lunes, 10 de noviembre de 2014

La auto-eutanasia de Brittany Maynard




Justo un día antes de celebrarse en México el día de los fieles difuntos (seguramente tal vez se trate de una desafortunada coincidencia involuntaria), la norteamericana Brittany Maynard a la edad de 29 años tomó la decisión de poner fin a su propia vida ante el avance de uno de los males más agresivos que se conozcan que en casi la totalidad de los casos equivale a una sentencia de muerte, el tumor canceroso conocido como gioblastoma.

Como era de esperarse en casos como éste, el Vaticano no esperó mucho para condenar la decisión tomada por Brittany Maynard como algo absurdo, lo cual ocurrió tres días después del evento. Estas condenas siempre son más fáciles de ser pronunciadas cuando no se padece en carne propia lo que están padeciendo las personas que terminan enfrentando situaciones como ésta, cuando no se está en los zapatos de ellos.

Empezaremos por recalcar el hecho de que en este caso, al igual que muchos otros casos parecidos, Brittany Maynard no escogió enfermarse de uno de los tumores más agresivos y mortales que se conoce. Esa no fue decisión suya. Nadie en su sano juicio ni quiere ni le desea a su peor enemigo algo como ésto. Son cosas que pasan, y debemos suponer que son parte de la acción continua de las mismas leyes naturales que nos rijen a todos.

Iremos más lejos aquí. Hay que distinguir entre lo que significa quitarse la vida cuando prácticamente se han perdido todas las esperanzas de prolongarla ni siquiera por unos cuantos meses ante situaciones que están completamente fuera de nuestro control, y el quitarse la vida cuando se goza de buena salud y no se carece de recursos económicos sino simplemente se desea escapar por la puerta falsa evitando enfrentar los problemas de la vida que muchas veces se crea uno mismo, lo cual es tomado frecuentemente como sinónimo de cobardía. Esto último fue lo que sucedió en el caso de Benjamín Mondragón Pereda, uno de los presuntos responsables intelectuales de la muerte de 43 estudiantes normalistas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, el cual prefirió pegarse un balazo en la cabeza antes que enfrentar su responsabilidad ante el pueblo de México y ante los padres de los estudiantes asesinados por su participación en los hechos como autor intelectual. Es tanta la disparidad entre ambas situaciones, que en vez de calificar a la decisión de Brittany Maynard de quitarse la vida como un suicidio –que en el caso de Benjamín Mondragón Pereda claramente lo fué- le daremos aquí una nueva denominación calificándola como “auto-eutanasia”, tomando en cuenta que no era el deseo de esta enferma deshauciada por la ciencia médica el padecer los terribles dolores que le esperaban en su camino hacia la muerte.

Con todo lo respetable que pueda ser la condena emitida por el Vaticano sobre el suicidio-eutanasia de Brittany Maynard, aquí hay otro problema de fondo. Resulta que Brittany Maynard no era creyente católica. ¿Cuál es entonces la insistencia de aplicarle reglas y cánones a personas adultas de otras religiones que toman sus propias decisiones basadas en sus propias creencias y en su propia fé? De haber sido católica, seguramente se le habría negado la extremaunción o se le habría amenazado con negarle el sacramento de la extremaunción antes del momento de dar el paso final, pero en su caso no se podía hacer tal cosa porque ni siquiera era católica. ¿Entonces?

Una comparación similar puede ser establecida con el Islam. El Corán prohibe estrictamente el consumo de bebidas alcohólicas, considerado como un grave pecado que ningún musulmán puede cometer. ¿Justifica ello entonces que un predicador del Islam lance furioso su reprobación hacia un escosés que es afecto a tomar su copita de whisky puntualmente antes de irse a dormir? Desde luego que no, partiendo del supuesto de que el escosés ni siquiera es practicante de la religión musulmana, el predicador musulmán estaría completamente fuera de lugar en reprobar no solo al escosés sino también al irlandés y al italiano por ingerir bebidas alcohólicas. E igualmente estaría fuera de lugar en recriminar a los mexicanos católicos que ingieren su tequilita de vez en cuando o al menos un rompope (elaborado de acuerdo a las recetas originales de las Monjas de Santa Clara).

Se puede, desde luego, tratar de convertir de la religión Shinto a la religión católica a un japonés al cual le ha caído en la mitad de su cuerpo una estructura masiva de concreto prensándolo y triturándole absolutamente todo desde la pelvis hasta abajo (músculos, huesos, nervios, todo) y al cual le quedan únicamente unas diez o veinte horas de vida a lo sumo, con la finalidad de convencerlo de que no recurra a la auto-eutanasia para evitar el sufrimiento físico que irremediablemente le espera en esas diez o veinte horas de dolor que no podrá ser apagado ni siquiera con los barbitúricos más potentes. Pero es dudoso que aceptará una conversión de última hora bajo estas condiciones para someterse a sí mismo al martirio prolongado que le espera, y lo más probable es que optará por quedarse con su religión de siempre que no le prohibe adelantar lo inevitable (la religión Shinto ni prohibe ni permite la auto-eutanasia, simple y sencillamente no dice nada al respecto, dejándole a sus seguidores que tomen cada uno sus propias decisiones de acuerdo a sus situaciones y necesidades personales).

Desde tiempos inmemoriales, el hombre en todos los confines del planeta ha buscado en las religiones consuelo espiritual a sus necesidades y padecimientos terrenales. Pero aquí estamos ante un caso en el que ocurre lo contrario, ya que se amenaza en forma aterradora con infiernos eternos al pobre enfermo deshauciado si trata de acortar su sufrimiento, sin darle ninguna otra opción de consolación más que la aseguranza de que su martirio habrá terminado cuando haya muerto.

¿A quién le sirve el asustar hasta la médula de los huesos a un pobre enfermo terminal obligándolo a aceptar con resignación dolores terribles que lo tienen en un grito noche y día que no se pueden paliar ni siquiera con los fármacos más potentes, obligándolos a aguantarse como un mártir cristiano dolores comparables a los que proporcionan los tormentos más refinados y exquisitos que pueden llevar a un hombre incluso hasta la locura antes de morir? ¿Qué se pretende lograr con ésto? ¿Qué se pretende demostrar con ésto?

En los tiempos de Jesús, de acuerdo a los Evangelios el Maestro no solo daba paz espiritual a quienes lo escuchaban, también sanaba físicamente a los enfermos incluyendo los enfermos deshauciados. De acuerdo a lo que dice el Nuevo Testamento, ese don de sanación fue transmitido de Jesús a sus Apóstoles: “A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "10:5 No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. 10:6 Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. 10:7 Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. 10:8 Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.” (San Mateo 10:5-8). Lamentablemente, quienes ahora están a cargo de su Iglesia no parecen poseer tal don salvo en casos tan esporádicos y excepcionales que se les llaman milagros. Incapaces de sanar a enfermos terminales como Brittany Maynard, ni siquiera les permiten a estos pobres muertos en vida adelantar lo que ya es un hecho inevitable, sino que los están condenando a padecer lo indecible en sus últimos días, en sus últimas horas, obligándolos a aguantarse así hasta el último momento so pena de que el castigo por el pecado mortal de acortar el tiempo de sufrimiento será más de lo mismo en el más allá pero por toda una eternidad. ¿Es ésto un consuelo espiritual?

Se puede entender que el suicidio, cuando lo comete una persona que goza de buena salud y a la cual no le falta nada, privarse de la vida por razones banales tales como una decepción amorosa es un acto reprobable, una muestra de cobardía e incapacidad para enfrentarse a la vida y los problemas que nos plantea, es buscar la salida por la puerta falsa. Pero cuando la persona está en un grito, cuando está sufriendo lo indecible, cuando está colocada en el potro del tormento noche y día, ¿a quién le sirve que la agonía de ese pobre ser se extienda por varias horas, por varios días, o peor aún, por varias semanas o por varios meses?

Quienes argumentan sobre bases teológicas que nadie tiene derecho a privarse de su propia vida porque la vida es un don que Dios dá y solo a él le corresponde el derecho a reclamarla (esta es la concepción religiosa que considera la vida como don divino que no nos pertenece), pasan por alto que en ciertos casos hay personas que por su condición extrema bajo circunstancias extraordinarias no pueden ser rescatadas por la ciencia médica están de hecho muertas y lo único que falta es que sobrevenga la falla de algún órgano vital para la muerte se haga oficial con un certificado de defunción. De esto trata la película D.O.A.(Dead On Arrival), de una persona que es envenenada y cuando descubre que fue envenenada se entera que el veneno es de naturaleza tal que se puede dar por muerta y le quedan únicamente 36 horas de vida, no habrá absolutamente nada que pueda hacer para al menos prolongar su vida, y es por ello que antes de que sobrevenga la cesasión total de su aparato físico dedica el tiempo que le queda de movilidad para buscar a quienes lo asesinaron.

Le aplicamos la eutanasia a las mascotas que queremos cuando están deshauciadas por los veterinarios y no se puede hacer nada y no queremos verlas sufrir. Este no es un acto de desprecio a la vida, es un acto de compasión; no es una salida de conveniencia para quitarnos una situación harto incómoda de encima, es un acto de amor, sobre todo cuando los lamentos de sufrimiento de la mascota nos dejan claro las penalidades por las que está pasando la mascota antes de lo inevitable. Lo cruel sería dejarlas sufrir sin adelantar lo inevitable, lo inhumano es quedarse cruzado de brazos sin hacer nada. En el momento de tener que tomar tan dura decisión, sin duda alguna hay dueños de mascotas que por egoísmo tratan de reternerlas el mayor tiempo posible a su lado pese a estarlas viendo sufrir. El precio a pagar viene tiempo después por el remordimiento de que se pudo haber hecho algo para evitarle el sufrimiento a la mascota y no se hizo.

Sin embargo, nosotros los humanos nos hemos estado privando y negando a nosotros mismos, por lo que se antoja ya como demasiado tiempo, la misma solución que les damos a nuestras mascotas para no verlas sufrir.

¿Tiene derecho el ser humano a una muerte sin dolor? Si le pedimos su opinión a los sectores más conservadores de la Iglesia Católica en casos como los de Brittany Maynard, ya sabemos la respuesta porque ya la dieron, es la misma que han estado dando desde siempre y esto no va a cambiar.

Holanda fue el primer país del planeta en aprobar lo que se conoce como el suicidio asistido, en el cual la única ayuda que le proporciona el médico al paciente terminal consiste en proporcionarle los fármacos requeridos para lograr el propósito de la manera más rápida e indolora posible, y cada vez son más los países que están adoptando una postura más secular sobre este tema. Es importante enfatizar que sigue siendo ilegal (y considerado también inmoral) el hacer accesible el suicidio asistido a personas que gozan de buena salud y que se quieren privar de la vida por razones banales; en tales casos la única opción que les queda es comprarse una pistola o fabricarse una horca. Sobre el médico que proporciona los medios para acelerar el desenlace final no pesa responsabilidad alguna (en lo que de otro modo sería clasificado como un homicidio) porque el médico no obliga al paciente a tomar el paso definitivo; esa sigue siendo hasta el último momento una decisión del paciente, no del médico. Tal era la premisa sobre la cual actuaba el famoso Doctor Jack Kevorkian bautizado por algunos como el Doctor Muerte, y no se le pudo encarcelar por buen tiempo en sus suicidios asistidos porque la decisión final la tomaban sus pacientes, no él. Sin embargo, terminó con sus huesos en la cárcel (antes de terminar con sus huesos en el panteón) porque se logró comprobar que en un caso fué el mismo Doctor Kevorkian el que activó el suministro de los medicamentos mortales y no el paciente, arrebatándole al paciente el peso de la culpa de su suicidio asistido pero pagando en carne propia por tomar la vida del paciente en sus manos.

Una alternativa piadosa a la auto-eutanasia en la que la misma persona decide el momento de su partida, la cual es equivalente a un suicidio sin serlo, es el coma inducido, que cada vez vá un poco más allá de lo que se conoce vagamente como sedación terminal. Ya se cuenta con la tecnología médica para hacerlo, y la tecnología sigue mejorando acercándonos a lo que antes se conocía en la ciencia-ficción como un estado de animación suspendida. Esta alternativa funcionaría del modo siguiente: cuando la persona encuentra sus dolores intolerables, pide entonces al personal médico la inducción del coma inducido. Esto pone a la persona en un estado casi cataléptico, es lo más cercano a la muerte que podamos imaginar. Ni siquiera se dará cuenta cuando, tiempo después, ocurra el momento final en el que alguno de los órganos vitales deje de funcionar. Y si ocurre la argumentada pero muy remota posibilidad de que mientras la persona se encuentra en un coma inducido se anuncia alguna nueva cura para su mal, se le puede sacar del coma inducido para notificarle, ya estando consciente, que puede ser salvada por un avance reciente que se acaba de dar, en cuyo caso la persona puede optar por someterse a la nueva terapia que le podrá restablecer su salud (lo más probable, en virtud de que ningún enfermo quiere realmente morir cuando tiene oportunidad para curarse y prolongar su vida).

Pudiera argumentarse, con alguna razón, que el pedir ser puesto en un estado de coma inducido es casi lo mismo que ser privado de la vida mediante una eutanasia, por el hecho de que en un estado de coma inducido es un estado de inconsciencia total equivalente a lo que pudiera llamarse una “muerte virtual”. Desde luego que no es lo mismo que una muerte física, nadie ha sido resucitado después de fallarle los órganos y serle decretada muerte cerebral. Sin embargo, el hecho de que la persona no volverá a despertar ya desde el momento en el que es puesta en estado de coma inducido puede ser razón más que suficiente para que algunos de los sectores más conservadores de la jerarquía católica se opongan también a la aplicación del coma inducido como un remedio a una situación extrema, tomando en cuenta las posturas inflexibles de varios de estos personajes que aparecen frecuentemente en los noticieros y que han adoptado han adoptado también una rigidez absoluta en otros temas de importancia toral. Son los mismos que se oponen al uso de los preservativos de látex (condones) o la ligadura de trompas para el control de la natalidad aún en casos de familias en extrema necesidad económica que tienen ya más de ocho o nueve hijos y a las cuales aún así quienes les prohiben planificar el número de hijos que quieren tener (o mejor dicho, que pueden sostener con un mínimo de dignidad y decoro) con las técnicas contemporáneas nunca toman responsabilidad por el sostenimiento económico de aquellos infantes no-planificados, adoptando la cómoda actitud de “estás obligado a tener todos los hijos que puedas tener de acuerdo a lo que dicte la Naturaleza, pero tú y no yo es el que está obligado a mantenerlos a todos una vez que los tengas”. Estas posturas inflexibles reflejan las mismas actitudes de rechazo que manifiestan al uso de la píldora anticonceptiva argumentando -en contra de lo que dice la ciencia médica- que la píldora anticonceptiva es abortiva, siendo que la píldora anticonceptiva no puede interrumpir una concepción cuando ésta ya se ha dado, lo único que puede hacer es que no se lleve a cabo la concepción (hay un fármaco descubierto por los franceses que sí es abortivo y no simplemente anticonceptivo, se trata de la Mifepristona, el cual sí es capaz de provocar el aborto de un óvulo ya fecundado, o sea de un feto, en esto no hay ningún debate entre la comunidad médica). Los sectores más conservadores de la jerarquía católica cuyo peso es preponderante en estas cuestiones no van a cambiar su postura por más argumentos y evidencias que se les presenten, lo único que se puede hacer es obedecer sus ordenanzas o hacer caso omiso de ellas, lo cual resulta menos difícil para quienes pertenecen a otras denominaciones religiosas.

En realidad, la verdadera objección que se le podría poner al uso del coma inducido para terminar con los sufrimientos de un paciente deshauciado es que el procedimiento es elitista, solo la gente rica puede tener acceso a tal procedimiento que en el curso de varias semanas o meses puede terminar acumulando un costo de hospital y cuidados médicos de varios cientos de miles de dólares. Los demás, sobre todo los pobres, no tienen la opción de recibir un coma inducido aunque lo pidan, se tienen que aguantar, quizá mordiendo mientras tanto un palo de madera para aguantarse el dolor mientras el mal evoluciona hasta su etapa final.

Otra alternativa que es una auto-eutanasia sin serlo consiste en meter algo de aleatoriedad en la decisión de quitarse la vida por razones de salud en fase terminal. Esta alternativa consiste en proporcionarle a la persona un frasco con una cien pastillas envueltas cuidadosamente cada una de ellas en una bolsita de celofán cerrado. De las cien pastillas, una de ellas sería un veneno tan potente como cianuro de potasio; las restantes serían aspirinas ordinarias incapaces de matar a nadie. No habría forma alguna de distinguir visualmente por fuera la pastilla de cianuro de las demás pastillas inocuas. Preparado el frasco, la persona iría tomando una pastilla diaria a sabiendas de que cualquiera de ellas puede ser la pastilla fatal. Esto también puede ser considerado como un suicidio sin serlo, porque en un suicidio la persona sabe exactamente el momento en el que va a morir, y en este caso es posible que no ocurra nada al tomar la primera pastilla, y que tampoco ocurra nada al día siguiente al tomar la segunda pastilla, y así sucesivamente. Al tomar la primera pastilla, la persona tiene el uno por ciento de probabilidades de morir y el 99 por ciento de probabilidades de seguir con vida. Sin embargo, al irse agotando el número de pastillas en el frasco, las probabilidades de ocasionarse la muerte van aumentando. Al quedar diez pastillas en el frasco, la persona tiene ya un diez por ciento de probabilidades de ocasionarse la muerte tomando una de esas pastillas al azar. Y al quedar solo dos pastillas en el frasco, la probabilidad de tomar la pastilla fatal ya es del cincuenta por ciento.

¿Y qué del caso en el cual la persona ha consumido ya 99 de las pastillas del frasco, y habiendo sobrevivido queda ya una sola pastilla? En tal caso, se puede dar por hecho que la única pastilla que queda es la pastilla fatal, la persona sabe que si la toma va a perder su vida en cuestión de segundos, ya no se trata de una duda sino de una certeza, se trataría ya de un suicidio en el pleno sentido de la palabra (o de una auto-eutanasia).

Pero si la persona ha tomado ya 99 pastillas y ninguna de ellas ha resultado ser la pastilla fatal, ello se puede tomar como una decisión de la Providencia de que la persona debe seguir con vida sin adelantar su tiempo de muerte. O sea, la opción de quitarse la vida dejaría de ser una opción. Considerando lo difícil (desde el punto de vista de la probabilidad estadística) que es el que la última pastilla que quede en el frasco sea la pastilla fatal, ello se puede tomar en efecto como el resultado de la intervención de una voluntad superior que ha arreglado las cosas de modo tal que la persona no se prive de su propia vida. Puesto de otro modo, se le está dando a la persona la posibilidad de que el remedio que busca está dentro de lo posible, pero también se está dejando a la Providencia la posibilidad de intervenir alterando el curso de los acontecimientos.

Además de las opciones que se han presentado arriba, queda la posibilidad como último recurso de enlistarse como misionero para ir a proporcionar ayuda humanitaria en algún país musulmán en conflicto como Siria, Afganistán, Pakistán o Iraq. A como están las cosas por esos rumbos, esto equivale a cometer un suicidio seguro, excepto que serán otros, los captores musulmanes, quienes harán el trabajo sucio. Puesto que el final llegará por estar haciendo una labor humanitaria en calidad de misionero, seguramente esta alternativa no puede ni debe merecer reproche alguno de cualquier prelado. ¿O sí?

Se ha evitado entrar en detalle sobre otras situaciones en las que la auto-eutanasia parecería ser una opción, como en el caso de los ancianos que padecen el mal de Alzheimer, en el cual van perdiendo paulatinamente la memoria y todas las facultades mentales en forma gradual hasta terminar convertidos en un vegetal poco antes de morir (el Alzheimer es una enfermedad mortal en el cien por ciento de los casos). El mal de Alzheimer tiene la peculiaridad de que es indoloro, la persona que lo padece no está puesta en el potro del tormento agonizando de dolor hasta el último momento de su vida. Por lo tanto, el enfermo de Alzheimer no puede argumentar la justificación de quitarse la vida en base a que padece dolores insoportables, porque no es su caso. Podría, eso sí, pedir que se le dé la opción de aplicarse la auto-eutanasia cuando su Alzheimer haya progresado en grado avanzado. Pero el dilema es que cuando el mal de Alzheimer ha avanzado a sus etapas finales, que es cuando la persona podría ser un candidato para aplicarse la auto-eutanasia, ya no está en condiciones de poder decidir nada, porque es incapaz de poder razonar sobre cosas sencillas, y menos aún está capacitada para poder tomar una decisión de esta magnitud. Se trata de un círculo vicioso para el cual no hay salida, excepto que la persona deje firmado ante un notario un testamento pidiendo que se le desconecte de todos los aparatos que la puedan estar manteniendo con vida en el momento en el que no pueda, por ejemplo, reconocer ya a nadie y haya perdido incluso el habla, o en caso extremo autorizar a un familiar para que aplique una inyección de misericordia fatal cuando el enfermo de Alzheimer es diagnosticado en estado vegetativo.

Una muerte sin agonía para enfermos deshauciados. ¿Es acaso es mucho pedir?

Mucho se critica hoy la práctica de las religiones paganas de sacrificios humanos en las que se arrojaban niños recién nacidos a piras incandescentes en honor de Moloch (también llamado Baal) y supuestamente se arrancaba el corazón a doncellas en el Templo Mayor de los Aztecas para entregarlo como ofrenda al Sol. Sin embargo, comparando tales costumbres con la práctica actual de poner a los enfermos terminales en el potro del tormento por varias semanas o meses invocando argumentaciones religiosas, los sacerdotes y sacerdotisas de esas religiones paganas podrían muy bien argumentar que sus métodos de sacrificio eran mucho más rápidos que las prácticas actuales del tercer milenio para enfermos deshauciados que tal vez calificarían como bárbaras al no darle a los enfermos deshaciados ninguna otra opción más que aguantarse estoicamente hasta el final siendo que ya hay alternativas que no estaban disponibles en aquellos tiempos que creíamos superados.

Si quienes se oponen a la auto-eutanasia recurriendo al coma inducido o a meter aleatoriedad en el asunto dejándole a la Providencia espacio para maniobrar mantienen su firme convicción en seguir rechazando inclusive las opciones que se han enunciado arriba, bien harían en ver las noticias cotidianas y asimilar el hecho de que no pasa semana sin que alguien en perfecto estado de salud en alguna parte del mundo se mate a sí mismo en un atentado terrorista privándose de la vida no solo a sí mismo sino a muchos otros a los que ni siquiera conoce. Y lo hace en nombre de su religión, de acuerdo a su interpretación de lo que considera sus textos sagrados, al igual que los Cruzados que en estricta y fiel obediencia al Papa Papa Urbano II invadieron Palestina culminando su invasión con la masacre que ocurrió tras la toma de Jerusalén, la cual está muy bien documentada y en donde, según un famoso relato del Gesta Francorum “...la carnicería fue tan grande que nuestros hombres andaban con la sangre a la altura de sus tobillos...”. Estas invasiones de carácter religioso que trajeron tanta muerte y tanto dolor, usando como justificante lo que en su momento se consideró correcto de acuerdo a la interpretación humana de textos considerados sagrados, es algo ciertamente más espeluznante y ciertamente más condenable y reprobable que la decisión tomada por la no-católica Brittany Maynard de acortar los sufrimientos ocasionados por la fase terminal de su enfermedad para la cual la ciencia médica no tuvo (ni tiene aún) cura alguna.

Descanse en paz, Brittany Maynard. Digan lo que digan los demás.


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