y sin embargo la mujer ni siquiera necesitó el tiro de gracia. Al día siguiente la autopsia reveló: “La espía Tama Riha murió a consecuencia de una fuerte descarga de botones de bragueta”.

La mujer que llegó con el doctor Ken Hosanna presentaba un síntoma muy raro: su busto apuntaba hacia arriba. Le dijo el facultativo: “Señora: las pastillas azules que le di eran para su marido”.

Doña Gordoloba y su hija se hallaban metidas hasta el cuello en el agua del perol en que los caníbales las estaban cocinando. Alrededor de ellas danzaban los antropófagos, entre los cuales bailaba también alegremente el yerno de la señora. Comentó doña Gordoloba: “Ya no me cabe ninguna duda, hija: tu marido no nos quiere”.

Dos tipos se presentaron a pedir trabajo en una fábrica. El jefe de personal le preguntó a uno: “¿Cuál es tu nombre?”. Respondió: “Juan Patané”. Se dirigió al otro: “¿Y el tuyo?”. Contestó: “Me llamo Pedro Patané”. Inquirió el jefe: “¿Alguna relación?”. “Sí –respondió apenado Juan-. Pero es que esa noche habíamos bebido mucho”.

Remisio duró 30 años de novio con Pasita.  Acostumbraba ir a visitarla todas las noches a las 8. Ella salía a la reja; tomaba él la mano que la doncella le tendía, pudorosa, y conversaban luego sobre diversos temas, principalmente el clima. Al sonar las 9 en el reloj del templo parroquial él depositaba un casto beso en la frente de su amada y con tiernos conceptos se despedía de ella hasta la siguiente noche. Los amigos de Remisio le preguntaban: “Si llevas tantos años de novio con Pasita ¿por qué no te casas con ella?”. Respondía el maduro galán: “Si me caso ¿luego con quién platico?”. Finalmente los padres de Pasita –vivían aún los dos– le pusieron al tardo novio un ultimátum: “O se casa usted con ella o ya no la dejaremos que salga a la reja”. Se llevó a cabo, pues, el desposorio. La noche de las bodas Pasita le dijo con emoción a su provecto esposo: “¡No puedo creer que ya estemos casados!”. Replicó él: “Espera a que haga efecto la pastillita azul y te lo demostraré”.

Pepito vio al orangután del zoológico y exclamó divertido: “¡Mira! ¡Igualito a la tía Darwina!”. La mamá del hablantín chamaco se enojó. “No digas eso” –lo reprendió, severa. “¿Por qué no? –replicó Pepito–. El orangután no entiende”.
Don Chinguetas estaba mirando por la ventana a través de su telescopio. Le preguntó con acritud su consorte, doña Macalota: “Ese planeta que ves todas las noches ¿se está desvistiendo o se está bañando?”

Un anillo de bodas no es un torniquete, pero también te corta la circulación.

Unos esposos jóvenes tenían la costumbre de hacer el amor todos los días exactamente a la misma hora: las 9 y cuarto de la noche. Sucedió que la muchacha contrajo el virus de la influenza, y el médico le recetó una serie de fármacos que acabaron con los gérmenes de la enfermedad. Sobrevivieron solamente tres. Temerosos de recibir una nueva descarga de antibióticos se reunieron a deliberar. Dijo uno de los gérmenes: “Yo me esconderé en el fondo del conducto auditivo. Creo que hasta ahí no llegará el medicamento”. “Yo –manifestó el segundo–, me ocultaré atrás del píloro. Será difícil que el antibiótico me encuentre ahí”. “Hagan ustedes lo que quieran –declaró el tercero–. Por mi parte cuando salga el tren de las 21.15 yo me iré en él”.

Avaricio Cenaoscuras, el hombre más ruin de la comarca, iba con su esposa por un oscuro callejón cuando les salieron al paso dos enmascarados. Le dijo uno a Cenaoscuras al tiempo que le apuntaba con una pistola: “Dame todo el dinero que traigas o violamos a tu mujer”. Replicó el cutre: “Traigo mil pesos, pero son para un caso de emergencia”. Completó la señora: “Y a mí me duele la cabeza”.

Un joven fue al departamento de cosméticos de la tienda y le pidió a la encargada: “Quiero hacerle un regalo a mi novia. Recomiéndeme algún producto de belleza”. Le informó la empleada: “Tenemos una maravillosa crema para el cuerpo. Estoy segura de que a su novia le va a gustar”. Preguntó el muchacho, interesado: “¿En qué sabores viene?”

La señora se inquietó cuando su marido le avisó que saldría de viaje. Él procuró tranquilizarla. “No te preocupes –le dijo cariñoso–. Volveré cuando menos lo esperes”. Replicó ella: “Eso es lo que me preocupa”.

Ya conocemos a Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajarra. Son un par de borrachos irredentos. Quienes los tratan les dicen “Los peces en el río”, porque beben y beben y vuelven a beber. Cierta noche se pusieron a tomar cerveza para descansar de haber bebido en las noches anteriores vino, tequila, vodka, ginebra, ron, brandy, whisky, aguardiente y mezcal. Se les acabaron las cervezas que había comprado, y se encontraron sin dinero con qué renovar la provisión. Empédocles le propuso a Garrajarra: “Vamos a mi casa. Le pediré un préstamo a mi esposa”. El contlapache vaciló. Era muy tarde, dijo; seguramente la señora estaría ya dormida. “Vamos –insistió el temulento–. Yo hago lo que quiero”. Fueron los dos, pues, a la casa de Etílez. Iban haciendo eses, apoyándose el uno en el otro y cantando con tartajosa voz aquello de: “Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre, / y por tener la desgracia de ser casado…”. Cuando llegaron al domicilio se encontraron con un espectáculo que no dudo en calificar de deplorable: la esposa de Empédocles estaba haciendo el amor con un sujeto en el diván de la sala. Impertérrito le dijo el beodo a la señora: “Necesito dinero”. Respirando agitadamente contestó ella sin dejar de hacer lo que estaba haciendo: “Mi bolsa está en la mesa del recibidor. Toma lo que necesites. Y apaga la luz, por favor”. Sacó el dinero Etílez, apagó el foco y junto con Garrajarra salió a la calle. “Con esto –le dijo– podremos comprar un six para ti y otro para mí”. Preguntó Astatrasio, estupefacto: “¿Y el tipo que estaba con tu esposa?”. “¡Ah no! –repuso con determinación Empédocles–. Ése que se compre su propio six!”.

El Obispo de la diócesis anunció su visita al convento de las Madres de la Reverberación. Las sórores o hermanas se esmeraron en la preparación de la bienvenida que darían a Su Excelencia, para cuyo efecto dejaron su casa más limpia que una patena. Hizo su arribo el jerarca, y en la puerta lo recibieron las monjitas. Le preguntó la superiora: “¿Cómo llegó Su Excelencia?”. “¡Muerta!” –respondió el dignatario en estricto apego a la concordancia gramatical. “Pase, señor –lo invitó la reverenda-, y tome posesión de nuestra humildísima morada”. Entró el Obispo, y apenas había dado unos pasos por el corredor cuando resbaló y cayó de nalgas en el duro suelo, dicho sea con el mayor respeto para las ilustrísimas posaderas del jerarca. La abadesa se azaró al ver a Su Excelencia en tan desairada posición, impropia de su elevada investidura. “¡Perdón, señor! –exclamó confusa-. Es que como iba usted a venir enceramos el piso con cera virgen”. “¡Joder! –profirió el obispo olvidando su condición episcopal-. ¡Si lo hubieran encerado con cera puta me habría matado!”.


Rondín # 4


El cuentecillo que sigue habla de un norteamericano que fue a una mercería en la Ciudad de México y le pidió a la dependienta hablando con su marcado acento: “Yo querer un juego mexicano que llamarse ‘Chingue a su madre’”. La muchacha enrojeció al escuchar tamaña badomía. Fue a donde estaba el dueño del negocio y le dijo: “Ahí está un turista que busca algo que no sé qué es”. Fue el hombre y le preguntó al visitante: “¿Qué necesita usted?”. Repitió el americano: “Yo querer un juego mexicano que llamarse ‘Chingue a su madre’”. Inquirió sorprendido el de la mercería: “¿Cómo es ese juego?”. Replicó el visitante. “Oh, ser un juego muy bonito. Te dan unas tablitas con dibujos, y unos frijolitos. Un señor empieza a decir: ‘El catrín, el valiente, la dama, el bandolón…’. De pronto alguien dice: ‘¡Buena por acá!’. Y todos los demás dicen: ‘¡Chingue a su madre!’”

Al día siguiente de regresar de la luna de miel la joven recién casada fue a ver a su ginecólogo. Esa noche, cuando su flamante maridito llegó a la casa, le dijo con alegría: “¡Qué potente eres, Candidito!”. ¡Apenas llevamos 10 días de casados y ya tengo seis meses de embarazo!”.

El hijo de Usurino Matatías, el hombre más avaro del condado, heredó las cualidades de su padre. Una noche salió con una chica. Le dijo: “Cubriremos los gastos por partes iguales, Dulcilina. Tú pagarás las copas, la cena, el motel y el taxi de ida y de regreso. Cualquier otro gasto lo cubriré yo”.

En la trinchera, entre el silbar de las balas y el estallido de las granadas y las bombas que caían cerca, el soldado miraba una y otra vez el retrato de su esposa. Conmovido le preguntó su capitán: “¿La extrañas?”. “No —respondió el soldado—. Cuando miro esta fotografía pienso que hallarme lejos de mi casa en esta guerra tiene después de todo un lado bueno”…

El joven médico le puso el aparato en el muslo a la curvilínea chica. Preguntó ella con inquietud: “¿Está usted seguro, doctor, de que este es el mejor sitio para tomar la presión sanguínea?”…

Pirulina, muchacha sabidora, tiene una frase que dice a sus amigas: “La virginidad es una moneda: si la conservas no te sirve de nada”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, conversaba ante una taza de té con su nueva amiga Gules. Le dijo ésta: “Permíteme hacerte una pregunta indiscreta: ¿le eres fiel a tu marido?”. “¡Me ofendes! —replicó vivamente la señora De Altopedo—. ¡Claro que le soy fiel! ¡Y con bastante frecuencia además!”.

En el torneo de ajedrez uno de los contendientes hizo su jugada y en seguida se retiró. Regresó poco después vestido de jockey y se sentó ante el tablero. El narrador dijo en voz baja: “Todo indica que el maestro Capanegra va a mover el caballo”.

“¡El espejo es mío! —reclamó airadamente Babalucas— ¡Mira, tiene mi cara!”.

La esposa de Capronio leía una novela romántica. Le dijo a su marido: “¿Tú crees que el amor crece con la distancia?”. “Claro que sí —contestó el ruin sujeto—. Es el caso de tu mamá: mientras más lejos está la quiero más”.

Ovonio Grandbolier, ya lo sabemos, es el más grande haragán de la comarca. Se la pasa todo el día rascándose los féferes. En plática de cantina declaró una vez: “No he trabajado desde que salí del Seguro Social”. Alguien le preguntó: “¿Ahí te jubilaste?”. Precisó Grandbolier: “No. Ahí nací”.

La mamá del niñito regresó de un viaje. El pequeñín le contó muy orgulloso: “Papi y mí dormimos ayer en la misma cama”. La linda criadita lo corrigió: “Papi y yo”. “No —aclaró el niño—. Lo de ustedes fue antier”.

Afrodisio le dijo a Libidiano: “La fiesta de anoche fue de rompe y rasga. Después de bailar y beber todos los invitados nos quitamos la ropa. Y la próxima estará mejor: van a invitar mujeres”.

Don Algón, maduro ejecutivo, estaba en su privado cuando se apareció en él su linda secretaria. La muchacha le puso el pestillo a la puerta y con sonrisa provocadora y sinuosos movimientos empezó a desabotonarse la leve blusa de organdí. Don Algón le dijo con voz que apenas se escuchó: “Es inútil, señorita Rosibel. Todavía no me repongo del aumento de sueldo que le di ayer”.

Hay frases que son inoportunas en determinadas ocasiones. Por ejemplo, en un bautizo no se deben decir cosas como éstas: “¿Lo van a donar a la ciencia?”; “¡Qué mala es la gente! ¡No es tan feo como dicen!”, o: “¿De veras lo van a conservar?”. En un funeral no se debe decir: “¡Muchos días de éstos!”; “¡Y dicen que mala hierba nunca muere!”, o: “El muerto al pozo y el vivo al gozo. ¿Nos vemos a la noche, comadrita?”. Y en una noche de bodas ella no debe decir: “¿Y mi dinero?”. Y él no debe decir: “Para ser noche de estreno la entrada estuvo muy floja”.

Un político de pueblo iba a ir a un baile de disfraces. Le preguntó a su guardaespaldas: “¿Qué disfraz crees que debo llevar, pensando en mi seguridad?”. Respondió el guarura: “Disfrácese de nieto de p… Si se disfraza de hijo todos lo van a reconocer”.

Don Figareto, el barbero del lugar, le dijo al gendarme del barrio que un cliente se había ido sin pagarle. Inquirió el jenízaro: “¿Tiene alguna seña particular?”. “Sí —contestó el rapabarbas—. Lleva una herida en la mejilla y una oreja a medio cortar”.

En El Ensalivadero, romántico sitio al que las parejitas iban en automóvil por las noches, Babalucas quiso llevar a su dulcinea al asiento trasero del coche. Ella le dijo: “Esta noche no podemos hacerlo, Baba. Se me olvidó tomar la píldora”. “No te preocupes —la tranquilizó el badulaque—. Pensé que se te iba a olvidar, de modo que yo me la tomé por ti”.

Lady Loosebloomers, la esposa de lord Feebledick, profesaba ideas socialistas. Las contrajo en la lectura de las obras de mister Bernard Shaw, escritor por quien sentía una afición impropia de su elevada condición social. Fiel a su igualitarismo milady no hacía distinción de personas: lo mismo yogaba con lord Highrump, perteneciente al partido de los tories, que con lord Ironprick, ferviente partidario de los whigs. En su casa hacía igual: este día se refocilaba con James, el altivo mayordomo que decía descender de Oliver Cromwell, y al siguiente yacía con Wellh Ung, el rudo gañán encargado de la cría de faisanes, que ni siquiera sabía quién era su padre. Merece felicitación lady Loosebloomers. ¡Qué bonito es el socialismo democrático! Cierto día su marido, lord Feebledick, llegó a su casa después de un breve viaje que hizo a Londres. Al entrar en la alcoba vio  su mujer en el lecho conyugal con el reverendo Cunny Lingus, pastor de la Antigua Iglesia Nueva, autor del bestseller “En alas de los ángeles”, libro de profunda devoción. Antes de que lord Feebledick pudiera abrir la boca le dijo lady Loosebloomers: “Y para mañana tengo ya apalabrado a un ateo”. Digna de alabanza, lo dije ya, es milady: su sentido de la imparcialidad es admirable.

“¡Naranjas y higos!” –gritaba el vendedor callejero de fruta. Desde una ventana del décimo piso lo llamó una mujer: “Venga, buen hombre. No hay elevador, pero use la escalera”. Subió el frutero con la pesada canasta que cargaba. Cuando llegó, jadeante y sudoroso, le dijo la mujer: “No quiero fruta. Lo llamé para indicarle que no debe decir: ‘naranjas y higos’. Diga: ‘Naranjas e higos’”. “Señora –—respondió el sujeto conteniendo la ira—, es usted una caborona e hija de la retostada”.


Rondín # 5


Don Valetu di Nario, señor de edad muy avanzada, hizo el amor con Dulcifina, mujer en flor de edad. Después del correspondiente pago ella preguntó, interesada: “¿Cuándo lo hacemos otra vez?”. Respondió con feble voz el carcamal: “Tú dime el día y el mes. Yo te diré el año”.

“Vamos al motel”. Así le dijo de buenas a primeras Libidiano a su novia Macrina cuando en la oscura noche ella pasó por él en su automóvil. Respondió la chica algo turbada: “Espera”. “¿A qué? –se impacientó el ardoroso galán-. Ponme la mano aquí, Macrina, y verás que no puedo esperar ya”. Insistió ella, cuya turbación iba en aumento: “Tendrás que esperar, te digo”. “¿A qué? –rebufó él. Estalló la muchacha: “¡A que vaya a dejar a mis papás, indejo! ¡Están en el asiento de atrás!”.

Juanilito lanzó un ululato de dolor. Pepito la había dado una patada en las gandumbas. ¿Qué son gandumbas? Son los testes, dídimos o compañones, vale decir los testículos. La profesora le preguntó al chiquillo: “¿Por qué le diste a Juanilito un puntapié ahí?”. “Él tuvo la culpa –se defendió Pepito-. La patada se la iba a dar en el fundillo, pero se volteó”.

Don Poseidón y doña Holofernes no durmieron en toda la noche. Su hija Claribel había salido por primera vez con su novio, un sospechoso joven llamado Pitón Benarmato. “Regresa a más tardar a las 11 de la noche” –le había dicho la madre a la muchacha. Pero sonó esa hora y Claribel no apareció. Pasó la medianoche; dieron la una, las 3, las 6 de la mañana, y ni sus luces. A las 7 apareció la parejita. Doña Holofernes se precipitó a abrazar a la muchacha. “¡Hija de mi corazón! –clamó con acento desgarrado-. ¡Pensé que te había perdido para siempre y que no tendría ya quien me llevara al cine! ¡Bendito sea el Señor, que te trajo de regreso! ¿Qué película dan hoy en la tarde?”. Don Poseidón, severo, reprendió con aspereza al galancete: “¡Son las 7 de la mañana! ¿Por qué trae a mi hija a esta hora?”. Explicó el boquirrubio: “Es que a las 8 entro a trabajar”… ¡Ah, infelices padres! Bien dice la sentencia: “Hijos chicos, problemas chicos; hijos grandes, problemas grandes”.

Las amigas de Claribel no se explicaban por qué ella andaba con un sujeto llamado Picio Uyuy, más feo que pegarle a la Madre Teresa de Calcuta. Cierto día la linda chica les contó: “¿Recuerdan que les decía que Picio tenía un no sé qué? ¡Anoche supe que tiene un sí sé qué!”.

Doña Panoplia de Altopedo le dijo a don Sinople, su marido, que quería conocer el mundo. Él le regaló un mapa escolar.

En el silencio de la noche el gendarme municipal oyó un extraño ruido como de agua que corría o fuente que rebosaba. Acudió al sitio de donde procedía aquel sonido y vio a Astatrasio Garrajarra, el borrachín del pueblo, que hacía aguas menores en uno de los 11 portales de la plaza principal, uno por cada uno de los 11 años que duraron las guerras de Independencia. “Acompáñeme a la comisaría” –le ordenó. “¡Qué vergüenza! –contestó Garrajarra meneando la cabeza en gesto de reprobación–. ¡Tan grandote y con tamaña pistolota, y quiere que lo acompañe! ¡Vaya usté solo, no sea ulero!”.

Simpliciano, muchacho con poca ciencia de la vida, le contó a un amigo: “Fui de pesca con mi novia Facilda”. “¿De veras? –se interesó el otro–. Y ¿qué pescaste?”. Respondió, mohíno, el parapoco: “Una comezón en la entrepierna que el médico todavía no sabe qué es”.

Don Chinguetas lucía un ojo de perico. Así se decía antes del violáceo y tumefacto por efecto de un golpe contundente. Alguien le preguntó quién le había puesto así el farol. “Fue mi compadre Cuclillo –respondió con feble voz el lacerado–. Me golpeó por haberle dado la razón”. El otro se sorprendió: “¿Cómo puede ser eso?”. Explicó don Chinguetas: “Me comentó: ‘Mi esposa es muy buena en la cama’. Y yo le dije: ‘Me consta, compadre. Me consta’”.

Rosibel le comentó a Susiflor: “La película tiene un final inesperado. Apenas te da tiempo de bajarte la falda y abrocharte la blusa”.

Decía un ejecutivo lametón: “La carrera de nuestro jefe es impresionante. En un año llegó a director, y eso que empezó como simple hijo del dueño de la compañía”.

El cajero del banco le informó a la muchacha: “Este billete es falso”. Clamó ella: “¡Me violaron!”.

Un individuo puso en facebook que su suegra se había ido de su casa porque no soportaba el olor de la loción que usaba. En 15 minutos recibió mil mensajes: “¿Qué loción usas?”.

Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, llegó por atrás y por broma le tapó con las manos los ojos a la criadita de la casa. Dijo la curvilínea fámula: “Ahora no, señor. Su vieja no tarda en llegar”.

“¡Desvístete, mi vida!” –le pidió con vehemencia el recién casado a su flamante mujercita. “Espera –respondió ella–. Habrá tiempo para eso”. “¡Por favor, mi cielo! –volvió a suplicar el ardiente galán–. ¡Desvístete ya!”. Dijo la muchacha: “Espera un poco”. “¡Te lo ruego, mi amor! –repitió su instancia el novio–. ¡Desvístete! ¡Ya somos marido y mujer!”. “Es cierto –admitió ella–. Pero todavía estamos en el atrio de la iglesia”.

Don Cornulio llegó a su casa antes de la hora acostumbrada y encontró a su esposa en trance de fornicación con el vecino. “¡Canalla infame! –le gritó el marido al follador–. ¡Bribón, bellaco, ruin!”. Antes de que el comblezo pudiera contestar, la mujer hizo uso de la palabra y le dijo a su marido en tono de reproche: “Cómo eres injusto, Cornulio. El vecino te presta sus herramientas, su podadora, su bicicleta… ¿Y tú no puedes prestarle nada?”.

La linda piel roja le informó a su novio: “¡Una buena noticia, Uncas! ¡Estuve con el ginecólogo, y parece que ya no vas a ser el último de los mohicanos!”.

En ocasiones las disculpas salen peores que las culpas. El rey estaba asomado a su balcón. Pasó un cortesano y le dio una sugestiva nalgadita en el único lugar posible de la anatomía donde una nalgadita se puede dar. El monarca se volvió, indignado por tamaña falta de cortesanía, y el hombre, lleno de turbación, se disculpó. “Perdone Su Majestad –balbuceó aturrullado–. Es que creí que era la reina”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió a Dulciflor, muchacha ingenua, que le hiciera dación –a título gratuito, claro– de su más íntimo tesoro, aquel que ella guardaba con esmero para entregarlo en el tálamo nupcial al hombre al que daría el dulcísimo título de esposo. Ella respondió: “Se equivoca usted. No soy una mujer pública”. Replicó Afrodisio: “Eso se puede solucionar. Lo haremos en privado”.

Babalucas pidió en el bar una cerveza. El cantinero se la sirvió, y el pavitonto la derramó en el suelo. Luego pidió otra y se la bebió. “Perdone, amigo –inquirió el de la taberna–. ¿Por qué derramó usted la primera cerveza que le serví? ¿Se trata acaso de una libación, o alguna otra especie de rito religioso?”. “No –explicó Babalucas–. Lo que pasa es que la primera cerveza siempre me cae pesada”.


Rondín # 6


Adán le ordenó a Eva: “Va a venir a visitarnos el Señor. Ponte una hoja más larga”.

Don Tilico, el escuchimizado cónyuge de doña Gordoloba, robusta señora que pesaba 10 arrobas —cada arroba equivale a 11 y medio kilos—, les contó a sus amigos en el bar que su esposa lo había sorprendido en el lecho conyugal con una estupenda rubia de talla escultural y fina. Comentó al final de su relato: “Gordoloba me perdonó porque le dije que cuando vi a la rubia no traía yo los lentes, y por eso la confundí con ella”.

Una pulga le preguntó a otra: “¿Crees que haya vida en otros perros?”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, recibió en su casa la visita de don Calendo, añoso caballero que la cortejaba discretamente. Bebieron los dos varias copitas de rosoli, y eso puso a la señorita Himenia en estado de amorosa exaltación. Le dijo con vehemencia a su pretensor: “¡Deme un beso y seré suya para toda la vida!”. Replicó el visitante: “Le daré un besito, amiga mía. Espero que eso baste para el fin de semana”…

Sopa de letras: la R es una P haciendo pis, y la u es una n dispuesta ya al acto del amor.

Noche de bodas. El príncipe Pepino, llamado El Breve por las mujeres que lo conocían, dejó caer el manto de guipur que lo cubría y se mostró al natural ante la princesa Gwangolina, su desposada. Lo miró ella de arriba abajo, detuvo en medio la mirada y exclamó luego en tono desolado: “¡Chin! ¡Mejor hubiera ganado el dragón!”.

La linda parejita que formaban Pimp y Nela llevaba una vida muy ordenada, muy metódica: de su casa al congal y del congal a su casa. Él era gigoló, o sea lenón, chulo, mantenido. Ella, por su parte —la de la entrepierna— tenía como profesión la más antigua del mundo. Quiero decir que era mujer de las que hacen comercio con su cuerpo. Y buen comercio, pues venden su mercancía y se quedan con ella, cosa que ya quisieran para sí muchos comerciantes. Ambos pertenecían a la casa de doña Madelona, que regentaba el lupanar de más timbre y nota en la localidad. Esta señora fue en su tiempo una famosa daifa —la mejor, se decía, en las tres cosas—, pero empezó a engordar por causa de un desorden metabólico, con lo cual cobró dimensión de cachalote, y eso la retiró del oficio, pues quienes yogaban con ella pegaban en el techo con las nalgas. Previsora, sin embargo, había hecho sus ahorritos. Con ellos, y con préstamos que generosamente le ofrecieron algunos de sus antiguos parroquianos, puso su negocio, al cual bautizó con el nombre de “El rincón de Venus”, en alusión a la diosa del amor. Ahí fueron a trabajar aquellos dos que dije, Pimp y Nela. Él la hacía de gorila, encargado de echar a la calle a los clientes que se desordenaban o exigían de las muchachas servicios heterodoxos, apartados de lo que dictan la naturaleza y la moral. Nela se dedicaba a hacer lo que mejor sabía, que era aportar su cuerpo para la práctica del in and out. Así llaman los ingleses, desde la época de Chaucer y Shakespeare, al acto de la cópula. Se especializaba —¡a qué extremos llega la especialización!— en jovencitos que apenas iban a estrenar sus ímpetus, y en señores maduros que estaban a punto de perderlos ya. Para aquéllos tenía ternuras y saberes; paciencia y comprensión para éstos. A la pareja le iba bien: Pimp medraba con lo que salía de las carteras de los ebrios a quienes expulsaba; Nela con las propinas que le daban sus agradecidos marchantes. Juntaron sus ahorros —todo lo juntaban ellos—, y decidieron independizarse, como las antiguas colonias españolas. ¡Cuán útil es a veces el conocimiento de la historia! Le dieron las gracias a doña Madelona, que lloró en la despedida como madre que ve a sus hijos irse de la casa, y fueron a poner la suya propia, en otra ciudad, para no hacerle la competencia a su benefactora. ¡Qué bonita es la gente agradecida! Al cabo de unos meses fueron a visitar a su antigua patrona con motivo del día de su cumpleaños. La señora cumplía 39. (Cada año, desde hacía ya dos décadas, volvía a cumplir la misma edad). De regalo le llevaron una pomada para aliviar la ciática y un rosario de madreperla. Doña Madelona volvió a llorar con hipidos que provocaron movimientos sísmicos en su abundantísimo tetamen. La ausencia de los dos se le había cargado mucho, dijo. Luego les preguntó cómo les iba en su negocio; si ya se habían arreglado con el municipio para poder trabajar sin estorbo de inspecciones o clausuras; si no habían recibido ya la visita de los malos. Pimp respondió que les estaba yendo muy bien, gracias a Dios; su establecimiento gozaba ya de la preferencia del público. “Es que ofrecemos higiene —declaró—, buen servicio y, sobre todo, discreción, absoluta discreción”. Añadió: “Por eso nos favorecen nuestros clientes. Mire, mamasanta: a nuestra casa van el juez Fulano, el doctor Mengano y el diputado Perengano”. Y dijo los nombres de los mencionados, que yo no pongo aquí por razones obvias. “Además —completó Pimp—, disponemos de una amplia gama de servicios. Si el cliente quiere mujer, le damos mujer; si quiere hombre, le damos hombre”. “¡Caramba! —se admiró doña Madelona— ¡Deben ustedes tener mucho personal!”. “Oh, no —respondió Pimp—. Estamos empezando. Ahorita somos solamente mi señora y yo”.

Don Cornulio llegó a su domicilio y sorprendió a su esposa en trance de fornicación con un sujeto. “¡Por Belcebú! –clamó el mitrado señor, que no olvidaba sus lecturas de Salgari–. ¡Y en mi propia casa!”. Replicó el cuyo: “En descargo de mi conciencia, caballero, le juro que yo invité a la señora a ir la mía, pero ella dijo que mejor aquí”.

Tetina, muchacha de busto generoso, le comentó muy preocupada a una de sus compañeras de colegio: “El maestro de Álgebra me advirtió que me reprobará si no me pongo todos los días este suéter apretado, incluso cuando haga calor”.

Susiflor dijo a propósito de su nuevo galán: “Unas veces es simpático, agradable, divertido, amable. Y otras veces no trae dinero”.

Doña Pasita no daba trazas de ir a la cocina a preparar la comida. Don Calendo, su marido, le pidió con acento suplicante: “Mi amor, quiero comer”. De inmediato la ancianita empezó a quitarse la ropa ahí mismo. “¡Ah! –suspiró el señor alzando los ojos al cielo–. ¡Además de irresponsable, sorda!”

Un ingenioso lector, mi amigo cibernético RB, añade un nombre a la profusa lista de santos que hace unos días puse aquí. Es el de Santa Librada, patrona de las mujeres que van a dar a luz. He aquí la oración que le debe rezar la parturienta: “Santa Librada, Santa Librada, / que la salida sea como fue la entrada”. Otro de mis cuatro lectores menciona a San Ramón, a quien invocan los que temen hablar de más y caer en indiscreción o yerro. Su oración dice con escueto laconismo: “San Ramón, ponme un tapón”.

En el velorio de su esposa el viudo lloraba desconsoladamente. Gimió: “¡Tan buena que era!”. Doña Chalina, la mejor amiga de la difunta, se inclinó sobre su vecina de asiento y le dijo en voz baja: “Eso no es cierto”. Sollozó el hombre: “¡Tan hacendosa, tan hogareña, tan mujer de su casa!”. Otra vez le musitó doña Chalina a la que estaba al lado: “Tampoco eso es cierto”. Clamó el sujeto con desgarrada voz: “¡Era querida de todos!”. Doña Chalina le dijo al oído a la mujer: “Eso sí es cierto”.

Un señor de muchos años –andaría ya por los 90– llegó a confesarse con el padre Arsilio. El señor cura jamás lo había visto en su parroquia. Dijo el provecto visitante: “Fui a París y conocí a una hermosa francesita. Me gustó, le gusté, y esa misma noche, después de una opípara cena con champaña en el Maxim’s, le hice el amor tres veces en mi suite del Hotel Ritz”. El padre Arsilio quedó desconcertado. Le preguntó: “¿Cuándo sucedió eso?”. Respondió el provecto penitente: “Hace 70 años”. “¿Y hasta ahora confiesas tu pecado?” –se asombró el buen sacerdote. “Jamás lo consideré pecado, padre –respondió el señor–. Pero no tengo ya con quien compartir ese recuerdo; por eso cada semana voy a una iglesia diferente y lo cuento en el confesonario. Recordar es vivir”.

Rosibel, la linda secretaria de don Algón, se despojó en la oficina de su jefe de la vaporosa blusa que llevaba. En seguida dejó caer la breve faldita que vestía. Iba ya a desabrochar el sugestivo sostén de encaje negro que lucía cuando en eso -¡vaya inoportunidad!- sonó el teléfono. La que llamaba era la esposa del ejecutivo. Le dijo don Algón: “Perdona que en este momento no te pueda atender, querida. El personal me está pidiendo aumento de sueldo”.

Don Chinguetas le contó a un amigo: “Anoche tuve una pesadilla horrible. Soñé que un luchador de sumo se estaba follando a una rubia”. “¿Y eso fue todo? –se extrañó el amigo-. ¿Dónde está la pesadilla?”. Replicó, sombrío, don Chinguetas: “Yo era la rubia”.

Dijo un sujeto: “Mi esposa tiene extrañas costumbres sexuales. Le gusta atarme a la cama y luego irse con otro”.

Un señor llegó a la casa de mala nota. La dueña del establecimiento se quedó asombrada al verlo, y se sorprendieron igualmente las suripantas que en la manfla prestaban sus servicios. Y es que el señor iba vestido de jefe scout, con el atuendo propio de los discípulos de Baden-Powell: camisa y pantaloncillo corto de kaki; sombrero de fieltro café; botas de excursionista; medias hasta la rodilla, pañoleta en el cuello y alto bastón de caminar. Antes de que las boquiabiertas damas pudieran articular palabra dijo el recién llegado: “¡Vieran ustedes lo que tengo que inventar para que mi esposa me deje salir  de la casa y poder venir aquí!”.

En el bar del club cinco socios, uno de ellos de reciente ingreso, empezaron a hablar de un tema relacionado con el sexo: el color de la ropa íntima que cada uno de ellos gustaba que vistiera su mujer en las noches de amor. Dijo uno: “A mí me excita que mi esposa lleve lencería negra. Ese color, misterioso y sugestivo, pone sensualidad en nuestra mutua entrega”. Declaró el segundo: “Yo prefiero que mi señora se ponga ropa íntima blanca. Eso le da un aire de pureza, de novia que se da por la primera vez”. Manifestó el tercero: “A mí me agrada que mi mujer luzca prendas rojas. Ese color, símbolo de la pasión sensual, da intensidad al acto amoroso”. Habló el siguiente y dijo: “En eso de la ropa íntima mi esposa tiene gustos muy especiales. Acostumbra vestir prendas en tonos que ninguna otra mujer usa: verdes, con rayas amarillas, pintitas moradas y florecitas en color azul pastel”. “¡Ah! –exclamó el socio de reciente ingreso–. ¿De modo que tú eres el marido de Gwangolina?”.

Babalucas se contrató para trabajar en una empresa. Le dijo el jefe de personal: “El sueldo que le pagaremos será según sus aptitudes”. “¡Ah no! –protestó con vehemencia el pavitonto–. ¡Usted quiere que yo me muera de hambre!”.


Rondín # 7


Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, regresó a su casa cuando ya se divisaba en el oriente el alba. Su esposa le preguntó hecha una furia: “¿De dónde vienes?”. Pidió el majadero: “Por favor, no me lo recuerdes”. Inquirió la doña, suspicaz: “¿Por qué no?”. Contestó Capronio: “Porque si me lo recuerdas voy a querer regresarme”.

El telón de esta columnejilla cae sobre un cuento que no entendí, pero que debe ser sumamente sicalíptico. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de  la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y todo el cuerpo se le llenó de crústulas que su médico de cabecera hubo de tratarle con emplastos de muselina, un epítema que se prepara añadiendo bencina a una preparación de gutapercha. Personas de moral estricta, absténganse… Luna de miel. De paseo por el malecón la recién casada le pidió a su maridito que le comprara una paleta helada. Cuando la tuvo en su mano empezó a darle golosas chupaditas. Vio aquello el muchacho y le dijo: “Ahora que me acuerdo, mi amor, hay algo que quiero pedirte esta noche”.

Afrodisio le dijo a Claribel: “¡Qué hermosa eres! Gustosamente pagaría mil pesos por una mirada tuya, con sólo que… con sólo que…”. Preguntó ella, sonrisueña: “Con sólo que ¿qué?”. Completó el salaz sujeto: “Con sólo que después me dieras las éstas”.

El señor le contó muy divertido a su mujer: “Hoy hicieron una encuesta en la oficina. Se trataba de saber quién es el más pendejo de todos los que trabajamos ahí”. “¿Ah sí? –se interesó la señora-. ¿Y quién sacó el segundo lugar?”.

Meñico Maldotado le informó a su esposa: “Voy a ir al Mundial de Chile”. “Ni vayas –replicó ella-. De seguro vas a perder”.

¿Qué haces con un hombre que tiene tres bolas? Tirarle por lo menos un strike.

El cantante de rock estaba en el lecho de agonía. Con el último aliento le dijo a su mujer: “Júrame que nunca me engañaste”. “Jamás te fui infiel” –le aseguró ella. “Prométeme –le pidió el agonizante– que si te vuelves a casar no le darás a tu nuevo marido mi guitarra”. “No –replicó la señora–. Él tiene una mejor”.

Sor Bette era una dulce monjita que gustaba de contar hermosos cuentos a los niños. Una vez tuvo que trabajar lazradamente para encementar la vereda que atravesaba el jardinillo del convento. Descansaba en su celda cuando oyó gritos y risas de chiquillos. Al salir vio que los chamacos del catecismo estaban poniendo en el cemento sus manos y sus pies, y grababan en él sus iniciales. Tomó una escoba y la emprendió contra ellos al tiempo que les gritaba hecha una furia: “¡Sinvergüenzasbribonesmalnacidos!”. La madre portera se acercó y le dijo con tono de reproche: “Hermana: creí que amaba usted a los niños”. “Los amo —respondió, hosca, sor Bette—. Pero en abstracto, no en concreto”…

El cuento que ahora sigue es sumamente rojo. Las personas con pudicia deben abstenerse sumamente de leerlo… Biendotato Grandpitier, apodado —no sé por qué— el Pichón, llegó a su casa a medias de la noche después de haber estado varias horas en la taberna del lugar. Llevaba consigo un enorme pavo horneado. Le preguntó con asombro su mujer: “¿Y ese pavo?”. Respondió él: “Me lo gané en un concurso en la cantina”. Inquirió la señora: “¿Qué concurso fue ese?”. Relató Grandpitier: “El dueño del local dijo que le daría el pavo al hombre que tuviera el más grande atributo varonil. Yo obtuve el premio”. “¡Cielo santo! —profirió escandalizada la mujer—. ¡No me digas que exhibiste ahí toda esa cosa!”. “No toda, mi amor —la tranquilizó el Pichón—. Nada más lo suficiente para ganar”.

Lord Feebledick charlaba con su amigo el coronel Highrump. Dijo éste: “¿Supiste que a lord Grungy le hicieron un severo extrañamiento en el Jockey Club? Se descubrió que tenía relación carnal con su cabalgadura”. Preguntó lord Feebledick: “¿Yegua o caballo?”. “Yegua, naturalmente —respondió el coronel—. Grungy podrá ser un poco raro, pero pervertido no es”.

Don Poseidón y doña Holofernes, granjeros acomodados, tenían una hija llamada Claribel. La muchacha fue a la ciudad a estudiar corte y confección de ropa. Por recomendación del padre Arsilio fue admitida en el internado de las monjas de la Reverberación, pero antes de entrar en la piadosa casa tuvo que demostrar que había leído tres libros: “Pureza y hermosura”, de monseñor Tihamér Tóth; “Fabiola”, del cardenal Wiseman, y “Por un piojo”, de Fernán Caballero. Asimismo se le pidió jurar por la salvación de su alma que jamás había posado los ojos en “La dama de las camelias”, de Dumas; “Doña Perfecta” de Pérez Galdós, y “Mi vida en un harén”, de lady Barton. Pero ¡ah mundo! En una salida para asistir a la velación del cirio en la iglesia de las Arrepentidas, la muchacha vio a un estudiante que después supo se llamaba Gualterio Maldes, de ojos negros y zapatos cafés. Sus miradas se cruzaron a pesar de la severa vigilancia de la madre prefecta, y él la siguió hasta el templo. Bien habría podido la incauta joven recitar entonces aquella linda copla: “No me mires, que miran que nos miramos. / Miremos la manera de no mirarnos. / No nos miremos, / y cuando no nos miren nos miraremos”. El amoroso celo, ya se sabe, es capaz de filtrarse hasta por las paredes. Esa misma noche el muchacho escaló las tapias de la casa, y en el jardín, bajo la luna y sobre un jorongo hecho en Chiconcuac, los jóvenes gozaron delicias nunca imaginadas por las celosas celadoras. Pero ¡ah mundo! Tan pronto el tal Gualterio le robó a la inocente Claribel su más íntimo tesoro se burló de ella y no regresó más. La infeliz joven rezó triduos, octavarios y novenas para pedir el retorno del avieso galán, pero sus oraciones no fueron escuchadas. Se angustió, y más cuando supo que la semilla que en su seno había depositado el maldecido Maldes había germinado. En efecto, Claribel estaba embarazada. Le confió su predicamento a la madre superiora, y la sor ardió en santa indignación. Le prohibió confesarse con el padre capellán, pues de ese modo la falta de cuidado de las monjas quedaría de manifiesto, y le pidió el jorongo para quemarlo como objeto demoníaco, lo cual hizo después de oliscarlo a ocultas en su celda, no sé con qué propósito. En seguida le ordenó a Claribel que empacara sus pertenencias y se largara de la casa. Tras su salida la religiosa asperjó agua de San Ignacio en el cuarto que había ocupado la muchacha, a fin de expulsar los malos espíritus que había dejado en la habitación aquella pecadora. La infeliz regresó con sus padres, y entre lágrimas e hipidos les contó lo que le había pasado. Luego les dijo con la frente baja: “Perdonen que haiga faltado a mis deberes de hija”. Don Poseidón y su esposa quedaron consternados al escuchar la mala nueva. Pensó él en lo que dirían sus amigos; la señora pensó en ir a McAllen a comprar la ropita del bebé, y de paso algo para ella. Luego tomó la palabra el genitor. Con acento severo le dijo a Claribel: “Hija mía: con grandes afanes tu madre y yo te criamos desde niña. Siempre hemos procurado darte lo que nosotros no tuvimos. Quisimos que recibieras la mejor educación. Ahora veo con tristeza que de nada sirvieron nuestros sacrificios. ¡No se dice ‘haiga’, desdichada! ¡Se dice ‘haya’!”.

La prima Martha, mujer de genio e ingenio, tiene a su cargo la vieja casona del Potrero de Ábrego. Feminista sin saberlo, no permite que ningún hombre se le trepe. Largó a su marido porque una vez le levantó la mano, y desde entonces vive sola, dueña de sí y de su circunstancia. Claridosa como una campana, lleva siempre a flor de lengua una respuesta a las impertinencias masculinas. El otro día un engreído visitante le ordenó en tono imperativo: “Soy hombre de poco comer. Guíseme la mitad de medio huevo”. “Y yo soy mujer de poco hablar —replicó ella—. Vaya usted a tiznar a la mitad de su media madreMr. Timothy Drool era ferviente admirador de Eleanor Roosevelt, ilustrísima mujer a quien Harry S. Truman llamó con justicia “Primera Dama del mundo”. Cuando enfermó la señora Mr. Drool se angustió sobremanera. Luego lloró con lágrimas ardientes cuando al fin Mrs. Roosevelt fue vencida por la enfermedad que la llevó a la tumba. Decidió entonces dedicar su vida a estudiar la figura de su heroína. La veneraba; decía que era el personaje más relevante del siglo veinte. Cada año iba a su tumba a depositar una ofrenda floral en el aniversario de su muerte, el 26 de julio. Sucedió que la esposa de Mr. Drool enfermó también de gravedad. En el hospital le dijo con voz feble a su marido: “Sé que voy a morir, y no quiero irme al más allá sin probar algo que nunca conocí”. “¿De qué se trata?” –preguntó el marido, intrigado. Respondió ella: “Quiero que me hagas sexo oral”. Al señor no dejó de parecerle extraña aquella petición, pero por caridad cristiana cumplió el postrimer deseo de su esposa. Y sucedió un milagro: aquel acto de erotismo revivió a la mujer. Al día siguiente amaneció con las mejillas róseas; comió muy a su sabor y por primera vez salió del lecho donde había estado postrada largos meses. Cuando Mr. Drool supo que su mujer había sanado con aquel peregrino tratamiento se echó a llorar desconsoladamente. “¿Por qué lloras?” –le preguntó la esposa con asombro Respondió Mr. Drool entre sollozos: “¡Estoy pensando que también pude salvarle la vida a la señora Roosevelt!”.

Don Augurio Malsinado es definitivamente un perdedor. Quiso contratar en la calle los servicios de una dama del talón, y ella le dijo: “Hoy no. Me duele la cabeza”.

Babalucas le confió a un amigo: “Me preocupa el banco donde hago mis operaciones. Pienso que ya no tiene dinero”. Inquirió el amigo: “¿Por qué supones eso?”. Respondió el badulaque: “A todos mis cheques les pone una anotación: ‘Sin fondos’”.

El doctor Ken Hosanna le dijo a un señor amenazado de calvicie: “Voy a darle algo para que conserve el pelo”. Y le dio una cajita.

Doña Pasita se topó en el parque con una antigua vecina. Le preguntó ésta: “¿Cómo va su salud?”. Respondió Pasita: “Cada día peor. Me duele todo y no me acuerdo de nada. Dime: ¿fuiste tú la que se murió o fue tu hermana?”

Himena Camafría, madura señorita soltera, le dijo a su visitante don Autumnio, señor también entrado en años pero aún con pedacitos aprovechables: “Juguemos a las escondidillas, amigo mío. Me esconderé y usted me buscará. Si me encuentra podrá darme un beso. Si no me encuentra estoy atrás del piano”.

El amor hace que el hombre se convierta en una especie de reloj de arena: conforme el corazón se le llena, la cabeza se le vacía. Don Calendo, señor de mucha edad, se enamoró perdidamente de Frinesia, mujer que a ningún hombre le había negado nunca un vaso de agua. La aviesa pecatriz le sacó a su añoso galán hasta los tuétanos –ranchos se han ido por ese agujerito-, y cuando lo vio horro de dinero lo largó como a un trebejo inútil. Andaba el pobre don Calendo gimiendo y llorando; a todo mundo le contaba su desdicha. Un fiel amigo trató de consolarlo.”No perdiste nada –le dijo-. Esa mujer está más agujerada que una criba”. Estalló en un sollozo don Calendo: “¡No la quería para llevar agua!”. Lo dicho: no es lo mismo caer en los brazos de una mujer que caer en sus manos. Dios nos libre.

El cuento que en seguida narraré es rojo, púrpura, escarlata, grana, rúbeo y carmesí. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y fue acometida por un súbito yeyo que la privó de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Su médico le aplicó en la frente un emplasto de gallocresta, y con eso la ilustre dama volvió en no. (Ella no vuelve en sí, pues tiene talante negativo: a todo se opone; siempre lleva la contraria). Quedó como un galpito, débil y escuchimizada, de lo cual se aprovechó quien esto escribe para dar a los tórculos el supradicho cuento. Las personas con escrúpulos de moralina deben abstenerse de leerlo, por su contenido altamente sicalíptico… San Aorio de Abajo es un lugar que ni siquiera aparece en el GPS. (Antes se decía “que ni siquiera aparece en el mapa”). Tan pequeño es ese pueblo que cuenta con una sola sexoservidora para la atención de todos los varones de la localidad. Y son bastantes: el último censo registró 3 mil 780 en ejercicio de sus facultades. Hay veces, sobre todo los fines de semana y los días de las fiestas patronales, que la pobre Taisia –así se llama la señora- no se da abasto, y eso que en tales ocasiones no hace las tres cosas, como de costumbre, sino una sola, a escoger. Por eso don Añilio, señor de edad madura, la visita siempre en lunes, día en que Taisia descansa. A pesar de eso lo atiende, pues es antiguo cliente y además fue su compañero en la Academia Comercial John Robert Gregg. Pues bien: cierto día don Añilio recibió en su casa a tres amigos suyos de la ciudad. A fin de agasajarlos los llevó con Taisia, pues los tres eran casados, y por lo tanto les faltaba sexo. Cumplieron los cuatro el consabido rito, y después ya en la casa del anfitrión, comentaron sus respectivas experiencias. Resultó que los tres visitantes habían pagado más que su amigo. Dijo uno: “Quizás eso se explica porque él es cliente frecuente, y la señora le hace una reducción en la tarifa”. “No –explicó don Añilio-. Lo que sucede es que Taisia cobra por medida. Ustedes pagaron al entrar, y yo al salir”.

Preguntó el profesor: “¿Qué es un solípedo?”. Arriesgó Pepito: “¿Un ebrio solitario?”.


Rondín # 8


La esposa de Capronio le reclamó. “Me dijeron que andas con otra”. “Mentira –negó el ruin sujeto-. Es la misma”.

Llegó a la mueblería una curvilínea chica y le dijo al encargado: “Hace un mes compré aquí una cama individual. Quiero cambiarla por una matrimonial”. Le preguntó el hombre, sonriendo. “¿Se va usted a casar?”. “No –respondió la muchacha-. Voy a ampliar el negocio”. En esa misma mueblería Babalucas pidió una cama de doble resistencia. Explicó: “Es que tengo el sueño muy pesado.

Dulcilí regresó de la luna de miel. Su abuelita le preguntó: “¿Cómo te fue?”. Contestó ella. “Bien, en lo que cabe”. “¡Santo Cielo! –se alarmó la anciana-. ¡Espero que no hayas hecho nada en lo que no cabe!”.

Babalucas, hombre de escaso caletre, le confió a un amigo: “Me enteré de que mi mujer me engaña”. El amigo, pragmático, le aconsejó: “Engáñala tú también”. “Tienes razón —replicó el parapoco—. Le haré creer que no sé nada”.

En el campo nudista todos andaban nudos, esto es decir coritos, encuerados, incluso los empleados y trabajadores. El gerente del club se alarmó al ver al mesero del bar. Lo llamó y le preguntó, nervioso: “¿Tienes paperas?”. “No —respondió el camarero—. Pero ¿dónde quiere usted que me guarde las propinas?”.

El granjero le dijo a su mujer: “Pienso que el gallo tiene pie de atleta. Las gallinas están poniendo huevos con los aros olímpicos pintados en el cascarón”.

Terminó el primer trance de amor en la noche de bodas, y el anheloso novio le preguntó con inquietud a su flamante mujercita: “¿Te gustó?”. Respondió ella: “No te preocupes. Después de todo yo no sé cocinar”.

Don Chinguetas y su esposa doña Macalota son inseparables: a veces se necesitan seis vecinos para separarlos. Su último pleito conyugal fue motivado por el devaneo que el casquivano señor sostenía con una empleada de comercio. Iba del bracete con ella por una céntrica avenida, y doña Macalota alcanzó a verlos. Esa noche, en la casa, la airada señora le reclamó a su marido esa infidelidad. Él, como es de rigor, lo negó todo. “¡Desvergonzadocaraduracínico! —le gritó ella en un solo golpe de voz—. ¿Y aún te atreves a negarlo? ¡Pero si te vi con mis propios ojos!”. Respondió, calmoso, don Chinguetas: “¿Y les vas a creer a tus ojos más que a mí?”…

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, estuvo en la visita anual que el Club de Damas hacía a la prisión local. Le preguntó a un reo: “¿Hay aquí televisores?”. Respondió el individuo: “Solamente en las celdas de castigo”.

Llorosa, gemebunda, Dulcilí le dijo a su mamá: “¿Recuerdas que me hablaste de las abejitas y las florecitas? Pues la abejita ya me dio un piquetito”.

Don Valetu di Nario, provecto caballero, casó con Pompalina, muchacha en flor de edad. En la noche nupcial ella se le presentó vistiendo un negligé blanco. Dijo el años marido: “Amada mía: te ves tan pura que no me atrevo a tocarte”. La noche siguiente la novia apareció con un negligé color de rosa. Declaró don Valetu: “Mi amor: te ves tan inocente que temo profanar tu candidez”. La noche que siguió lució la joven un negligé color azul. Manifestó el señor Di Nario: “Cielo mío: te ves tan angelical que me apenaría ofender tu pudor”. Al día siguiente ella vistió un negligé negro. Don Valetu se azaró: “¿Por qué llevas esa oscura prenda?”. Respondió Pompalina: “Debo guardarle luto a la difunta”.

Un hombre bebía solo y triste en la barra de la cantina. Le preguntó el tabernero: “¿Qué le sucede, amigo?”. Respondió el tipo: “Encontré a mi mujer desnuda en el taller de un pintor”. El cantinero trató de consolarlo: “Muchas mujeres sirven de modelo a los pintores”. Replicó, hosco, el sujeto: “Éste era pintor de coches”.

Ya conocemos a Capronio, sujeto ruin y desconsiderado. Un día llegó a su casa a las 6 de la mañana. Su aliento trascendía a chínguere del peor; lucía en el cuello de la camisa manchas de rímel y bilé. Le ordenó a su esposa: “Hazme unos chilaquiles bien picosos”. La señora se rebeló, enojada: “¡Que te los hagan las viejas ésas con las que andas!”. Replicó, magnílocuo, el cínico individuo: “¡Por favor! ¡Ellas son artistas, no guisanderas!”.

Don Cacariolo, soltero entrado en años, era hombre de costumbres morigeradas. Guardaba una rutina que ni el estallido de la Tercera Guerra Mundial habría alterado: los domingos iba a misa, los miércoles al cine, y los viernes acudía a la casa de la Pigia -así se llamaba la madrota más conspicua del lugar- y tenía concúbito con alguna de sus pupilas, siempre en la posición del misionero, pues estaba cerca el día del Señor. Algo lo desazonaba, sin embargo: las mujeres de la manfla eran también muy rutinarias; no ponían empeño alguno en el acto del amor. Mientras don Cacariolo se esforzaba en la realización del in and out, y jadeaba, acezaba y resoplaba, una solía leer la nota roja del periódico, otra hacía llamadas por el celular y una más le hablaba de los problemas que tenía con su querindongo. Decidió consultar a la Pigia, cuya experiencia de daifa jubilada podía serle útil. Le preguntó. “¿Sabes cómo calentar a una sexoservidora?”. “Sí —respondió al punto la sabia maturranga—. No le pagues”.

La mamá de Pepito comentó: “¡Qué viejo se ve mi papá!”. Sugirió el chiquillo: “Préstale a Famulina”. (Famulina era la curvilínea muchacha de servicio). “¿Para qué?” —se extrañó la señora. Explicó Pepito: “La otra noche oí que mi papá le dijo: ‘Tú me has devuelto la juventud, mamacita’”.

Pregunta: ¿Por qué las salchichas de los hot dogs deben estar bien calientes? Respuesta: Porque cuando están frías son muy chicas.

Babalucas iba manejando, y lo detuvo un oficial de tránsito. “Permiso de conducir” —le pidió. “Está bien —contestó el badulaque al tiempo que se movía al asiento de al lado—. Pero conduzca con cuidado”.

Simpliciano, mancebo sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. En la luna de miel no pasó nada, y lo mismo en las primeras semanas de la vida matrimonial. La muchacha habló con la mamá de su flamante esposo, y la señora llamó a su hijo: “Pirulina me dice que ya tienen un mes de casados y no le has hecho el amor”. Respondió Simpliciano: “No sabía que tuviera prisa”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, hizo un viaje a Italia con don Sinople, su marido. A su regreso contó en la fiesta de bienvenida que les ofrecieron sus amigos: “Fuimos a conocer Turín. En italiano el nombre de Turín es ‘Temeo’”. Don Sinople la corrigió: “Torino, mujer, Torino”.

Eglogio, mancebo campirano, contrajo matrimonio con Frinesia, mujer de la ciudad. Al empezar la noche de las bodas ella le dijo a su flamante esposo: “Antes de que procedamos al procedimiento quiero decirte que cuando aún no te conocía tuve un tropezón”. El muchacho no entendió bien a bien eso del tropiezo; pensó que Frinesia quería explicarle lo de alguna cicatriz en la rodilla o alguna otra magulladura corporal.  Anheloso de ingresar ya en el más íntimo santuario de su desposada acusó recibo de la información con un simple movimiento de cabeza, y de inmediato procedió al procedimiento sin siquiera degustar las delicias del foreplay, que así se llaman en inglés los sabrosos jugueteos manuales y bucales que deben anteceder a la consumación del acto para su más pleno disfrute. Acabado el trance erótico le dijo en tono hosco a la muchacha empleando el modo de hablar de los rancheros: “No eras nueva”. Replicó ella: “Te dije que había tenido un tropezón”. Sí –admitió Eglogio, rencoroso–. Pero en mi rancho los tropezones se dan con las patas, no con las nachas”.


Rondín # 9


Capronio, ya lo sabemos, es un sujeto ruin y desconsiderado. Un día su suegra le dijo: “Tengo un vecino que es entrenador de perros”. “Qué interesante, suegrita –respondió Capronio–. ¿Y le ha enseñado a usted algunos trucos?”.

Usurino Matatías es un tipo avaricioso, cutre, cicatero. Estuvo con una chica en el Motel Kamagua, y tras refocilarse con ella le dio un cheque. Le dijo: “La próxima vez te lo firmaré”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, recibió en su casa la visita de don Calendárico, caballero senescente. Salió a la conversación el tema de la edad, y declaró la señorita Himenia con un mohín de coquetería. “Yo soy del tiempo de Los Panchos”. Inquirió don Calendárico: “¿De Pancho Villa y Pancho Madero?”.

Una mujer es verdaderamente bella cuando después de lavarse la cara sigue siendo bella… El marido llegó a su casa en hora desacostumbrada y encontró a su mujer en trance de refocilación carnal con un sujeto. “¡Adúltera!” –le gritó en paroxismo de iracundia. “Tú tienes la culpa –opuso ella–. No trabajas; nunca me das ni siquiera para el gasto. Este señor, en cambio, paga la renta del departamento; fue el que me regaló el coche que usas tú y que te dije que me había sacado en una rifa, y cada mes me da el dinero que permite que tú y yo vivamos bien”. “¿Dinero? –dijo entonces el marido–. Ah, eso me tranquiliza: no es cosa de adulterio; es asunto de negocios”.

Avidia, muchacha en flor de edad, habló con su mamá para informarle que andaba de novia con don Pecunio. “Pero, hija —se consternó la señora—; por su edad ese hombre podría ser tu padre”. “Es cierto —admitió Avidia—. Pero por su dinero podría ser mi marido”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo a Libidiano Salacino, labioso seductor: “Pienso que sé hacer el amor mejor que tú”. “Lo dudo –replicó el otro-. En materia de lubricidad soy un maestro. Estoy seguro de que te supero en eso de la técnica sexual”. “No discutamos –concilió Afrodisio-. Vamos a preguntarle a tu esposa, y que ella decida”.

La hormiguita le pidió a la elefanta que saliera del agua, donde estaba metida hasta la cabeza. La enorme bestia le cumplió el deseo. Le preguntó en seguida: “¿Por qué me pediste que saliera del agua?”. Respondió la hormiguita: “Es que no encuentro mi traje de baño, y pensé que tú te lo habías puesto”.

En el bar un tipo le contó a otro: “Mi mejor amigo se fue con todo mi dinero, y se llevó a mi esposa. He dejado de considerarlo mi mejor amigo”. “Tienes razón –le dijo el otro-. Una acción así es incalificable. No puedes tener como amigo a alguien capaz de hacer eso”. “Hizo algo peor –continuó el tipo-. A los tres días me devolvió a mi esposa, pero se quedó con el dinero”.

Las jóvenes modernas se acuestan a las 11 de la noche, para poder estar en su casa a más tardar a la una de la mañana.

Caperucita Roja se arregló la ropa; se compuso la despeinada cabellera, recogió su canastita y luego le dijo al Lobo Feroz: “¡Qué susto me llevé! ¡Creí haber oído que dijiste que me ibas a comer! ¿Te imaginas? ¡A comer!”.

Un pordiosero encontró tirada una cartera con una buena suma de dinero. Después de arreglarse y comprarse ropa buena comió opíparamente en restorán de lujo, y ahí mismo bebió a su satisfacción. Cuando salió pasaron junto a él unas muchachas de tacón dorado. Alguna conmoción debe haber sentido el vagabundo en la entrepierna, el caso es que se dirigió a ella y le dijo: “Y ’ora tú, ¿cómo supiste que traigo dinero?”.

Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, llegó a la farmacia y le pidió a la encargada: “Quiero un tampón. Me gustaría ese rojo que está ahí”. Le indicó fríamente la dependienta: “Los tampones están al lado derecho del extinguidor”.

Decía cierto tipo: “Una de las 15 razones que tengo para querer reencarnar es el sexo. Las otras 14 no importan”.

El cuento que sigue es de color subido. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y le sobrevino un accidente de tos convulsiva que su médico de cabecera tuvo que tratarle con azufaifas previamente sometidas a madefacción. Las personas que no quieran exponerse a un quebranto así deben abstenerse de leer esa badomía… Un pescador fue a buscar truchas en un riachuelo que pasaba cerca de su casa. No lograba pescar ninguna, pero vio al cartero del pueblo que sacaba una tras otra, y sin siquiera usar caña ni anzuelo: metía las manos en el agua, las truchas acudían a ellas como atraídas por algo y el cartero simplemente las cogía. Le preguntó el pescador: “¿Cómo consigues hacer eso?”. Explicó el del servicio postal: “Le palpo a una mujer su parte femenina. Ése es mi secreto”. No la pensó dos veces el pescador. Corriendo fue a su casa. Cuando llegó al hogar su esposa se estaba vistiendo en la recámara. Llegó el hombre por atrás y le tocó la parte que el cartero le había dicho. Sin volverse dijo la señora: “¿Vas a ir de pesca? Has de tener muy poca correspondencia que repartir hoy”.

Rosibel, la curvilínea secretaria de don Algón, llegó tarde el lunes al trabajo. El reloj marcaba ya las 10 de la mañana cuando hizo su entrada en la oficina, siendo que las labores empezaban a las 8. Don Algón la reprendió, severo, delante de todo el personal: “¿Qué horas son éstas de llegar, señorita Rosibel?”. Respondió ella: “Tú tienes la culpa. No me dejaste puesto el despertador”.

El veterano boxeador le dijo a su mánager: “Le aseguro, don Dequién, que estoy en mi mejor forma. Consígame una pelea con Kid Grogo”. “¡Joder! –respondió el manejador con impaciencia-. ¿Cuántas veces tengo que decirte que tú eres Kid Grogo?”.

La señorita Peripalda tuvo un mal encuentro, e hizo confesión de él al padre Arsilio. “Acúsome, padre  -le dijo-, de que un mal hombre abusó de mí”. “No tienes nada de qué acusarte, hija mía –la tranquilizó el buen sacerdote-. En ese acto no intervino tu voluntad, de modo que no cometiste pecado”. “¡Ay, qué bueno, padre! –se alegró la piadosa catequista-. ¡Tuve mi gustito, y sin ofender al Señor!”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, le escanció una copita de vermú a don Añilio, que esa tarde la visitaba en su casa. “Espero, amigo mío –le dijo-, que después de esta copa no vaya usted a intentar algo conmigo”. Replicó, digno, don Añilio: “Deseche usted cualquier temor, señorita: soy un caballero”. Inquirió Himenia: “¿Y con cuántas copas se le quita lo caballero?”.

Dijo la esposa hablando de su maduro cónyuge: “Hacer el amor con él es como jugar frontón contra una cobija”.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, tuvo noticia cierta de que su esposo, don Sinople, la engañaba con su mejor amiga, doña Gules. Habló con ella, y juntas llegaron a un acuerdo. Le dijeron al interfecto: “Hemos decidido jugarte en un volado, a ver con cuál de las dos te vas”. Preguntó el casquivano marido: “¿Me iré con la que gane?”. “No –replicó doña Panoplia-. Con la que pierda”.


Rondín # 10


Era el tiempo en que los coches no tenían aún luces direccionales, y el cambio de dirección se anunciaba sacando el conductor la mano por la ventanilla. Un tipo iba con su novia en automóvil, y al dar vuelta se olvidó de hacer la señal correspondiente. Quien conducía el coche que iba a atrás estuvo a punto de chocar con él, y le gritó irritado: “¡Saca la mano, güey!”. La muchacha le dijo a su novio con acento congojoso: “¿Lo ves? ¡Te dije que nos iban a ver!”.

Don Cornulio llegó a su casa y encontró en la recámara a un sujeto completamente en peletier, vale decir sin ropa, corito, desnudo. Antes de que el boquiabierto señor pudiera articular palabra le dijo el individuo:  “Qué bueno que llegó, caballero. Soy abogado, y precisamente le estaba diciendo a su señora que así lo voy a dejar, en cueros, si no paga usted sus deudas”.

Babalucas pidió en la tienda de mascotas: “Quiero un perro pequeño”. Preguntó el encargado: “¿Pequinés?”. Respondió el badulaque: “Pa’ mí”.

Aquella noche don Languidio Pitocáido, señor de edad madura, no pudo hacer honor a su condición de esposo. Le dijo su mujer con acritud: “No guardaste nada para después de la jubilación ¿verdad?”.

El novio le informó a la novia: “Solicité que al salir de nuestra misa de bodas en vez de la marcha nupcial nos toquen La Bamba”. “¿Por qué?”  -preguntó ella extrañada. Explicó el muchacho: “Porque en adelante me vas a tener arriba y arriba”.

Doña Frigidia, bien se sabe, es la mujer más fría del planeta. Una  tarde fue al cine a ver la película “Pasión ardiente”, y la pasión se congeló en la pantalla. Pues bien: en la merienda de los jueves doña Frigidia les contó a sus amigas: “Por fin mi marido halló la forma de satisfacerme por las noches”. Preguntó una llena de curiosidad: “¿Qué hace?”. Respondió doña Frigidia: “Se va a dormir al otro cuarto”.

El hermano de Rosibel le contó: “Mi novia va a ser mamá, pero no estoy seguro de que el niño sea mío”. “Qué coincidencia –dijo Rosibel-. Mi novio también va a ser papá, pero no estoy segura de que el niño sea de él”.

La enfermera Pecholina, hermosa fémina de busto exuberante, le dijo al médico: “Doctor: el paciente tiene el pulso muy acelerado. ¿Qué hago?”. Respondió el facultativo: “Abróchese los botones de la blusa”.

Lord Highrump estaba narrando en el club sus hazañas de cazador de tigres en la India. “Me interné solo en la jungla –relató-. Mi instinto venatorio me decía que la fiera estaba cerca. En efecto: con el cañón de mi rifle Magnum separé unos arbustos. Ahí estaba el tigre. Con todas sus fuerzas me hizo en plena cara: ‘¡Ptrrr!’”. Acotó uno de los presentes: “Los tigres hacen: ‘¡Grrr!”. Aclaró lord Highrump: “Éste se hallaba de espaldas”.

Simpliciano, candoroso doncel sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. La noche de las nupcias él no daba trazas de hacer lo que debía a hacer. Pirulina se acercó a él, mimosa, y le dijo con tono sugestivo: “Quiero tener un niño”. Respondió Simpliciano: “¿Y a mí qué me dices? ¿Acaso soy la cigüeña?”.

Luego de despedirse de su novio la joven tía de Pepito le preguntó si había hecho la tarea. El chiquillo confesó que no. La tía le dio un tironcito de la nariz y dijo: “¡Ah, estos niños que no hacen la tarea!”. Pepito a su vez le dio otro tironcito a la muchacha y le dijo: “¡Ah, estas tías que hacen cosas con sus novios y luego se les olvida lavarse las manos!”.

Rosibel le contó a Susiflor: “Anoche mi novio llegó con el ánimo muy bajo. Me levanté un poco la falda y se le levantó”.

Doña Moneta, mujer adinerada, casó con un hombre bastante menor que él llamado Avidio. La víspera del desposorio le preguntó con inquietud: “¿Estás seguro de que no te casas conmigo nada más por mis millones?”. “¡Por supuesto que no! —respondió con vehemencia el individuo—. ¿Cuántos tienes?”.

El marqués de Calendas, senescente caballero, desposó a Guangolina, doncella que ya no lo era tanto. La noche de las nupcias el hidalgo le dio a conocer a su flamante esposa el cronograma a que se sujetarían sus relaciones conyugales. Le dijo: “Lo haremos al modo del marqués: una vez al mes”. Replicó ella: “Señor marqués: no seáis tacaño. Adelantadme por lo menos medio año”.

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que lo cometan con alguien de la congregación), le dijo a su colega Amaz Ingrace: “Nuestra iglesia es bastante comprensiva. Pedimos a los fieles que cumplan los mandamientos, pero únicamente cinco, a escoger”.

Doña Macalota sorprendió a su esposo don Chinguetas en trance de fornicación con la linda criadita de la casa. Le dijo con severidad a la muchacha: “Estás despedida. Y no esperes que te recomiende con mis amigas”. “No se moleste, señora —replicó la muchacha—. El señor ya me ha recomendado con sus amigos”.

Simpliciano, mancebo candoroso, casó con Pirulina, muchacha pizpireta. Al empezar la noche de las nupcias el desposado se sorprendió al ver que su flamante mujercita sacaba de su neceser una regla de medir. “¿Para qué la quieres?” —preguntó extrañado. “Ven acá —respondió ella—. Es para una estadística que llevo”.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, le dijo a su buena amiga Gules: “Mi esposo me es absolutamente fiel”. “A mí también —contestó la otra—. El que me falla mucho es mi marido”.

Pancho el mexicano se sacó el premio mayor en la Lotería de Texas. No se enteró de su buena fortuna: temeroso de perder el “tíquete” se lo había dado a guardar al padre O’Malley. El buen sacerdote se inquietó: si le daba la noticia de repente Pancho podía sufrir un síncope. Así, lo llamó a la oficina parroquial y le preguntó como quien no quiere la cosa: “Dime, hijo: si te sacaras la lotería ¿qué harías con el dinero?”. Respondió Pancho: “Primero que todo le compraría una casa a mi santa madre. La pobre viejecita vive en un jacal de adobe en México. Luego le compraría otra casa a mi adorada esposa. Ahora vivimos en un tugurio miserable. A usted le daría una cantidad, padre, para las obras de la iglesia. Lo demás lo pondría en el banco a fin de asegurar el futuro de mis hijos y la ancianidad de mi mujer”. Le dijo el sacerdote: “Pues te felicito. Podrás realizar todo eso; te sacaste el premio mayor de la lotería”. Al oír tal cosa Pancho lanzó un grito jubiloso: “¡Aijajay! ¡Agárrense, cantineros, putas y tahúres! ¡Van a ver cómo gasta el dinero un mexicano!”.

Un peatón es un hombre que tiene dos coches, una esposa y un hijo.


Rondín # 11


Don Astasio llegó a su casa después de su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba aún en los días de calor canicular y luego encaminó sus pasos a la alcoba a fin de reposar un momento su fatiga. Lo que vio ahí lo dejó estupefacto: doña Facilisa, su mujer, estaba sola en el lecho conyugal, sin la acostumbrada compañía del sujeto con quien solía refocilarse carnalmente. En vez de eso la señora se hallaba jugando Candy Crush. Eso turbó sobremanera a don Astasio. Era hombre de costumbres, y cualquier alteración de su rutina lo sacaba de quicio, lo alteraba. “Consuetudo est altera lex”, decían los romanos. La costumbre es otra ley. El hecho de que su esposa se hallara sin compañía en la cama, y practicando aquel inofensivo juego en vez de estar entregada a los meneos y arrempujes del in and out, constituía una flagrante transgresión de las leyes que rigen el orden de las cosas y la armonía del universo. Desolado, don Astasio pensó que ahora no podría ir al chifonier donde guardaba la libreta en la cual solía anotar dicterios denostosos para enrostrar a su mujer cuando la hallaba en trance adulterino. Eso era una gran pena, pues últimamente había registrado tres vocablos muy sabrosos, asonantes los tres: “pendanga”, “ribalda” y “herbolaria”, calificativo este último que se aplica a las personas alocadas y sin seso. Le preguntó con tono de reproche: “¿Por qué no estás ahora con tu querindongo?”. Contestó ella sin separar la vista de su iPad: “Le tocó el Hoy no Circula”. “¿Y por qué no tomó un taxi?”—quiso saber el cuco. “No tenía dinero —explicó doña Facilisa—. Depende del que yo le doy aquí”. “Habérmelo dicho —replicó el —. Yo habría ido por él en mi automóvil”. “Ay, Astasio —le dijo la señora—. Eres capaz de cualquier cosa con tal de tener ocasión de decirme esas palabras raras que encuentras no sé dónde. ¿Qué vas a hacer ahora?”. “No sé —dudó él—. Quizás empiece otra libreta con adjetivos para el señor Mancera”. “No es mala idea —reconoció doña Facilisa—. Tendrás muchas oportunidades para usarla”. “Seguramente —se animó don Astasio—. Aun así te pido que no descuides tus deberes. Tengo que usar también la libreta con vocablos para ti”. “Se hará lo que se pueda” —prometió doña Facilisa. Y volvió a concentrarse en el juego. Salió don Astasio de la habitación y fue a la cocina a prepararse un sándwich de jamón y queso. Eso le serviría de consuelo ante la desgracia de no haber sorprendido a su mujer poniéndole los cuernos. ¡Ah, la fuerza de la costumbre!.

Afrodisio, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, se estaba refocilando con la criadita de la casa. En eso llegó la esposa del intemperante follador, y al ver a la fámula entrepernada con su marido empezó a motejarla con sonorosos adjetivos: “¡Birlocha! ¡Maturranga! ¡Hurgamandera! ¡Mujer del catre! ¡Jaña de ésas!”. “No te pongas dramática –la interrumpió el cínico Afrodisio-. Ni que se la fuera a acabar”.

La gallinita búlica puso un huevo de gran tamaño, casi el doble de lo normal. Le dijo con orgullo a la gallinita habada: “¿Cómo te quedó el ojo?”. Replicó la otra: “Y a ti ¿cómo te quedó aquellito?”.

El nuevo empleado de la farmacia se jactó de que podía adivinar lo que un cliente iba a pedir. “Por ejemplo –le dijo al farmacéutico- esa chica que entró viene a comprar toallas sanitarias”. Llegó la muchacha al mostrador y pidió: “Quiero seis rollos de papel higiénico”. Cuando se retiró la compradora el dueño de la farmacia le dijo al dependiente: “Te equivocaste”. “Es cierto –admitió él-. Pero nomás por tantitito así”.

Comentó don Chinguetas: “Mi mujer se quiere pintar el pelo del color original, pero ya no recuerda cuál era”.

La paciente le informó al doctor Duerf: “Soy ninfómana”. Replicó el célebre analista: “Podré empezar su tratamiento cuando me suelte eso que me tiene agarrado”.

Un elefante y una hormiguita se presentaron ante el Oficial del Registro Civil. Ante el asombro del boquiabierto funcionario el paquidermo habló y dijo: “Queremos casarnos”. “¿Queremos? –acotó la hormiguita-. ¡Tenemos qué!”.

Don Jobilio, señor de franciscana mansedumbre, tenía problemas con su socio, un bribón a quien cuadraba bien el adjetivo que en Alvarado se usa para motejar a los de su ralea: hijueputa. El vil sujeto –Insidio era su nombre- abrió la caja fuerte del negocio y se llevó todo el dinero y documentos cobrables que había ahí. Después dejó en ceros la cuenta que en el banco tenían los dos conjuntamente. Luego, un buen día muy malo, don Jobilio se enteró de que el tal Insidio había vendido a ocultas el negocio propiedad de ambos, y tras hacerlo dispuso en su beneficio del producto de la venta. No acabaron ahí los abusos del fementido socio: esa noche don Jobilio llegó a su casa y lo encontró haciéndole el amor a su mujer en el lecho conyugal. El lacerado exclamó con acento quejumbroso: “¡Ah, Insidio, Insidio! ¡Un día vas a llegar demasiado lejos!”… (Bien dice el expresivo refrán charro: “Caballo demasiado grande tira a penco; mujer demasiado coqueta tira a puta, y hombre demasiado bueno tira a pendejo”. Por eso en su celebrado poema “If…” escribió Rudyard Kipling: “… Si eres bueno con todos, pero no demasiado…”).

Con acento solemne dijo el médico: “Señora: su esposo se ha salvado”. “¡Dios mío! -se consternó la mujer-. ¡Ya vendí su ropa!”.

Bustolina le dijo a Libidiano: “Fumas mucho. Me vas a provocar cáncer de mama”.

El jefe de los caníbales le envió un mensaje al encargado de las misiones, a quien preocupaba el peligro que sus misioneros podían correr entre los antropófagos. Le dijo: “Pueden venir cuando quieran. Somos hervívoros”. En su respuesta lo corrigió el de la misión: “Querrá usted decir ‘herbívoros’”. “No –replicó el caníbal-. Hervívoros. Antes de comer carne humana la hervimos”.

Una buena esposa perdona siempre a su marido cuando está equivocada.

Don Poseidón y doña Holofernes, gente buena y sencilla del norte, fueron a una playa. Ella probó el agua del mar. “¡Está salada!” –exclamó sorprendida. Le sugirió su esposo: “Ponle azúcar”. Ella vació en el mar un sobrecito y luego volvió a probar el agua. “Sigue salada” –dijo. Le indicó don Poseidón: “Menéyale”.

“En la Ciudad de Londres, este día 11 de noviembre de 1918, fecha de la terminación de la Primera Guerra Mundial, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales hago mi testamento, y en él designo como único y universal heredero a mi hijo primogénito Matthew Boyd, Squire…”. ¿Cómo supo a primera vista la avezada detective Miss Sheila Kill que ese testamento, impugnado por la esposa y los otros hijos de Lord Boyd, era falso? Diré ahora la forma en que Miss Sheila Kill descubrió que el supuesto testamento de Lord Boyd era apócrifo. En 1918 no se sabía que iba a haber una Segunda Guerra. ¿Cómo podía entonces el testador usar la expresión “Primera Guerra Mundial”? Claro, también ayudó a la avezada detective el hecho de que el documento estaba escrito con pluma atómica.

Un hombre bebía, solitario, en la barra de la cantina. Tenía las manos juntas, como cubriendo algo, y de vez en cuando dejaba escapar un lamento dolorido. El tabernero, compasivo como casi todos los de su oficio, fue hacia él y le preguntó: “¿Qué le sucede, amigo?”. El hombre no respondió ni levantó las manos de donde las tenía. Inquirió nuevamente el cantinero: “¿Lo abandonó su esposa?”. Mudo, el hombre movió la cabeza como diciendo: “Eso no es nada”. Volvió a preguntar el de la cantina”: “¿Le detectaron alguna enfermedad grave?”. Otra vez el hombre hizo con la cabeza un gesto indicativo de que eso era poca cosa en comparación con lo que le pasaba. Insistió el tabernero: “¿Lo despidieron del trabajo?”. Nuevo gesto del individuo para señalar que lo que le sucedía era considerablemente peor. Arriesgó el otro, entonces: “¿Perdió en el póquer?”. El tipo hizo ahora con la cabeza un movimiento afirmativo. “¡Qué mala suerte! –se condolió el cantinero-. ¿Cuánto perdió? ¿Mil pesos?”. El hombre, sin separar las manos, movió la cabeza como para decir que eso era poco. “¿10 mil pesos?” –preguntó el de la taberna. El lamentoso parroquiano hizo otra vez el gesto para indicar que tampoco eso era nada. “No me diga –se preocupó el otro- que perdió 100 mil pesos”. El sujeto, las manos sobre la barra, manifestó con la cabeza que sí, que eso era lo que había perdido. “¡Uta! –exclamó azorado el cantinero-. ¡Si yo perdiera 100 mil pesos en el póquer mi mujer me cortaría los güevos!”. El hombre estalló en llanto; separó las manos que había mantenido juntas y le mostró al tabernero las dos pequeñas bolitas que había mantenido bajo ellas.

Pirulina le confesó un pecado grave al padre Arsilio: había llegado con su novio al culmen de la carnalidad. Le preguntó el buen sacerdote: “¿Por qué hiciste eso, hija?”. Respondió la muchacha: “Por debilidad, padre”. Inquirió el párroco, severo: “¿Y acaso la pija es reconstituyente?”.

¿Por qué Babalucas se está riendo siempre? Porque de niño le contaron chistes, y hasta ahora los está entendiendo.

La esposa de Ovonio Grandbolier le preguntó: “¿Qué vas a hacer hoy?”. “Nada” –respondió el harón. Le reprochó la señora: “Lo mismo hiciste ayer”. “Sí –replicó Ovonio –, pero no acabé”.

La frase es atribuida a Adolfo López Mateos, con verdad o sin ella: “Cada mexicano tiene la mano metida en el bolsillo de otro mexicano, y ay de aquél que rompa esa cadena”.

El fabricante de productos de limpieza le dijo con orgullo a su asistente: “Nuestro gel de baño es tan suave que mi secretaria lo usa para su higiene íntima”. “¡Alabado sea el Señor! –clamó el muchacho-. ¡Yo lo veía a usted salir de su oficina después de estar con ella en privado, y pensaba que la espuma que traía en la boca era de rabia!”.


Rondín # 12


En el club nudista una chica le dijo a la recién llegada: “Aquel hombre que va allá es el más popular entre las socias. Puede llevar dos tazas de café y una docena de donas al mismo tiempo”.

Frase poco célebre, pero muy cierta: “Ninguna  buena acción queda sin castigo”.

Un tipo le contó a su amigo: “Pasé una vergüenza muy grande. Estaba haciendo el amor con mi mujer y la criadita entró en la recámara”. Contestó el amigo: “A mí me sucedió al revés, y te aseguro que sale considerablemente más caro”.

Sinónimo de “pequeño”, en tres palabras: “¿Ya está ahí?”.

Nalgarina Grandchchier, vedette de moda, aceptó la invitación que don Algón le hizo para cenar en restorán de lujo. Ella pidió el medallón de robalo en salsa de cilantro con esfumado de ciruelas, inspiración de uvas y sugerencia de estragón. Le preguntó el mesero: “¿Vino con su pescado?”. “No —contestó la vedette—. Él ya me estaba esperando aquí”.

Don Astasio llegó a su casa después de su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba aún en los días de calor canicular, y encaminó sus pasos a la alcoba a fin de reposar su fatiga mientras llegaba la hora de la cena, que el mismo solía preparar porque a su esposa no se le daba bien eso de la cocina. Hubo algo, sin embargo, que le estorbó el descanso: en la recámara estaba su mujer en ilícito trato de libídine con un desconocido. Desconocido para don Astasio, digo, pues la señora daba trazas de conocer bien al individuo, a juzgar por las expresiones con que se dirigía a él. Le decía “papacito”, “negro santo” y “cochototas”, a más de emplear con él otros vocablos que por su extremo carácter sicalíptico no puedo consignar aquí. Don Astasio no dijo nada. Salió de la habitación y fue al chifonier donde guardaba una libreta en la cual solía anotar dicterios infamosos para enrostrar a su mujer en tales ocasiones. Volvió a la alcoba y le espetó el último que había registrado. Le dijo: “¡Churrillera!”. Ese voquible lo usa Cervantes en el capítulo 45 de la segunda parte del Quijote. Con él moteja Sancho a una mujerona de mal ser y de peor vivir. Doña Facilisa —tal es el nombre de la esposa del infeliz cornígero— se oyó llamar así y le dijo a su marido: “¿Acaso tú eres impeque? Tienes tantos pecados como yo, tunante, y aún mayores. ¿Has olvidado ya que hace dos años te trajiste un clip de la oficina? Y ¿no es cierto que una vez encontraste tirada en la calle una moneda de un peso y te la guardaste en vez de dar cuenta de tu hallazgo a la autoridad correspondiente, como prescribe el Reglamento de Tesoros Ocultos y Objetos Perdidos? Ah, eres de los que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”. Don Astasio se azaró bastante al escuchar aquella repasata. Pensó que su mujer tenía razón, y eso que no sabía de la ocasión aquella en que cortó en forma subrepticia una margarita en el jardín municipal. Así pues ya no dijo más. Salió escurrido de la habitación. Al ir por el corredor siguió oyendo a su esposa repetir aquellas expresiones de vulgacho: papacito, negro santo y cochototas.

El niñito le preguntó a su padre: “¿Cómo es la Luna?”. El señor se extrañó: “¿Por qué me preguntas eso?”. Respondió el pequeño: “Porque oí que mi mami le dijo al vecino: “Claro que no se ha dado cuenta. Siempre está en la Luna”.

El revisor le dijo a doña Ruga: “En las fotos de pasaporte siempre salimos mal, pero usted está igualita”. Replicó ella con aspereza: “Lo que está viendo no es mi foto; es mi huella digital”.

La gerente de la empresa ferrocarrilera le dijo a su invitada: “Está usted en el primer ferrocarril feminista del país, totalmente operado por mujeres”. “¡Fantástico! —exclamó la visitante—. ¡Aplaudiré cada vez que oiga sonar el pito de la locomotora!”. Acotó muy seria la gerente: “Ya no lo llamamos así”.

Don Añilio, señor de edad más que avanzada, acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna y le dijo. “Al ponerme mi aparato auditivo apreté demasiado, de modo que se me fue hasta el fondo del oído, y no lo puedo sacar”. El facultativo tomó unas pinzas y extrajo algo. Le dijo a don Añilio: “Ya saqué el objeto. Pero no es un aparato auditivo: es un supositorio”. Rogó don Añilio: “¿Puede entonces buscarme el aparato allá?”.

El maestro le pidió a Pepito: “Explica el principio de Arquímedes”. Dijo el chiquillo: “Una noche el papá de Arquímedes hizo el foqui foqui con la mamá de Arquímedes. Ése fue el principio de Arquímedes”.

Una chica le preguntó al padre Arsilio: “¿Es malo el sexo antes del matrimonio?”. “No —respondió el sacerdote—, con tal de que no retrase la ceremonia”.

En el momento del amor don Frustracio le preguntó a su esposa: “¿Crees que el romance y la pasión  han huido de nuestro matrimonio?”. Contestó doña Frigidia: “Te lo diré en los próximos comerciales”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, fue a un salón que ofrecía a sus clientes masajes “integrales”. Al término de la sesión felicitó a la masajista: “¿Dónde aprendiste esa magnífica técnica?”. Explicó la muchacha: “Antes de venir aquí estuve en una fábrica de paraguas. Mi trabajo consistía en abrirlos y cerrarlos para ver si funcionaban bien”.

Lady Loosebloomers, dama victoriana, conoció por primera vez los deliquios del amor en los torosos brazos de Wellh Ung, el robusto mancebo encargado de la cría de los faisanes. Milady jamás había sentido lo que con el gañán sintió. Su esposo, lord Feebledick, había sido educado en Eton, y hacía el amor con la misma parsimonia con que llevaba la contabilidad de sus negocios. En cambio las acometidas del rudo y joven campesino la llevaron al culmen de la pasión erótica, tanto que durante el tiempo que duró aquel trance —media hora— lady Loosebloomers dejó de preocuparse por el futuro del Imperio, inquietud que la traía desasosegada todo el tiempo. ¿Cómo vino a suceder aquello? La señora sintió curiosidad por ver si había nacido ya la nueva nidada de polluelos, y al llegar a la cabaña del montero lo miró desnudo cuando se bañaba al aire libre. Lo demás fue cosa de la naturaleza. Aquel connubio casi animal no fue estorbado ni por el atávico respeto que por la aristocracia sentía el criado ni por los prejuicios sociales de su señora. “Amor omnibus idem”, postuló Virgilio en su tercera Geórgica. El amor iguala a todos. Consumida la pasión quedó Lady Loosebloomers tendida sobre la blanda paja que sirvió de lecho a aquellas inesperadas nupcias. Una dulce languidez llenó su cuerpo. Pensó entonces que la vida del Imperio estaba asegurada por varios siglos más, de modo que no había motivo de preocupación. Lo entiendo: el amor bien realizado tiene entre sus efectos reconciliar al amante con el mundo e inspirarle pensamientos positivos. Se puede asegurar sin temor a equivocarse que las grandes obras filantrópicas surgieron después de una buena coición. Lady Loosebloomers quedó poseída por una grata somnolencia. Salió de ella cuando el montero le anunció que debía ir a revisar las incubadoras. “Espera —le dijo tomándolo por el brazo—. Esta noche mi marido llegará tarde a la casa, pues va a su club en Londres a jugar la partida semanal de whist con sus amigos. Te espero, y haremos otra vez lo que ahora hicimos”. “¿Qué? —exclamó el mancebo—. ¿En mi tiempo libre?”.

La esposa de Libidiano fue con el padre Arsilio y le contó que su marido tenía un erotismo exacerbado. “Acostumbro dormir boca arriba —le dijo—, y aunque esté dormida llega él y me hace objeto de su lubricidad”. Le aconsejó el buen sacerdote: “Acuéstate bocabajo”. “¡Uh, padre! —suspiró ella—. ¡Qué bien se ve que no conoce usted a Libidiano!”.

Don Chinguetas hizo alto en el semáforo rojo. Frente a él estaba un automóvil con una calcomanía: “Si amas a Jesús suena el claxon”. Don Chinguetas hizo sonar el claxon. El conductor del automóvil sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó furioso: “¡Pendejo! ¿No ves que el semáforo todavía está en rojo?”.

Los habitantes de todas las naciones acudieron puntualmente al Juicio Final, menos los mexicanos, que llegaron cuando ya había terminado el solemne acto. Les preguntó el Señor: “¿Por qué no vinieron al Juicio Final?”. Preguntó uno: “¿Qué no es mañana?”.

Nerón condenó al gladiador  Marciano a ser devorado por los leones en el circo, pues se había convertido al cristianismo. Cuando los leones entraron en la arena Marciano se puso de rodillas y oró devotamente. Los leones se echaron a sus pies igual que mansos perros. “¡Milagro!” —clamó la multitud emocionada. “Milagro madre —dijo uno de los leones—. Lo que pasa es que acabamos de entrar en la onda del vegetarianismo”.

El sacerdote le preguntó al converso: “¿Renuncias a las pompas de Satanás?”. “A ésas sí, padre  -respondió el sujeto-, pero no puedo comprometerme a hacer una renuncia general”.


Rondín # 13


La mujer le dijo a su marido: “Estoy teniendo relación carnal con tu mejor amigo”. Inquirió el hombre: “¿Y te ha propuesto que te vayas con él?”. Respondió ella: “No”. Declaró el sujeto: “Entonces no es mi mejor amigo”.

El doctor Ken Hosanna habló con su paciente: “Le tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que no es usted hipocondríaco”.

El maestro preguntó: “Pongo 100 millones de pesos en el banco a un interés del uno por ciento anual. ¿Qué me da?”. Pepito respondió sin vacilar: “Un calendario”.

Facilda Lasestas, mujer que a ningún hombre le negaba un vaso de agua, fue con el doctor Duerf y le dijo que sentía remordimientos de conciencia, pues era propensa a entregar sus prendas físicas a cualquiera que se las pidiera. Las prendas físicas, quiero decir. La interrogó el célebre analista: “¿Y viene usted a que le quite esa insana propensión?”. “No –replicó al punto Facilda–. Vengo a que me quite los remordimientos”.

Una joven esquimal pasó una noche con un hombre blanco. Cuando salió el sol la chica supo que tenía un embarazo de seis meses.

Un amigo le dijo a Babalucas: “Mi asistente de oficina es muy indejo. Mira”. Llamó al sujeto y le ordenó: “Ve a mi casa y luego infórmame si estoy allá”. Salió el tipo a todo correr, y regresó una hora después. “Fui a su casa, jefe –dijo respirando con agitación–, y no está usted allá”. “Muy bien –respondió el jefe–. Puedes retirarte”.  Se volvió el hombre a Babalucas: “¿Lo ves? ¿No te dije que es un indejo?”. “Tienes razón –contestó el badulaque–. Yo habría telefoneado”.

Miss Minnie Bell fue con el sheriff de Dodge City y se quejó: “Aquel forastero me ofreció 10 dólares por acostarme con él”. Fue el sheriff y le disparó al individuo las seis balas de su revólver mitihueso (Smith y Wesson). “Que esto sirva de lección a los fuereños –manifestó con tono enérgico–. Nadie puede venir aquí a duplicar los precios”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, envió una invitación a sus amistades: “El sábado me caso. Por favor no traigan regalos. Traigan a alguien con quien casarme”.

Un perro entró en la oficina de telégrafos y escribió un telegrama: “Guau guau guau guau guau guau guau guau guau”. Lo leyó el encargado y le dijo: “Son nueve guaus. Por el mismo precio podría poner uno más”. “Gracias –declinó el can-. Eso no tendría sentido”.

Pepito le entregó las calificaciones a su papá, con un cero en conducta. Inquirió severo el genitor: “¿Qué significa esto?”. Respondió el chiquillo: “La maestra me dijo que se le habían acabado las estrellitas de buen comportamiento, y que entonces me pondría una lunita”.

Jactancio Elátez, sujeto presuntuoso, acudió a la consulta de un médico. Le dijo: “Doctor: tengo un dolor en el 25 por ciento de mi cuerpo”. Preguntó el facultativo: “¿Qué parte le duele?”. Contestó Jactancio: “El pene”.

Don Chinguetas les comentó a sus amigos: “Mi hijo quiere ser proctólogo, pero yo le digo que mejor sea odontólogo”. Alguien le preguntó: “¿Por qué le dices eso?”.  Explicó él: “Porque el odontólogo tiene 32 puntos para trabajar, y el proctólogo solamente uno”.

Rosilita corrió a recibir a su abuela. Le pidió con ansiedad: “¡Enséñame tu serpiente, abuelita!”. “¿Cuál serpiente?” -se sorprendió la señora. “¡Esa que tienes! -respondió la niña-. Cuando mi papá supo que vendrías le dijo a mi mami: “Me voy al café. No puedo soportar a la víbora de tu mamá”.

Don Algón necesitaba una nueva secretaria, y llamó a una chica de quien le habían hablado muy bien. Le preguntó: “Señorita Rosibel: si le ofrezco 10 mil pesos a la semana ¿me dirá que sí?”. “Don Algón –respondió de inmediato la curvilínea joven–. Por ese sueldo le diré que sí dos veces a la semana”.

Don Añilio y doña Pasita, ella de la tercera edad, él de la cuarta, contrajeron matrimonio. Llegaron al hotel y se instalaron en la suite nupcial. A poco sonó el teléfono en la recepción. “Perdone, señorita –le dijo don Añilio a la operadora-. Mi esposa y yo nos casamos hoy. Sabemos que hay algo importante que debemos hacer, pero no recordamos qué. ¿Nos lo podría decir?”.

Un cierto sacerdote quiso aprender a jugar golf, pues necesitaba hacer penitencia por sus pecados. Después de tomar algunas lecciones en el club local se dispuso a practicar el juego. Hizo su primer tiro y no le acertó a la pelotita. El segundo intento lo falló también. Tiró una tercera vez y a lo único que le pegó fue al aire. Mohíno y encorajinado se quedó en silencio rumiando  su enojo y frustración. El caddie le dijo: “Padre: éste es el silencio más maldiciento que he oído en mi vida”. (Nota: El lexicón de la Academia no registra ese mexicanismo, “maldiciento”, de mayor sonoridad y contundencia que el inane adjetivo “maldiciente”. Más que la Academia, sin embargo, puede Su Majestad el Uso. En obediencia a sus dictados empleo aquella palabra)

El fotógrafo le enseñó a doña Uglicia las pruebas de su retrato. Ella se disgustó al verlas. “Señor mío –le dijo con hosco acento al retratista-, no salí nada bien”. “Señora –respondió el fotógrafo-. Para hacer el milagro de que usted salga bien necesitaría yo revelar las placas con agua de Lourdes”.

En la fábrica se hizo un concurso para escoger a la operaria más guapa. Después de elegida alguien le reprochó al presidente del jurado el mal tino que tuvieron los jueces al hacer la designación. “¿Por qué escogieron a esa chica? –le preguntó con acrimonia-. Es fea de rostro; su espalda parece de estibador;  carece de lo necesario para sentarse con comodidad, y sus piernas son flacas y estevadas”. “Es cierto -admitió el otro-. Pero era la única cuyo tetamen es lo suficientemente amplio  para desplegar completa la banda con el letrero ‘Miss Compañía Fabricante de Aparatos Electrodomésticos, S.A.- Semana de Calidad Total’”.

El joven sacerdote trabajó tanto que empezó a mostrar claras señales de extenuación mental. Preocupado por su salud, el cura de la parroquia lo hizo ir a la consulta del doctor Duerf, célebre analista. Después de interrogarlo le dijo el psiquiatra: “Sufre usted un severo caso de surmenage o estrés. Necesita relajarse por completo. Vaya a algún sitio donde nadie lo conozca y libere todos sus impulsos, incluso los carnales. Mejor dicho, principalmente los carnales. Sólo de esa manera evitará un trastorno mental irreparable”. El curita, siguiendo la recomendación del médico, fue a una playa de moda. En el bar del hotel conoció a una chica, y a partir de ese conocimiento todo fue andar con ella en la playa, en la disco y en todo lo demás. Principalmente en todo lo demás. Cuando llegó el final de sus vacaciones fue a despedirse de la bella muchacha. “Que le vaya muy bien, padre’” —le dice ella—. El cura se sorprendió. “¿Cómo sabes que soy sacerdote?’’ —le preguntó estupefacto e inquieto al mismo tiempo. Respondió ella: “No se preocupe, padre. Yo soy Sor Reverberación de Cafarnaúm, y también sufría de surmenage o estrés. Nos atendió el mismo siquiatra”.

Luego está el caso del actor al que le ofrecieron un papel en una película porno. Al final de cuentas no lo hizo: su parte era muy pequeña.


Rondín # 14


El paciente le preguntó al médico: “¿Cuándo estaré curado?”. Respondió el facultativo: “Cuando se le acabe el dinero”.

Un tipo contó con orgullo en el bar: “Mi papá se ganó 18 medallas en la guerra”. Preguntó uno, admirado: “¿Era muy valiente?”. “No, —aclaró el otro—. Jugaba muy bien al póquer”.

El señor, preocupado porque su hija en edad de merecer no subía a su recámara, le preguntó a la criadita de la casa: “¿Está todavía Rosibel en la sala con su novio?”. Respondió la mucama: “Todavía están ahí, señor”. Inquirió el paterfamilias: “Y ¿están platicando, o qué?”. Contestó la criadita: “Más bien están o qué”.

El reo fue condenado a la silla eléctrica. Cuando lo llevaban al sitio de la ejecución un policía le preguntó: “¿Tienes miedo?”. “Sí, —replicó el sujeto con temblorosa voz—. Como es la primera vez…”.

“Díganme, niños —preguntó en la escuela el profesor—. ¿Cuál es la diferencia entre ignorancia e indiferencia?”. Respondió Pepito: “No sé, y me vale”.

Entró en la taberna un pirata de feroz aspecto. Lucía una gran barba roja; un parche le cubría un ojo; caminaba apoyándose en una pata de palo, y en vez de mano derecha tenía un agudo gancho de metal. Lo primero que hizo fue ir al baño, WC, toilet, aseo mingitorio o pipisrúm de la taberna. Pasó un rato. De pronto se escuchó un horrible alarido de dolor. Ante el espanto de los presentes salió el pirata dando grandes saltos y profiriendo lastimeros gritos. Le preguntó, asustado, el tabernero: “¿Qué le pasó, señor pirata?”. “¡Ay, ay, ay, ay! —gimió el pirata—. ¡Apenas ayer me pusieron este desgraciado gancho, y se me olvidó que lo traía!”.

Casó Simpliciano, doncel cándido, con Pirulina, muchacha pizpireta. De luna de miel iban a ir primero a la Ciudad de México y después a Cancún. A los cinco días la chica llama por teléfono a su casa. “¿Qué tal, hijita? —le preguntó su mamá—. ¿Ya están en Cancún?”. “Yo sí, mami —respondió ella molesta—. Simpliciano todavía está en Babia”.

Se trataba de clavar unos postes. Al final del día la cuadrilla de Babalucas puso tres. “¿Tres nada más? —se atufó el capataz—. Los de la otra cuadrilla clavaron treinta”. “Sí —admitió Babalucas—. Pero los dejaron todos salidos”.

El maestro de Ciencias Sociales preguntó “¿Qué es derecho?”. Respondió Pepito: “Sin agua mineral”.

La esposa de Inepcio, hombre sin artes ni ciencias del amor, le dijo a su inexperto marido: “Me gustaría hacer el amor contigo en una cama de faquir, de ésas que tienen clavos”. “¿Para qué? —se asombró Inepcio—. Respondió con secura la mujer: “Para ver si así siento algo”.

La linda Rosibel le dijo al tonto boquirrubio que la asediaba: “Importunio: ¿qué te parecería un paseo en tu automóvil?”.  “¡Fantástico!” —se alegró el pavitonto. “Pues ve —le dijo Rosibel—. Por mí no te detengas”.

Doña Macalota llegó de un viaje antes de lo esperado y encontró a su marido bajo la ducha acompañado de la guapa vecina de al lado. Don Chinguetas no se turbó nada al ver a su mujer. Le dijo con alegre voz: “¡Hola, Macalota! ¡La vecinita y yo decidimos iniciar una campaña para ahorrar agua!”.

Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, decidieron poner un gallinero, y fueron a una granja. Le  pidieron al encargado: “Nos da 100 gallinas y 100 gallos”. Dijo el hombre: “Para 100 gallinas se necesitan cuando mucho diez gallos”. Replicó la señorita Himenia: “Nosotras queremos 100. Sabemos bien lo triste que es vivir sin una pareja”.

Pomponona Grandchichier, vedette de moda, le contó a una amiga: “Un señor rico y maduro me cortejaba. Pensé que sus intenciones eran buenas, pero no: me propuso matrimonio”.

En una fiesta doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, aprovechó la presencia de un médico y le preguntó: “Siento un dolor en la espalda, doctor. ¿Qué me recomienda?”. “Perdone –se evadió el facultativo-. Yo soy oculista”. “Oh, no -se turbó doña Panoplia-. El dolor yo lo tengo más arriba”.

Doña Macalota llegó a su casa y se sorprendió al ver que don Chinguetas, su marido había comprado varias docenas de artefactos de cocina: coladores, cernidores, molinos, cacerolas de distintos tamaños, recipientes diversos. Le preguntó asombrada: “¿Por qué compraste todo eso? No tienes la menor idea de lo que se necesita en una cocina”. Replicó don Chinguetas: “Y tú no tienes la menor idea de lo buenota que estaba la vendedora”.

Cierto turista estaba Chihuahua, y una noche fue al cine. En la penumbra de la sala alcanzó a ver a su lado un par de piernas. “¡Y con minifalda!” -se dijo el salaz tipo. Delicadamente dejó caer la mano como un pañuelo sobre una de las rodillas. Luego, como quien no quiere la cosa, la fue subiendo hasta ponerla en el tibio muslo. Y ya se disponía a continuar el viaje cuando oyó una voz gutural que le decía: “Si hombre blanco mañoso no quitar mano, indio tarahumara romperle hocico”.

El paciente: “¿Estoy muy malo, doctor?”. El médico: “Lo único que puedo decirle es que no empiece a ver ninguna nueva serie”.

Los recién casados llegaron a la suite nupcial del hotel donde iban a pasar su noche de bodas. El novio le dijo a su flamante mujercita: “Te apuesto a que no alcanzas a desvestirte antes de que yo acabe de deletrear la palabra ‘novia’”. “Y yo -respondió ella- te apuesto a que tú no te desvistes antes de que yo acabe de deletrear la palabra ‘novio’. ¡Oh! ¡Oooh! ¡Ooooooh!”.

Don Languidio Pitocáido empezó a sentir que tenía problemas con eso que el Código Civil designa con el nombre de “débito conyugal”. Sintió miedo, pues ya se sabe que miedo es la primera vez que no puedes la segunda vez, y pánico es la segunda vez que no puedes la primera vez. Fue con un médico amigo suyo y le dio a conocer su problema. “No te preocupes -lo tranquilizó el doctor-. Eso nos sucede a todos los hombres alguna vez, incluso a los que viven en Saltillo. Te voy a dar una píldora sensacional. Una sola necesitarías, pues es extraordinariamente potente”. Y así diciendo le dio una píldora de regular tamaño. A un mes después se encontraron los dos. Preguntó el médico: “¿Cómo te fue con la píldora?”. “Muy mal –contestó don Languidio-. Al tomármela se me atoró en la garganta, y es fecha que no puedo doblar el cuello”.


Rondín # 15


Don Chinguetas se hizo socio del Slit and Nuts Sporting Club. El primer día que asistió entró por equivocación en el baño de vapor de damas. Estaba ya sin ropa cuando llegaron tres señoras. Lo único que pudo hacer el aturrullado caballero fue taparse el rostro con una toalla y salir de ahí a todo correr. Lo vieron al pasar las tres mujeres, y tuvieron a la vista los atributos masculinos del que huía. Preguntó una: “¿Quién era ese hombre?”. Dijo la primera señora: “Mi marido no era”. Dijo la segunda: “Tienes razón: no era tu marido. Tampoco era el mío”. Dijo la tercera: “En efecto, no era ninguno de los dos. Y tampoco era ninguno de los socios del club”.

El padre Arsilio habló en su sermón acerca de la sabiduría divina. Todo lo que sale de las manos de Dios, dijo, es perfecto. Al terminar la misa una de sus feligresas lo buscó en la sacristía y se quejó con voz doliente: “Señor cura: usted predicó que todo lo que ha hecho Nuestro Señor es perfecto. Sin embargo conoce a Capronio, mi marido, y sabe que es un borracho, un desobligado, un sinvergüenza. ¿También él es perfecto?”. “Lo es, hija mía –respondió el señor cura-. Es un perfecto cabrón”.

Simpliciano, joven candoroso, le dijo emocionado a su novia, muchacha sabidora: “¡Pirulina! ¡Leo en tus ojos la pureza! ¡Leo la candidez, la castidad y la inocencia! ¡Leo el pudor virginal de una doncella!”. “Caramba, Simpliciano –se preocupó la muchacha-. ¿De veras no sabes leer?”.

Doña Macalota compró una cama muy elegante, de ésas que tienen un poste en cada esquina. A don Chinguetas, su marido, no le gustó la cama, pero se resignó a dormir en ella a pesar de que le molestaba ver aquellos postes frente a él. Esa misma noche la señora tuvo un ingrato despertar: sintió una fuerte patada en el trasero, se vio volando por el aire y cayó luego en el suelo a buena distancia de la cama. “¿Qué significa esto, desalmado? –bufó doña Macalota al mismo tiempo furiosa y asustada-. ¿Por qué me pateaste en esa forma?”. “Perdóname, mujer –contestó don Chinguetas apenado-. Es que soñé que era jugador de futbol soccer. Con esos postes pensé que estaba frente a la portería y tenía que anotar el gol en tiro de penal”.

El pediatra le dijo a Bobolina, la mujer de Babalucas: “Le aconsejo, señora, que no deje que su niño se acostumbre a los brazos”. “¿Y qué quiere que haga, doctor? –respondió ella-. No tengo corazón para cortárselos”.

La chica de tacón dorado estaba en una esquina cuando junto a ella descendió un ovni. Se abrió la puertecilla de la nave, salió un marciano y acercándose a la muchacha le preguntó: “Perdona, linda: ¿aceptas cheques de viajero?”.

Sigue ahora un chiste majadero. Se hace esa advertencia para que después no haya reclamaciones. Algo así como el letrero que vi en una pequeña mercería del barrio del Ojo de Agua en mi natal Saltillo: “No se admiten devoluciones. No sea usted rajón”... Una mundana chica llamada Balaceata, que tenía gran experiencia de la vida, contrajo matrimonio con un músico joven de nombre Semifuso. Al terminar la primera experiencia matrimonial ella se mostró decepcionada. Con voz ácida le dijo a su flamante maridito: “No sabía que tus interpretaciones serían en un órgano tan pequeño”. Replicó el muchacho: “No es que mi órgano sea pequeño. Lo que sucede es que tu sala de conciertos es demasiado grande”.

Jactancio Narcícez, hombre ególatra, pagado de sí mismo, le dijo a Rosibel: “En conjunto no estás del todo mal, muchacha. Tu cabellera rubia se asemeja al Sol que en la mañana asoma por oriente; tu  frente nívea imita las enhiestas cumbres de los volcanes de mi patria; tus labios me recuerdan los corales submarinos; tus dientes son perlas de Ofir; tu cuello es de gacela; tus senos de marfil y rosa son como aquellos que ensalzó en el Cantar de los Cantares el poeta enamorado de la sulamita; tu cintura cimbreante de palmera se enancha en grupa de yegua arábiga; tus piernas, alabastro y mármol, tienen como invertido capitel esos pies tuyos, pequeños como alfileteros donde el rendido bardo dejó clavado su ardiente corazón. ¿Vamos a un motel?”. Respondió Rosibel con laconismo: “No”. “Está bien –dijo Jactancio, desdeñoso-. De cualquier modo no me gustas: hablas demasiado”.

Una comisión de vecinos del edificio visitó a don Chinguetas. Le dijeron: “La vecina del 14 enviudó, y quedó en situación económica difícil. Hemos organizado una rifa y venimos a que nos compres un boleto”. “No tiene caso, amigos -responde él tristeza-. Ustedes conocen a mi esposa Macalota, y saben que aunque me sacara a la vecina no me dejaría traerla la casa”.

La mamá de Rosilita le pidió: “Rézale todas las noches al Niñito Dios para que te mande un hermanito”. Poco después la señora quedó embarazada, y al paso de los meses dio a luz trillizos. “¡Caramba! -se consternó Rosilita-. ¡Debo haber rezado muy fuerte!”.

La maestra preguntó: “El sustantivo ‘locomotora’ ¿es masculino o femenino?”. Pepito respondió sin vacilar: “¡Masculino!”. “Te equivocas, -lo corrigió la maestra-. ‘Locomotora’ es palabra femenina”. “¿Cómo? –fingió sorpresa el tremebundo infante-. ¿Y qué el pito no cuenta?”.

Babalucas salió de su casa vestido de esmoquin. El vecino le preguntó: “¿A dónde vas tan de etiqueta?”. Respondió el pavitonto, orgulloso: “A la graduación de mis lentes”.

El ebrio le dijo al cantinero: “Necesito su ayuda, distinguido. No me puedo hallar la cajetilla de cigarros”. El hombre le buscó en la bolsa de la camisa y se la dio. “Necesito su ayuda otra vez, mi estimado- volvió a decir a poco el azumbrado-. No puedo encontrarme el encendedor”. El cantinero le buscó en las bolsas del saco y se lo entregó. A la hora de pagar dijo de nueva cuenta el temulento: “Ayúdeme por favor, caballero. No puedo encontrarme la cartera”. El cantinero le hurgó en los bolsillos del pantalón y se la dio. Pagó el beodo y se encaminó al baño. Un minuto después apareció en la puerta y le gritó con tartajosa voz al tabernero: “¡Amigo! ¡Otra vez estoy necesitando su ayuda!”.

Celiberia  Sinvarón, madura señorita soltera, encontró novio por fin, y disfrutaba, extática, la novedad de sus caricias. Una noche el galán se atrevió a más, y empezó a besarla en el cuello. Para explicar su audacia le dijo a Celiberia: “Los besos, amada mía, son la voz del amor”. Contestó ella respirando agitadamente: “¡Entonces háblame más bajo!”.

La paciencia es una virtud que admiras en el conductor que está atrás de ti y que odias en el que está delante de ti.

Aquel tipo repetía una y otra vez en la cantina: “¡Soy un pendejo! ¡Soy un pendejo!”. El cantinero le preguntó: “¿Por qué dice eso, amigo?”. Relató el individuo: “Conocí a una señora guapísima. Me invitó a ir a su departamento aprovechando que su marido había salido de la ciudad. Estábamos en la cama cuando se oyó que alguien abría la puerta de la calle. “¡Mi marido!” –se espantó la mujer. Lo único que pude hacer para esconderme fue colgarme del borde de la ventana. Entró el hombre, vio mis manos y empezó a empujarlas para hacerme caer. Yo me agarré desesperadamente al marco. Trajo un martillo y me golpeó con él los dedos. Resistí, y seguí agarrado de la ventana. Trajo una olla de agua hirviendo y me la arrojó. Luego me golpeó en la cabeza con un bate de beisbol. Aun así logré sostenerme. En eso unas señoras que pasaban me vieron colgado así de la ventana, sin ropa. Llamaron a la policía y fui a dar a la cárcel. Ahí estuve seis meses. Hoy salí. ¡Soy un pendejo!”. “No diga eso-trató de consolarlo el cantinero-. A cualquiera le puede suceder algo parecido”. “Sí -contestó el tipo echándose a llorar-. ¡Pero hasta hoy que salí de la cárcel recordé que el departamento de esa señora está en el primer piso. ¡Todo el tiempo estuve colgado a cinco centímetros del suelo!”.

La enfermera Clisteria se quejó con el sindicato: el director del hospital había usado con ella una expresión impropia. La Comisión de Honor y Justicia fue a hablar con el doctor. ¿Qué le había dicho a la enfermera que tanto la ofendió? “Déjenme contarles -empezó a relatar el médico-. Anoche tuve una operación dificilísima que duró hasta las 2 de la mañana. Llegué a mi casa, y estaba durmiendo profundamente cuando sonó el teléfono, a las 5. Era la enfermera Clisteria. Me dijo que había un asunto urgente en el hospital que hacía necesaria mi presencia. Me levanté casi dormido; resbalé en el tapete; caí sobre el buró; quebré una lámpara y me hice una herida en la cabeza. Casi inconsciente me bañé. El agua salió hirviendo, salté y resbalé en el piso, con lo que me luxé una mano. Al rasurarme de prisa me hice una cortada honda en la barbilla. Salí rápidamente en mi coche y fui a chocar con el de un taxista que me hizo pagarle ahí mismo 3 mil pesos. Llegué a todo correr al hospital. Ahí la enfermera que se queja de mi lenguaje me informó cuál era el asunto urgente que requería mi presencia: se habían recibido 10 termómetros. ¿Qué debía ella hacer con ellos? ¿Dónde debía ponerlos? Lo único que hice fue decírselo”.

Una voluptuosa morena se estaba confesando con el maduro párroco del pueblo. Le dijo: “Me acuso, padre, de que cada vez que veo a un hombre siento deseos de hacer el amor con él tres veces seguidas”. Respondió con tristeza el señor cura: “Ve a otra parroquia, hija. Yo ya no te las completo”.

Fecundino se coló a la sala de maternidad donde su esposa acaba de dar a luz trillizos. La enfermera se alarmó al verlo, por el riesgo de una infección. “¡Salga inmediatamente! —le dijo al sujeto—. ¡No está usted esterilizado!”. Respondió con orgullo Fecundino: “Creo que lo acabo de demostrar, señorita”.

Aquel psiquiatra se especializaba en tratar mujeres. Dijo una: “Ese doctor me da muy mala espina. Tiene diván matrimonial”.


Rondín # 16


El borrachín del pueblo fue a la iglesia y le pidió a la Virgen que le hiciera el milagro de mandarle algunos pesos, pues andaba muy apurado de dinero. Volvió al día siguiente, pero sucedió que el cura había quitado a la Virgen para poner en su lugar al Niño Dios. El temulento lo vio y le dijo: “Oye, chamaco: ¿qué tu mamá no te dejó unos centavos para mí?”.

Pancho el mexicano se arriesgó a ir en su automóvil por una solitaria carretera de Transilvania. Lo hizo de noche, a pesar de que le dijeron que por ahí se aparecía Drácula. De repente una llanta tronó. El conductor bajó a a cambiarla, y en eso ¡flap, flap, flap!, apareció el vampiro. Pancho había oído decir que el signo de la cruz espanta a Drácula. Así pues tomó la cruceta y la esgrimió ante él. “Esa no vale” —se burló el conde sin dejar de avanzar—. “¡Sí vale, caborón!” —dijo el mexicano. Y así diciendo la emprendió a golpes de cruceta contra el desdichado vampiro, que huyó despavorido lanzando maldiciones.

Poco tiempo después de haberse casado la mamá de Pepito quedó embarazada. Pasados unos meses su ginecólogo le dio la gratísima noticia de que sería madre de mellizos. Por mala suerte cuando se cumplió la fecha del parto el doctor estaba fuera de la ciudad, y el papá de Pepito se vio en la necesidad de llamar a otro médico para que asistiera en el alumbramiento a su mujer. Llegado el momento nació el primer niño. Pero sucedió que el bebé no comenzó a respirar por sí solo. El doctor lo tomó por los piecitos, lo levantó en alto y le dio una fuerte nalgada. El niño siguió sin respirar. Otro golpe más fuerte, y nada. Y otro, y otro. El médico, alarmado, le propinó varias nalgadas más. Por fin el niño lloró y empezó a respirar normalmente. El facultativo le entregó a una enfermera el niño y se dispuso a esperar la aparición del otro mellizo. Pero pasaron 5 minutos y la criatura no salió. Pasaron 10 minutos, y 15, y media hora, y el otro niño no nacíó. El médico se preocupó. Bastante. Le preguntó a la parturienta: “Señora: ¿quién le dijo que iba usted a tener mellizos?”. “Me lo dijo mi ginecólogo, doctor —respondió ella. “Quizá se equivocó —arriesgó el obstetra—. Si hubiera usted concebido mellizos ya habría nacido el otro. Ha pasado más de una hora desde el nacimiento del primero, y no hay trazas de que venga otro. Me va a perdonar, pero tengo otras pacientes que atender y no puedo esperar más”. Y así diciendo el médico abandonó la sala de partos. Mal había cerrado la puerta cuando salió al mundo el otro niño, que era precisamente Pepito. La señora le preguntó, irritada: “¿Por qué no salías?”. “¡Ni mádere! —respondió Pepito—. ¡Al indejo de mi hermano se le ocurrió salir estando ese caborón, y ya viste los ingazos que le puso!”.

La señorita Peripalda congratuló a los niños del catecismo: “¡Felices Pascuas!” —les dijo. Preguntó luego: “¿Saben qué significa ‘Pascuas’?”. Pepito razonó: “Paz cuaz. ¿Son dos golpes seguidos?”.

Alguien le preguntó a Usurino Matatías, hombre avaro y cicatero: “¿Dónde pasaste las vacaciones?”. Respondió: “En el Pacífico”. Inquirió el otro, admirado: “¿En alguna isla del Pacífico?”. “No —precisó don Usurino—. En el pacífico refugio de mi hogar”.

Dola Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, fue a una playa de moda. Entró en el mar y una ola grande la arrastró. Un mesero del bar andaba cerca. Se arrojó al agua, nadó vigorosamente y la salvó. Ya fuera de peligro doña Panoplia trajo su bolsa y le preguntó a su salvador: “Dime, muchacho: ¿cuánto se da de propina por esto?”.

El médico habló muy seriamente con Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne. Le dijo: “Su esposa muestra graves síntomas de agotamiento. Y es explicable: me informa que le hace usted el amor nueve o diez veces cada día”. “Es cierto, doctor —confesó Pitongo apenado—. Tengo esa debilidad”.

El padre Arsilio, dicho sea sin ofender, era algo sordo. En cierta ocasión estaba confesando a Libidiano, uno de sus feligreses más confesables. Le dijo el pecador: “Me acuso, padre, de que tengo relación carnal con varias mujeres casadas”. “No te escucho” —respondió el anciano sacerdote al tiempo que se ponía una mano en la oreja para oír mejor. Repitió Libidiano en voz más alta: “¡Le digo que me acuso de tener relación carnal con varias mujeres casadas!”. Volvió de decir el señor cura: “Habla más fuerte, hijo. Soy un poco duro de oído”. A voz en cuello gritó entonces el proficuo follador: “¡¡¡Le digo, padre, que tengo relación carnal con varias mujeres casadas!!!”. Para entonces ya todas las feligresas que estaban haciendo fila para confesarse habían oído aquello, y alargaban el cuello, curiosas, en espera de oír más. Libidiano advirtió eso. Sin esperar la absolución salió del confesonario y en forma muy atenta se dirigió a las damas. Dijo: “En vista de lo sucedido, señoras mías, no me queda más que ponerme a sus muy apreciables órdenes”.

Don Languidio llegó a su casa después de la consulta con el médico. Le contó muy preocupado a su esposa, doña Avidia: “Dice el doctor que tengo alta presión”. “Posiblemente —replicó ella con desabrimiento—. Pero no la tienes donde la deberías tener”.

El paterfamilias reprendía a su hijo, pues había sacado malas calificaciones en la escuela. Le dijo con severidad: “El próximo mes tendrás que traerme puros nueves y dieces”. Estaba ahí un compadre del señor. Le dijo con acento de reproche: “No la friegue, compadre. Usted es un burro; mi comadre es una mula, ¿y quiere usted un cuarto de milla?”.

Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, fue a una fiesta e invitó a bailar a una señora. Le dijo ella: “Se ve usted bien borracho”. “Es usted muy amable —agradeció Garrajarra—. Y sobrio me veo mejor”.

Don Feblicio, señor que al parecer había perdido ya los arrestos de la juventud, comentó en la oficina: “Mi esposa compró una cama de agua, no sé con qué propósito. Seguramente ese propósito no se cumplió, porque ahora a la cama ella le dice ‘el Mar Muerto’”.

La señora acababa de dar a luz a su hijo número 15. El obstetra, preocupado, llama al marido y le dijo: “Ya tienen ustedes muchos hijos. ¿Por qué en lo sucesivo no usa condón?”. “Doctor —respondió el hombre, solemne—. Los hijos nos lo envía el Señor”. “Es cierto —concedió el facultativo—. Pero también nos envía la lluvia, y nos ponemos impermeable”.

Rosibel, la linda secretaria de don Algón, le comentó a su amiga Susiflor: “Me molesta una costumbre de mi jefe: cuando me dicta se sienta a mi lado y me pone una mano en la cintura. ¿El tuyo no hace eso?”. “No —respondió Susiflor—. Sus intenciones son más bajas”.

Los recién casados llegaron a la suite nupcial donde pasarían la noche de bodas. El novio, nervioso, no acertaba a meter la llave en la cerradura de la habitación. Su flamante mujercita le dijo llena de inquietud: “Mejor dejamos para mañana lo de la noche de bodas, Leovigildo. Hoy no traes buena puntería”.

El novio, solemne, le dijo a su flamante mujercita al salir de la iglesia donde se casaron: “Rosibel, quiero que sepas que los tamales me gustan nada más de puerco”. Preguntó ella, extrañada: “¿Por qué me dices eso?”. Contestó el recién casado: “Para que nunca me vayas a hacer de chivo los tamales”. ¡Qué linda palabra es ésa, tamal, y en cuántas sabrosas expresiones aparece! “Hacer de chivo los tamales” significa engañar al cónyuge.

Don Cornulio llegó a su casa, y en la recámara oyó ruidos extraños dentro de un clóset. Lo abrió. Ahí estaba un negro enorme. Muy enojado le reclamó: “¿Qué hace usted aquí? ¡Este es el clóset de blancos!”.

Don Chinguetas fue a la farmacia y le reclamó furioso al dependiente: “¡Me vendió usted un tónico para que salga el pelo, y en vez de pelo me salieron en la cabeza dos chichones!”. Acudió el farmacéutico, y don Chinguetas le mostró el frasco de la poción que el empleado le había vendido: “¡Qué barbaridad! —se consternó el de la farmacia—. Con razón le salieron dos chichones al señor. ¡Le diste un tónico para desarrollar el busto!”.

Aquel señor fue a hacer un trámite en cierta oficina pública. El encargado le pidió una elevada suma a cambio de realizar la gestión que le solicitaba. “—Me parece mucho dinero’’ — se resistió el peticionario. “—Es lo que cobro —respondió con prepotencia el otro—. Mis servicios son caros. ¿O cree usted que un indejo cualquiera puede estar donde estoy yo?’’. “—Desde luego que no —replica el ciudadano—. Supongo que tiene que ser un indejo muy especial’’.

Le dice el elefante a la elefanta: “—No sé qué diga la gente acerca de nuestra memoria. Yo no recuerdo haberte prometido que me casaría contigo’’.


Rondín # 17


Se quejaba un individuo: “—Para casarme yo soñaba encontrarme una mujer que fuera una dama en la sala, una economista en la cocina y una cortesana en la recámara. Me tocó una que es una cortesana en la sala, una dama en la cocina y una economista en la recámara’’.

Capronio llegó al consultorio de un odontólogo. Lo acompañaba su mujer. “Doctor —le dijo al médico—, necesito una extracción dental. Pero traigo mucha prisa, de modo que proceda usted a sacar el diente en forma rápida posible, sin anestesia, para no perder tiempo”. “Caramba, señor —se admiró el facultativo—. Qué valor tan grande el suyo ¿Cuál es el diente que debo sacar?”. Capronio se volvió hacia su esposa y le ordenó: “Dile al doctor cuál es el diente que te duele”.

Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, se sintió un día cansada de vivir en soledad. Publicó entonces un aviso en el periódico: “Anhelo conocer a un hombre para entablar con él una relación seria y permanente. El interesado deberá reunir tres condiciones: jamás me pondrá la mano encima; nunca se irá de mi lado, y deberá ser un excelente amante”. Pasaron varias semanas sin que ningún solicitante respondiera. La señorita Sinpitier había renunciado ya a toda esperanza cuando un buen día sonó el timbre de su puerta. La abrió y no vio a nadie. Pero entonces oyó una voz que provenía del piso. “¿Es usted Solicia Sinpitier?”. Llena de asombro volvió ella la vista hacia abajo y vio que quien estaba ahí era un hombre sin brazos y sin piernas. Respondió conturbada: “Sí, yo soy. ¿Qué se le ofrece?”. “Vengo por el anuncio —dice el tipo—. Soy el hombre que usted necesita”. Replicó estupefacta la señorita Sinpitier: “¿Cómo puede ser?”. Replicó el visitante: “Reúno todos los requisitos que usted marca. No tengo brazos. Eso impide que le ponga una mano encima. Tampoco tengo piernas; por tanto no puedo irme de su lado”. Inquirió desconcertada la señorita Sinpitier: “¿Y lo de buen amante?”. Contestó, retador, el individuo: “Toqué el timbre de la puerta ¿no?”.

El padre Arsilio les contaba a los niños del catecismo la historia de Herodes. Relató: “Después de que aquel mal monarca mandó matar a los Santos Inocentes una madre se dirigió a Herodes y le dijo: ‘Serás castigado, porque hay alguien que vale más que un rey’”. El padre Arsilio hizo una pausa y luego les preguntó a los niños: “¿A quién se refería esa pobre madre? ¿Quién vale más que un rey?”. Sin pedir la palabra Pepito respondió: “¡Un as!”.

El doctor Ken Hosanna examinó a don Crésido, anciano ricachó, y luego hizo: “Mmm… Mmm”. Ese sonido, indicativo de preocupación, le servía para elevar el monto de sus honorarios. Preguntó con angustia el valetudinario: “¿Cómo me ve, doctor? ¿Estoy muy mal?”. Respondió el facultativo: “No se preocupe, don Crésido. Todavía podrá usted dar mucha alegría a sus hijos y a sus nietos”. “¿De veras, doctor?” -exclamó el carcamal, esperanzado. “De veras –confirmó el galeno-. Se alegrarán mucho cuando conozcan su testamento”.

La maestra del kinder, que había llevado a los niños a nadar, observó que todos los chiquillos flotaban de espaldas en la alberca, sin dejar que las niñas se acercaran, cosa que mortificaba mucho a las pequeñas. Fue la profesora con los chamacos y les preguntó qué sucedía. Uno contestó a nombre de todos. Dijo: “Estamos jugando a los submarinos”. Inquirió, severa, la maestra: “¿Y por qué no dejan que las niñas jueguen también?”. Explicó el niño: “Ellas no tienen periscopio”.

Don Poseidón, ranchero acomodado, fue a consultar a un médico. Éste, después del correspondiente examen, le recetó varias píldoras. Le dijo al despedirlo: “No se le olvide: las píldoras verdes son para el riñón, las rojas para el hígado y las azules para el corazón”. Respondió el silvestre señor: “A mí no se me olvidará, doctor. Pero las píldoras, ¿saben pa’ ónde ganar?”.

Narraré ahora la historia del vaquero ingrato. Atacado por los indios recibió un flechazo. Para salvar la vida escapó a todo galope en su caballo y se internó en el desierto de Mojave. Herido, sin agua, bien pronto el agobiante sol lo hizo perder el sentido. Cayó de su caballo, e iba a morir seguramente. Pero ¡oh maravilla¡ El corcel tomó con los dientes su sombrero y galopó hasta encontrar un charco de agua. Llenó con ella el sombrero, regresó a donde estaba su amo y le dio a beber el agua. Luego lo arrastró hasta una cueva donde estaría protegido del sol. A toda prisa fue después hasta el pueblo donde vivía su amo, y dirigiéndose al consultorio del doctor lo guió hasta donde estaba el vaquero. Así, gracias a su corcel, el cowboy salvó la vida. Semanas después un periodista que se enteró de la historia entrevistó al vaquero. Le dijo: “Pienso que su caballo es el animal más inteligente de este lado de las Rocallosas”. “Ni tanto -respondió el ingrato con desdén-. El pendejo me llevó un veterinario”.

En presencia de su mamá el niñito le pidió a su nana: “Llévame de caballito, Famulina”. “¡Ah, no! -protestó la muchacha-. Ya estás muy grande para tenerte encima. No puedo contigo”. El chiquillo se echó a llorar: “¡Y cómo a mi papi sí lo puedes tener encima!”.

Un hombrecito pequeño y desmedrado estaba solo en una mesa de cantina. Mantenía fijos los ojos en su copa, sin beberla. Largo rato estuvo así, contemplando la copa que tenía delante. Un rudo sujeto que bebía con sus amigos les hizo notar aquello, lo cual dio lugar a comentarios burlescos que el pequeño señor ni siquiera advirtió. A fin de divertirse y divertir a sus amigos el hombrón se levantó, fue a donde estaba el chaparrito y sin decir palabra le quitó la copa de la mano y se la bebió de un solo trago entre las risotadas de sus amigotes. “¡Caramba! –exclamó lleno de aflicción el pequeño señor meneando la cabeza-. ¡Qué mal día he tenido!”. “¿Por qué?” -le preguntó con desdén el incivil sujeto. Respondió el hombrecito: “Hoy en la mañana fui despedido de mi empleo. Regresé a mi casa y encontré a mi esposa en brazos de mi mejor amigo. Supe entonces que entre los dos me han despojado de todos mis bienes. Me quedé solo en la vida; sin trabajo, sin dinero, sin amigos. Desesperado, decidí suicidarme. ¡Y ahora viene usted y se bebe mi copa de veneno!”.

Susiflor dijo en el teléfono: “Fecundino: ¿recuerdas que la última vez que estuvimos juntos te dije que no quería volverte a ver? Pues bien: he cambiado de opinión”. Preguntó él: “¿De dónde estás llamando?”. Respondió Susiflor: “Del consultorio de mi ginecólogo”.

Una joven mujer le contó a otra: “Me juré a mí misma no hacer el amor hasta encontrar al hombre perfecto”. “¡Caramba! –se admiró la amiga-. ¡Eso debe ser un sacrificio muy grande!”. Replicó la otra: “A mí no me ha costado ningún trabajo. El que está furioso es mi marido”.

El abuelo se puso la chaqueta que había usado en la universidad, cuando fue miembro del equipo de futbol americano. En la prenda lucía el número 10. Su nieto mayor le preguntó: “¿Por qué ese número?”. Respondió el señor: “En aquel tiempo los jugadores del equipo acostumbrábamos poner en nuestro uniforme el número de las amigas íntimas que teníamos”. Oyó aquello la abuela y comentó: “Entonces le sobra el uno”.

Los recién casados recibieron como regalo de bodas un perico. El cotorro estaba ya en la casa cuando los novios regresaron de la luna de miel. Empezó la juvenil pareja con sus arrumacos, y el lorito, curioso, no les quitaba la vista de encima. Nerviosa por aquella molesta vigilancia la flamante esposa cubrió la jaula con una toalla y amenazó al pajarraco: “Si te asomas te desplumaré la cabeza”. Dicho lo anterior los desposados trajeron a la recámara la maleta en que traían sus cosas. Pero no la podían abrir, pues al parecer el cierre se había atorado por exceso de contenido. El muchacho pensó que aplanando un poco la maleta la podría abrir, de modo que le pidió a su mujercita: “Ponte arriba, mi amor”. “No –dijo ella-. Mejor súbete tú”. Sugirió el muchacho: “¿Qué te parece si los dos nos ponemos arriba?”.  Entonces el perico asomó la cabeza al tiempo que exclamaba: “¡Eso lo tengo yo que ver, no importa que me quede calvo!”.

Un sujeto contrajo matrimonio con una agente de tránsito. En la mismísima noche de bodas la novia le impuso a su flamante maridito una severa multa por exceso de velocidad, por entrar por vía equivocada y por no ponerse casco.

La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo con voz tímida: “Anoche soñé que me comprabas un abrigo”. “Fantástico –respondió el maldito-. A ver si esta noche sueñas el dinero”.

Chicholina, joven mujer de mucha pechonalidad, les contó a sus amigas: “Corté las relaciones con mi novio Manotino”. Le preguntó una: “¿Por qué?”. Respondió la bien dotada joven: “Le gustaban mucho las copas”. “¿Era muy borracho?”. “No -precisó ella-. Las copas de mi brassiére”.

Don Sinople, señor de buena sociedad, solía hacer alarde de su valiosa colección de cuadros, en especial de un Picasso, su mayor orgullo. Sin embargo una de las criaditas de la casa decía con tono despectivo: “¡Bah! El señor presume de que tiene un Picasso fabuloso, y no tiene más que un piquillo de este tamaño”.

Comentaba con cierta envidia una señora: “¡Qué afortunada es mi vecina! Tiene televisor, horno de micro hondas y marido ¡y los tres le funcionan!”.

El director de recursos humanos revisaba las solicitudes de empleo. “El que llenó ésta –dijo- es muy sabio o muy ignorante. En el renglón correspondiente a estado civil puso: ‘Cazado’”.


Rondín # 18


Avaricio Cenaoscuras, lo sabemos, es un hombre cicatero, cutre, sórdido, agarrado. Su pobre mujer les refería a sus amigas los apuros que pasaba por causa de la mezquindad de su marido: “Nunca me quiere dar para ir al salón de belleza. Para rizarme el pelo tengo que meter el dedo en el socket de la electricidad”.

Relataba un individuo: “La afición a la música nos salvó a mi esposa y a mí de morir ahogados en la reciente inundación. Cuando las aguas empezaron a crecer ella salió de la casa flotando sobre su contrabajo”. “¿Y tú? -le preguntó alguien. Contestó el sujeto: “Yo la acompañé en el piano”.

Doña Goreta hacía gala de las virtudes de su esposo. “Jamás me ha engañado –comentó en la merienda de los jueves-. Siempre ha sido absolutamente fiel”. Replicó doña Felicia: “No te envidio. Si tu marido es de alta fidelidad el mío es de alta frecuencia”.

Dos amigos acostumbraban jugar al futbol soccer los fines de semana. Le contó uno al otro: “El domingo me aventé una chilena”. Dijo el amigo: “Te felicito. Las chilenas son muy guapas”.

Un hombre con aire de perdonavidas entró en la cantina del lugar. Paseó su vista por todos los parroquianos y luego preguntó con acento retador: “¿Hay alguien aquí que se crea muy gallo?”. Un charro se levantó de la mesa. Se echó hacia atrás el sombrero, y con la mano en la pistola fue hacia el bravucón y se le plantó delante. “Aquí estoy pa’ lo que guste mandar, amigo. Yo me creo muy gallo”. “Entonces, señor -dijo el otro cambiando el tono de la voz-, ¿sería tan amable de despertarme con su canto a las 5 de la mañana?”.

Un indocumentado logró finalmente su propósito de internarse en los Estados Unidos. Le puso un mensaje a su mujer: “Ya llegué a Dallas”. La esposa le contestó con otro mensaje: “Envía dinero. Yo ya estoy llegando a lo mismo”.

En el bar del hotel una bella muchacha bebía sola. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió al barman que le llevara una copa de su parte. La chica rechazó el obsequio, molesta, y le dijo a su galanteador: “¿Acaso crees que con una copa puedes llevarme a la cama?”. Preguntó Afrodisio: “¿Cuántas se necesitan?”.

El sheriff de aquel pueblo del Salvaje Oeste tomó el teléfono y marcó el número 4-44-444-444. Le contestó una voz: “Diga”. Preguntó el sheriff: “¿Están los cuatreros?”. (Un chiste más como éste y mis cuatro lectores quedarán reducidos a dos)…

Un astroso individuo entró a una cantina y le preguntó al tabernero: “¿Hay caldo de pollo?”. Respondió el hombre: “Ésta es una cantina, no un restorán. Aquí no servimos comida”. Se fue el tipo, pero regresó media hora después. “¿Tiene caldo de pollo?”. “Ya le dije que no hay —volvió a decirle el cantinero—.Vaya a un restorán”. Se retira el sujeto, pero antes de una hora estuvo de vuelta. “¿Tiene caldo de pollo?”. “¡Ya le dije que no! —estalla el de la cantina—. ¡Y no me moleste más! ¡Si vuelve a pedirme caldo de pollo le clavaré la pija en el mostrador!”. Salió de la cantina el individuo. Regresó un par de horas después. “¿Tiene clavos?”. “No” —contesta desconcertado el tabernero. “Entonces —preguntó el tipo— ¿tiene caldo de pollo?”.

En un bar de Tucson una joven y atractiva norteamericana entabló conversación con el hombre que estaba a su lado. “Soy investigadora —le dijo—, y he encontrado un dato interesante. Los mejores amantes de esta región han sido siempre los indios pieles rojas y los colonos mexicanos. Pero, perdóneme, no me presenté. Soy Margo Mead”. Dijo el otro: “Y yo soy Toro Sentado González, para servir a usted”.

Cierto señor sufrió un accidente automovilístico y fue sometido a una cirugía plástica en el rostro. Tiempo después les contó a sus amigos: “Me pusieron un injerto de mi propia piel en la cara”. Preguntó uno: “¿De dónde te tomaron piel para el injerto?”. “No sé —respondió el señor—. Pero cada vez que me canso mi cara se quiere sentar”.

El cuento que sigue no debe ser leído por personas con escrúpulos morales…Una dama con mucha ciencia de la vida conoció a un rudo mocetón de torosa musculatura, y entró en deseos de refocilarse con él. Lo llevó a su departamento, y empleando sutiles artes aprendidas en muchos trances similares lo puso pronto en acezante estado de lubricidad. Ya iba el mancebo a consumar el trance cuando ella lo detuvo. Le preguntó: “¿No traes preservativo?”. El muchacho, confundido, respondió que no. “Yo tengo uno —dijo ella. Y extrajo de su bolso el artilugio. El muchacho lo sacó del sobrecito y procedió a examinarlo fijamente. Luego, sin decir palabra, empezó a ponérselo a manera de gorro en la cabeza. Le dijo la mujer entre asombrada y divertida: “Ahí no se pone”. “Ya lo sé —contesta el mocetón_. Lo estoy aflojando”.

Una vez ante un médico famoso llegóse un hombre de mirar sombrío. “Sufro —le dijo— un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío”. “¿Qué le sucede?” —quiso saber el galeno. “Doctor —responde angustiado el tipo—. Estoy perdiendo el oído. Daría todo por oír bien otra vez’”. El especialista, después de examinarlo, le preguntó: “¿Come usted mucho?”. “Sí, doctor. Soy un gourmand que aprecia los placeres de la buena mesa”. “Tendrá que dejar eso. De hoy en adelante su dieta será media toronja en el desayuno, 30 gramos de pescado hervido en la comida y una manzana en la cena”. “Seguiré esa dieta, doctor. Lo que quiero es oír bien”. “Perfecto. ¿Fuma usted?”. “Mucho, doctor. Más de dos cajetillas diarias”. “Deberá dejar el cigarro”. “Lo dejaré, doctor. Quiero recuperar el oído”. “Y dígame: ¿bebe usted?”. “Sí, doctor. Me considero un gourmet”. Siguió diciendo el hombre: “Me gustan los buenos vinos y licores”. “Despídase de ellos. Ya no podrá beber más que agua”. “Sólo agua beberé, doctor. Lo único que quiero es oír bien”. “Lo felicito. Tiene usted mucha determinación; es un magnífico paciente. Le aseguro que con esos sacrificios mejorará la salud general de su cuerpo y se cumplirá su anhelo: oirá perfectamente bien. Voy a escribirle una receta... Ah, se me olvidaba algo. ¿Practica usted el sexo?”. “Claro que sí, doctor. Me encantan las mujeres”. “Tendrá que dejar de hacer el amor algunos días. Digamos, una semana”. “¡Ah, no, doctor! ¡Eso sí que no! Prefiero quedarme sordo como estoy. Total, pa’ las pendejadas que oye uno”.

El padre Arsilio notó que una pareja de ancianitos iban a la misa de 11 todos los domingos, y que a lo largo de la celebración permanecían tomados de la mano. Lo conmovió ver eso, y un día los felicitó. “Son ustedes un ejemplo —les dice—. A todos nos inspira verla, señora, tomar de la mano a su marido”. Responde la ancianita: “Es el único modo de evitar que le pellizque una pompi a la mujer que está delante”.

Un individuo de barba sucia y descuidada, las ropas en desorden, hirsutos los cabellos, entró en un restaurante. Con voces destempladas llamó al mesero y le ordenó en modo descortés que le sirviera unas costillas de puerco. Atendió la orden el mesero y le trajo su plato al barbaján. Lo probó el tipo; furioso esgrimió en alto el tenedor con un pedazo de carne y le preguntó rudamente al camarero: “¿A esto llamas puerco, idiota?”. Sin inmutarse preguntó a su vez el mesero: “¿A qué lado del tenedor se refiere usted?”.

A don Hulero, señor algo cobarde, le dolía una muela. Por temor se resistía a ir con el odontólogo, pero tan grande se hizo su dolor que al fin se decidió. Lo examinó el dentista, y en tal estado halló la pieza que se determinó a sacarla. No pudo hacerlo, pues cada vez que acercaba la pinza a don Hulero éste apretaba los dientes, temeroso. Llamó aparte el facultativo a su enfermera y la instruyó. La siguiente vez que el odontólogo acercó la pinza fue la enfermera, se le sentó en el regazo a don Hulero y empezó a acariciarlo sugestivamente. Abrió la boca el vejancón, encantado por aquello, y eso fue aprovechado por el médico para sacarle la muela. Le dijo. “¿Ya vio? ¿No duele tanto?”. “Sí duele, doctor —respondió el viejo al tiempo que retenía junto a sí a la enfermera—. Pero ¿podría sacarme otra?”.

Dijo doña Panoplia, dama de buena sociedad: “Mi abuelo era ruso blanco”. Apuntó un invitado: “Mi abuela era rusa morada”. La anfitriona enarcó las cejas la anfitriona. “No hay rusos morados”. “Sí los hay —replicó el otro—. Mi familia vivía en Siberia. Una vez íbamos por el bosque en lo más crudo del invierno, y mi abuelita tuvo que hacer del uno. Le vi las pompas, y le aseguro a usted que las tenía moradas”.

En la fiesta el pescador contaba a los invitados su última experiencia. “El río estaba casi congelado. Cuando entré en el agua la parte correspondiente a la entrepierna se me puso de este tamaño”. Y al decir eso señaló con índice y pulgar una medida muy pequeña. “¡Cómo! —exclamó con asombro su esposa—. ¿Te creció?”.

Una mujer estaba de rodillas en la iglesia. Vestía ropas de luto y oraba en alta voz con gemebundo acento: “Señor: encomiendo a tu infinita misericordia el alma de mi esposo. He sabido que fue un mujeriego. Acabo de enterarme de que se gastó en sus aventuras amorosas el dinero que habíamos ahorrado para la educación de nuestros hijos. También apenas ayer supe que tuvo un romance con mi mejor amiga. A pesar de todo, Señor, te pido que le perdones sus pecados”. El padre Arsilio oyó las deprecaciones de la señora y fue hacia a ella. “Dime, hija -le preguntó con paternal solicitud-. ¿Cuándo murió tu esposo?”. Respondió la mujer con ominoso acento: “Mañana”.

Babalucas le contó a su señora: “El taxista que me trajo venía muy aprisa. No vio a un perro que cruzaba la calle, y casi lo atropella”. “¡Malvado cafre! -se indignó ella-. ¿Qué tal si llega a atropellar a un peatón?”. “¡O a una persona!” -se indignó Babalucas aún más.


Rondín # 19


La parejita salió del templo donde había tenido lugar su boda, y los invitados les arrojaron a los novios el consabido arroz. Una de las asistentes le comentó  a otra: “Creo que ya están ansiosos por consumar el matrimonio. Mira: el arroz que les cae queda cocido”. Esos mismos recién casados llegaron al domicilio de la novia antes de salir al viaje de bodas, pues ahí habían dejado su equipaje. El papá de la chica preguntó: “¿Dónde están los novios?”. Respondió la mamá: “Arriba, juntando sus cosas”. Exclamó el señor: “¿Tan pronto?”.

La linda muchacha iba por la calle. Un majadero tipo se le acercó y le preguntó sin más: “¿Cuánto cobras?”. Respondió ella con indignación: “¡No confunda!”. “Está bien -concedió el barbaján-. Lo haremos sin funda”.

La esposa de don Languidio declaró en la merienda de los jueves: “Mi marido es bisexual”. “¡Cómo!” -exclamaron al unísono las señoras. “Sí -confirmó ella-. Hace el sexo dos veces al año”.

Un pariente de Babalucas pasó a mejor vida. En el velorio un señor le dio el pésame: “Lo siento”. “Gracias –respondió Babalucas-, pero mejor déjelo así, acostadito”.

Aquel hombre estaba casado con una mujer de nombre Analisa, a la que todos llamaban Lisa. Un día llevó a un amigo a su casa, y le pidió a Analisa que les trajera unas cervezas. Pasó un buen rato, y el visitante le dijo al marido: “Hace más de media hora que le pediste las cheves a tu esposa, y no las ha traído”. Respondió el otro: “¿No has oído hablar de la famosa hueva de Lisa?”.

Se casó Susiflor. Su mamá le adornó con un bordado de flores el negligé que luciría en su noche nupcial. Cuando la pareja regresó del viaje de bodas la señora le preguntó a su hija: “¿Le gustaron a Vehemencio las flores del negligé?”. “Ni las vio, mami -respondió Susiflor-. Se fue directito a la maceta”.

Simplicio, joven candoroso, contrajo matrimonio. En la despedida de soltero sus amigos casados le dijeron: “Ahora vas a saber lo que es follar a fuerza”. La predicción se cumplió: Avidia, la novia del muchacho, le salió ardiente, sensual, lúbrica, gran gustadora de los placeres del connubio. Dos, y hasta tres veces al día se le acercaba, voluptuosa, y le demandaba una nueva demostración de amor. El pobre muchacho no podía negarse a las eróticas solicitaciones de su mujercita, y andaba todo agotado, laso, feble y escuchimizado. Una día le dijo ella después de terminar uno de los innumerables episodios de himeneo: “Mi amor: la próxima semana cumpliremos un mes de casados, y estoy pensando en hacerte un regalito. ¿Qué te gustaría?”. Respondió Simplicio con voz que apenas se escuchaba: “Llegar”.

Augurio Malsinado, de vacaciones en París, le envió un mensaje a su psiquiatra: “La estoy pasando muy bien, doctor. ¿Por qué?”.

El oficial del Registro Civil le dijo a don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia: “Ya no insista, señor. Su contrato de matrimonio no tiene fecha de vencimiento”.

Imposible negarlo: Nalgarina Grandpompier, vedette de moda, se había echado algunos kilitos encima, y casi todos se le habían ido a la parte posterior. Así sucede: a los señores los kilos de más se nos van a la barriga, y a las señoras se les van a las pompas. Un día la Grandpompier se topó con Viperina, corista de segunda fila que por fuera se decía su amiga y por dentro era su enemiga mayor. Viperina le miró el trasero y exclamó con fingida admiración: “¡Caramba! ¡Veo que has ampliado el negocio!”.

Don Añilio, senescente caballero, declaró con orgullo: “Antes del Viagra lo mío estaba en vías de extinción. Ahora está en vías de extensión”.

Superman llegó a su casa después de cumplir una de sus misiones salvadoras. Al entrar en la recámara vio algo que le llamó la atención, y le dirigió a su esposa, Luisa Lane, una mirada de interrogación. Dijo ella, nerviosa: “Te juro que no sé qué hace aquí un traje de Batman. Debe ser un error de la tintorería”.

En la penumbra de la sala cinematográfica don Chinguetas exclamó: “¡Caramba! ¡Qué manera de manejar la pasión, el erotismo, la lujuria y la sensualidad; todas las reconditeces de la libídine y el amor carnal!”. Le preguntó doña Macalota, su mujer: “¿Hablas del director de la película?”. “No –replicó don Chinguetas-. Hablo de esa parejita que está allá”.

La gallina corría delante del gallo que la perseguía con intenciones más que claras. Sin dejar de correr la gallinita les pidió en voz baja a las demás gallinas: “”Muchachas: díganme si no voy corriendo demasiado aprisa”.

Dulcilí, joven ingenua, le comentó a su amiga Rosibel: “Tengo remordimientos de conciencia: dejé que mi novio me pusiera la mano en la rodilla”. Contestó Rosibel: “Yo también tengo remordimientos, pero los míos están unos 40 centímetros más arriba”.

El niño estaba jugando con su estuche de química. Tomó una lombriz del jardín y la roció con un líquido que había obtenido de la mezcla de otros. Al instante la lombricita se puso dura y rígida. El abuelo del pequeño vio aquello y le dijo: “Si tienes la fórmula de ese líquido yo tengo una idea para su uso que nos hará ricos a los dos”.

Don Madano, hombre robusto, subió a una báscula para pesarse. Le salió un papelito que decía: “Por favor, una sola persona a la vez”.

Afrodisio relató su último romance: “Nuestro amor fue rápido y furioso. Yo fui rápido, y ella se puso furiosa”.

Empédocles Etílez declaró: “No cabe duda: la edad mejora al vino. Mientras más viejo soy me sabe mejor”.

Don Chinguetas comentó acerca de su esposa, doña Macalota: “Cuando nos casamos me daba amor de casa: lo hacíamos en la sala, en la cocina, en toda la casa. Pasó el tiempo y empezó a darme amor de alcoba: lo hacíamos solamente en la recámara. Ahora me da amor de alberca: nada, nada, nada”.


Rondín # 20


Un conejito de laboratorio logró escapar de la jaula donde lo tenían encerrado los científicos que estudiaban los efectos de la mariguana. Saltando saltando llegó a un ameno prado en el cual triscaban otros conejos. Les preguntó: “¿Qué hacen aquí?”. Le dijo uno: “Comemos la fresca hierba cuajada de rocío. Pruébala”. El conejito la encontró sabrosa. “Y esto no es nada –le dijo otro conejo-. En ese otro prado hay unas zanahorias deliciosas que de seguro te gustarán también”. Fue el conejito con sus nuevos amigos y comió de aquellas zanahorias. Declaró: “¡Están riquísimas!”. “Y esto no es nada –manifestó un tercero-. Vamos a aquel prado. Ahí están las conejitas. De seguro van a gustarte más que la hierba y las zanahorias”. En efecto, el invitado disfrutó cumplidamente el trato con las lindas hembritas. Terminado el agasajo el visitante les dijo a sus anfitriones: “Muchas gracias, amigos, por su hospitalidad. Me gustaría quedarme con ustedes, pero debo regresar al laboratorio”. “¿Al laboratorio? –exclamó con asombro uno de los conejos-. ¿Cómo es posible que quieras volver a ese lugar donde te tienen encerrado en una jaula? ¿Acaso no te gustó la libertad?”. Respondió el conejito: “La gocé plenamente”. “¿No te gustó la hierba que comiste?”. “Es muy sabrosa”. “¿No te gustaron las zanahorias que probaste?”. “Son riquísimas”. “¿No te gustaron las conejitas?”. “Eso es lo mejor”. “Entonces –preguntó el otro- ¿por qué quieres volver al laboratorio de la mariguana?”. Explicó el conejito: “Porque me estoy muriendo por un toque”.

Los novios se iban a casar. La víspera de la boda ella llevó a su prometido al departamento donde iban a vivir, lo condujo a la alcoba y ahí le hizo una demostración cabal de los placeres conyugales que lo esperaban. Terminado el erótico deliquio la habilidosa muchacha le preguntó a su galán, que yacía de espaldas en la cama con el gratísimo cansancio que sigue al acto del amor: “Después de esto ¿todavía seguirás preguntándome si sé cocinar?”…

Avaricio Cenaoscuras, hombre parvífico, es decir cutre, cicatero, miserable, estaba frotando una moneda de un peso en la cubierta de granito de la mesa. Lo vio un amigo y le preguntó, extrañado: “¿Qué haces?”. Respondió el manicorto: “Aquí, gastando el dinero”.

Galatea Pompanier, vedette de moda, dueña de prominentes atributos corporales lo mismo en la región del norte que en la comarca sur, se topó en un pasillo del teatro con Viperina, corista de segunda fila, envidiosa mujer a quien todas sus compañeras temían por su afilada lengua y su carácter díscolo. Le dijo Viperina a Galatea: “Cada vez más cuero”. “Favor que me haces” —agradeció ella, sorprendida por el insólito cumplido. “Cada vez más cuero te cuelga” —completó la frase la insidiosa fémina.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, realizó en compañía de sus amigas la visita de cada año a la cárcel municipal, parte de la altruista labor —reseñada puntualmente por la sección de sociales de los diarios de la localidad- del Club de Damas. Ahí entrevistó a uno de los reos. Le preguntó: “¿Tiene usted algún deseo que quiera manifestar a nombre de la escoria de la sociedad?”. “Sí, señora —respondió con mansedumbre el preso—. Nos gustaría estar a pan y agua un día por semana”. “Peregrino deseo es ése” —acotó doña Panoplia. Repuso con feble voz el hombre: “Es que estamos a pan y agua toda la semana”.

Un astroso sujeto le pidió en la calle a don Algón 10 pesos para un café. Le dijo, congojoso: “Compadézcase de este infeliz que alguna vez fue rico como usted”. “¿Ah sí? —se interesó don Algón-. ¿Cuánto hace que fue usted rico, buen hombre?”. Respondió con infinita tristeza el individuo: “Hace dos esposas”.

Un joven y apuesto boy scout ayudó a Himenia Camafría, madura señorita soltera, a cruzar la calle, que se había puesto resbalosa por efecto de la reciente lluvia. Cuando llegaron al otro lado Himenia le dijo al guapo mancebo: “Ya hiciste tu buena obra del día, muchacho. Vamos ahora a mi casa, para que hagas tu buena obra de la noche”.

El pequeño ciempiés gemía dolorido: “¡Me pegué en un pie!”. “¿En cuál?” –le preguntó su mamá. Respondió: “No puedo decirlo. Nada más sé contar hasta diez”.

Dijo el astrónomo: “Este telescopio cuesta mil millones de dólares. No se incluyen las baterías”.

La parejita regresó de su luna de miel en Niagara Falls. Una amiga le preguntó a la novia: “¿Qué te parecieron las cataratas?”. Respondió con desabrimiento la desposada: “Fueron una de las dos decepciones que sufrí”.

En el atrio de la iglesia donde se llevó a cabo la boda un individuo se acercó al novio y le dijo: “Permítame hacerle un pequeño regalo”. Y le entregó una cajita. La abrió el desposado y preguntó con extrañeza: “¿Tapones para los oídos?”. “Sí –respondió el sujeto-. A usted no tengo el gusto de conocerlo, pero he tratado bastante a su novia, y ronca mucho por las noches”.

Doña Macalota le pidió a su esposo don Chinguetas que se dejara crecer el bigote.  “¡Ah no! –protestó él—. ¿Por qué siempre tengo que hacer lo mismo que haces tú?”.

Pimp y Nela forman una pareja singular. Ella es sexoservidora y él es su chulo o cinturita. Sin embargo, en un tiempo Nela fue doncella pudorosa. El tal Pimp la enamoró, labioso, y la incauta joven quedó prendida en las redes que le tendió su seductor. Cuando el torpe galán la vio rendida le pidió: “Dame una prueba de tu amor”. Ofreció ella, apasionada: “¡La que quieras!”. Fue entonces cuando Pimp le exigió que comerciara con su cuerpo a fin de ganar dinero para él. Manifestó: “Si en verdad me amas irás por esta calle, puerta por puerta, ofreciéndote a la lascivia de los hombres”. Ella accedió, ciega de amor. Cuando llevaba ya tres casas, y sus lúbricos ocupantes la habían gozado, Pimp le dijo: “Es suficiente. Ahora sé que tu amor es verdadero. Vamos al registro civil; ahí te daré mano de esposo”. “¡Ah no! —respondió Nela—. ¡Todavía me faltan 15 casas!”.

No tengas sexo si tienes algo mejor que hacer. El problema es que no hay nada mejor que hacer..

Babalucas relató su historia sentimental: “Cuando estaba en sexto de primaria me enamoré de mi maestra. La cosa no funcionó, naturalmente. Ella tenía 20 años, y yo 43”.

Don Trisagio Preces, portaestandarte de la Cofradía de la Renunciación, es un piadoso señor de integérrima moral y nobles sentimientos. El otro día se quejó con amargura: “El sexo se ha convertido en el dios de nuestra sociedad. Está en todas partes: sexo en el cine; sexo en la televisión; sexo en las revistas y en los anuncios espectaculares. La única manera que tienes de evitar el sexo es casándote”.

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que no lo cometan en la vía pública) fue a Las Vegas. Ahí cayó en tentación de carne: llevó a una prostituta al cuarto de su hotel. Después del consabido trance el predicador exclamó contrito y apesadumbrado: “¡Fallaron mis principios!”. Comentó la mujer: “Tu final tampoco fue muy bueno”.

Ciertas prácticas sexuales pueden ser peligrosas después de los 80. Lo prudente es bajar la velocidad por lo menos a 50.

Facilda Lasestas fue a confesarse con el padre Arsilio. Le dijo que tenía tratos de fornicación con numerosos hombres. El buen sacerdote pensó que la conducta de la mujer la llevaba directamente al infierno de las llamas. Le preguntó, severo: “¿Sabes, mujer, lo que te vas a ganar con tu pecaminosa vida?”. “No lo sé, padre —repuso ella—. Hasta la fecha no he cobrado”.

Simpliciano, cándido joven sin ciencia de la vida, le hizo el amor a Pirulina en su automóvil. Al terminar el erótico deliquio le dijo a su dulcinea: “¡Perdona este arrebato de pasión, amada mía! ¿Qué puedo hacer para reparar mi falta?”. Le sugirió Pirulina: “Pon en mi bolso un billetito de mil pesos”.

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