viernes, 25 de marzo de 2016

Justicia chabacana



La ley del Talión es quizá uno de los preceptos de equidad en la aplicación de la justicia mejor conocidos de los preceptos antiguos. Su expresión más conocida en nuestros tiempos, tal y como viene en la Biblia, es “ojo por ojo, diente por diente” (Levítico 24:20).

Frecuentemente maliinterpretada, en realidad la ley del Talión no indica, literalmente, que si alguien en una pelea le saca un ojo al contrario, como castigo también se le sacará al agresor uno de sus ojos. Ni se le arrancará con pinzas a un ladrón tantos dientes como dientes haya perdido una de sus víctimas en un forcejeo durante un asalto. Lo que indica la ley del Talión es que el castigo debe ser proporcional al delito que se comete. Así como es injusto que a alguien por estacionar mal su auto se le aplique una condena de cinco años de prisión, igualmente injusto es que cuando alguien viola a una jovencita de una escuela primaria se le aplique tan solo una multa de unos cinco o diez pesos. Todo castigo debe ser proporcional al delito cometido, y esto es simbolizado frecuentemente con la balanza de la justicia. Aunque es difícil determinar, matemáticamente, el número exacto de días en prisión que debe permanecer recluído alguien que cometió un asalto en donde obtuvo un botín de X pesos y en el cual no hubo heridos, los legisladores en cada país tratan de hacer su mejor esfuerzo para que las penas vayan acordes con los delitos que se castigan, de modo tal que las penas no sean ni sumamente excesivas ni sumamente blandas. Como no hay regla universal, las penas varían de país a país, pero el propósito final es que la balanza de la justicia se encuentre lo más equilibrada posible, tratando de evitar que la balanza de la justicia termine convertida en una balanza de injusticias en donde hasta un niño se da cuenta de que algo anda mal en la aplicación de la justicia.

Uno de los mejores ejemplos de lo que puede llegar a ser una pésima aplicación del concepto de la balanza de la justicia lo tenemos en el personaje de Jean Valjean en la novela Les Miserables de Víctor Hugo. Jean Valjean es condenado a prisión por un largo período de tiempo por el delito de robarse una pieza de pan en una panadería orillado por el hambre, considerado como algo sumamente grave e imperdonable, pena que una vez dentro de prisión le es aumentada aún más por causas que pueden ser tomadas como abusos de autoridad y de poder.

Asentado lo anterior, pongamos a prueba el concepto. ¿Que diría el común de la gente si a un asesino que en forma probada y documentada le arrebató su vida a su víctima, se le aplicaran como condena por su crimen apenas 2 meses de prisión?

Lo primero que se viene a la mente es la pregunta: ¿tan poco vale una vida humana? ¿Dos tristes meses en la cárcel, y tras ello la salida de prisión para seguir asesinando ante lo irrisorio de la condena por asesinato?

El 24 de marzo de 2016 el ex presidente serbiobosnio Radovan Karadzic mejor conocido como el el carnicero de Bosnia recibió su sentencia de manos del Tribunal Penal Internacional, acusado de autoría intelectual en el genocidio de Srebenica y crímenes de lesa humanidad durante el sitio de Sarajevo. En esencia, se le aplicó un castigo por el asesinato de aproximadamente unas ocho mil personas en lo que es considerado como la peor matanza en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El ex presidente serbobosnio había sido arrestado en 2008 tras 11 años prófugo luego de una guerra en la que murieron 100 mil personas y en la que los ejércitos rivales dividieron Bosnia por líneas étnicas que aún sobreviven. Karadzic encabezó la República Serbobosnia y fue Comandante Supremo de sus fuerzas armadas. Dijo en una entrevista antes del veredicto que había trabajado para mantener la paz y que merecía ser elogiado, no castigado.

La sentencia que le fue aplicada por la Corte Internacional de La Haya por crímenes de lesa humanidad y el delito de genocidio puede parecer justa para algunos: 40 años de prisión. El Tribunal Penal Internacional lo pudo haber condenado a prisión perpetua, pero en un gesto de clemencia y espíritu de perdón los jueces le dieron 40 años.

Hagamos cuentas.

40 años de prisión por haber sido eje central en la matanza de 8 mil personas implica que, por cada vida segada, se le aplicó como castigo una pena de 0,005 años por cada muerto en su haber, o bien traducido a días la sentencia equivale a 1.825 días en prisión.

Si hemos de darle una interpretación correcta en su más estricto sentido, para los jueces del Tribunal Penal Internacional por cada persona que murió Karadzic no recibió ni siquiera dos días en prisión. Si por cada muerto se le hubiera aplicado al genocida tan solo un año de cárcel (un castigo sumamente clemente y misericordioso para el victimario, no así para las víctimas), el carnicero de Bosnia debería haber recibido como castigo ocho mil años de prisión. Pero en vez de haber recibido ocho mil años en prisión, el genocida recibió como castigo tan solo un día con veinte horas en una celda por cada muerto en su haber.

¿Es que la vida de un ser humano, cuando es privada, vale menos de dos días en prisión como castigo? A ese acuerdo llegaron los doctos y muy ilustrados jueces del Tribunal Penal Internacional. Ante la imposibilidad de aplicarle una pena de ocho mil años en prisión a un ser humano cuyas expectativas de vida en el mejor de los casos no rebasarán los 120 años, los jueces pudieron muy bien haberle aplicado una condena de prisión perpetua a Radovan Karadzic. Pero algo así se les hizo muy duro y muy injusto a los jueces del Tribunan Penal Internacional, y lo más justo a lo que pudieron llegar fue el acuerdo de aplicarle al genocida una pena de 1.825 días en prisión por cada muertito en su haber. O sea que si hubiera matado “únicamente” a 20 personas, el carnicero de Bosnia habría recibido una sentencia de tan solo poco más de un mes en la cárcel. ¡Y aún así el carnicero de Bosnia no está de acuerdo con la sentencia que le fue aplicada, la cual le parece sumamente injusta, y ya ha advertido que apelará el fallo! Algunos de sus apologistas lo defienden argumentando que Karadzic pudo haber ordenado el genocidio de familias enteras incluyendo a las esposas y los hijos menores de edad de los miles de ejecutados, pero que el corazón compasivo de Karadzic lo hizo tomar la sabia decisión misericordiosa de mandar matar únicamente a 8 mil hombres cuando bien pudo haber ordenado matar a 8 mil familias completas, con lo cual en caso de haberse hecho habría por lo menos unas ocho mil personas más que podrían haber sido sacrificadas y las cuales le deben la vida a un estadista que por tan noble demostración de piedad debería de ser un candidato a recibir el Premio Nobel de la Paz en vez de ser recluído en prisión. O en todo caso, como se acostumbra hacerlo en los libros de la contabilidad macabra de los genocidas, la muerte de 8 mil varones tomada como algo negativo es contrabalanceada por las otras 8 mil personas cuyas vidas fueron perdonadas siendo un hecho que debe ser tomado como algo positivo, y ya se sabe que en matemáticas la suma de una cantidad negativa a una cantidad positiva de igual magnitud dá como resultado un cero matemático que exonera a Karadzic de toda culpa al haber tantas vidas salvadas como vidas segadas.

El que se le haya dictado una pena de 40 años de prisión no significa que el genocida pasará ese tiempo en la cárcel. La pena le puede ser rebajada aún más por “buen comportamiento” y por razones humanitarias. Con todo y que el perdón es la esencia básica del Cristianismo, si la justicia divina se ha de aplicar con la misma blandura a todos los asesinos y genocidas, ¡todos quisiéramos en nuestro Juicio Final recibir este tipo de justicia!

Y aún si no se le rebaja la condena al carnicero de Bosnia, no la pasará tan mal, porque al purgar su condena en Europa no le faltarán sus tres alimentos diarios preparados con lo mejor de la cocina europea. No será un preso que tendrá que resignarse a recibir un plato diario de frijoles hervidos con una pieza de pan duro y una sopa aguada. Como parte de sus derechos humanos (todos los genocidas, hasta los de la peor calaña, tienen también sus “derechos humanos”) Karadzic tiene toda la razón del mundo en esperar recibir como desayuno un par de huevos hechos a su antojo acompañados de tocino y café y una o dos piezas de pan de dulce, así como algo sabroso para la comida del mediodía como una pasta lasagna o un fetuccine Alfredo o bien un fondue acompañado por una ensalada aderezada con una salsa mil islas y como postre un buen pastel de chocolate. En lo que a su salud respecta, no tiene que preocuparse de ello. Todos sus gastos médicos correrán por cuenta de otros, con la mejor atención médica que se le pueda ofrecer en Europa con todo lo que se requiera (análisis de sangre y de orina, tomografías computarizadas, vacunas anuales, aparatos de ortopedia, etcétera). No tendrá que preocuparse tampoco por la falta de dinero para pagar la renta y los gastos de servicios de agua, luz y gas, ya que esos gastos correrán por cuenta de otros. En esencia, ¡no tendrá que trabajar por el resto de su vida (en caso de que muera antes de salir de prisión) porque todas sus necesidades serán atendidas al estilo europeo! Varios de los millones de refugiados y asilados políticos en Asia y Latinoamérica ya quisieran para sí aunque fuese un poco de las comodidades que tendrá garantizadas el carnicero de Bosnia. Y aunque Karadzic no está de acuerdo con la sentencia que le dictaron los jueces y ha advertido que apelará su condena (¿en realidad se le puede llamar una condena?), es posible que en cuestión de unos cuantos años Kardzic encontrará su estilo de vida tan relajado y tan cómodo que él mismo tal vez pedirá que le aumenten un poco su sentencia para así no tener que preocuparse de tener que trabajar por el resto de su vida.

Pero… ¿y los familiares de sus víctimas, qué? ¿Qué de las viudas y huérfanos que dejó? ¿Qué de las familias que destruyó? ¿Qué justicia hay para ellos? ¿Es eso lo mejor que les pudo dar el Tribunal Penal Internacional? ¿Es eso justicia?

Aumentando el agravio está el hecho de que los jueces del Tribunal, bien pagados todos ellos, no son pasantes de alguna escuela de Derecho en alguna universidad “patito”. Todos ellos tienen, además de su título universitario, estudios de Maestría y Doctorado, y han atendido chorrocientos cursos y seminarios adicionales, además de una buena cantidad de años de experiencia “impartiendo justicia”. ¿Cómo es posible que este ostentoso aparato de justicia haya podido llegar a una aberración como lo es sin duda alguna la sentencia que se le dictó al carnicero de Bosnia como supuesto castigo a los genocidios de los cuales fue acusado?

Peor aún está el hecho de que, además del costoso y ostentoso aparato de justicia de que presume el Tribunal Penal Internacional, está el hecho de que sus fiscales supuestamente inflexibles y duros son incapaces de poder obtener algo más justo para las víctimas. Baste con decir que uno de los miembros del Tribunal Penal Internacional es una mujer de rostro “duro”, una jurista supuestamente inflexible y enérgica a la cual no la apiadaría ni el mismo San Juan Pablo II, la jurista Carla del Ponte. Precisamente el tipo de mujer que como directora de un colegio o un internado le pondría los pelos de punta a todos los alumnos del colegio o las alumnas del internado. En México se le recuerda bien por el papel que tuvo en los depósitos bancarios que el entonces hermano del presidente Carlos Salinas de Gortari estuvo haciendo en Suiza bajo una identidad oficial mexicana falsa. Uno supondría que con fiscales de este temple los acusados se pondrían a temblar de pies a cabeza con solo verlos entrar a la sala de juicios. Pero como vemos en el caso del carnicero de Bosnia, el trabajo realizado tanto por los fiscales como el mismo Tribunal dejan mucho que desear, al menos para los familiares de las víctimas.

Una cosa que parece haber sido pasada por alto por los jueces del Tribunal Penal Internacional es que el concepto de que sea el Estado el que aplique la justicia en nombre de la sociedad es evitar, con la aplicación de castigos ejemplares, que las víctimas tarde o temprano traten de tomar justicia en sus propias manos. Sin embargo, si la justicia aplicada por el Estado es ridículamente baja para tal o cual delito, es muy posible que la víctima o las víctimas estarán esperando pacientemente a que el victimario cumpla su condena y salga de prisión para, entonces sí, aplicarle el castigo que creen que se le debería haber aplicado desde un principio.

Si Radovan Karadzic llega a salir de prisión antes de cumplir la condena original de 40 años que le fue impuesta, queda la posibilidad de que entre los familiares de sus ocho mil víctimas habrá por lo menos unos cinco o seis que lo estarán esperando afuera para tenderle una emboscada y secuestrarlo con la finalidad de vengarse del carnicero de Bosnia. Y habido el hecho de que las víctimas del carnicero de Bosnia fueron musulmanes a los cuales borró del mapa con sus “limpiezas étnicas”, es posible que los familiares de algunas de sus víctimas hagan un pacto con alguna organización terrorista musulmana para tomar venganza en contra de Karadzic. Y si tal cosa llega a ocurrir, Radovan Karadzic debe preocuparse de lo que le pueda suceder a manos de extremistas musulmanes una vez que abandone su cómoda y segura celda europea. Ya debe o ya debería de saber Radovan Karadzic de lo que son capaces los terroristas musulmanes sedientos de venganza. En rigor de verdad, sería en su propio bien no apelar su sentencia y permancer recluído los 40 años que le impusieron, con la esperanza de que en 40 años todos los familiares de sus víctimas lo habrán perdonado y no habrá afuera alguien esperándolo para tomar vendetta, aunque los terroristas musulmanes no sean famosos por perdonarle a nadie la vida.

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