martes, 18 de noviembre de 2014

La desintegración de España




España está a un paso de desbaratarse en pedazos. El reciente referéndum celebrado el 9 de noviembre de 2014 en la región de Cataluña deja pocas dudas al respecto. Cataluña parece querer indicarle a Europa y al resto del mundo que la mayoría de los catalanes no quieren seguir siendo considerados como españoles, sino como un país completamente independiente, con su propia lengua, el catalán.

Pero esta no es la única región que se quiere separar de España. También una cantidad creciente de vascos quieren constituírse en un país independiente con su propia lengua, el vasco.

La historia de lo que hoy es España es demasiado entramada y compleja como para tratar de resumirla en unos cuantos párrafos; supera a lo que vendría siendo el equivalente de un millar de telenovelas de larga duración. Sin embargo, se puede observar que tras la conquista de la ciudad de Granada, los grupos étnicos de aquél entonces de los cuales descienden los catalanes y los vascos de hoy posiblemente le habrían causado bastantes problemas a los Reyes de Castilla de no ser por otro suceso de enorme trascendencia: el descubrimiento de América. Tras la conquista de América y la fundación de la Nueva España, empezaron a fluir ríos inmensos de oro y plata que volvieron mucho más tolerable a las etnias el resignarse a seguir siendo parte del poderoso imperio español, porque cuando hay dinero en abundancia y se puede repartir prosperidad es más fácil tener contentos a todos, hasta los propios enemigos. Pero cuando después de 300 años de dominación la Nueva España se separó de España, el flujo de oro y plata así como bienes de todo tipo procedentes de América cesó por completo. Se acabó el dinero, y se acabó la fiesta. El descontento de las etnias ibéricas se volvió más visible, y el advenimiento de dictaduras como la de Miguel Primo de Rivera y la de Francisco Franco no ayudó en nada a paliar las crecientes ansias independentistas, en el mejor de los casos solo las guardó en el closet en donde se fueron acumulando los resentimientos y odios que vemos hoy, el fermento y caldo de cultivo para los reclamos independentistas que pueden terminar produciendo el desmembramiento de España.

Si todas las regiones que se quieren separar de España fracturando a la península ibérica en varios países chiquitos realmente lo quieren hacer, si creen que realmente estarán así mil veces mejor que como están ahora, pues entonces en consideración a los principios más elementales de la democracia se les debería permitir separarse sin tratar de retenerlos a la fuerza con argumentos sofistas de carácter legaloide o peor aún recurriendo a la fuerza militar del Estado para impedir que tomen su propio camino, diciéndoles simplemente ¡Adiós y que Dios te bendiga! Y así sucesivamente, hasta que cada calle de España sea independiente.

De cualquier modo, deben hacerlo a sabiendas de que, una vez dado un paso de esta naturaleza, una vez consumado el divorcio, ya no hay marcha atrás, la separación es definitiva, el orgullo nacionalista y la soberbia humana harán imposible cualquier intento de reconciliación y reunificación. Y serán las generaciones venideras las que tendrán que asimilar las consecuencias de las decisiones tomadas por los separatistas de hoy.

Suponiendo que se les de gusto a los independentistas y se les permita separarse, les queda por resolver otro asunto importante: ¿hasta qué extremo están dispuestos a llevar su nacionalismo? Si en verdad tanto repudian lo que significa ser español, ¿están dispuestos entonces a renegar del castellano implantando entones como única lengua oficial el catalán, el vasco, o lo que sea en cada caso, proscribiendo también por completo la enseñanza y el uso del castellano en todas las escuelas públicas y las dependencias gubernamentales? Porque de no ser así, la ruptura con lo que hoy es España sería meramente una cuestión retórica sin trascendencia alguna exhibiendo a los separatistas como unos payasos empeñados en lograr meras victorias pírricas sin significado alguno. Una separación no es puede tomar en serio como tal a menos de que se proscriba por completo la educación bilingüe en la cual el castellano es el segundo idioma oficial.

Suponiendo que se lleve a cabo una secesión total, eliminando el uso del castellano, en las regiones independentistas irremediablemente se les viene encima otra situación en la que no se han puesto a pensar: les guste o no, el castellano es lo que se habla en el continente americano, excluyendo desde luego a Estados Unidos, Canadá y Brasil (a Haití no lo tomaremos en cuenta dada su pequeñez). En ningún país de Latinoamérica se habla el catalán o el vasco, y esto no va a cambiar. Cualquier empresario del viejo continente que quiera hacer negocios en Latinoamérica (como ocurrió con el banco BVVA ahora firmemente establecido en México) fracasará a menos de que tenga un conocimiento así sea mediocre del castellano, y estará en franca desventaja en relación a los ibéricos que pueden hablar y escribir con fluidez en castellano. Y en lo que toca a los jóvenes ibéricos que quieran cursar estudios en Latinoamérica o incluso que quieran emigrar al nuevo continente, la ignorancia total del castellano será el mayor obstáculo a vencer, y es más fácil a un país como México o Argentina abrirle las puertas y concederle una visa de inmigrante a alguien que no tiene dificultad para comunicarse con el mismo idioma que a alguien que no sabe ni siquiera dar el saludo en castellano. En el Nuevo Mundo, las oportunidades son para quienes se pueden comunicar en los idiomas de mayor uso, no los idiomas de menor uso que muy pocos hablan afuera de ciertas zonas geográficas. Por otro lado, en el continente americano prácticamente nadie asistirá a obras de teatro o películas producidas en un idioma de uso nulo (en América) como el vasco o el catalán, no habrá audiencia para los productores de tales obras a menos de que las traduzcan a lo que hoy aborrecen. Del mismo modo, nadie va a comprar libros elaborados en tales lenguas extranjeras, las ventas de toda esa literatura serán nulas y tendrán que ser traducidas al castellano justo como hoy ocurre. Más que tratarse de un asunto de conveniencia, se trata de un asunto que impacta directamente en la cosa económica y en lo que se tenga para exportar hacia el otro lado del mundo.

En México, la población de habla hispana (la que habla en castellano) ha aprendido a convivir con las etnias indígenas que ya residían desde antes de la llegada de los conquistadores españoles. En el sur, sobre todo en Yucatán, hay una presencia fuerte del maya que se usa hasta en algunos programas locales de radio y televisión. En el centro, todavía un amplio segmento de la población se comunica en náhuatl, y se puede considerar que las etnias principales sin haber renunciado a su idioma están ya asimiladas y han aceptado al castellano como segunda lengua sin darle ya importancia al hecho de que fue el idioma traído por Hernán Cortés y sus soldados que consumaron la conquista a base de genocidios y masacres a los cuales se sumaron otros personajes como Francisco Pizarro. En México se ha aceptado el hecho de que la unión hace la fuerza, al menos para mantener al país unificado aunque se hablen castellano, náhuatl y maya. Más al norte, Estados Unidos logró convertirse en el país más poderoso del orbe precisamente por la fusión de las trece colonias en una sola nación, y Abraham Lincoln contribuyó a lograr tal cosa cuando impidió que la Guerra de Secesión fracturara al país en dos naciones opuestas. Los Estados Unidos hoy son poderosos porque sus diversos estados están unidos, y su credo está en su lema E pluribus unum (de muchos uno). Y recientemente los alemanes han celebrado el 25 aniversario de la reunificación de Alemania tras la caída del Muro de Berlín, constituyéndose en un país mucho más fuerte y poderoso (el motor económico de Europa) que si hoy hubiera dos Alemanias separadas.

No se puede soslayar el hecho de que fue el sueño del libertador Simón Bolívar que en las Américas todos los pueblos en donde se hablaba el castellano se unieran en una sola nación democrática sacudiéndose de encima el sistema de castas sociales propios de la monarquía española. De haber ocurrido esto, de haberse materializado el sueño integracionista de Simón Bolivar, es muy posible que Latinoamérica sería hoy la nación más poderosa del planeta y no los Estados Unidos. A los norteamericanos les dió muy buenos resultados unirse, y a los hispanoamericanos les dió muy mal resultado separarse tomando cada cual su propio camino quedando con ello a merced de los más poderosos.

Resulta curioso por lo tanto que etnias ibéricas quieran conducirse por el camino contrario. Si la unión hace la fuerza, en la desunión debe estar la debilidad, y esto es algo que los independentistas ibéricos en pleno tercer milenio parece que no han logrado captar. Tómese por caso Luxemburgo. Su influencia en los asuntos mundiales es prácticamente igual a cero, en América nadie toma en cuenta a Luxemburgo y este país no tiene peso para influír en nada, ni siquiera en la misma Comunidad Económica Europea.

Por algo Quebec, la provincia francesa de Canadá en donde se habla el francés y no el inglés en una votación histórica celebrada en 1995 decidió seguir siendo parte de Canadá pese a los añejos odios históricos que se venían arrastrando desde tiempos pasadeos. Y más recientemente, por algo a última hora los escoseses, pese a los llamados separatistas de personajes como Sean Connery James Bond y películas inflamatorias como Braveheart de Mel Gibson elaboradas para atizar sentimientos nacionalistas, viendo lo que les conviene y no les conviene, decidieron en referéndum democrático seguir siendo parte del Reino Unido. ¿Sabrán algo los quebequences y los escoseses algo que los catalanes y los vascos aún ignoran?

Por lo pronto, y a largo plazo, en el continente americano el castellano va a seguir siendo el vehículo oficial para comunicarse, tal y como este autor lo está haciendo en este momento con sus lectores, y en casi toda Latinoamérica no hay ni tiempo ni paciencia para ponerse a estudiar otros idiomas como el catalán o el vasco que no habla ni siquiera el dos por ciento de la población mundial. En todo caso una mejor opción es el chino mandarín habido el hecho de que China no solo es ya de facto la economía más grande del planeta sino también un amplio mercado de consumidores con mucho dinero para gastar, se trata de una nación que no tiene contemplado el fracturarse en varios países chiquitos e intrascendentes.

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